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3.8.10

El jardín de las fresas salvajes

Atenea se levanta todos los días a las ocho de la mañana, con el rumor de las aves, que se sitúan en los frondosos árboles de su jardín. Vive aislada en su casa, ya seis años, desde que su marido y su hijo, de tan solo año y medio, murieron en un accidente de coche, en el que se dirigían a ver a sus suegros al País Vasco. Ella no estaba en el automóvil ese día, por que se dirigía al extranjero, a un congreso de música.

La casa de Atenea parece de cuento. Está situada en una zona tranquila y bastante desierta, no tiene vecinos alrededor. Es amplía, con techos altos y grandes ventanas. De colores pasteles, están pintadas todas las habitaciones, y hay plantas y flores en cada rincón de la casa, endulzando aún más la vivienda. Hasta el timbre de la puerta hace ese ding dong tan especial y característico.

Atenea realiza las mismas tareas todos lo días. Se levanta temprano para dar un paseo por los jardines cercanos a su casa, sin llegar al pueblo, pues mantiene un mínimo contacto con el resto de personas, después llega a casa y va a su jardín, donde se cultiva todas las frutas y verduras que ella consume. Se pasa toda la mañana cuidando esas tierras, con mucho amor y esmero, y las trata como a un hijo que ella ha parido. A la tarde descansa, leyendo un buen libro y durmiendo largas siestas y, por la noche, toca el piano hasta altas horas y desea morir.

Esta mañana es distinta, por que Atenea no se ha despertado con el rumor de las aves, que tanto le alegra, si no con la voz de varios hombres y ruido de camiones y demás máquinas, que rompen la tranquilidad de su hogar. Se levanta de un salto de la cama y mira, escondida tras las cortinas, al exterior. Alguien ha comprado la casa de al lado. Suben varios muebles, entre ellos, un enorme escritorio de roble, color caoba. Deja de observar, alterada, y se dirige a la cocina a prepararse un largo café. Después, comienza a preparar magdalenas de chocolate blanco con enormes trozos de fresas. Tocan al timbre, el maravilloso ding dong repiquetea en sus oídos. Confusa, se dirige hacía la puerta, pues no espera ninguna visita, por que no tiene visitas nunca.

Abre la puerta y ve a un hombre joven, de unos treinta y pocos años, alto y con el pelo largo y rubio, le llega hasta los hombros. Lleva una camisa de manga corta verde, unos vaqueros desgastados y chanclas. Atenea lo estudia con la mirada y no puede evitar ruborizarse un poco. Se siente violentada.

- Buenos días. Soy Allan, su nuevo y único vecino – sonríe. Tiene una dentadura perfecta y blanquísima. Cada diente encaja con el siguiente, manteniendo una excelente harmonía bucal – Quería presentarme y decirle que me vera aquí por un tiempo. Soy escritor, y me he retirado, por un tiempo, a un lugar tranquilo, donde poder escribir.

- Buenos días – dice entre susurros Atenea. Sus palabras cuestan ser arrancadas de su garganta – Me alegro. Bueno… tengo que seguir… estaba preparando unas magdalenas.

- ¡Oh! Me encantan las magdalenas – dice con una extraña emoción que desconcierta a Atenea – Mi madre solía prepararme, por lo menos, dos veces a la semana, y las hacía de todos los sabores y colores. Era una magnifica cocinera. En esos años yo parecía una pelota, más que un niño – le vuelve a sonreír.

- Me alegro mucho. Bueno, si me disculpa – Atenea se coloca tras la puerta y comienza a cerrar.

- Bien. No la molestare más. Ha sido un placer conocerla. Espero verla más otro día. ¡Que tenga un buen día! – exclama amablemente y se va hacía su casa.

Atenea se siente extraña. Se mira, enfadada consigo misma, en el espejo, por haberse sonrojado al haberle mirado. Se pone un peto vaquero y un pañuelo rojo en el pelo, y se dirige a coger más fresas, para sus magdalenas, que crecen y cogen un precioso color dorado en el horno.

Allan la observa desde su terraza, mientras toma un té. Le parece una mujer reservada, misteriosa y bella. Atenea recoge, las deliciosas fresas, y las coloca en un pequeño cesto de caña. Vuelve a sentir ese calor, que había sentido unos minutos atrás, al mirar a Allan. Le sorprende sentir deseos, después de tanto tiempo encerrada y sin mantener contacto alguno, con ningún hombre. Comienza a recordar como hacía el amor con su marido en el jardín. Flashes de imágenes abordan su mente. Empieza acariciar su cuerpo, primero con delicadeza, por encima de la ropa. Se revuelca por el suelo, sus ojos se encienden, como llamas, se toca con más fuerza y jadea en el éxtasis. Se llena completamente de barro y tierra. Allan la sigue mirando alucinado.

Atenea vuelve a casa y se da una larga ducha. Le cuesta bastante quitarse los restos de barro de su pelo. Está fascinada por los sentimientos que habían emergido esa mañana y que ella sentía tan enterrados. Llena de valor se dirige a casa del escritor. Allan la recibe con otra espectacular sonrisa. Ella le invita a cenar esa noche a su casa, y le promete un surtido de magdalenas que no podrá rechazar. La conversación fluye tensa, pero se nota que Atenea hace esfuerzos para poder pronunciar sus palabras, tan incrédulas para ella.

Atenea se pasa la tarde en la cocina. Prepara varios platos con frutas y las magdalenas garantizadas. Se pone un elegante vestido rojo, de finos tirantes y delicioso escote y se maquilla un poco. Se siente rara. Se desmaquilla rápidamente y se pone unos vaqueros cómodos y una camisa de cuello alto negra. A las ocho de la noche llega Allan, con un especial vino tinto.

La cena prosigue con mucha tensión. Ella es una excelente anfitriona, pero se nota que hacia años que no tenía visitas. Atenea habla en monosílabos y apenas le dirige la mirada. Balbucea y tartamudea, el labio le tiembla de vez en cuando. La cena es maravillosa y Allan mira atontado a Atenea en todo momento. Ella se sonroja cada vez que lo ve sonreír. El vino fluye rápido, los deliciosos platos pasan y pasan sobre la mesa, hasta llegar a las espectaculares magdalenas. Atenea va relajándose, con la ingesta de más vino, y sentados en el sofá le cuenta como conoció a su marido, en el conservatorio de música, cuando tenía dieciséis años, y como, ya han pasado seis años desde su muerte y la de su pequeño hijo. Atenea le cuenta como tocaban el piano juntos, como dioses.

Allan le pide que toque el piano para él, y está se niega durante un rato, pero al final acepta. Atenea comienza a tocar el piano, y en esos momentos parece otra, una mujer libre, feliz y, sobretodo, viva. Las notas bailan en su mente, la habitación se ilumina con su talento, mientras, Allan saborea una deliciosa magdalena de avellanas y pasas, intentado contener la emoción.

3 comentarios:

  1. Por fin has exo el relato d las fresas jeje bueno como en la mayoria d tus storias alguien tenia q estar muerto eh?? Pero bueno a sido una historia sencilla y no te a sido dificil integrar el titulo en la historia eh?? Y eso d q empieza a tocarse y el vecino alucinando?? Jejeje muy gracioso y el final muy abierto desd luego. Bueno creo q eso es todo,stare sperando la proxima.

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  2. Hola, gracias por leer mi última entrada y dejar tu opinión, veo q has cumplido tu promesa de pasarte más a menudo =P Y por lo q parece, tb opinas igual q yo.

    Me gusta tu nuevo relato, aunq creo que es muy díficil narrar historias eróticas, esto no supone ningun reto para ti, te felicito =D
    Bueno, hasta la próxima!

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  3. Anónimo5/8/10 0:23

    soy jose enrique, esta bien, sobretodo la parte dl jardn....jajajaja aunke es un tipo de historia distinto del que tu sueles contar, pero me gusta ver que tambien sabes escribirlo bien, me gusta, un abrazo

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