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27.2.13

Vacío de garbanzos


-  ¿Cómo ha ido el vuelo cariño?, ¿todo bien?.

- Claro Eriada, sin ningún problema – le contesta Humberto cogiendo su maleta y dirigiéndose hacía el baño.

- Ufff… no sabes lo preocupada que estaba. He rezado seis avemarías y catorce padres nuestros con el rosario de mí bisabuela. También te he puesto un cirio grande en la iglesia y varias velas pequeñas en casa, junto a nuestra foto de bodas – le dice orgullosa.

- ¡Que exagerada que eres querida!. Siempre que vuelo la misma historia – dice Humberto avergonzado del comportamiento de su mujer. Se alegra de que nadie este escuchando esa conversación, pues está solo en el baño del aeropuerto y tiene el móvil con el manos libres (odia hablar con la oreja pegada al móvil, por las ondas electromagnéticas).

-  No cariño, gracias a el vuelo ha ido correctamente.

-  Querrás decir gracias al piloto, ¿no querida? – le pregunta perspicaz.

- ¿Has avisado a Carmen de que estás en Milán? – le pregunta Eriada cambiándole el tema. Le ofende que su marido no entienda su preocupación por los aviones, le parecen inestables y poco fiables. ¡Como ese armatoste de hierro y metal osa cruzar el cielo rompiendo las nubes perfectas de la creación del Señor!.

-  No. Quiero que sea una sorpresa – dice sonriendo Humberto. Tiene unas ganas locas de ver a su hija. Carmen lleva tres años estudiando un master de teología en Milán y ve a sus padres cada navidad y semana Santa – Tengo pensado presentarme en su casa sin previo aviso.

-  Como veas… ¡pero ya sabes que no le gustan las sorpresas! – dice refunfuñando Eriada - ¿Y si no la encuentras en su casa? – le pregunta muy preocupada.

-  Pues no hay problema, iré a su trabajo. Tengo la dirección – dice sacando un pequeño papel de dentro del bolsillo de su traje gris, donde lo tiene todo apuntado con una letra clara e inmaculada. Lee en voz alta – Strada Rosa, número 15. Caffè degli Angeli.

-  ¿Y si no está en el trabajo? – dice alarmada Eriada. Se inquieta por todo.

-  Pues ya que estaré allí me tomaré un buon caffè – sonríe Humberto - y después la llamaré al móvil y le diré donde estoy. Ahí se acaba todo mi misterio – ríe. Cuando ríe se le mueve su delicado bigote negro y se le arruga su alargada y porosa nariz. Parece un trapo viejo lleno de una nube plomiza.

-  ¿Cuándo vas a ir a verla?, ¿esta noche?.

-  No querida, no la veré hasta mañana. Cuando llegue al hotel tendré que ponerme con la ponencia del sábado, que durara hasta la tarde… ya sabes como son esos italianos, vino y buen comer… ¡no tienen remedio!. Yo me escabulliré cuando pueda y me marcharé a ver a Carmen. Quiero invitarla a cenar.

-  ¿A qué hora regresaba tu vuelo el domingo cariño?.

- A la tarde, llego a Madrid a las 19h-19.15h. Estaré en casa a eso de las 20.30h. Dependiendo del tráfico, ya sabes como esta Madrid a esas horas, todo el mundo desea volver a casa – dice Humberto cogiendo el móvil y desactivando el manos libres, pues uno de sus compañeros ha entrado en el baño. Hastiado (por usar ese aparato galvanizado) se despide de su mujer.

-  Robbie, andiamo a prendere un taxi – le dice Humberto a su compañero. El cual está arrojando todo lo que ha tragado en el avión (dos sándwiches de pollo con mahonesa, un café con leche, una bolsa de cacahuetes con chocolate, un paquete de galletas saladas y un pastelito de coñac) al “pulcro” baño del aeropuerto.

- Chiaro, andiamo Humberto - dice vomitando de nuevo. Resuenan sus tripas en ese gigantesco baño de porcelana italiana.

Robbie sale del baño, se limpia la cara y respira hondo.

- ¡Joder! pensaba que iba a tirar hasta el hígado. ¡Dios! que mal me encuentro - dice como un niño que se ha empachado con dulces en la noche de halloween.

-  Es normal, has comido  como un cerdo Robbie.

- Es por la ansiedad. Ante los vuelos siempre me pongo igual - dice mientras se seca las manos - Bueno, vamos a coger un taxi e ir al hotel, que tengo que darme una alegría después de este fatídico viajecito - dice con una risa estúpida - Toma, aquí tienes el teléfono de “la compañía”... por si cambias de opinión. De total confianza y de absoluta discreción - le dice pasándole una tarjeta rosada en la que pone I gemiti di Dio en letras doradas, y un número de teléfono. No hay ninguna dirección.

Humberto y Robbie marchan con el resto de sus compañeros en un taxi desde el aeropuerto al hotel La giornata di oggi. Son cuatro catedráticos los que han ido a Milán por las jornadas de arte: El neoexpresionismo como sino, organizadas por la Universidad de Milán.

Al llegar al hotel Humberto chequea su habitación. Una cama grande y cómoda, un baño limpio, con bañera de masaje, televisor, un buen sofá, un escritorio donde poder trabajar, el minibar repleto... Deshace su maleta con calma y guarda sus trajes, perfectamente planchados, en el armario. Luego llama al servicio de habitaciones y pide que le traigan un té verde y un pedazo de pastel de limón. Mientras espera saca su portátil y lo deja en el escritorio, después saca un par de libros de neoexpresionismo y de impresionismo y por último, un pequeño diccionario de viaje de español-italiano. Se queda leyendo las frases comunes y practica un poco su oxidada pronunciación. Llaman a la puerta y un joven le trae su pedido. Se lo deja en la mesita de al lado de la cama y se marcha dejando un aroma a canela y clavo. Humberto se bebe el té tranquilo y saca la tarjetita rosada de su bolsillo. Se queda mirando el teléfono un momento, meditativo. Bebe otro sorbo de té, quemándose un poco la lengua. Descuelga el teléfono y marca.

-  Buona notte... quería reservar un servicio - dice con voz queda.

-  Come lo vuoi? - le pregunta una voz aguda, cargada de nicotina.

-  Quiero que sea menor de treinta años, con poco pecho y que este bien delgada - dice Humberto nervioso.

-  Perfetto. Dove mandiamo?.

Humberto termina de dar las indicaciones correspondientes de dirección y tarifa mientras agota su té y acaba con el último pedacito de pastel que le quedaba. En el baño se limpia concienzudamente el pene y los testículos, con una esponja natural y jabón de rosas. Los dientes no se los lava, así evita besar a la chica, es una de sus reglas en estas situaciones (le asquea pensar donde ha podido estar esa boca antes). Llaman a la puerta. Es Robbie.

- Humberto, ¿sales a cenar con nosotros? - pregunta Robbie mientras se saca un cigarrillo y se lo deja en la oreja listo para encender.

- No, me voy a quedar repasando la exposición de mañana - le contesta Humberto señalándole el montón de libros que tiene sobre el escritorio y el portátil encendido.

-  ¿Pero tendrás que cenar?.

- Ya he cenado. Nada más he llegado me he pedido un té y un trozo de pastel. Muy buenos, por cierto.

-  Como veas, entonces ya te veo mañana... ¿Seguro que no te quieres venir?, ¿una copa aunque sea?.

-  No insistas, tengo trabajo pendiente.

-  Bien. Pues entonces nos vemos a las 7h en la puerta del hotel. Que disfrutes de tu noche de estudio - le dice con una carcajada - Por cierto, ¿hueles muy bien?, ¿no estarás esperando a nadie? - se mofa. Humberto le sonríe seriamente y cierra la puerta. Robbie se marcha riendo.

Humberto se pone a leer y se introduce en una ensoñación de verborrea incesante, sobre trazados y colores, texturas y relieves de una de las obras de las que ha de hablar al día siguiente, Vacío de garbanzos, una obra que le desconcierta aún su significado. La figura principal del cuadro es una mujer joven, desnuda. Se encuentra en la vía láctea, y las estrellas, garbanzos, brillan tiernamente, reflejando una suave y cálida luz sobre su cuerpo. Un extraño vacío se forma tras ella, reflejando una oscuridad y profundidad extrema. Llaman por teléfono, rompiendo su trance artístico.

-  Signore, da visitare. Vuole a salire? - le pregunta el recepcionista a Humberto.

-  Chiaro, farlo accadere.

Humberto deja sus libros de nuevo en la mesa y se levanta nervioso, esperando en la puerta, como un perro espera a su dueña, con la cola agitada y contenta. Se desnuda rápidamente y deja la ropa en el suelo, de forma desordenada. Se tumba en la cama, boca abajo, hundiendo su cabeza en la almohada y cierra los ojos en un intento de controlar su excitación. Llaman a la puerta, un golpe corto y seco. Humberto le hace pasar.

- Signore buona sera - dice una voz sensual y seductora que hace que la sangre de Humberto fluya rápida y directa en una única dirección.

- Buonanotte lady - le responde, un tanto incomprensible al tener la cabeza metida en la almohada - togliersi i vestiti e vieni qui. Prendi sulla schiena.

La joven se desnuda y deja su vestido color rosa palo en la silla. Es verano, no hace frío, pero el modelito es el mismo que en invierno a -10ºC. Se queda un instante parada, en ropa interior, como si necesitara prepararse para tal situación. Lleva un sujetador de encaje blanco y un tanga de tul encarnado. Se acerca a la cama sigilosa, con unos pasos ligeros. Humberto sigue boca abajo, aún ni siquiera ha levantado la mirada para verla. Solo sabe que le gusta como huele. Ella se sube sobre él, sentándose sobre su trasero desnudo. Coloca sus manos en su espalda y desliza sus dedos por sus omóplatos, presionándolos con delicadeza. Masajea su espalda con cuidado y Humberto, sofocado, ahoga sus gemidos placenteros. Ella le besa el cuello y su lengua repta hasta su oreja. Humberto se gira pasionalmente y se coloca sobre la joven. Un grito de terror se apodera de los dos, cuando sus miradas se cruzan.

-  ¿¡PAPÁ!? - grita Carmen quitándoselo de encima a golpetazos.

-  ¿¡CARMEN!? - aúlla Humberto alucinado, paralizado sobre su hija.

Carmen se levanta corriendo de la cama y se coloca su vestido con rapidez. Humberto se enrolla en la manta y se levanta confuso. Ambos hunden sus miradas en el suelo y sollozan turbados, pensando lo que estaba a punto de ocurrir y lo que ya había ocurrido. Un silencio desgarrador les atraviesa el pecho.

-  Hija mía, ¿que estabas haciendo?, ¿¡eres una PUTA!?. - grita enfermo.

-  ¡Oh Dios mío!, ¡Díos mío!. ¡Hemos estado a punto de acostarnos! - dice Carmen flipada.

-  ¡Mi hija!, ¡mi pequeña nena una PUTA! - llora desconsolado.

-  Papá, por favor, vístete, que te sigo viendo el... - le dice señalándole el pene flácido que asoma entre las sábanas.

Humberto se tapa con rapidez y coge toda su ropa del suelo. Corriendo se mete en el baño, cerrando la puerta con un fuerte portazo. Se ve en el espejo y se da asco, no puede evitar vomitar. Vomita la pila y parte de su pecho. Tropezones de pastel le cubren los pezones. Mientras Carmen abre el minibar y se bebe dos botellitas de ginebra en tres tragos. Ambos no paran de llorar. Humberto se da una ducha, intentando quitarse la suciedad que siente sobre él y Carmen sigue bebiendo nerviosa, queriendo borrar de su mente esas imágenes que le estaban acosando.

Tras casi una hora, Humberto sale del baño y ve a su hija sentada en el borde de la cama, con el rimel corrido y la cara descompuesta. Él se sienta a su lado y le coge de la mano. Ella la suelta asustada y vuelve a llorar.

-  Carmen, ¿que haces aquí? - le dice levantándole la cara.

-  Mi trabajo papá - le responde honesta.

-  ¿Pero como te atreves?, ¿por qué?.

- Por que gano más que sirviendo cafés, por eso papá - le dice apartándole la mano de la cara y levantándose.

Humberto no puede creer lo que sus ojos ven y lo que sus oídos escuchan.

- Por favor, tápate. Toma, ponte esto - le dice pasándole una bata del hotel - No puedo verte así - dice bajando su cabeza de nuevo.

-  Peor te visto yo a ti, ¿no? - le dice molesta mientras se pone la bata. Coge otra botellita del minibar y se la bebe de un trago.

-  ¡Hija mía!. No me lo puedo creer. ¡Eres una puta!.

-  Sí, y tú un putero, ¿cuál es el problema?.

-  Por Dios bendito, ¡vendes tú cuerpo! - dice intranquilo.

-  ¡Maldito hipócrita!. ¡Pues tú lo has comprado! - le responde chillona.

- Ya... pero no es lo mismo hija. ¿Tienes problemas de dinero?. Mamá y yo te mandaremos más - le dice como ofreciéndole la solución a todos sus problemas.

-  No papá, no tengo problemas de dinero.

- ¿Estás metida en una mafia?, te obligan a hacerlo, ¿verdad? - le dice Humberto confiado de que esa es la única razón plausible  por la que su pequeña hija esta metida en esos asuntos.

-  Estaba harta de trabajar turnos imposibles en la cafetería, de no ganar lo suficiente... y no se cómo, me metí en este mundo, pero estoy bien. Lo hago por que quiero, nadie me obliga papá.

-  ¿Pero como es posible?. ¡Estudias teología!. Se coherente. ¡Eso es pecado!.

-  Le dice de nuevo el pecador a “la pecadora”. Que te entre en la cabeza, trabajo de prostituta, sí, por que quiero. Y no me da vergüenza decirlo.

Humberto se levanta y coge su talonario. Escribe en el una cantidad de 5.000 euros para su hija. Se lo pasa y ella lo mira con asco y lo rompe.

- No quiero tú sucio dinero papá - le grita.

Él la abofetea y ella, dolida, le empuja. Humberto cae al suelo, golpeándose contra la cama.

- Carmen - dice llorando - ¿por qué? - sigue llorando - Te hemos dado una buena educación cristiana, te hemos enseñado las diferencias entre el bien y el mal, te hemos querido... has tenido libertades, has viajado y hemos confiado siempre en ti, ¿por qué nos haces esto hija? - le pregunta sollozando.

- Yo no os estoy haciendo nada. Hago esto por que quiero, al igual que lo dejaré cuando quiera - dice conteniendo el llanto.

-  ¡Si tu madre se entera!. Se le va a partir el corazón.

-  Ya, pues también se enteraría de tus intenciones, que se habrían consumado si no llego a ser yo.

De nuevo se quedan en silencio. Sin poder mirarse a la cara. Carmen no para de coger botellas del minibar, y su cabeza ya deja de taladrarla tanto con las imágenes de su padre desnudo, sobre ella, con el miembro duro y completamente erecto sobre sus piernas.

- Papá, ¿y tú que haces aquí?, ¿por que no me has llamado diciéndome que estabas en Milán?.

-  Te quería dar una sorpresa.

-  La sorpresa nos la hemos llevado los dos, ¿verdad? - dice con una risa fuerte.

- Tengo un seminario de arte mañana y había pensado en pasarme por tu trabajo, la cafetería donde trabajabas antes de hacer esto que haces y... emmm... nada, te querría haber invitado a cenar.

-  ¿Cuanto tiempo llevas aquí? - le pregunta un poco más calmada, sentándose a su lado.

-  He llegado esta tarde, en el vuelo de las 18h - le contesta mientras se mira las manos.

-  ¿Y has venido solo?.

-  No, con cuatro compañeros más.

- ¿Cómo has conseguido el teléfono del local donde trabajo?, ¿es un contacto que os dan a los catedráticos en la universidad?, ¿entra dentro de las “dietas y desplazamientos” que os dan en los viajes? - le recrimina con burla.

-  ¡Por supuesto que no! - responde molesto - Me lo paso uno de mis compañeros.

-  ¿Así que nada más llegar a Milán ya estabas pidiendo un servicio?.

-  Sí – dice con vergüenza.

-  ¿Es la primera vez que lo haces?.

-  No quiero hablar de esto.

- ¡Por favor papá!. Después de lo que hemos estado a punto de hacer este tema no es nada - le dice levantándole, ahora ella, la cabeza y mirándole a los ojos.

-  Pues no, no es la primera vez.

- ¿Y por qué lo haces?, ¿por qué compras el tiempo y el cuerpo de una mujer teniendo a mamá esperándote en casa como una boba?.

-  Pues no lo sé hija... no lo se.

-  Sí lo sabes, pero no quieres hablar de ello.

-  ¿Y tú?, ¿cuanto tiempo llevas con este “empleo”?.

- Seis meses - le contesta. A Humberto se le encoge el corazón - Pero creo que es mejor que no hablemos más de esto. Toma, bebé un trago - le dice pasándole una botellita, casi vacía, de ron.

-  Ya que bebo, bebo bien hija - dice mientras que se levanta y coge cuatro botellitas de vodka - ¿Tú que quieres?.

-  Lo que sea, pero que tenga bastante alcohol.

-  ¿Absenta? - le pregunta Humberto.

Se quedan sentados en el suelo, bebiendo, obnubilando sus mentes con el alcohol. Hablando de arte, de Milán, del dinero, de su madre, del amor, de la pena, la vergüenza, la frustración... Humberto sigue queriendo hacer entrar en razón a su hija y Carmen sigue negándole “su ayuda” y “sus consejos”. Acaban dormidos, Carmen en la cama y Humberto en el sofá. A las 6h de la mañana suena el despertador, Humberto piensa en marcharse sin despedirse de su hija, esa misma idea se le había pasado por la cabeza a Carmen horas atrás, pero no lo hizo, y él tampoco.

Mientras Humberto se ducha Carmen se arregla un poco. Tiene los ojos hinchados de tanto llorar y le duele la cabeza por el alcohol.  Ya listos, bajan juntos en el ascensor, aparentando ser desconocidos. En la puerta del hotel, Carmen comienza a andar sin decirle nada a su padre.

-  Espera - grita Humberto - ¿te veré esta noche? - le dice lloroso de nuevo.

-  No sé papá - responde ella confusa. Quiere encerrarse en su casa y no salir nunca más.

-  Llámame tú si quieres, ¿vale hija?. Ya sabes... me marcho mañana a la tarde.

-  Sí.

-  Adiós hija.

-  Hasta pronto papá - le dice dándole un cálido abrazo.

Carmen se marcha y Robbie sale por la puerta.

- ¡Buenos días campeón! - dice Robbie saliendo a la entrada del hotel encendiéndose un cigarrillo - ¡Veo que alguien cambió de opinión a última hora y acabó llamando a “la compañía”! - dice riendo - ¡Madre mía!, que buena que esta la tía, ¡joderrr!. Buahhh y que pinta de fogosa que tiene. ¿Has dormido algo Humberto o has estado toda la noche clavándosela a esa rubia de infarto?. Menuda cara que tienes, estas súper ojeroso - dice a carcajadas.

- Esa rubia es mi hija - dice secamente Humberto. Robbie se atraganta y se le cae el cigarro sobre la mano, quemándose un poco el dedo corazón. Humberto se queda en silencio, viendo como Carmen se marcha calle abajo mientras sale el sol.