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26.9.10

Hermanos

Mario, inspector de las fuerzas sublevadas españolas, siempre combatía desde su cómodo despacho, organizando a sus hombres y dándoles sus respectivas órdenes, sentado en su gran butacón de cuero marrón, detrás de una nube de pestilente humo gris. Sus manos jamás se mancharon en el campo de batalla, ni su vida corrió ningún peligro. Él observaba desde lejos, la guerra, con sus ojos llenos de fascinación, al sentir tan cerca la victoria que tanto ansiaba.

La guerra estaba manchando de sangre la historia del país. Una lucha de ideales, dividía a España en dos grandes posturas: los republicanos y los nacionales. Y a principios de 1939, la guerra se acercaba a su concluyente ocaso, llena de terribles injusticias. Las ciudades estaban destruidas, las guardias ocupaban todas las calles, el hambre arrebataba las vidas de los más débiles, la libertad era inexistente, días y noches, bautizadas con el sonido de las balas y los gritos desesperados de sus victimas, la miseria y la muerte, fue el aroma que baño a España durante demasiados años.

La luz se apagó para Gabriel, sargento de las fuerzas republicanas en Andalucía. Lo habían apresado, los nacionales, y se lo llevaron, junto a ellos, a un cuartel de seguridad de Madrid.

Lo encerraron, en una especie de zulo oscuro, durante tres días. Las paredes eran arenosas y estaban llenas de piedras afiladas. El suelo, puro barro húmedo, con ratas e insectos. Lo dejaron encarcelado, sin comida y agua, con el rostro envuelto en un saco marrón infecto, manos y pies atadas, y sin ningún tipo de comunicación. La desesperación lo estaba matando y sus fuerzas se agotaban rápidamente. Gabriel solo pensaba en sus hombres y en su amada familia. Llevaba meses sin ver el rostro de sus hijos y su alma se moría por abrazar a su esposa. No podía ni ponerse en pie, aunque lo intentaba con toda sus fuerzas, le era imposible. Y cuando lo conseguía, a ciegas, sosteniéndose en las afiladas rocas de la pared de la sala, los guardias que lo custodiaban, lo golpeaban, y volvía a caer al suelo.

Al pasar los días, lo llevaron a una “sala de interrogatorios”, a rastras, lleno de magulladuras, ubicada en uno de sus cuarteles centrales. En la sala solo había dos sillas, en bastante mal estado, una enfrente de la otra, y una pequeña mesa, situada en una esquina de la sala, con una montaña de papeles encima. Sentaron a Gabriel en una de esas sillas, y este se dejo caer sobre ella, como un peso muerto. Le quitaron la bolsa de la cabeza, y respiro profundamente, llenando de oxigeno sus pulmones fatigados, después de tres días, respirando los ácaros de la roída tela. Con el rostro cabizbajo y los ojos llorosos, comenzaron a interrogar al joven republicano.

Gabriel sello sus labios, con sangre y fuego, y no emitió ni un solo grito, mientras le aporreaban salvajemente, cuando le preguntaban por el paradero de sus hombres. La paciencia de sus verdugos se agotaba, y los golpes, cada vez eran más brutales. Como no soltaba ni prenda, llamaron a Mario, para que lo interrogara vilmente, pues este, siempre sonsacaba toda la información que ellos deseaban obtener, con sus perspicaces técnicas.

Mario entro en la sala, con sus andares superiores y escupió las sucias botas de Gabriel, a modo de presentación. Cogió, con sus esqueléticas manos, el rostro de Gabriel, clavándole sus finos dedos en el mentón, y le miro a la cara. Estupefacto, dio un salto hacía atrás, sin creer lo que sus ojos podían estar viendo en esos mimos momentos. El rostro de un fantasma pasado, que pensaba que jamás volvería a ver.

- ¿Hermano? – dijo atónito Mario - ¿Eres tú? – tartamudeaba incrédulo.

Gabriel, abrió los ojos como pudo, de los golpes que le habían dado, tenía el párpado del ojo derecho destrozado, un gran trozo de su piel le colgaba sobre el ojo. Tenía profundos hematomas en la cara y no conseguía dejar de escupir sangre. Tenía los labios secos, llenos de llagas, por la falta de agua, y le habían partido varios dientes. Además de todas las demás heridas que le habían ocasionado en el resto del cuerpo (una costilla y un brazo roto, y las piernas débiles como finos alambres).

- Mario… si soy yo – dijo con voz firme Gabriel mirando los verdosos ojos, del que ahora sentía, un traidor hermano.

- No puedo creer lo que mis ojos están viendo. ¿Por qué tienes que estar tú en está situación? – dijo con el corazón encogido, en una red de emoción.

- Por que los cerdos de tus hombres me han apresado, por que siguen las normas de mi propio hermano. Sangre de mi sangre. ¡Como eres capaz de hacer esto! – gritó furioso Gabriel – Estas traicionado todo lo que has sido en tú vida. Hijo de campesinos, descendiente de trabajadores, fieles ideales a la bandera tricolor – dijo con orgullo Gabriel.

- ¡Estúpido!. ¿Cómo eres tan imbécil de creer en la República?. ¡La mayor falacia de la historia! – exclamó alterado – Gabriel… más vale que nos digas el paradero de tus hombres, pues están amenazando con matar a madre – dijo angustiado Mario.

- Seguro que madre preferiría morir, antes que ver en lo que te has convertido – dijo Gabriel escupiendo más sangre al suelo.

Varios soldados entraron en la sala, y se dirigieron, directamente, a hablar con Mario. Uno de ellos le colocó de nuevo la bolsa a Gabriel en la cabeza y le puso su arma en la sien, para que se mantuviera quieto.

- Inspector… con todos mis respetos… pero va a necesitar ayuda para interrogar al sospechoso, ya que, evidentemente, solo no va a poder hacerlo – dijo el joven soldado con la cabeza gacha.

- ¡No!. Tú cállate. ¿Quién eres tú, pequeño piltrafilla, para aconsejar a tú inspector cualquier cosa? – gritó enfadado Mario, intentado recuperar su autoridad puesta en duda – Primero, se mira a los ojos a las personas, cuando uno intenta comunicarse con ellas y segundo, hay una jerarquía que debes respetar soldado.

- ¡Pero inspector! – exclamó el joven soldado - ¿No necesitará ayuda?.

- ¡Basta de impertinencias!. No quiero oír ni una queja más. No necesito ninguna ayuda. Aniquilare a este traidor a la patria con mis propias manos. Es una deshonra para el país y para mi familia, que este sucio bastardo tenga mi misma sangre. Es un trabajo que tengo que hacer yo solo – Mario cogió a Gabriel de las cuerdas que tenía atadas en sus manos y lo arrastró por el suelo. Gabriel gritaba y se retorcía en el suelo – no quiero que nadie salga del cuartel hasta que yo vuelva. ¡Es una orden! – gritó Mario – Y sus hombres caerán como moscas bajo mis ordenes, que nadie lo ponga en duda.

Todos los soldados lo miraron de forma sospechosa.

Mario arrastró, a toda prisa, a Gabriel por el cuartel. Lo llevaba a una zona segura, desierta, pues todos sus hombres se encontraban cumpliendo la orden de no salir del cuartel. Le quitó la bolsa de la cabeza, y este volvió a coger aire con fuerza, y cortó sus ataduras, de manos y pies, con una pequeña navaja que le regalo su padre, antes de morir. Le ofreció su mano para levantarse del suelo, y este la aceptó sin dudarlo en ningún momento. Los hermanos, frente a frente, se miran a los ojos, y se consumieron en un tierno abrazo, lleno de gratos recuerdos. Gabriel no podía creer lo que había echo su hermano por él, por este acto, lo más seguro es que lo mataran.

Sin decirse palabra alguna, Gabriel se marchó corriendo, escondiéndose detrás de los frondosos setos, y, en el último momento, se giró, mirándole de forma agradecida, y Mario se quedó paralizado, pensando en la victoria que tanto ansiaba, y que ahora tanto le repugnaba. No podía creer como una guerra había conseguido oponer hasta dos hermanos.

13.9.10

Lima

Roberto, desde temprana edad, ha sido una persona muy peculiar. Se pasaba horas a solas, a oscuras, bajo el escritorio de su cuarto, dibujando en su cuaderno de cuero rojo, gozando de la soledad, como un buen poeta. Sus padres, al observar el extraño comportamiento del niño, y con la intención de cambiar su carácter, a uno, algo más vital, le regalaron una pequeña perra, de piel amarilla, a la cual bautizaron con el nombre de Lima.

Roberto y Lima iban juntos a todas partes. Al parque, al río, a la playa, a la calle, etc. Jugaban a todas horas y Roberto se transformo en un niño mucho más feliz, ¡hasta su piel cogió otro color!, y desde entonces siempre estaba riendo.

Los padres de Roberto murieron un año después, en un accidente de avión, y este se quedo huérfano con doce años. Roberto se fue a vivir a Galicia, con sus abuelos paternos y Lima. Tras la muerte de sus padres, Roberto se aferro al cariño y la lealtad de su pequeña perra amarillenta, a la que trataba como a una hija. La sentía como parte de su sangre. A los dieciséis años, se marcho de casa de sus abuelos, por el ahogo que le causaba su familia. No conseguía soportar ese entorno repleto de vejez, así que se fue a vivir a Barcelona, y tras cinco años de fracasos, en la ciudad de Gaudí, el joven regreso a Galicia, a un pequeño caserío, blanco y marrón, cerca de casa de sus abuelos, donde se dedico a la pesca. Los años pasaron y Roberto seguía, como un niño, agarrado al amor de su perra envejecida.

Pero todo cambio el día en que conoció a Paula, a sus veintiocho años, encontró al desafío de su vida, sentada junto a la orilla de un río verdoso, sola, escondida entre unos arbustos, con la mirada perdida, en un punto fijo de esas aguas sucias. Le recordó tanto a él cuando era pequeño. Sus ojos reflejaban la amargura de la soledad, la tristeza de una corta vida y la injusta realidad. Él quería transmitirle la felicidad que él sentía en su vida.

Paula le ayudo a buscar a Lima, la cuál había sido atropellada por un viejo borracho, que conducía, dando tumbos, por el grisáceo asfalto. Lima, huyo dolorida, cojeando con sus huesos ajados, hasta la profundidad del bosque, que parecía encantado. La perra se había escondido tras un enorme helecho seco, y sus desgarradores llantos fue lo que guiaron a Roberto hasta su diminuta tusa.

Roberto, cogio en brazos a su apreciado can, y beso su frente con tremendo cariño, y se marcho, con la promesa de que se volverían a encontrar al día siguiente, en ese mismo río, y él le mostraría, todas las maravillas que nadie conocía de la bella Galicia.

Paula, cautivada por sus ojos azules y su voz viril, volvió al día siguiente, pero este no apareció, y ella se quedo sola, sumida de nuevo en el profundo río, cada día más sucio. Decidió volver los días siguientes, para haber si tenía más suerte, pero Roberto no aparecía. La joven se sentía traicionada, después de toda la ayuda que ella le había dado para encontrar a esa pútrida perra amarilla, este se lo agradecía de esa ruin forma. Pero, finalmente, un día él apareció, con su fiel perra al lado, recuperada totalmente del accidente, y se disculpo durante horas, por no haber aparecido días atrás, pero había tenido que estar junto a su perra, pues el accidente la había dejado muy débil para acompañarle en su cita.

La joven Paula olvido su enfado y caminaron todo el día, por lugares maravillosos, con la compañía de la inquieta Lima, que correteaba, posesiva, junto a su amo, cada vez que está intentaba darle la mano. Paula se sentía viva al lado de ese maravilloso hombre. Sentía que se había enamorado, y sus dulces palabras se hundían en sus oídos, conmoviéndola tanto, que quería fundirse en sus desconocidos labios.

Pasaron los días, y sus encuentros se hicieron más intensos y continuos. A Paula le rabiaba la idea de que a cada lugar al que iban, la perra les tenía que seguir. Comenzó a sentir celos de ese achacado animal. Sentía que Roberto y Lima, tenían una especie de relación enfermiza, pues ella no conocía a nadie, en su sano juicio, que quisiera tanto a un animal, y eso que ella también había tenido varios animales desde pequeña. Odiaba esos mimos persistentes, esas caricias que solo le correspondían a ella, esos halagos que florecían de su boca, y nunca iban dirigidos a ella. De todos modos, Paula, se fue a vivir con Roberto cuando este se lo pidió, mientras calmaba los ladridos de Lima mientras ambos hacían el amor, y ella oculto perfectamente su desprecio hacía esa perra color limón. Pero de todos modos, cada mañana, pensaba mil formas de apartarla de sus vidas, pero no quería perder a Roberto, ya que por fin una relación le funcionaba en su vida y conseguía ser feliz. La perra les había unido y la perra no podía separarles.

Una lluviosa noche, Roberto llego a casa cansado del duro trabajo, y Paula le esperaba desnuda en la misma entrada de su hogar. Este no pudo evitar lanzarse sobre su cuerpo, como un león hambriento, y le hizo el amor, salvajemente, en el suelo. Cuando acabaron Paula se fue a la cocina, a terminar los últimos preparativos de su sorprendente cena y este se fue a dar una cálida ducha.

Roberto se paseo por la casa, en busca de su perra, pero no la encontraba. Preocupado se dirigió hacía Paula, que le esperaba en el comedor, con una mesa llena de suculentos platos. Este se sentó y comenzó a devorar rápidamente la sopa que tenía frente a él, y se sirvió dos buenos trozos de carne, de la bandeja de plata.

- Paula, ¿sabes donde está Lima?, ¿se ha vuelto a esconder bajo la cama asustada por la lluvia? – preguntó mientras limpiaba los restos de la salsa, que acompañaban la carne, con un buen trozo de pan – Me ha parecido muy extraño que no viniera a saludarme al llegar a casa. Y además… ¡ya sabes como se pone cuando hacemos el amor! – dijo Roberto con una sonrisa en sus labios.

- Lima está muerta. Ha sido más sencillo que matar a un pollo – dice Paula orgullosa. Roberto la mira incrédulo. Esta toma una cucharada de sopa – La he matado con mis propias manos, la he troceado, la he desmembrado, y he preparado esas finas chuletas que estas comiendo con su carne, y aproveche sus huesos para hacer esta deliciosa sopa – dice Paula, con una mirada tranquila y calmada, sorbiendo otra cucharadita más de la humeante sopa.

Roberto no puede creerse las palabras de Paula. Se ha quedado alucinado. Mira su bol de sopa vacío y los filetes, sangrientos, casi terminados sobre su plato.

- Cariño, lo he hecho por ti y por mí. Lima ya era muy mayor, e ibas a pasarlo muy mal con su muerte, y mejor que muriera en mis manos, que se la llevara la vejez a la tumba – dice Paula - Además, ahora la tienes dentro de ti. Sientes su sangre fluyendo por tú cuerpo. ¡Jamás nadie habría echo algo tan bonito por ti! – dice Paula mientras se levanta y se dirige hacía él.

Roberto sigue paralizado y levanta su mano, limpiándose los labios manchados por la sangre de la vieja Lima.

- Amor. Ahora no hay nada que nos separe. Ambos sentimos lo mismo en nuestro interior. Estamos los dos juntos, solos – dice Paula, sentada sobre las rodillas de Roberto, y meciendo su cabeza, apoyada sobre su pecho, mientras acaricia su cabello.

Roberto no tiene palabras para lo sucedido y cierra los ojos, intentando recordar a su fiel y pequeña Lima. Se levanta de golpe, enfadado, y le da un furioso puñetazo a Paula en su fina cara. Está se queda tumbada en el suelo, esperando a que este recupere el aliento y le de las gracias. Roberto vuelve a sentarse con calma, y coge toda la carne de su perra y lo que queda de sopa, engulléndolo bajo un mar de lágrimas, queriendo sentirla viva, por siempre jamás.

9.9.10

Dulce elixir de la muerte

Frederiq lleva desde los quince años trabajando como jardinero, en la residencia de los Cotillard. A Frederiq le apasiona su trabajo y le apasiona la señora de la casa, Marion.

Marion es una joven, viuda, llena de riquezas, tras la muerte sospechosa, de su anciano marido. Todo enfoco a que ella era la principal sospechosa de la dulce muerte de su marido, al cual le fallo el corazón, en pleno coito conyugal, pues ella es la principal beneficiaria de su muerte. Gracias a su alta posición en la sociedad, la sutileza del asunto y en que la autopsia solo encontraron restos de un elixir, cargado de morfina y vodka, para aliviar los gravísimos dolores del señor, causados por los achaques de la edad, Marion quedo libre de toda acusación, pues la encargada de administrar dicho elixir, era la enfermera particular de la casa, aunque ella actuara bajo las ordenes de Marion.

Marion tiene treinta y cinco años, es muy alta, con un cuerpo lleno de salvajes curvas, con unos huesos profundos y marcados, tanto, que resulta algo calavérica. Tiene un cabello mediano, con abundantes rizos morenos, unos ojos vidriosos de un tono azulado, semejante al mar salado y unos labios voluminosos, siempre pintados de marrón teja.

Su actitud es severa y autoritaria, pero eso siempre le ha encantado a Frederiq. Aunque se comporte como una vil bruja, Frederiq se vuelve loco por ella. Le excita su carácter ruin, su conducta despreciable y sus andares superiores. Todos los demás empleados la odian, y Frederiq entre ellos, incluso él que más, pero a su vez, la adora tremendamente.

Frederiq, al igual que los demás empleados de la grandiosa casa, vive en dicha mansión. Hay dos amplías habitaciones, situadas junto al sótano, para todos los empleados, una para mujeres y otra para hombres. El servicio de la casa está constituido por dieciséis empleados, siete masculinos y nueve femeninos. La habitación de las mujeres la ocupan tres cocineras, cuatro limpiadoras, una secretaria, una enfermera y el ama de llaves, y la habitación de los hombres la ocupan un chef, dos técnicos, un informático, dos mecánicos y Frederiq, el jardinero.

Todos, en esa oscura mansión, conocen los secretos y la perdición de vida que lleva Marion, mucho antes de que su marido muriera. Las abundantes cantidades de diferentes drogas que ingiere, las bestiales orgías, el flujo de dinero, los deliciosos manjares, sus numerosos amantes, en definitiva, los trastornos físicos y mentales que comenzaba a padecer por los excesos de su rebosante vida. El vicio está en estado continuo de ebullición día tras día.

Marion padece insomnio y debe tomar unos potentes tranquilizantes para conciliar el sueño, además es sonámbula y se pasea muchas noches, bajo la luminosa luna, por cada rincón de la casa. Se rumorea que eso le sucede por que no tiene la conciencia tranquila y se siente culpable por la muerte de su anciano marido.

Así es como Frederiq perdió, totalmente, la cabeza por ella. Una noche, en la que él tampoco podía dormir, atormentándose con la posibilidad de que Marion fuera culpable de la muerte del señor de la vivienda, la vio aparecer, completamente desnuda, paseándose por el exterior de la casa, como una impetuosa diosa, nacida de la misma naturaleza de ese fresco jardín, trabajado con sus grandes manos. Frederiq deseo tocarla en ese mismo momento, besar sus labios, recorrer sus curvas con su lengua, tomarla en ese maravilloso Edén, que es su reino.

Y así fue, Frederiq aprovecho ese momento para poseer su cuerpo, y sucedió como él siempre lo había imaginado. Luego la llevo en brazos hasta su cuarto y la dejo soñando, con un amplía sonrisa, en su cama de sábanas de seda.

Al día siguiente, a Frederiq la aturdía su propia conciencia, pensando en que Marion recordaría algo, de lo sucedido en la anterior noche, e iría contra él. ¡Solo pensar que no podría volver a deleitarse con ese fantástico cuerpo!. Marion no mostró un trato diferente con Frederiq, seguía con la misma actitud abyecta de siempre.

Así es como Frederiq comenzó a seguirla todas las noches, la esperaba en el jardín, y le hacía el amor junto a la fuente, encima de los setos, perdidos en el laberinto de la casa, sobre las hierbas cubiertas de rocío, y todo ello, maravillándose con el dulce aroma de los rosales blancos y rojos que abundaban por doquier. Marion parecía tan despierta cuando se acostaban, y Frederiq disfrutaba tanto con sus escapadas nocturnas, que no se le ocurría faltar ni una sola noche a esos apetitosos encuentros.

Pasados los meses, corrían rumores en la casa, entre los trabajadores, de que Marion tenía un amante exorbitante, y ese no era Frederiq. El chef había tenido la suerte de que Marion, consciente se sus actos, hubiera decidido mantenerlo como a su fabuloso amante. Frederiq no se lo podía creer hasta que lo viera con sus propios ojos. Y así fue como sucedió, los vio desde el jardín, mientras pulverizaba con fertilizantes a los cactus, sobre los fogones de la cocina. El robusto chef la embestía con bravura y está le clavaba las manos, sobre su espalda peluda.

Frederiq, muerto de celos, y con los ojos inyectados en sangre viva, medito un plan contra la joven sirena. No podía comprender que no lo hubiera elegido a él, como amante, después de tantísimas noches de sexo, bajo la brillante mirada de las estrellas. Decidió atacarla como él sabía, con sus queridas plantas. Frederiq plantó una variante exótica de mandrágora alternada con cicuta en el centro del jardín, extremadamente venenosa la mezcla de ambas plantas.

Marion seguía paseando sonámbula todas las noches por el jardín, siempre siguiendo la misma ruta, y acabando en el centro del enorme laberinto de setos y flores. Allí le esperaba Frederiq cada día, y está vez Frederiq quería poseer su cuerpo por última vez, antes de verla morir con su astuta creación.

Le hizo el amor salvajemente, tanto, que se escuchaban los estridentes gemidos de Marion por toda la casa, y cuando se aproximaba el vertiginoso clímax, Frederiq la lanzo contra su hermosa planta, quedándose está enredada en ella y clavándose todos sus diminutos pinchos ponzoñosos.

El veneno entro rápido en su piel, dejándola paralizada, sus músculos se adormecieron y el pulso se le debilito, hasta que su respiración se apago, como la llama de una vela. Y allí quedo, desnuda, atrapada por esa planta mortífera, muriendo poco a poco.

Descubrieron su cadáver al día siguiente, con los primeros rallos de sol. Todos buscaron a Frederiq, pero este se había marchado de la sombría mansión.