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18.12.10

Nuestro camino sin retorno

Fernando se resguarda en un cajero, situado cerca del club de tenis de Valencia. La noche es fría, tan fría que no siente su cuerpo. Dentro del cajero hay una anciana con dos perros. Los perros comienzan a gruñir, nada más pone él, un pie en el cajero. Fernando se echa hacía atrás, golpeándose con la puerta, que queda tras él cerrada, atemorizado. Los perros, agrestes, se encaran contra él, y este tiembla asustado. Parece un flan apunto de desintegrarse. Desde que tiene memoria le dan pánico los perros. Da igual que raza, tamaño o sexo del perro, todos le espantan, tanto, que con cinco años de edad comenzó a ir al psicólogo para tener una terapia “curativa” de este fenómeno (y otros muchos más).

- Tranquilo joven, estos dos no hacen nada. Solo defienden su territorio. ¡Calmaos! – grita la anciana a pleno pulmón - Pimienta siéntate y tú, Canela, ven aquí – los dos perros obedecen al instante a la potente voz de su dueña, y se tumban a su lado, calentándola. La anciana sonríe, al ver demostrada su impoluta teoría.

Es una mujer con el cabello largo y blanco, cubierto por numerosas canas, el rostro lleno de arrugas, tan profundas como los ríos de España, y unos ojos cristalinos, casi acuosos, siendo un tanto blanquecinos, pero con un brillo asombroso que te deja sin palabras. Sus ropas están andrajosas y muy sucias, pero la anciana huele muy bien, como a flores silvestres acabadas de recoger de un campo idílico.

- ¿Te encuentras mejor? – pregunta la anciana con un tono dulce.

- Si, si… gracias – dice Fernando mientras recuperas la respiración lentamente y, comienza a controlar su cuerpo, que aún tirita por el encuentro canino.

- Y bueno, ¿me vas a decir qué hace un joven como tú a estas horas de la noche? – pregunta con aires misteriosos la anciana de ojos nacarados - Debes de tener como mucho, trece años, ¿me equivoco? – Fernando le corrige, le dice que tiene casi catorce, haciéndose el adulto importante - ¿Estás escapándote de algo? – dice preocupada la anciana – Has estado llorando, ¿verdad? – afirma rotundamente.

Fernando se sorprende de la capacidad de percepción de esa señora. Enmudece al instante al oír esas palabras. Saca un pañuelo del bolsillo, y se la vuelta temblequeando, dándole así, la espalda a la anciana, y vuelve a llorar en silencio. Esta se levanta y lo sostiene, abrazándole solamente los brazos, desde su espalda. Fernando se gira y llora desconsolado entre sus brazos.

- Cálmate Fernando – dice la anciana su nombre – Cálmate, ahora, todo ira mejor.

- Fernando se aparta de un salto, como un gato esquivando el agua, y dice tartamudeando - ¿Cómo sabe mi nombre? – la anciana sonríe tranquilamente, una sonrisa tan pacífica, que le asusta (a Fernando le asustan muchas cosas) - ¿yo no se lo he dicho en ningún momento?, ¿qué es lo que pasa aquí?, ¿de que me conoce usted?. – Fernando se altera y empieza a híperventilarse – Necesito mi inhalador. ¿Dónde lo he metido?. – grita mientras rebusca en los bolsillos de sus pantalones - ¡Deje de acercarse a mi! – aúlla colérico al ver que la anciana se acerca a él.

- Fernando – dice la anciana con voz pausada – se te cayó al suelo antes, cuando se acercaron mis perros a ti. Toma – le extiende la mano y le da el inhalador.

Fernando aspira nervioso del inhalador y cierra los ojos, por un breve instante – Gracias – dice más calmado. Notando como el salbutamol le relaja la presión del pecho, antes tan acusada, por el cierre de las paredes torácicas, impidiendo su respiración.

- Ven, siéntate conmigo. Estas helado – dice la anciana mientras le coge del brazo. Fernando le sigue y se sienta junto a ella. Los perros se tumban en sus piernas y se quedan dormidos.

- ¡Mire!, no me atacan – dice Fernando orgulloso.

- Ya te lo dije, no hacen ningún daño. Además… ya no les tienes miedo.

- Creo que no – dice Fernando sonrojado.

Una vez sentado a su lado comienza a mirarla de reojo, estudiando cada detalle de esa mujer. La anciana sabe que está siendo analizada por la mirada fisgona del niño, pero actúa como si no se percatara de nada, mientras acaricia a sus perros con devoción. A Fernando esa mujer le recuerda mucho a su abuela (la cual murió hace dos navidades, dejándolo destrozado, teniendo que aumentar las sesiones al terapeuta) y eso le da mucha confianza, pues su abuela era una mujer fabulosa. El niño, se pierde en los lechosos ojos de la mujer, y en ellos puede sentir una gran sabiduría. Y no la sabiduría que uno aprende en la escuela, si no la sabiduría de una vida larga y dura, en las angostas calles de Valencia, la inteligencia de un beso, de una traición, de la gloria, del sexo, de la perdición, de los placeres, la lujuria, la poesía, el arte, el vino, la pintura, la literatura, las ciencias... De la vida misma. Toda esa vida que él aún no había tenido la oportunidad de disfrutar. En esos momentos sintió celos, por que él también quería en su memoria todas esas experiencias que le daban tanta envidia.

- ¿Me va a decir como sabe mi nombre? – dice Fernando en susurros.

- ¿A caso un buen mago desvela sus secretos? – dice retóricamente - No importa todo lo que se, si no, como puedo ayudarte ahora, que todo ya ha pasado.

- ¿Qué quiere decir con eso? – dice Fernando asustándose de nuevo.

- ¿Verdad que no recuerdas nada de lo ocurrido en estas tres últimas horas? – pregunta la anciana. Este asiente con la cabeza, muy confuso - ¿Y no sabes como llegaste a parar aquí? – Fernando vuelve ha asentir – Pequeño… aunque te resulte ilógico y difícil de creer, yo – dice señalándose - soy tú ángel de la guarda, digámoslo de esta forma, y estoy aquí para ayudarte en tú nuevo camino – dice completamente seria. A Fernando se le escapa una carcajada nerviosa.

- Señora, sin faltarle al respeto, pero creo que ha bebido un poco más de la cuenta hoy – dice mofándose de la anciana de pupilas alberas.

- Es normal que tú primera reacción sea esa.  Algo muy humano el desconfiar en lo que se dice. Yo tampoco me lo creí cuando encontré al mío, ¡hace ya veinticinco años! – dice nostálgica – Pero debes de confiar en mí, yo te voy ayudar en esta transición, de un paso de vida a otra.

- ¿Pero de que puñetera transición me está hablando?, ¿qué es lo que insinúa? – dice molesto - ¡Ah!, y si es un ángel, ¿cómo es que no tiene alas? – se ríe de la anciana – Venga, demuéstreme alguna capacidad de ustedes los querubines – dice agitado.

- Tranquilo Fernando… poco a poco descubrirás toda la verdad. Una prueba sencilla sería decirte el motivo por el cual has escapado de casa en esta noche. Pues he aquí lo que esperas… tus padres volvieron a discutir, poniéndote de escusa de sus vulgares problemas, y tú padre acabo golpeándote, como siempre, hasta dejar moradas tus mejillas – Fernando abre la boca asombrado, desencajándose la mandíbula herida. La anciana, sonríe apenada, pues reconoce cual será la reacción del chico, ante sus evidencias verdaderas.

- Estoy harto de escuchar tantas sandeces de cosas que no han pasado, yo solo he ido a dar una vuelta… ¿pero que hago dándole explicaciones? - dice molesto Fernando, entre bostezos enlazados a sus palabras rudas - ¡No pienso escuchar más las locuras de una vieja chocha!. Me marcho de aquí – dice mientras se levanta y abre la puerta del cajero.

- Espérate Fernando, tenemos mucho de que hablar, además, no querrás ver lo que te espera afuera de aquí. Aquí estas a salvo de la atroz verdad – dice advirtiéndole la noble serafín – mejor es que sepas todo de mis palabras.

Este no la escucha y sale del cajero, dando un estrepitoso portazo. Los perros ululan desconsolados. Fuera, en la calle, hay una ambulancia, varios policías y mucha gente alrededor de un pequeño cuerpo tendido en la acera, al lado del cadáver hay una mujer echa un pañuelo de lágrimas. Fernando reconoce al instante a esa mujer, es su madre, que tiene el alma descompuesta en mil pedazos. “¡Mama!” grita el joven aturdido, “¿qué es lo que ocurre?”, pregunta acongojado. Se acerca a ella y ve en el suelo su cadáver, con la cabeza cubierta de sangre, formando un charco, ya helado. La gente murmura por doquier “que crío tan pequeño, ¿qué haría a estas horas en la calle?, “¿qué es lo que le habrá pasado?”, “ha perdido toda su vida”.

Fernando grita apenado. No puede ser, ¿qué es lo que ha ocurrido?. Le hace mil señas a su madre, a los policías, los médicos y a la morbosa gente que inunda la calle con sus necedades. Nadie escucha sus alaridos, nadie siente sus golpes, nadie lo ve, excepto la anciana, que está esperándole en la puerta del cajero.

Un flashback de recuerdos golpea su mente, como un intrépido rayo, partiendo su cerebro en diminutos trocitos. Y de repente, lo recuerda todo con asombrosa facilidad. Está muerto desde que entro en el cajero, el problema es que no conseguía hacer memoria de nada, solo de la discusión con sus padres y de repente entrar en el cajero, para resguardarse del frío mortuorio, que acecha las calles valencianas. Mientras él estaba en el cajero, su cuerpo gélido y sin vida, era atendido por diversos médicos, intentando reanimarle, pero sin éxito, y su madre estaba destrozada, al lado de su difunto y único hijo.

Lo que pasó fue que, mientras andaba por las calles oscuras, llorando por lo que había pasado en su casa, se puso muy nervioso, más de lo que ya lo estaba, faltándole la respiración, y tropezándose cuando andaba, con todo lo que estaba a su paso, cayéndose más de una vez. De repente, comenzó a sentir como una enorme mancha negra le perseguía, y empezó a andar rápido, lleno de pavor, así que cada paso que daba se tropezaba con sus largas piernas, hasta que se topo con un casco de cerveza, el cual no logró esquivar, y este, le hizo caer al suelo, estampándose contra un fino bordillo, partiéndose la cabeza como un melón, y muriendo al acto.

Fernando llora a raudales, siendo consciente de lo que ha pasado. ¡Es injusto!, él no quiero estar muerto. Es demasiado joven. Se gira hacía el cajero y mira a su ángel, esperándole en la puerta. Fernando se dirige pesaroso, y con la mirada hundida en el suelo, hasta ella.

- ¿Tú sabías que estaba muerto? – pregunta Fernando. La anciana asiente - ¿Y que va a pasar ahora conmigo? – dice amargado.

- Ahora vas a construir un nuevo camino, una nueva vida que vas a aprovechar hasta la última gota, el último grano de arena, el último segundo. ¡Todo!. Ya no hay vuelta atrás, así que solo puedes ir hacía delante, pensando en tú cercano futuro, que se aproxima inminente. Ni te asustes, ni te preocupes, vas a vivir todo lo que el destino te había deparado. ¿Estás conmigo? – pregunta su ángel tendiéndole la mano. Él la coge con cariño. Cierran la puerta del cajero, dejando atrás, la escena lúgubre de la accidental muerte del joven Fernando.

4.12.10

Rubí

Helena sentía como sus ojos se le clavaban en la nuca, desgarrando sus entrañas. Una mirada fría y taciturna. Incluso podía sentir su respiración, cada vez más cercana. Tenía unos ojos verdes, como enormes jades, totalmente cristalinos, y eso, a Helena, le había enamorado de ella. Helena se giró lentamente, con pavor de cruzar las miradas ni en un único instante. Allí estaba, sin mover un solo centímetro de su pequeño cuerpo, con la mirada hundida sobre su rostro, penetrando dulcemente su alma. Un notable escalofrío recorrió el cuerpo de Helena, y veloz, salió del cuarto donde estaba ella. Helena corrió por el pasillo y se encerró en el baño, ese recorrido se le hizo eterno, y sintió las ligeras pisadas, de su acosadora, sobre su sombra.

Nunca se hubiera imaginado, que esa delicada gatita, que le había regalado Alberto, le pudiera asustar tantísimo. Y no es que tuviera miedo de los felinos, no, era ese tremendo parecido a su difunta madre lo que le aterraba de verdad, no solo por la actitud dura y siniestra, atípico en un cachorro que tendría que tener una carácter más jovial, eran esos ojos. Reconocía la mirada firme, posesiva, enferma y, sobretodo, vieja, de su madre, en ese cachorrito lindo y escurridizo. Helena había llegado a una conclusión, y és que estaba segura de que su madre se había reencarnado en esa gata manchada.

Antes de continuar con la historia es mejor que sepas algunas cosas de Helena. Helena es una chica común, como otra cualquiera, trabajadora y responsable, y con una escasa vida social, a ello se debe, su carácter reservado, enigmático y desconfiado en aquellos que no conoce (pues con los que tiene confianza es puro amor y risas). Helena vivía con su madre, Rubí, hasta hace un mes, pues esta falleció, por su delicada salud física. Helena fue la única, de los cinco hermanos que componían la familia (todos varones), que se encargo de su madre durante todo ese tiempo, incluso, dos de ellos, Raúl y Fernando, no supieron de la enfermedad, que consumía lentamente a su madre, hasta el día del entierro, el cuál se celebro una mañana, en la que las calles de Madrid se llenaron de nieve, como siempre deseo Rubí para el día de su sepelio. Ella siempre fue la preferida de su madre, la niña de sus ojos, y por ello, le tuvo especial atención, tanta, que Helena, a medida que fue creciendo, se ahogaba en esa casa junto a su madre, y por ello, estuvo bastante distante con ella, en sus últimos días de vida.

Tras la muerte de su madre, Helena, la menor de todos los hermanos, se quedó sola en su casa, pues todos vivían sus vidas, desde hace bastantes años, alejados del seno materno, y su novio, Alberto, le regaló un diminuto minino blanco y negro, con orejas puntiagudas y largos bigotes, para que le hiciera compañía y estuviera algo más animada. Helena se enamoro de esa gata con locura, desde el primer momento que la sostuvo entre sus manos. "¡Oh! es tan pequeña y graciosa" le dijo a Alberto cuando este se la dio, con un lazo enorme rodeando su cuerpo, tan grande y pesado, que hacía que la gata se ladeara al caminar de una forma muy cómica. Helena bautizó a la gata con el nombre de su madre.

Alberto comenzó a pasar los días y las noches con Helena. Ella comenzó a sonreír de nuevo con absoluta vitalidad, una alegría que hacía mucho que no sentía. Irradiaba positivismo, estaba hermosísima. Se sentía al fin libre, aunque le pesaba en la conciencia, como vil remordimiento, esa sensación de autonomía, pero al fin era independiente, y no tenía la carga, que había sido su madre en todo ese tiempo para ella.

Las semanas pasaron de lo más ligeras y Helena no dejaba de reír. Pero un día, comenzó a observar en Rubí, un comportamiento extraño, tanto, que le comenzó a asustar. Primero comenzó a ponerse agresiva con Alberto, cada vez que este intentaba besar a Helena o cuando dormían juntos, la gata, se lanzaba a él de un salto y comenzaba a clavarle las uñas por todas partes, y luego se acurrucaba sobre Helena, con firme autoridad, y remarcaba que ella era suya. Al principio se lo tomaron con gracia, hasta que esta hirió gravemente a Alberto. En urgencias no podían creerse, que un gato de apenas seis meses, pudiera haber echo algo así. Helena comenzó a notar como le miraba a todas horas, incluso llego a pensar que esa gata no dormía. Le llevaron al veterinario, pero la dichosa gata estaba perfectamente. No comprendían que le pasaba, hasta que Helena, un día, reconoció la mirada de su madre en los ojos de su mascota. No podía creérselo, y lo pensó muchas veces, pero solo se le ocurría que su madre se hubiera reencarnado en ella, para seguir controlando su vida como antes. Alberto y Helena comenzaron a discutir a todas horas, y este creía que Helena se estaba volviendo loca y comenzaba a tener alucinaciones. Alberto le dijo que tenían que estar un tiempo el uno sin el otro, y que ella tenía que centrarse. Helena se deprimió aún más, y dejo de ir al trabajo.

Y aquí nos lleva al punto de partida. Helena y Alberto no están juntos, a Helena le han despedido, y se ha quedado sola en casa, con Rubí, muerta de miedo.

Helena respiraba profundamente en el baño. No sabía que más hacer. Si esa gata era su madre, ¿por que se comportaba de esa forma con ella?. Había conseguido dejarla sola, ¿a caso es lo que buscaba?, ¿estar solas de nuevo las dos?.

Grita nerviosa en el baño, se levanta con ímpetu y abre la puerta. Ahí está Rubí, con la mirada fija en Helena de nuevo. Esta no puede más, coge a la gata en brazos, sale de casa, y la deja en la calle, tirada, como una bolsa de basura. Helena sube a su casa, nerviosa, y aún más alterada se asoma por la ventana. Rubí camina hasta la carretera, poniéndose en medio, y alza la mirada hasta la ventana de Helena. A Helena se le escapa un chillido agudo, la situación es espeluznante. El semáforo se pone en rojo, los coches comienzan a circular. Pasa un coche, acelerado, sobre Rubí. Helena no puede ver nada. Otro grito, pero esta vez de pánico, surge de la garganta de Helena.

Corre por las escaleras de su piso, como si tuviera alas, está descompuesta, echa un mar de lágrimas, se precipita a un abismo, para salvar a su gata, brama a todo pulmón "madre, no me dejes otra vez", cuando abre la puerta del portal. Y allí esta Rubí, intacta, en medio de la carretera, con su mirada fustigadora, sobre la indecisa Helena. Se apresura para cogerla y llevarla a casa, cuando pasa otro automóvil, que esta vez, se lleva a Helena por delante. Cae de un solo golpe, furioso, seco, al suelo, y un inminente charco de sangre, que brota de su cabeza, rodea su cuerpo, dibujando su silueta en el asfalto.

El conductor grita "se ha tirado sobre mi", ha aparecido de la nada", "no he tenido tiempo para esquivarla" desesperado. La gente, morbosa, forma un círculo sobre el cadáver de Helena, comienzan a llamar a la policía y a urgencias. El conductor se lleva las manos a la cabeza y llora. Rubí lame a Helena, limpiando su sangre aún caliente. Se acurruca encima de ella y se duerme. Ronronea plácidamente.