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20.12.09

El viejo relojero

Sentado en la mesa, bajo las luces tenues de las velas, trabaja sin descanso el viejo relojero. Monta y desmonta una y otra vez los mismos relojes desde hace más de veinte años, después les da cuerda a cada uno, y suspira aliviado al ver que ya acabado con su trabajo. Un trabajo rutinario y perfecto.



Encima del escritorio, antes, siempre habían preciosas rosas rojas. Eran carnosas y emanaban un olor especial. Ella siempre las tallaba en el momento más álgido de sus vidas, y se las ponía en un amplío jarrón de cristal. Desde que esta solo, encima de la mesa solo hay tuercas, tornillos, cristales y diminutas piezas metálicas.

Siempre que estaba con ella, era como si estuviera soñando despierto.

Tenía tantos sueños cuando era joven, tantos sueños atormentados y perdidos, tantos sueños que deseaban cumplir juntos.

Contempla sus manos frías, llenas de arrugas y heridas. El silencio inunda la sala. Desliza lentamente sus dedos sobre la palma de su mano. Recorriendo los profundos caminos de su vida. Cierra los ojos cansados, y la visualiza más hermosa que nunca. Si se concentra mucho puede percibir su olor cerca de él. Huele a ángel. La recuerda riendo, siempre con una amplía sonrisa… y esa pequeña y preciosa nariz sonrosada. Su pelo, rojo como el fuego, brillando a la luz del sol en el campo. Siente sus besos en los parpados de sus ojos, bajo la sombra de un majestuoso roble en el atardecer. Oye su voz, como un eco lejano, mientras se escapan las notas de su guitarra española.

El viejo relojero se levanta de la mesa, apoyándose sobre la mesa con las manos, y deja sus herramientas ordenadas minuciosamente, y parte a la calle. Se sienta en un banco de madera, donde cierra los ojos, esta vez fuertemente, como si no quisiera volver a abrirlos jamás, y vuelve a soñar con ella.

Las hojas de los árboles están esplendorosas a la luz de la luna. Las estrellas se parten en el cielo con la nieve y sus recuerdos danzan alegres en su cabeza. Una fina lágrima resbala por su mejilla, cayendo al suelo, sonoramente. Ahora, simplemente, no es más que una sombra.


14.12.09

Anomalías

Sobre la larga alfombra de colores vivos se despierta, entumecido. No lleva ropa alguna. Siente el tacto áspero de la tela que cubre el suelo, en su nuca.

Un pinzamiento en el pecho encoge su corazón. Suelta un gemido ahogado, en el que su voz se escapa.

Le duele la cabeza, como si le hubieran golpeado fuertemente con algo. Intenta mover un brazo, para tocarse la cabeza, de la cual emana gran cantidad de sangre, pero no puede. Siente que le va a estallar la cabeza de la presión que siente.

No puede mover un solo músculo de su cuerpo. Esta completamente paralizado.

Se forma un charco de sangre alrededor de su cabeza, que va circulando lentamente, dibujando su silueta en la alfombra.

Comienza a ponerse nervioso. Se agita. Intenta gritar, pero tampoco puedo. Su voz se ha apagado, sus fuerzas le han abandonado. Arde en la desesperación. El pulso se le acelera. Comienza a bombearle la sangre de todo el cuerpo quemándole las entrañas. Retumba su pulso, como un sonoro despertador. Las venas de los brazos y los pies se le hinchan. El sudor cubre completamente su delgado cuerpo. Se siente mareado y desorientado.

Por la ventana entra una luz mortecina. Los cristales están empañados y el frío se cuela fugazmente en la habitación, por los viejos marcos.

Puede escuchar la lluvia repiquetear contra los cristales de la habitación. El techo de la pared esta destrozado. La pintura de la pared cae a trozos, y grandes manchas de humedad cruzan la sala, enredándose unas con otras, formando dibujos apagados. La cenefa que cubre las paredes esta mohosa, con un tono amarillento. Cierra los ojos e intenta pensar que ha pasado. No se le ocurre nada. No recuerda nada. Es como si su memoria, de las últimas horas, se hubiera borrado completamente. Las ventanas se abren de par en par, y una corriente de aire helado le provoca un escalofrío que recorre su cuerpo entero. Tiembla, y una gélida lágrima le cae de sus finos ojos. Duerme – piensa – solo es un terrible sueño.

Empieza a sentir un cosquilleo en la planta de los pies y en las manos. Nota como fluye su sangre por todo el cuerpo. Abre los ojos de golpe y grita. Delante de él hay una figura negra, que se funde, con la pared rojiza.

Se acerca lentamente hasta él. Lleva una capa larga abotonada por delante, de satén cereza, que arrastra por el suelo. Se ven sus pies, a cada paso que da hasta él, son diminutos y muy pálidos. Camina con el rostro agachado y las manos cruzadas, escondidas bajo las amplias mangas de la capa. Se agacha a su lado y se queda mirándole durante unos minutos sin decir nada. Mientras el va recobrando la movilidad de su cuerpo. Asustado, se mueve como un pez fuera del agua, al que le falta oxigeno.

Mueve el cuerpo desesperado de un lado a otro, sin conseguir mayor movimiento que ese. Mientras fija sus ojos en esa figura misteriosa a la que no consigue ver el rostro.

Se quita la capa con parsimonia, desabotonando con dulzura cada botón. Quita la capucha que cubre su cabeza, saca los brazos de las largas mangas y se queda completamente desnuda. Él atónito deja de moverse. Lleva un antifaz veneciano, de elegante forma, numerosos brillos y adornos. Tiene los labios finos, con el contorno desdibujado, fundiéndose las comisuras con su rostro. Tiene una mirada impasible. Unos ojos negros que se siente dañados.





Saca de un bolsillo interior de la capa una jeringuilla y se la clava en el cuello. “Tranquilo”- dice mientras hunde su mano fría en su espeso pelo rizado y vierte la mitad del contenido de la jeringuilla. “Esto que te acabo de inyectar es ketamina. Te paralizara el cuerpo como antes, pero sentirás todo lo que te haga. No podrás gritar, no podrás moverte, solo podrás sufrir” - dice con un tono suave y tranquilo.

Comienza a llorar desesperado. No entiende nada. Piensa que sigue en un terrible sueño.

Ella saca del mismo bolsillo un bisturí. Brilla temible en la noche. El horrorizado cierra los ojos queriendo despertar. El bisturí se desliza por su pecho, haciendo una profunda incisión. Mete su mano fría y estira su corazón, arrancándolo aun palpitante. Lo observa en su palma de la mano aun caliente. Lo devora sin compasión.

Un hilo de sangre recorre su barbilla, deslizándose hasta su cadáver.

“Te arranco tu corazón para que no hagas más daño. Ni a ti, ni a nadie. Devoro tu corazón por que jamás me perdonare lo que acabo de hacer, y deseo tenerte por siempre a mi lado”- dice mirándolo con ojos tiernos.

Se levanta y cierra las cortinas de la sala, por que se siente observada y juzgada. Vuelve junto a él y se tumba en el suelo. Coge la jeringuilla y se mete lo que queda en ella. Lo abraza fuertemente, quedándose paralizada.

Corazón amargo. Corazón traicionado. Corazón desolado.