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27.5.10

Musarañas

Teresa sale del trabajo todos los días a las 20.00. Tiene su propia librería. Hoy es su cumpleaños, cumple veintiséis años. Vive en Barcelona, cerca del parque de la Ciutadella, en un pequeño, pero acogedor piso, con Fausto, su marido, desde hace tres años.

Fausto es un hombre ejemplar. Parece poseer todas las cualidades que uno puede desear y envidiar de los demás. Es atractivo, generoso, amable, detallista, innovador, cariñoso, romántico, gracioso, y muy elocuente. Se le da bien hacer, casi cualquier cosa, desde cocinar orgásmicos manjares, para todos los paladares, hasta crear sus propios muebles. Trabaja como fotógrafo de paisajes naturales, aunque su especialidad son los retratos.

Teresa es fantástica y maravillosa. Es una mujer preciosa, apasionada, tremendamente inteligente, y llena de energía. Le encanta vivir, y demuestra esa felicidad, contagiosa, constantemente vaya donde vaya.

Son las 20:05. Teresa coge un taxi para ir hasta casa. Normalmente no coge ninguno, pero tiene prisa, pues Fausto le debe de tener preparada una sorpresa por su cumpleaños. Sube al taxi y le indica la dirección de su casa al taxista. Este es un chico muy joven, parece menor que ella. Sus ojos son celestes y posee una mirada penetrante. Su pelo, recogido en una despeinada coleta, se muestra bastante graso. Su cara está repleta de acne, y tiene unas cejas profundas y oscuras, con una mata de pelo exagerada. Sin embargo, le gusta su cuello, delgado y largo, y su forma de girar la cabeza para mirar los semáforos.

Teresa cierra los ojos y piensa en las sorpresas con las que le va brindar Fausto esa noche. Se imagina entrar en casa y este recibirle con un beso apasionado, que haga que le tiemblen las rodillas como un flan. Luego le vendará los ojos, y le conducirá lentamente, hasta el dormitorio. Donde le hará el amor, primero lentamente, cubriendo su cuerpo de delicados besos y caricias, y después, cuando la excitación llegue al máximo, se convertirá en un juego de placeres, donde sus propias carnes arderán. Se retorcerán en el lecho, succionarán sus sexos, lamerán sus jugos, golpearán sus cuerpos con vigor, y gozarán como dementes en celo. Después, para recuperar las fuerzas, cenaran diferentes creaciones de Fausto, donde los sabores organizaran un festín de lo más sabroso, y por último, pasearan por la playa, beberán vino y se bañaran en las aguas oscuras de la noche de Barcelona. Las risas no cesaran en la noche, al igual que los besos, caricias y abrazos. Verán el amanecer tumbados en la fría arena, abrazándose en todo momento, y disfrutando de esos momentos que te da la vida.

El taxista no aparta la mirada en ningún momento de Teresa. Aunque sus ojos no se cruzan en ningún momento, siente el peso de su mirada lasciva sobre ella. Ella sigue con sus ojos cerrados en todo momento, con una amplia sonrisa en sus labios, embaucada por sus pensamientos. Este comienza a masturbarse mientras la mira, sin dejar de conducir en ningún momento. Va haciendo eses con el coche. Ella oye, los jadeos silenciados, del excitado taxista, y después, solo puede oír sus gritos desgarradores, antes de colisionar con una vieja joyería, justo cuando ella abre sus ojos. El taxi colisiona, por la evidente imprudencia del taxista, que al eyacular, se salta un semáforo, atropellando casi a un ciclista. El auto queda destrozado, el taxista se rompe un brazo y Teresa pierde el conocimiento. Se ha hecho una fisura en los pulmones, llenándolos de sangre poco a poco. Todo sucede en un segundo, pero parece eterno.


- Teresa siento llegar tarde – dice Fausto al entrar en casa, con un hermoso ramo de rosas rojas y una bolsa en la que lleva una botella de vino tinto maduro – ¿A que no sabes lo que me ha pasado al salir del trabajo?. Casi un taxista me atropella. ¡El muy cabrón!. Hoy en día, el carnet lo tiene cualquiera, ¿eh? – dice indignado - Por suerte lo esquive y aquí estoy en casa. Si no, imagínate pasar tú cumpleaños en urgencias jajaja – ríe y entra en el comedor mostrando el esplendoroso ramo de rosas - ¿Teresa?, ¿estás en casa?.

Nadie contesta. Mira por todas las habitaciones, pero ella no está. La llama al móvil, pero lo tiene apagado. Se dirige extrañado al contestador del comedor, para ver si tiene alguna llamada de ella. Hay un mensaje, la luz roja del contestador parpadea intermitente. Le da al botón de play y escucha el mensaje “Buenas noches. Le llamo desde el Hospital Del Mar. Su mujer, Teresa Díaz, ha sufrido un accidente de coche está tarde. Es importante que venga cuanto antes al hospital. Pregunte en recepción por la Dra. Ramos”. Fausto sale corriendo de su casa, dejando la puerta abierta y al contestador, en modo de repetición. Las rosas están destrozadas sobre las baldosas blancas y negras del salón.

Teresa muere unos minutos antes de que Fausto llegue al hospital. Fausto solo puede reconocer su cadáver en el depósito. Le dejan unos minutos a solas con ella, para que se pueda despedir de alguna manera. El rompe a llorar sobre su joven mujer. Es el momento más angustioso de su vida.

Esa misma noche, Fausto coge su bicicleta y da un largo paseo por la playa. El silencio reina en la noche y es quebrado por el continuo repiqueteo de los pedales, de su vieja bicicleta roja. Comienza a acelerar, sobre el desierto paseo marítimo. Delante de él, hay unas cuantas ramas secas amontonadas, sigue recto, sin esquivarlas, y grita como un loco en pena. Su bicicleta se golpea contra las ramas y cae al suelo, partiéndolas todas con su espalda.

Se queda tumbado en el suelo por unos momentos, intentando recuperar la calma. Su pecho se eleva vaporoso, por su agitada respiración. Al cabo de unos minutos se levanta, dejando su bicicleta en medio del paseo, y camina hasta llegar a la arena de la playa. Se sienta en la orilla, dejando que el frío viento azote su cuerpo. Mira su reloj, al cual se le partido el cristal. Marca las 2:30 de la noche. Se sienta, abrazando sus rodillas, y dejando caer su cabeza sobre las mismas. Hundiéndose en los recuerdos. Lágrimas heladas recorren sus mejillas.

Habían musarañas cerca del lago donde le pidió matrimonio a Teresa. Recuerda como eran de molestas las polillas, que zumbaban a su alrededor, sin dejarles respirar. Corrieron al lago para esquivarlas. La beso bajo la luna creciente, hermosa y poderosa, en el primaveral atardecer. Se reflejaba su silueta, como una espada, en el agua helada. Hicieron el amor durante horas, bajo la sombra de un majestuoso roble.

Fausto, colérico, golpea la arena, con los puños cerrados. Se estira del pelo, se abofetea y se muerde las manos, dejando sus dientes grabados, como con fuego, en sus muñecas. Furioso, corre hacía el agua, y se zambulle, en el agitado mar. Solo quiere ahogarse, y no volver a despertar.


Su vida pasa muy lenta sin Teresa. Hay días en los que la desesperación le mata y no le deja respirar, sin conseguir, levantarse de la maldita cama.

Pasa un año de su muerte. Teresa cumpliría veintisiete años. Fausto llega a casa, como un alma en pena, y allí está ella. Rompe a llorar al verla, sentada en el sofá, leyendo un libro de poesía que él le regalo hace años.

- ¡Teresa! – dice ahogándose en sus sollozos – Cariño, ¿estás viva? – grita incrédulo ante lo que ven sus ojos. Se abalanza para abrazarla. Siente que está en un sueño.

- ¿Por que no lo iba a estar Fausto?. Mira que dices tonterías a veces cariño. ¿Hoy es mi cumpleaños, ¿recuerdas?.

- Claro. Jamás podría olvidarlo – dice Fausto con una feliz sonrisa en su boca.

- Venga Fausto, te tengo preparada una sorpresa. Ya se que es mi cumpleaños… pero últimamente andas muy estresado, y se que esto te relajará.

Suena el teléfono. Fausto sigue creyendo que está sumido en un extraño sueño. Que ese milagro no puede ser real. No oye el continuo sonido del teléfono, y solo la mira asombrado, acariciando sus manos. Se oye el mensaje de su hermano en el contestador “Fausto, soy yo, Carlos. ¿Cómo estás?. Bueno, ya se que hoy es un día duro para ti, y que seguro que no paras de recordar a Teresa, por que ya ha pasado un año… y nada, tio… solo quería ver como estás y que si quieres pasar la noche conmigo, Julia y los críos, estás invitado… Venga hermano, que se que estás en casa, coge el teléfono. Nos tienes muy preocupados a todos .Por favor, cuando oigas este mensaje llámeme. Te quiero mucho Fausto”. El rostro de Fausto se descompone en mil pedazos, al oír las reales palabras de su hermano. No puede ser cierto, Teresa no está muerta, estaba frente a él antes de sonar el teléfono.

- ¡TERESA!, ¡TERESAAA! ¿Dónde estás? – grita Fausto asustado, al pensar que la ha vuelto a perder.

- Aquí amor. En el baño. No te he dicho que te tengo guardada una sorpresa - dice mientras asoma su cabeza por el marco de la puerta, lanzándole un beso - ¿Quién era Fausto? – pregunta.

- Nadie – dice este – Se habían equivocado – secándose las lágrimas,

Fausto se desnuda y entra en la bañera junto a Teresa. Hay champagne enfriándose en la cubitera, bombones, velas e incienso. Le ha preparado un relajante baño espumoso.


Fausto no quiere despertar de su imaginaria realidad. Prefiere vivir la dulce mentira, que la amarga realidad. La verdadera imagen a la que está inmerso es a la soledad, como un marinero, navegando en el salvaje mar.

19.5.10

Y se hizo el silencio

Toda esta historia comienza en un viejo circo situado en la costa de Palermo. Es la historia de Esmeralda e Isidoro. ¡Artistas!, sin lugar a dudas, de ese bello y misterioso oficio.

Isidoro trabajó en el circo desde los quince años. Entro en el mundo del espectáculo por unos cazatalentos que vieron en él, una asombrosa fuente de ingresos. Primero comenzó como contorsionista, dada su gran flexibilidad, también hizo de payaso, domador de fieras, y, finalmente, inició su carrera como trapecista, la cual le llevo a la fama, por toda Italia.


Conoció a Esmeralda un jueves, un tanto lluvioso. Isidoro se quedo estupefacto, pues en toda su vida, no había visto a una mujer tan hermosa como ella. Esmeralda era de España. Tenía diecisiete años cuando conoció a Isidoro, y él tenía veintiocho. Era una mujer de tez salvaje, cabello largo y alborotado, y de un negro intenso. Sus ojos, eran color aguamarina, y su cuerpo, lleno de interminables curvas. Mantenía una actitud firme, sensual y enigmática, como si estuviera ocultando algún secreto. Esmeralda había acabado en Italia, por que de un día a la mañana, se levanto y comenzó a viajar ansiosamente, por toda la costa del Mediterráneo. Pero no quería alejarse de esas aguas saladas y cristalinas, por que era allí donde sentía fluir su sangre.


Esmeralda se dedicaba a arreglar, modificar y crear los trajes de todos los miembros del circo. Tenía un gran talento con la costura y el diseño de novedosos patrones, para cada espectáculo. Pasaba horas, remendando, las roturas de los trajes del descuidado Isidoro, y este se dedico a enseñarle el oficio de contorsionista, pues había visto en ella la destreza necesaria para ello. Pasaban las noches en vela, preparando numerosas danzas, con las que deslumbrar cada día a sus espectadores.


Y así, poco a poco, Isidoro y Esmeralda se enamoraron locamente. Pero era un amor furtivo, pues nadie en la compañía debía de enterarse de tal romance, ya que el dueño del circo estaba fascinado con Esmeralda, y todos los días la perseguía para intentar conquistarla, pero ella no le correspondía como él deseaba, y este le juro que si le veía con algún hombre lo mataría y a ella también, pues si no podía pertenecerle a él, no le pertenecería a ningún otro. Todos los hombres de la compañía tenían prohibido intimar con ella, pues era la fantasía del dueño, Isidoro, con la excusa de los bailes y las clases de contorsionismo, había conseguido tener acceso libre a ella, pero, con ello, se había ganado las enemistades de muchos hombres del circo.


Actuaban con cautela, cuando podían contener sus arrebatos pasionales, intentando evitar los ojos escurridizos de los secuaces del dueño, que estaban por todas partes.


Un día Esmeralda recibió una carta de su madre, a la cual ella escribía con regularidad, diciéndole que su padre estaba muy enfermo, y que debía volver a su país para reunirse con su familia, en esos momentos que tanto la necesitaban.


Esmeralda marcho para España, para unirse con su familia, e Isidoro se quedo en Palermo trabajando duramente y esperando su regreso. Cada noche soñaba como aparecía ante sus ojos y él la abrazaba y no la dejaba volver a marcharse de su lado.


Pasaron los meses, e Isidoro no recibía noticia alguna de Esmeralda. No había contestado a ninguna de las numerosas cartas que el le había mandado durante ese tiempo.


Una mañana de abril, uno de los secuaces del dueño del circo le dio una carta de España, escrita por la madre de Esmeralda, Carmela. En ella, le contaba como Esmeralda había acabado con su vida, al morir su padre en sus brazos. Se había lanzado en picado al mar y se había ahogado en esas profundas aguas. Aún no habían encontrado su cadáver. Isidoro noto como su corazón se partía en infinitos, ensangrentados, pedacitos. Jamás había sentido tanto dolor en su interior. Notaba como la sangre le hervía, como el pulso se le aceleraba, le flagelaban miles de espasmos sobre su piel y como le costaba respirar cada vez más, hasta que perdió el conocimiento, durante un día entero.


Al recobrar la conciencia, sentía como si su alma se le hubiera escapado. Se sentía vacío y solo. Isidoro tenía que comenzar a calentar para el espectáculo de la noche, así que se levanto de la cama, que aún tenía el perfumado olor a lavanda de su amada, y cogio de la mesita de noche, la cadena de oro, donde tenía una foto de ella. La beso y cerro los ojos fuertemente, conteniendo el llanto inminente, que rasgaba, gélido, su corazón. Comenzó ha realizar estiramientos de los brazos y las piernas, sintiéndose tan pesado, como un yunque de hierro. No conseguía centrar su mente en los estiramientos, solo podía visualizarla a ella. Tenía en su cabeza hasta el mínimo detalle de su despedida, hacía unos meses, en la estación de trenes de Palermo. Como su vestido, de fresas silvestres, se movía enloquecido, por el fuerte viento, como se abrazaron, notando todos sus huesos, en un abrazo conmovedor, como se besaron, en un beso por el que él hubiera vendido su alma para no cesar ese magnifico momento. Se sentía culpable de la muerte de Esmeralda. Tendría que haberla retenido a su lado, y jamás dejarla que fuera de vuelta a España a ver a su padre. Había sido un error no mantenerla a su lado, pues estaría viva y junto a él.


El espectáculo de Isidoro se volvió frío y sombrío. Las luces que brillaban en el escenario, cuando él aparecía, dejaron de utilizarse. Ya no había música, ni decorados, ni tampoco sonrisas. El ritmo feliz y alegre de sus actuaciones, se convirtió en una danza lúgubre y taciturna, donde con cada salto demostraba su terrible desesperación. Isidoro solo quería saltar al vacío y no dejar huella de su existencia, como había echo Esmeralda.


Trabajaba noche y día, dejando transcurrir así los días, intentando ocupar su mente en los saltos, que le transportaban a la dulce melodía que le cantaba Esmeralda, cada vez que actuaba, y él se sentía libre, como un pájaro, y solo quería volar y reunirse con ella.


Pasaron lo años e Isidoro se volvió solitario y extraño. No hablaba con nadie, y solo trabajaba y deambulaba por el circo. Una noche, en la que estaba actuando, reconoció una melodía que no oía hacía ya doce años. Una música celestial que le transportaba a la época donde él aún era feliz. Miro hacía las gradas, confuso y alterado, y allí estaba ella, silbando. No se lo podía creer, perdió el conocimiento y cayo. Se hizo el silencio en el circo.


Esmeralda salto las vayas, que separaban el escenario de las gradas, y se lanzo sobre la red, donde había caído Isidoro. Grito desesperada y lo golpeo furiosa. Este abrió los ojos y dijo “Esmeralda, que bella que estás. Estás como el primer día que te vi. Por fin ya estoy a tú lado y podremos disfrutar de una vida juntos en el cielo”. Esmeralda le beso dulcemente y le susurro al oído “Cariño, que susto me habías dado. ¡Pensé que habías muerto! Mis ojos no han podido soportar verte caer. Como te quiero Isidoro. Amor he vuelto. Y no me volveré a marchar jamás de tú lado”.


Esmeralda e Isidoro se quedaron abrazados sobre la red. El público sonreía al ver tan glorioso reencuentro.

9.5.10

Tierra húmeda

Hoy es un día extraño. Nadie me lo puede negar.


Huele a tierra húmeda. La lluvia azota vigorosamente la calzada, cubriéndola de un manto resbaladizo y transparente. La tierra se empapa de agua, y se forma un barro maravilloso. Las flores son golpeadas, continuamente, por las gotas, como balas sobre la carne de un inocente, perdiendo cada uno de sus pétalos. Los caracoles se esconden bajo sus pequeñas conchas, y se quedan paralizados, sin dejar ese curioso rastro plateado que en la noche, después de dos copas de vino, observamos maravillados, y nosotros, nos tapamos con nuestros paraguas, de múltiples colores, intentando obtener un resultado de absoluta sequedad, y corremos como locos, en una jungla de la que no podemos escapar. Otros, miran la lluvia desde la ventana y se ríen de aquellos que se mojan por la calle. Incluso les señalan con sus garras enfermizas, desde sus cómodas casas con chimenea y chocolate caliente con pastas, esperando en el comedor.


Sin embargo, Ellen, no lo hace. Solo está cansada. Mira fatigada por la ventana, pensando que Julien volverá a entrar en cualquier momento. Ya le parece una terrible costumbre que jamás abandonará. Cada vez que llueve repite los mismos pasos. Se pone su bata roja, de ligera tela francesa, con absoluta liviandad, se asoma por la ventana y mira pasar a la gente, esperando verlo cruzar, sosteniendo la bolsa de papel marrón, con cruasanes recién hechos, de la panadería Oh Mon Dieu. Cree, aún, que puede percibir el aroma desde la ventana, el olor dulce de los cruasanes y de la purificadora lluvia, sintiendo como su boca se le hace agua poco a poco.


Si no le hubiera saludado desde la ventana ese día, podrían haber desayunado una última taza de té y disfrutado de una maravillosa mañana de lluvia, juntos en el salón.


Ha pasado un año desde que Julien fue atropellado en la Rue de la Justice, por un camión de frutas y verduras, que se dirigía al centro de París. Y Ellen no consigue quitarse de la cabeza la imagen de Julien sonriente, mirándola en la ventana, tapando la bolsa de la panadería con los brazos, para que no se mojara con la lluvia, y dibujando con sus labios, palabras de amor que ella solo entendía. No puede comprender como en un solo segundo su vida acababa y la lluvia cesaba, dando lugar a un odioso silencio. Roto por los gritos de una mujer enamorada.

Y Ellen sigue mirando por la ventana. Siente un escalofrío cada vez que ve cruzar a un peatón la carretera. Dice en voz alta “Julien, solo deseo poder tomar una última taza de té contigo, mi amor”. La sala enmudece.

Ellen nota como sus ojos tiemblan sin parar. Parece que va a comenzar a llorar, y sabe que no podrá parar en días. Su corazón no ha cicatrizado las profundas heridas, y la lluvia no hace más que recordarle su profunda desdicha.


Mira fijamente por la ventana, reflejando su imagen en el cristal, viendo como sus propias lágrimas, se funden con las gotas frías de la lluvia primaveral. Deja de llover y solo se escucha, en el cielo, el lamento de los pájaros al volar.

2.5.10

El sabroso aroma de mi azufre

- Me llamo Alexander. Tengo 42 años. Actualmente trabajo repartiendo publicidad en una floristería. Publicidad de los descuentos y regalos que hacen para bodas, bautizos, comuniones, cumpleaños, funerales, etc – saca de una bolsa de papel blanca, un taco de tarjetitas, color pastel con letras doradas, de la floristería, y comienza a repartirlas a todos sus compañeros de la terapia de grupo. Se queda en medio del corro, donde están sentados y dice en voz alta: Floristería la dulzura. Lo dice tan fuerte que hasta le retumban los oídos – Mi uniforme es un disfraz de oso travestido. Soy un oso blanco, con alas de mariposa, tutu morado y corona de oro, y ¡ojo! no faltan las piedrecillas brillantes de plástico. Es muy estresante que tú intentes hacer tú trabajo bien y que los niños pequeños te peguen y que los adultos te insulten. ¡Han llegado a apalearme! – grita histérico - Este año ya he tenido dos conmociones cerebrales. Odio mi trabajo. Y os odio a todos – dice Alexander, con los ojos llenos de rabia.

- Tranquilícese Alexander – dice el psicólogo – Prosiga, pero cálmese, tiene que compartir con el resto del grupo sus sentimientos y emociones, ya sabe que el fin de esta terapia es conseguir que usted pueda abandonar estas formas de actuar tan autodestructivas, que tiene consigo mismo y con todos aquellos que le rodean.

- “¿Mis emociones?” – dice Alexander con cierto retintín – Bien, si lo que quieren saber son “mis emociones”, sigo con la bella historia de mi vida. Yo soy guionista. Bueno… un guionista fracasado. Mi pasión es escribir y se me da realmente bien. Tengo imaginación y una asombrosa técnica narrativa – aclara Alexander - Yo no soy como los demás. Yo tengo talento. No soy un guionista corriente que cuenta historias banales y aburridas. Yo le hago el amor a las palabras, le inyecto sangre a mi historia y cobra vida, retorciéndose en el papel, como un bichejo herido, al que una serpiente acaba de inocular su veneno – dice orgulloso - El hecho es, que he intentado hasta la saciedad, que alguno de mis guiones fueran aceptados en el catastrófico mundo del cine. Y nada. ¡Una puta mierda me he tragado yo todos estos años! – grita. El psicólogo le mira pidiéndole que se contenga. Alexander está al rojo vivo – Bien, bien. Ya me calmo – dice dirigiéndose al él, con una mirada fría - Pues así ha sido todo. Un artista como yo, rebajado a repartir publicidad, vestido de oso de sexo incierto, rodeado de flores gigantes de papel mache, de todos los colores, al que le toca escribir por la noche, con su botella de tequila y sus antidepresivos, para poder seguir haciendo lo que más ama: Escribir. Vivo en una mierda de ático, que me hunde aún más. Llego a casa, de mi verdadero “trabajo”, y es como si un látigo invisible fustigara mi alma y me hiciera caer al entrar en tal pocilga. Además, ya no está ella conmigo. Me engañó y se fue con un director de cine. ¿Os lo podéis creer? – dice mirando desesperadamente a los demás pacientes de la sala - Mi fracaso parece estar escrito por las infames parcas griegas. Se pasan el día manejando los hilos de mi vida a su antojo, y en el momento más preciso, lo cortan, lo vuelven ha anudar, lo retuercen, lo queman, le hacen infinidad de cosas, haciendo que caiga en un constante caos de locura del que no puedo despertar.



 
- No tiene por que rendirse – dice el psicólogo, mientras hace anotaciones en su libreta – La vida es dura y con dificultades, y eso lo sabemos todos. El hombre debe de luchar por lo que quiere, mantener la constancia, y no confiarle a la suerte su destino. Su fracaso en el mundo de laz artes cinematográficas, se debe, no a su falta de destreza e ingenio, si no, a la ruindad de una esfera privada, llena de dichosas trabas, que intentan hundir a pequeños genios, y robarles la esperanza. Lo que no puede hacer es revivir los malos momentos de su vida, y revolcarse en las cenizas de sus infiernos personales constantemente.

- ¡Usted no tiene ni puta idea de lo que dice! – se levanta furioso de la silla – Solo está aquí para sacar millonadas, a costa de nuestros problemas. Usted se hace de oro, y no soluciona nada. No sabe lo que uno sufre, al ver como fracasados sin estudios, consiguen publicar y dirigir verdaderas bazofias, que a cualquiera le darían ganas de amputarse todos sus sentidos, por tal de no volver a tener que tragarse semejante mierda – brama enloquecido – Está consulta del diablo no sirve de nada. No se como me he dignado a venir aquí. Quizás fui un ingenio, y pensaba que existían personas que entenderían por lo que estoy pasando y compartirían la visión de mi arte perfecto. Yo no vuelvo a perder el tiempo en la consulta de un psicólogo inepto, rodeado de patanes con problemas triviales – sale de la sala dando un fuerte portazo y dejando a todo el mundo sin habla.

- Sigamos con la terapia. No hagan caso de sus fútiles disertaciones – dice el psicólogo, y señala a la siguiente paciente del corro, para que se levante y prosigan.


Alexander está sentado en su viejo escritorio. Tiene el portátil delante de él, con una hoja de Word en blanco, preparada para escribir. La luz cegadora del ordenador ilumina la figura de Alexander. Este sostiene con fuerza su cabeza, con sus delgadas manos, y acaricia, sus anchas patillas canosas, con la yema de los pulgares. Furioso, lanza el portátil contra la pared, haciéndose añicos en un solo golpe. Se deja caer sobre el mohoso colchón que tiene en el suelo, coge una botella de whisky que tiene a medias, y de un solo trago acaba el contenido de la botella. Se levanta del suelo y comienza a golpear todo lo que tiene a su alrededor. Saca de una polvorienta caja, una máquina de escribir y un taco de folios amarillentos, algunos de ellos pintarrajeados. Se sienta de nuevo en el escritorio, coloca un folio, y como si una extraña inspiración repentina, azotara su medula espinal, comienza a escribir durante toda la noche. Atizando con sus dedos medio muertos, las teclas de la máquina. Naufragando en el repiqueteo sonoro de sus palabras.


- Buenos días – dice el psicólogo al entrar en la sala – Veo que el señor Alexander ha vuelto a la terapia. Me agrada tenerlo de nuevo por aquí. ¿Por qué va tan cargado?, ¿se va usted de viaje? – dice, mirando por encima de sus viejas gafas verdes, las maletas que lleva consigo.

- Si. He vuelto. Y tengo la solución a todos mis problemas. Está mañana he dejado mi trabajo en la floristería y me he despedido, de una vez por todas, de ser simplemente un guionista. Concentrare todo mi esfuerzo en dar un salto en mi carrera. Voy a ser director de cine. Si soy director, ella volverá conmigo. Y volveré a ser feliz. Comenzare rodando mi primera película aquí y ahora. Y en las maletas tengo todo el material.

- ¿Cómo dice? – dice extrañado el psicólogo.

- Si. El cine es así. El arte nace en cualquier parte.


Abre una de las maletas y saca una cámara de video, el trípode y una bolsa grande de basura gris. Enciende la cámara y la apoya sobre el trípode, frente al corro de pacientes. Cierra la puerta y arrastra la librería, que está apoyada en la pared, contra la puerta, bloqueando la salida. Todos están paralizados, a la espera de que el psicólogo haga o diga algo. Este mira atento todos sus movimientos. Alexander baja las persianas de la sala, dejando solo la luz artificial de los fluorescentes. Con una navaja, que saca de su bolsillo, abre la bolsa, y comienza a lanzar cucarachas y ratas muertas, contra todos los pacientes. Todos comienzan a gritar. Rápidamente, saca una nueve milímetros y dispara a la cabeza al psicólogo. La sangre salpica a todo el mundo. Dispara al resto de pacientes, a cada uno en una parte de su cuerpo diferente. Solo se oyen gemidos agonizantes de los pacientes. Se desangran lentamente. Este, con la cámara en mano, graba la sala. Todo está lleno de insectos, ratas y personas medio muertas. Se acurruca entre todos ellos, sin dejar de grabar. Mira fijamente a la cámara y dice - Saboreo el aroma del azufre de mi propio infierno. Y es dulce. Y me encanta – dice en un profundo éxtasis, sintiendo la genialidad innovadora de la obra de su vida.