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23.6.10

Muñeca de trapo

Hellen fue violada a los diez años por Duck, un viejo amigo de su padre. Después de ese incidente, su madre, pidió el divorcio de su marido, Hank, y la custodia de su pequeña hija. Su madre tenía problemas con el juego y su padre con la bebida, así que los tribunales sociales, no admitieron que Hellen viviera con ninguno de los dos padres, pues veían que la niña no vivía en un entorno sano y estable, donde pudiera formarse y obtener una correcta educación para su futuro, y que su vida corría peligro, en un ambiente tan inseguro. La custodia de Hellen fue cedida a un hogar de acogida especial, para menores que habían sufrido abusos sexuales, en Auburn, perteneciente al condado de Cayuga. Como medida complementaria, los tribunales decidieron poner una orden de alejamiento a ambos padres, hacía su hija. Al cumplir los dieciséis, Hellen volvió a Albany, con la intención de comenzar de nuevo su vida, en el lugar donde había crecido. No quiso tener contacto con sus padres, aunque la orden de alejamiento ya había expirado hacía años. Encontró fácilmente trabajo en una pequeña cafetería, a jornada completa y cobrando el salario mínimo.

Hellen había crecido, desde la última vez que había estado en Albany. Su cuerpo había experimentado los cambios clásicos del paso de la niñez a la juventud. Tenía un rostro fino y pálido. Sus ojos azules, se hundían en una expresión triste. A penas tenía curvas, pero tenía un cuerpo proporcionado. Había abandonado sus largos cabellos color trigo, por un pelo cortado a trasquilones y de un rubio oxigenado. Era una hermosura de mujer y todos los hombres la devoraban con la mirada y ella coqueteaba con todos ellos. La veían como un delicioso trozo de carne que había que probar una y otra vez, y Hellen, ingenua, llena de falsas esperanzas, se dejaba perder en los brazos de cada hombre que conocía, acabando siempre con el corazón roto. Jamás la trataban bien. Siempre era el trapo sucio de sus fantasías perversas, y ella accedía a ello, y se purgaba así misma, pues se sentía tan estúpida e impotente, ya que siempre le ocurría lo mismo.

En el momento en que se acercaba el verano, Hellen, siempre sale a la pequeña terraza de su apartamento, por las noches, a mirar las estrellas y a disfrutar de la suave brisa del aire, rememorando su infancia en Auburn.

Cuando tenía seis años, todas las tardes hacía la siesta junto a su padre, mientras su madre se iba a jugar a las máquinas tragaperras. Se tumbaba en la cama cuando él ya estaba dormido y se iba a hurtadillas, a la sala de estar, antes de que él se despertara y llegara su madre. Era como un juego para ella, en el que no tenía que ser descubierta. Su padre no tardaba más de un minuto en quedarse dormido desde que se acostaba en la cama. Una vez se dormía, comenzaba a roncar tan fuerte, que Hellen pensaba que cabría la posibilidad de que su padre descendiera de algún animal prehistórico, grotesco y enorme. Su grandiosa panza ascendía y descendía rápidamente, al compás de su profunda respiración y siempre estaba sudando como un cerdo. Hellen se acurrucaba cerca de él, echa un pequeño ovillito, ocupando el poco espacio libre que dejaba este en la cama. Siempre se fijaba en las axilas de su padre, llenas de abundante pelo rizado y de un negro intenso. No había día que no se echara a reír, ya que le parecían hilos enredados en un costurero viejo o los bigotes de cien gatos pardos. Esos momentos en los que dormía junto a él, se sentía protegida de todo.

Cada día en el trabajo es acosada por su jefe y tratada de puta por sus compañeras. Está cansada de escuchar los cuchicheos de las demás camareras a sus espaldas, siempre diciendo “Los hombres solo ven en ella un coño y un culo fácil. Es el trapo de todos. Limpia la mierda de cada gilipollas y luego se la come. Es completamente tonta. No se como se deja tratar así. Pero será que le gusta. Si no, no me explico otra cosa”.

Chuck, es uno de los clientes habituales de la cafetería donde trabaja Hellen. Es un camionero, divorciado, de cuarenta años. Tiene buen aspecto y un carácter agresivo. Hellen siempre se contonea a su alrededor, con su apretado y escaso uniforme, riéndole las gracias. Le atrae su forma de ser, su temperamento atrevido, salvaje y seguro. Se lleva acostando con él unos pocos meses. Unas veces lo hacen en los sucios baños de la cafetería, en la parte trasera de la cafetería, junto a los contenedores de basura o en el camión de Chuck. Él la trata como se le antoja y ella, en esos momentos en los que él la penetra, con total indiferencia, experimenta una pequeña seguridad que la llena de una ficticia felicidad.

Está sumida en una espiral cíclica, en la que sucede eternamente lo mismo cada día, cada mes, cada año. Lleva una vida rutinaria, en la que no existe cabida para los sueños. Una vida tan simple que se puede definir en el trabajo, en la tristeza, en la ingesta de excesivas cantidades de alcohol y en el continuo fracaso con los hombres, por su continua búsqueda de la protección.

Pero un día se levanta y decide cambiar su vida. Cree que debe volver a casa de sus padres y ver lo que ha pasado, en diez años, sin saber nada de ellos. Debe arrancar los problemas de su existencia de raíz.

Nada ha cambiado en diez años. La casa sigue tan descuidada como lo estaba cuando ella vivía allí. La puerta del garaje sigue pintada la mitad, algunas de las vallas que bordean la casa siguen rotas, el jardín está tan lleno de hierbas salvajes que parece no puede verse las piernas caminando por ahí, incluso, sigue colgado su neumático, donde se balanceaba todas las noches antes de ir a dormir.

Hellen se queda paralizada frente a la puerta de su casa, armándose de valor para entrar. No sabe si su padre seguirá allí o no, pero debe de intentarlo.

La puerta está abierta. Entra en silencio y pasea por la casa. Se dirige al cuarto de su padre. Y allí está él, dormido en la cama. Está extremadamente delgado, cubierto de carnes flácidas por todas partes. Tiene cirrosis etílica. Se está muriendo. Aún así, mantiene esos pelos en las axilas que tanta gracia le hacía a ella cuando era pequeña. En la mesita de noche, al lado de varios de medicamentos, tiene una foto de ellos tres, haciendo una barbacoa en el jardín de su casa. Hellen no puede evitarlo y rompe a llorar.

- Hellen, ¿eres tú? – pregunta Hank confuso – Sabía que volverías a casa con tú padre. ¡Que guapa que estás y que mayor! – exclama feliz. Comienza a toser fuertemente. Hellen le acerca un cubo metálico que tiene, y este escupe bilis y un poco de sangre.

- Papa. Voy a quedarme aquí hasta que estés bien – dice Hellen llorando. Le pasa un paño húmedo por la frente, quitándole el sudor, y le besa. Le cierra los ojos suavemente, con las yemas de los dedos. Hank se duerme, placidamente, con una amplía sonrisa. Coge una almohada roída, por el sudor de su padre, y lo asfixia. Muere al cabo de un par de minutos. Hellen se tumba en posición fetal a su lado y se queda dormida.

9.6.10

La Devoradora

- ¿Aproximadamente, desde cuando tiene ese sueño Richard? – pregunta Marion, su psicóloga privada.

- Pues hará cuatro meses hoy. Comencé a tener ese sueño a principios de marzo, lo recuerdo muy bien, por que eran los últimos días fríos, de este invierno eterno. Y desde ese día, cada vez que me duermo, sueño con él. No hay noche en la que mi mente descanse y no aparezca en mis sueños – dice preocupado Richard, tumbado en el diván de la consulta, de techos altos y paredes color frambuesa.

 - ¿Y siempre es el mismo sueño? – pregunta Marion mientras limpia sus gafas, de montura de pasta negra y granate – Quiero decir… ¿siempre pasan los mismos sucesos en sus sueños?, ¿salen los mismos personajes?, ¿realiza usted las mismas acciones en cada sueño? – reformula la pregunta, y saca otro bolígrafo del bolsillo de su blusa beige.

 - Sí, así es. Es como si fuera una película. Que una vez me duermo, se enciende el botón de play en mi cabeza y no acaba hasta que me despierto. Y cada día es la misma película. Y me despierto con una sensación de… como decirlo… me siento vivo, como jamás me he sentido en mi cuadriculada vida – a Richard le avergüenza reconocerlo. Se siente tenso desvelando sus secretos.

 - ¿Y por que cree usted que sueña todos los días con ese hombre? – pregunta la psicóloga intentado sonsacarle la respuesta que espera oír.

- No lo se. No lo conozco. ¡No se quien es! – exclama alterado Richard, mientras apreta sus manos, envueltas en sudor.

- Tranquilícese Richard. Estamos aquí para descubrir el origen de esos sueños que tanto le atormentan y descubrir quien es él y por que no puede dejar de soñar, ese mismo exacto sueño, cada noche. Bien… sigamos. ¿Desde cuando cree que le atraen los hombres? – dice Marion.

 
- ¿Cómo se atreve a preguntarme semejante sandez? – dice Richard indignado, sentándose en el diván – Jamás me han gustado los hombres. Estoy felizmente casado desde hace trece años. Mi matrimonio es perfecto, pues es un matrimonio sólido, basado en el respeto, el amor y el cariño – dice intentándola convencerla.

 - ¿ Y dónde queda la confianza en su matrimonio?. Por que su mujer no sabe nada de estos sueños – dice Marion - ¿Se repite eso a usted, cada día que se despierta, para convencerse de que todo va bien en su organizada vida? – pregunta Marion – Déjeme seguir – le dice levantándole la mano para que se calle - Yo no dudo que ame a su mujer, y que la quiera como el primer día que la vio y que la eligió a ella, y no a otras, para pasar su vida. Pero debería darse cuenta de que lleva cuatro meses soñando con el mismo hombre, y que eso significa algo. Hay algo, en usted, que está cambiando, o que ya existía, y empieza a salir – afirma Marion.

 
- No aguanto más por hoy. Dejemos la terapia para otro día – dice Richard reincorporándose y levantándose del diván.

 
- Bien… como usted lo desee. Nos vemos dentro de cinco días, después de la boda de su hermana. Disfrute de estos días – dice Marion acompañándole a la salida – Y ya sabe, si quiere algo de mí, no dude en llamarme a la consulta – se despide con una sonrisa.

 
- Si, si. Gracias – dice Richard abandonando la sala sin mirar atrás. Está avergonzado de sus confesiones en la terapia.

 Séraphine y Richard cogen el vuelo, dirección a Londres, en primera clase, dirigiéndose a pasar un magnifico fin de semana en la boda de su hermana Marieann con Jon, su novio desde hace cinco años. Richard se pasa todo el vuelo dándole vueltas a las preguntas de su psicóloga, mientras, Séraphine come diminutos aperitivos que le ofrecen en el avión.

 
Una vez llegado a Londres, se dirigen a su hotel en taxi y se acomodan en su habitación. En dos días será la boda, y Richard, no puede dormir, ya que tiene miedo a soñar con ese hombre de nuevo. Si fuera por él, no dormiría más en su vida, pero sabe que no puede privarse de esas benditas horas en las que se siente tan vivo y miserable a la vez. Sale del hotel para dar una vuelta y despejarse. Séraphine se queda allí, recibiendo masajes tonificantes y tomando cócteles frutales. Se despide de él con la mano.

 
Deambula por las calles de Londres durante unas horas. Se para en los lugares emblemáticos de la ciudad y hace fotografías. Se sienta en un banco de la calle, y observa el Tamesis con tranquilidad, cerrando los ojos, se sume en un profundo sueño. Cuando despierta, alterado, por haber vuelto a soñar con ese hombre. Se dirige furioso a tomar una copa a cualquier lugar. Entra en un local llamado Mata Hari. El local está lleno de hombres, y la gran mayoría homosexuales. Al ver semejante espectáculo de testosterona varonil, Richard se asusta, por lo extrañamente cómodo que se siente en ese lugar. Decide tomarse una copa y ver el espectáculo.

 - ¡Bienvenidos a Mata Hari! – dice un hombre bajito y regordete, con un largo bigote blanco rizado - ¡Local de reinas y reinonas! – todo el público aplaude felizmente - Está noche el espectáculo está garantizado. Vamos a disfrutar de la elegancia, la excelencia y la extravagancia de nuestras chicas, en esta noche tan cálida, donde veo algún que otro forastero solitario – dice señalando a Richard sentado en la barra, dándole sorbitos a su copa, con una pajita rosa - Caballeros, acojan con un fuerte aplauso, a la inigualable, a la magnifica, ¡Devoradora! – se oyen vitoreos, aplausos y silbidos. La sala se queda a oscuras.

Se encienden los focos del escenario y allí esta otra noche más, la implacable Devoradora. Lleva un traje plateado de lentejuelas, ceñido a todo su cuerpo. Marcando sus conseguidas formas femeninas. Un lunar decora su alargada barbilla. Tiene una nariz peculiar y lleva una peluca rubia rizada.

Richard se queda patidifuso, al ver al hombre de sus sueños travestido, cantando It's raining men, mientras contonea su irresistible cuerpo. Se bebe de un trago la copa que había pedido y sale corriendo del local, tropezándose con algunos hombres que le sonríen. Respira hondo y llama a Marion alterado.

- Richard. Menuda sorpresa – dice Marion - ¿Cómo lo estás pasando en Londres?.

- No se lo va a creer, pero estoy en un local de travestidos, no pregunte como he llegado hasta aquí, pero el echo es que… él esta aquí. ¡Él hombre de mis sueños! – dice bajando la voz, al ver salir gente del local – Está ahora mismo actuando en el escenario, vestido de mujer. No me lo puedo creer. ¿Que hago?, ¿Qué significa esto? – dice Richard, ahogándose con cada palabra, y notando como el alcohol sube más rápido a su cabeza. Siente nauseas.

- Richard, no se asuste. Haga lo que usted vea correcto, lo que le liberara por fin de esa carga que sostiene durante tantos meses – dice Marion.

- Bien… tengo que colgar. La llamare pronto – cuelga y se sienta en el suelo asombrado por los acontecimientos ocurridos.


Vuelve a entrar dentro del local, pero La Devoradora ya no está actuando. Ahora actúa un hombre, vestido de colegiala, que cuenta chistes obscenos. Sale como el rayo de ese sitio y la ve fuera. Está fumando un cigarrillo, con mucha clase, apoyada contra la pared.

- Richard, ¿eres tú? – dice la Devoradora soltando el humo del cigarro de golpe.

- Sí. ¿Cómo sabes mi nombre? – dice Richard incrédulo.

- Soy yo, Jon, el prometido de tú hermana. Estaba ansioso por conocerte y verte a solas – dice mientras se quita la peluca rubia y deja su cabeza al descubierto - Sabía que vendrías aquí. Tenía la corazonada de que sería hoy seguro – dice mientras le come con los ojos – No podía aguantar otro día más sin verte. Eres mucho más guapo que en las fotografías.

- ¡No me lo puedo creer! – dice Richard mientras se le acerca ruborizado – ¿Sabe mi hermana que trabajas en semejante local? – dice Richard intentando guardar la compostura.

- Si, pero cree que soy camarero – dice sonriendo.

- Jamás habría pensado que eras tú, Jon, y que nos conoceríamos de está forma.

- ¿Y como te hubiera gustado conocerme? – le pregunta mientras tira el cigarro al suelo. No le deja responder, le cierra la boca, con un fuerte beso, aplastando su cuerpo contra la pared.

Se besan, hasta desgastar sus labios, se abrazan rompiendo sus huesos, y Richard, por fin, se siente libre, aunque siente que va a cometer el error más grande de su vida.