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31.10.10

El náufrago

Soy Roberto Páremo, farero de profesión, hace tanto tiempo, que ya no lo recuerdo. Me dirijo a ti para contarte mi historia, bueno, realmente la historia de un hijo que el mar parió, de sus entrañas saladas, y también me lo arrebato, poniendo fin a mis únicos sueños en mi vida.

Cada día miro la playa, desde el viejo faro, y recuerdo el día en que encontré a Leonardo, así lo bautice, en un soleado domingo, cuando el sol se posaba sobre nuestras cabezas. En esa inolvidable mañana se oían las lindas gaviotas, tantísimas sobrevolaban el cielo, que espesaban el mismo aire, y nos empapaban con sus plumas olvidadas. La mañana estaba tan clara, como nunca lo había estado. El aíre era fresco y limpio, el mar tranquilo, después de la fatídica tormenta, y el cielo esponjoso, como en los sueños de un niño pequeño. Leonardo estaba boca abajo, con sus ropas andrajosas, sobre la fría arena, cerca de los calamos de mi preciosa playa, que yo custodiaba y custodio, hasta el último día de mi vida. Se encontraba desorientado y deshidratado. Su lengua solo deseaba una gota de cristalina agua, que le hiciera sentirse vivo una vez más. Baje corriendo a por él, todo lo que mis achacosas piernas me permitieron, casi me mato en las enormes escaleras de caracol, pues Fermín, por aquel entonces mi única compañía, un pequeño perro escurridizo, ¡que ya tenía 15 años!, y no tardaría en morir, se puso en mi camino, cariñoso y juguetón. Baje escuchando los quejosos ladridos del viejo Fermín, por no haberle prestado la atención que en esos momentos el me requería, con la única idea de salvar a ese hombre que clamaba mi ayuda en silencio.

Cuando mis ojos vieron a ese hombre, lloraron de impotencia, pues estaba medio muerto por mi culpa, pensé yo. ¿Cuantas horas habría estado tirado en ese lugar? me preguntaba yo angustiado, ¿por qué no lo habría visto antes?. Me sentía tan culpable del estado de ese naufrago perdido, que yo me prometí, en ese mismo momento, devolverle la vida que él hubiera tenido, antes de acabar en mi calinosa playa.

Lo gire con cuidado, y lo tape con mi abrigo. Era todo huesos y pellejo. Cuando vi su cara, no supe saber si era un niño o un hombre, pues tenía un rostro infantil, escondido tras una larga barba alborotada. Sus mejillas esqueléticas, estaban llenas de pícaras pecas. Sus ojos hinchados, cristalinos como la mar de esa mañana, lloraban al ver la ayuda que tanto ansiaba.

Yo le hable en mil lenguas, pero él no supo como responderme. Pensé que estaría aturdido y confundido. ¿Podría ser que se hubiera golpeado contra las rocas y hubiera perdido la razón?. Él me sonrío e intento imitar mis palabras, pero solo emitía leves ruidos, como un animal manso e incapaz de hacerme daño. Lo abrace con fuerza y lo levante del suelo, y juntos, nos dirigimos hasta mi casa, el faro, donde lo alimente y cure sus heridas. Leonardo durmió durante horas, junto a la mirada enfadada y fría de Fermín, y yo miraba al mar, agradecido, por regalarme esa bendita compañía, que tanto le había pedido a Dios en todas mis oraciones.

Nunca supe su origen, ni su verdadero nombre, pero tampoco me importó, pues para mí era Leonardo, él hijo que siempre había querido tener con Luisa, la única mujer que he amado de verdad, en mi larga vida.

Reeduque a Leonardo. Le enseñe a pescar, a recolectar frutos, a vivigilar la mar, como yo lo hago cada día. Pero no conseguí que hablara, pero nos entendíamos como nadie puede entenderse, mediante nuestros signos y palabras, nuestras miradas y gestos, creamos un lenguaje, tan cómplice y particular, que solo dominábamos nosotros dos.

Cada noche le leía alguno de mis poemas, pues las largas horas muertas, que tenía en el faro, las utilizaba escribiendo, antes de que apareciese él en mi vida. Dejaba suelta mi imaginación y esperaba sentirla como volaba, como un ave libre, surcando con fuerza mi mente, y se transforma en aquellas dulces palabras, que a mi boca le costaba tanto escupir, pero mis manos las encontraban a tiempo, para plasmarlas en miles y miles de hojas, esparcidas por el suelo de la sala. Leonardo siempre me miraba alucinado, y yo sentía como ambos podíamos comprender, la locura de un viejo farero obsesionado con la mar, la noche estrellada, el amor de mi Luisa y el sopor de mis sueños perdidos, tanto, como se encontraba él en el faro, y yo no lo sabía aún.

Pero al pasar los días, Leonardo comenzó a tener espantosas pesadillas, y cada noche, venía junto a mí, presa del miedo y del angustioso pánico que sentía pesado sobre su cuerpo, y se acurrucaba en mis brazos, sollozando como un niño asustado. Debí imaginármelo en ese mismo momento, algo atormentaba a Leonardo y yo no podría ayudarlo. Pero yo quise pensar que era feliz conmigo y que no le pasaba nada, solo recuerdos desvaídos, se calaban en su memoria.

Comenzó a comportarse de forma extraña. Su actitud era salvaje y agresiva, y empezó a asustarme. Lo rehuía en todo momento, y él se daba cuenta, mostrándose más colérico conmigo. Finalmente no dejé que durmiera dentro del faro, así que se pasaba las noches en la playa, mirando fijamente la potente luz que emitía el faro, sin dormir a penas.


Momentos antes de dejarme solo de nuevo, lo divise desde lo alto golpeando, violentamente, a Fermín, con un descomunal pedrusco. Corrí por las escaleras, sabiendo que no llegaría a tiempo, y no paraba de gritar ¡basta!, ¡detente Leonardo!, pero este seguía golpeando al pobre animal, hasta que quedo muerto en la fría arena. Caí al suelo en redondo, junto a sus pies desnudos, y Leonardo me miro con los ojos rojos, inyectados en sangre y le solloce de nuevo que se detuviera. Grito furioso, lanzo el pedrusco contra el faro y corrió loco, hacía el mar. Su figura de fundió con el salvaje oleaje, cada vez más grande y oscuro, y no volvió nunca a atrás.

Esa fue la última vez que vi a Leonardo. Y jamás entenderé que es lo que le paso para que se comportara de ese modo. ¿Qué veneno pútrido se introduciría en su ser y haría, que él manso joven, que había encontrado meses atrás, se volviera loco de remate?. No podré perdonármelo jamás, pues cada día pienso, que en mis manos estaba ayudarlo, y yo tendría que haberle defendido de esas pesadillas que le carcomían la razón.

24.10.10

Amigas

¡Uf! Que resaca tengo de la cena de ayer – piensa Mamen mientras se despereza en una cama desconocida por ella - ¿Dónde coño estoy? – grita histérica. Mira por debajo de las mantas, para asegurarse que está vestida, y pone cara de alivio al ver que lleva un pijama de lo más antierótico, de osos amorosos.

- ¡Tesoro deja de gritar, que Ramón está dormido! – dice Pilar – es que llego está mañana a las 7.30. ¡Ya sabes como se pone Cuenca cuando hay fiestas!. Dice que ha tenido que tirar a la gente del pub, por que no se despegaban de las sillas. Bueno, vamos a desayunar rápido, que tenemos mucha prisa – dice Pilar mientras recoge la ropa del cuarto.

- Bien mujer... espérate un momento que vaya al baño y me refresque un poco, que estoy algo desorientada – dice Mamen levantándose de la cama lentamente. Parece como si fuera a vomitar en cualquier momento.

Mamen entra al baño. Se mira en el espejo con asombro. ¡Hacía años que no pillaba una tan buena!. El pelo alborotado, el rimel hasta los labios, la boca con sabor a cenicero y tequila, los labios secos como el desierto, una sensación de pesadez en el cuerpo terrible y una acidez que le sube y le baja del estómago a la garganta, como si hubiera un parque de atracciones dentro de ella, lleno de niños drogados de azúcar. De todos modos, no puede evitar que una sonrisa joven le nazca de sus profundos labios, acompañada de un baile ridículo frente al espejo. Se limpia la cara con un poco de agua y se pringa, aún más, con los restos de maquillaje que tiene en la cara. Frota con fuerza sus mejillas, con una toalla blanca, que adquiere un horroroso color ocre. Moja la cabeza, bajo el grifo, y enreda la toalla sucia en su cabeza. Mamen se dirige a la cocina, arrastrándose por las paredes del pasillo, esperando un buen café, unas tostadas con aceite y unos cuantos ibuprofenos y paracetamoles sobre la mesa.

- Pe pe… pero bueno – tartamudea Mamen - ¡Que sorpresa chicas! – exclama -¿qué hacéis todas aquí?, ¿no os ibais a un hotel ayer a la noche? – le dice a su grupo de amigas, que están preparando el desayuno en cadena.

- Ya se ha despertado la figueta de Mamen – dice Amparo riéndose de ella – ¿Como te encuentras después de tragar y tragar cubatas y cubatas, sin olvidarme, de la interminable ronda de chupitos de tequila, en la que, finalmente, solo participabas tú?.

- Bueno… bien… ¿pero alguien me va a decir que hacéis aquí?, ¿ha pasado algo? – pregunta preocupada.

- Preciosa, ¿no te acuerdas de lo que hablamos ayer? – dice Dulce asombrada.

- No. Solo recuerdo el comienzo de la cena, las primeras cervecitas, y mi cerebro a hecho puff en algún momento, pues no hay mucho más que pueda recordar de ayer – dice rascándose la cabeza.

- Mamen… ¡vamos a atracar un banco! – gritan las cuatro mujeres alegres, en pijama.

- ¿Queee? – grita histérica de nuevo - ¡Oh dios! ya recuerdo… por favor, siento que me vuelve el vómito de nuevo – se sujeta la boca con fuerza y sale corriendo hasta el baño, donde parece una inagotable tragaperras, que expulsa un tremendo premio. Vuelve a la cocina alucinada, mientras que sus cuatro amigas se ríen, como locas, de la situación. Se sienta con ellas, se mete en la boca un par de analgésicos y le da un rápido sorbo al café hirviendo, tragando con dificultad las pastillas.

- ¿Ya estas más calmada Mamen? – dice Helena, dándole palmaditas en la espalda. Ha preparado un delicioso pastel de higos con crema de avellanas, para desayunar. Le corta un trozo y se lo sirve en el plato.

- No gracias, se me ha quitado el hambre – dice Mamen con la mirada caída hacía sus manos.

- Pues dámelo a mí – dice Pilar cogiendo el pastel del plato con suma avidez – que ya sabes que yo como por dos – sonríe, mientras caricia su enorme vientre de ocho meses, y le da un enorme bocado al pastel.

- Bueno chicas… ya se que ayer dijimos muchas cosas y se que nuestra acción sería por un buen gesto… pero, ¿robar un banco?, ¡chicas estábamos borrachas ayer cuando decíamos todo eso! – vuelve a gritar alterada - ¿Cómo vamos a hacerlo?, ¿cuándo?, ¿y cuál banco pensáis atracar, pequeñas ángeles de Charlie? – pregunta nerviosa.

- Tesoro, mientras dormías plácidamente lo hemos planeado todo – dice Pilar terminando el pastel en tres bocados– Atracaremos, mañana, el banco central de Valencia, en el que trabaja Amparo – dice señalándola, esta sonríe mientras bosteza.

- En ese banco, aunque es el central, no hay mucha vigilancia, hay un par de cámaras de seguridad, polvorientas, y dos guardias mataos – señala Amparo – No será muy difícil, me conozco el edificio, como si me hubieran parido allí mismo. Además, me pasó más de cincuenta horas a la semana entre esas paredes. El plan es el siguiente, mañana, lunes, a las nueve y cuarto de la mañana, que habrán un par de abueletes, entrareis las cuatro, más confiadas que nunca, y dos se quedaran en la puerta, y las otras dos, vendréis a mi ventanilla, y me apuntareis directamente con una pistola y gritareis “¡Manos arriba, esto es un atraco!. Y si alguien hace algo extraño le vuelo la cabeza a está zorra engominada! – dice Amparo – Será pan comido. Os doy la pasta, y rápidas huís por patas, y lo celebramos después con una comida en mi casa, pero sin tequila – sonríe.

- Esto no es posible. ¡Que ya no tenemos dieciocho años!. No podéis pensar en todo lo que nos puede pasar. Desde que nos peguen un tiro a acabar en la cárcel. ¡Coño, que me quitarían la tutela de Luís! – dice sollozando – además Pilar está embarazada, Helena tiene una nena en casa esperándola, Dulce es Dulce, y no quiero que quiera seguir su vida en la cárcel, y tú, Amparo – dice señalándola – perderás cualquier posibilidad de adoptar a Ling.

- Mamen… tranquila. Manoli nos necesita y necesita ese dinero. Sabemos como está su corazón, cada día más débil, así que tenemos que conseguirle todo el dinero necesario para todas las operaciones que necesite – dice Amparo prestándole un pañuelo para que se suene los mocos - Además, tenemos una abogada en el grupo, así que no te calientes más la cabeza, Helena nos saca de cualquier problema chasqueando los dedos – añade Dulce con un alegre guiño.

- Bien chicas… ¿pero alguien me quiere decir de donde vais a sacar pistolas?, ¿y donde cojones las esconderemos?, ¿o pensáis pasear por el centro de Valencia con una pistola en la mano? – dice Mamen escéptica.

- Pistolas mmm pistolas, pues va ser que no, pero ahora me acerco a casa de mi padre y le quito los rifles de caza y ya ¡listo! – dice Pilar recogiendo la mesa – y lo de esconderlas, ya lo improvisaremos. Venga, y ahora, en marcha, que tenemos mucho que hacer antes de irnos.

Son las seis de la tarde, nos dirigimos a Valencia en la vieja furgoneta de Ramón, Pilar se la ha cogido sin que se diera cuenta. Como se nota que antes era cleptómana. Tiene un arte para robar sin que nadie se percate de que le falta algo. Le ha dicho que iba a pasar unos días en Valencia, con las chicas, para ir a visitar a Manoli al hospital. Las chicas están muy alegres, pero yo no puedo parar de pensar que nada va a salir bien, de este alocado plan. Al llegar a Valencia, dejamos la destartalada furgoneta de Ramón, en un parking alejado, y vamos andando hasta un hostal, cerca de RENFE, que nos recomienda Dulce, de una de sus fogosas aventuras. Una larga caminata de hora y media, y yo llevo los tacones de la noche anterior. Pilar transporta, los rifles, en cuatro bolsas de tela rosa, para el pan. Asombrosamente, parece que lleve panes de verdad, y nos dejan pasar al hostal sin ningún problema. De la tensión de la situación me sale urticaria por los brazos y no puedo parar de rascarme con una posesa. ¡Ahhhhh! Me arrancaría toda la piel con los dientes. Dejamos las cosas preparadas para el día siguiente, nos despedimos de Amparo y dormimos, pues mañana será un día muy largo.

Helena, Dulce, Pilar y Mamen, desayunan en un pequeño bar, de al lado del banco. Quedan veinte minutos para que tengan que actuar. Mamen no deja de rascarse los brazos como una loca y Dulce, a escondidas, se santigua así misma. Pagan los dos café con leche, el café solo, el zumo natural de naranja, sin pulpa, y las tostadas con tomate y aceite, y se dirigen hacía el banco. Se fuman un cigarro en la esquina de la calle, sacan de sus mochilas, cada una, su careta (llevan caretas escolares de animales, de Manuel, el primer hijo de Pilar. Están hechas con arcilla blanca y pintadas con temperas) y entran en el banco. Hay un par de clientes en la zona de ingresos y pagos, y una pareja en la zona de préstamos. Solo hay un guardia, el más viejo, al que se le cierran los ojos del sueño. Ni se percata de las graciosas máscaras de las chicas. Mamen y Helena se quedan en la puerta quietas, impidiendo el paso y Dulce y Pilar, se dirigen, rápidas a la ventanilla de Amparo. Todas sacan el rifle y Pilar grita “Esto es un atraco” cogiendo del pelo a Amparo. A está se le escapa una risa incrédula. Dulce le da una colleja y está vuelve a su papel de cajera indefensa y asustada. Arrastran a Amparo hasta las cajas de seguridad y arrasan con todo el dinero, mientras, Helena y Mamen, vigilan a los pocos clientes de la sala. En cinco minutos acaban con todo, guardan sus rifles, y salen corriendo del banco sin problemas, guareciéndose en una tienda de ropa y comprándose algo distinto, para no ser descubiertas por el centro.

A las dos de la tarde, Amparo vuelve a su casa, después de un largo interrogatorio. Las chicas están bebiendo vino y contando el dinero.

- Os odio – dice Amparo – me ha tocado estar dos horas testificando contra vosotras. ¡No podéis imaginaros lo aburrido que ha sido!. – dice sirviéndose una copa de vino tinto hasta arriba – Pero al menos me he burlado de vosotras un rato. El banco ha estado cerrado toda la mañana, y al revisar las cámaras, se han dado cuenta de que no estaban conectadas. Lo que ellos no saben, es que mi mano piadosa las desconecto, como la alarma de seguridad – ríen todas.

A las ocho de la noche van al hospital a ver a Manoli. Es hora de visitas.

- ¡Sorpresa! – gritan las cuatro entrando en el cuarto de Manoli. Le dan un precioso ramo de rosas rojas y un globo de Bob Esponja.

- ¡Chicas, que sorpresa! – dice Manoli emocionada - ¿Qué hacéis aquí todas?, ¿qué tal fue la cena en Cuenca?, ¿cuánto ha bebido Mamen está vez? ¿y con quien se ha liado Dulce?, ¡ey! ¿a que esperáis para abrazarme? – dice abriendo los brazos esperándolas. Todas se abalanzan sobre ella y la abrazan, la besan con un adorable cariño – Un momento… Amparo, ¿como estás? – dice Manoli preocupada – he visto en las noticias que está mañana han robado en tú banco. ¿Estás bien perlita mía?

- Muy bien Manoli. Han sido muy amables las ladronas estas – sonríe Amparo.

- Me he reído tanto al ver la noticia. Han dicho que cuatro mujeres, han entrado con mascaras de animales y rifles, guardados en bolsas de pan, y se han llevado todo el dinero de las cajas fuertes. ¡Alucinante! – dice Manoli – No me lo podía creer cuando lo vi… ¡Ah! esperad, eso no es lo más fuerte… ¡había una embarazada entre ellas! – exclama alucinada Manoli – y la que estaba con ella en la puerta, se ve que dejo un buen rato el rifle en el suelo, por que tenía urticaria y se estaba rascando los brazos todo el rato – ríe Manoli - ¡Eso si que es ser profesional! – añade.

Las chicas se echan miradas cómplices entre ellas y Manoli se queda parada un momento pensando en las coincidencias de las ladronas y sus queridas amigas. No se lo puede creer.

- ¡Por favor chicas abrazadme de nuevo! – exlama Manoli asombrada.

17.10.10

Sin poder mirarte

- Han fallecido está mañana veintiséis personas en Madrid, por un escape de gas en una finca antigua. El edificio, situado en el centro de la ciudad, tenía una instalación de gas en condiciones austeras, según los técnicos que visitaron el siniestro.. La mayoría de los inquilinos eran fam…

- Estoy harta de los noticieros. ¡Solo saben hablar de sucesos funestos! – exclamó Ana molesta mientras apagaba el televisor de la sala – Además, lo que menos quieren los pacientes de un hospital, es ver está morbosidad televisiva. Ya tenéis suficiente con tener que estar ingresados aquí tanto tiempo – dice la joven mientras se seca las lagrimas que afloran de sus verdosos ojos.

- Tranquila Ana – dice su madre tumbada en una de las camas duras del hospital – a mí no me molesta nada – dice con una amplía sonrisa de oreja a oreja.

- Quizás a ti no mama. Pero tú compañero de habitación querrá descansar y no ver esto a todas horas – dice Ana mientras señala al hombre, de unos treinta y pocos años, tumbado en la cama de al lado.

- No se preocupe por mí – dice con una voz resignada el hombre – me he quedado ciego recientemente.

Ana enmudece. No sabe que decir. Siente que ha metido tanto la pata, que empieza a hundirse en un fango imaginario, en el que no puede respirar nada. Se queda paralizada en silencio, con los ojos fijos, sobre el hombre ciego, que no espera respuesta alguna, después de sus palabras. Hasta que su madre le da un buen pellizco en el brazo, que tiene apoyado sobre la cama, Ana no vuelve a la realidad, y suelta un pequeño chillido nervioso, asustada por el cariñoso pellizco de su madre. Finalmente el hombre se duerme plácidamente. Su pecho se mueve tranquilo y parece sumido en un confortable sueño. Ana se sienta en el suelo, al lado de su madre, y hunde su cabeza sobre sus brazos entrelazados. Su madre le acaricia los brazos y le levanta el rostro con cariño.

- Ana, no pasa nada. ¿Tú que ibas a saber? – dice su madre intentado tranquilizarla - Además, no te preocupes tanto, solo ha sido un comentario fortuito – dice mientras le sonríe. Marisa nunca deja de sonreír, ni después de tres operaciones por cáncer de ovarios. A Ana le cuesta más mantener la sonrisa.

- Mama, ¿qué es lo que le ha pasado ha ese hombre? – dice Ana en susurros - ¿Cómo es que ha perdido la vista recientemente? – dice intrigada la joven de mejillas rosadas y pelo corto como un militar.

- Josep, que así se llama mi compañero de habitación, perdió la vista hará una semana. Es un caso de, como lo llaman los médicos, ceguera histérica. Este llegaba tan tranquilo de hacer la compra y cuando llego a casa, estaba su mujer tirándose a su jefe en medio del salón. ¡Está es de las que se llevan el trabajo a casa! – exclama con malicia Marisa - Ya puedes imaginarte la escena. Al pobre Josep le rompió el corazón, doce años de matrimonio es mucho tiempo hija, y nada, las bolsas de la compra por el suelo, la mujer diciendo el gran tópico de “esto no es lo que parece” y el pobre de Josep salió con viento fresco de su casa, perdiendo la vista en el ascensor. Le encontraron sus vecinos, pues escucharon sus gritos histéricos, echo un ovillo en el suelo del ascensor. Le llevaron ellos mismos a urgencias, pues su mujer no movió ni un solo dedo por él. ¡Pero mira que se contonea bien para su jefe la mala puta esa!.

- ¡Mama! – exclama Ana – sigue con la historia y no chismorrees.

- ¡Ay Ana! Está historia es la comidilla del hospital, que se le va a hacer. En fin… que el pobre Josep no ha vuelto a recuperar la vista, y aunque está bien, lo tendrán ingresado un tiempo, para ver si esa ceguera puede llegar a ser permanente o no.

- Pobrecillo. Encima que le engañan va y se queda ciego él. ¡Eso si que es mala suerte! – dice Ana indignada.

- Sí, si que lo es – dice Josep que llevaba un buen tiempo despierto y escuchaba atentamente la conversación madre hija.

A Ana se le vuelve a caer la cara de vergüenza. Su madre se ríe por lo bajini viendo a su hija tan alterada.

- Josep – dice Marisa – te presento a mi hija, Ana. Es artista. Hace unos cuadros maravillosos. Cuando recuperes la vista, que seguro que será pronto, te invitaremos a que veas algunas de sus obras a casa.

- Mama – dice Ana sonrojada, como una adolescente malhumorada.

- Para lo mayor que eres a veces eres tan tímida hija – dice Marisa dándole un empujoncito hacía la cama de Josep.

- Emmm… hola – dice tímidamente Ana a Josep.

- Buenos días Ana. No te preocupes por que os haya pillado hablando de mí, cómo dice tú madre, está historia es la comidilla del hospital – sonríe levemente – anda siéntate y dejemos a tú madre descansar, que ya se ha emocionado mucho hoy – Ana se sienta en un incómodo sofá verdoso y sonríe. Se vuelve a quedar en silencio, mirándole los ojos, que son los más hermosos que ha visto en su vida. Realmente parece que la pueda ver – Sigue hablando como antes Ana, tienes una voz encantadora.

Ana sigue yendo todos los días al hospital a visitar a su madre y a Josep. Pasa largas horas con Josep, leyéndole el periódico, hablando de sus vidas, etc. A Marisa no tardan en darle el alta, se recupera perfectamente, con su energía y su amplia vitalidad, pero Josep sigue con diversas pruebas sobre sus ojos, que aparentemente no tienen daño alguno, pero no puede ver nada con ellos. Ana sigue yendo a visitarle, no tantas veces, pues debe de cuidar de su madre que está con ella en su casa. Cada día que no ve a Josep se siente terriblemente vacía.

Un día que termina antes de trabajar, sale corriendo directamente al hospital, toda llena de pintura. A Josep le han dado el alta, al no encontrarle ninguna alteración en los ojos, le han recomendado reposo en casa y acostumbrarse a la situación con positivismo. Ana se entristece al ver su cama vacía, aún caliente por su tostada piel. Una de las enfermeras, que ya la conoce, por que está se pasa el día, de arriba para abajo por el hospital se acerca a ella con un papel en la mano.

- Hola Ana. ¿Cómo estas? – le pregunta la enfermera de nariz respingona.

- Bien, bien – responde alterada - ¿Dónde está Josep?, ¿está bien?, ¿ha recuperado la vista?

- Josep ya se ha ido a casa. Le han dado el alta está misma mañana. Aún no ha recuperado la vista, pero en el hospital no podemos hacer más por él. Tiene que descansar y olvidar lo que le sucedió. Una vez este preparado mentalmente y emocionalmente, seguro que recupera la vista – dice sonriendo – Ana, nos dejos esto para ti. Es su dirección – dice la enfermera mientras le tiende el papel blanco.

- ¡Oh! gracias – Ana se la quita de las manos, con fuerza, arrugándose casi toda y se marcha rápidamente.

- Adiós Ana – grita la enfermera viéndola como desaparece fugazmente del hospital.

Ana se apresura y coge un taxi. Nerviosa, por que no sabe por que está tan impaciente por ver a Josep, siente como le da vueltas la cabeza, como las ruedas del vehículo, por la interminable carretera. Llega a su puerta, respira hondo, y toca al timbre con retraimiento. Se oye un “ya voy” en el interior de la casa y varios golpes y quejidos desde dentro. Josep abre la puerta y se queda callado. Ana vuelve a enmudecer ante él. Siente una alteración tan fuerte en su corazón. Oye los latidos, continuos y profundos, sobre el silencio de la situación.

- Hola Ana. ¡Que rápido has venido! – dice Josep muy feliz de tenerla cerca.

- ¿Cómo has sabido que era yo, si no me puedes ver? – dice Ana extrañada.

- Por que tú olor a pintura es inconfundible – dice mientras ríe. Ana se da cuenta de que está completamente manchada de pintura. Se acalora por un momento – Bueno, ¿quieres pasar? – pregunta Josep dejándole sitio para entrar.

- Claro Josep. ¡A eso he venido! – dice Ana.

Su casa está patas arriba. Un día en ella y ya es un caos. Josep no se acostumbra a caminar a oscuras por su piso, le parece un laberinto lleno de trampas. Ana recoge los cristales de una lámpara que están en el suelo y se sienta con Josep en unas sillas que hay en el comedor. Ana mira la sala con amargura, y se imagina la escena en la que Josep vio a su mujer siéndole infiel, con el burro de su jefe en ese larguísimo sofá color caqui.

- Josep… no se como decirte esto… pero… tienes la bragueta abierta – dice riéndose Ana.

- Jajaja Ana, ¿Dónde estabas mirando cuando entraste pequeña?.

Ana se sonroja y este, torpemente se acerca a ella, guiándose por su respiración, que se altera cada vez más, al ver que él se le acerca. Josep la abraza, y respira ese aroma a pintura de la joven – Gracias por estar a mi lado Ana, eres lo más valioso que me podría haber pasado en este tiempo - Ana roza sus labios, humildemente, por sus mejillas, los desliza suavemente por sus orejas y desciende por el cuello, suave, delicada, como una rosa que florece en el amanecer, por su nuez, después besa sus ojos, y finalmente sus labios, con absoluta timidez. Josep la abraza con fuerza, y a ciegas, hacen el amor en el suelo de la sala, sobre una moqueta negra. Ana se venda los ojos, con su blusa, y ambos disfrutan de las olas del placer, escondidas en un manto negro. Pasan la noche juntos, descubriendo sus cuerpos minuciosamente. Las horas se desvanecen como minutos, en la cama llena de sudor, y los primeros rallos de sol se filtran entre las nubes, cruzando la ciudad, antes que los primeros madrugadores peatones. Ana le describe con todo detalle la puesta del sol y Josep siente por un momento que lo ve todo. Por un instante ve su maravillosa sonrisa, sus labios, balanceándose, con cada una de sus palabras, sus ojos, vidriosos, observando la cálida mañana, y ese cielo, azul, tan intenso, como un rayo de esperanza atravesando sus corneas.

11.10.10

La torre

Jamás en la tierra existió un romance tal como el de Lilith y Sir Lorentz, por el cual, los escondidos límites del mundo, temblaron de auténtico pavor, en una guerra, en la que la sangre baño los eternos días, y el sabor amargo de la traición, quemo el corazón de la hermosa Lilith, más vulnerable de lo que ella creía.

La pura pasión, el inimaginable desenfreno de los encuentros de los amantes, la asombrosa lujuria, el éxtasis extremo, el cautivador delirio, la efervescente fogosidad que hacía arder sus cuerpos, el majestuoso frenesí, el auténtico deseo, la traicionera lascivia, la sensualidad y el erotismo, carcomieron el alma de ambos condes, hasta no quedar cordura en ellos. Y después de infinitos días, arropado en los tiernos brazos de la salvaje condesa, sobre su dulce lecho, Sir Lorentz la abandonó, por el cuerpo, aún más joven y tierno, de la duquesa Úrsula.

Al enterarse de tal noticia, Lilith, henchida de dolor y con el corazón caliente sobre sus manos, propago a todo su ejército, como una brutal plaga hambrienta de sangre, dando la atroz orden de arrasar la ciudad y acabar con la vida de todas las mujeres de Valwriana. Y así fue durante semanas… torturas infames, violaciones y ejecuciones en las calles, exterminando a todas las mujeres de la pacífica ciudad, del majestuoso conde.

Esa fue la llama, que encendió la grandiosa bomba, que hizo estallar la fatídica guerra entre Valwriana y Grabour. Una guerra entre dos grandes ciudades, una guerra feroz, repugnante y llena de venganza. Una guerra entre dos amantes atormentados por la existencia del otro en sus recuerdos.

Lilith está en lo alto de la torre, de su funesto castillo negro. Siente en sus propias entrañas como se acercan las pútridas tropas de Sir Lorentz, con sed de violencia. Mezquinamente suelta una carcajada, sabiendo que no llegaran muy lejos, pues no podrán cruzar los bosques encantados, los lagos helados, la montaña maldita y el río de lava que rodea el castillo. Está colérica, siente hervir su sangre y cree que va a escupir fuego. Da vueltas alrededor de la sala sin muros, pues la cima de la torre no tiene paredes, y siente las suaves ráfagas del aire acariciando su cuerpo, y mira al cielo, indignada, por su sereno comportamiento, en una violenta batalla, con ojos de serpiente envenenada y con un grito de arpía, que gira los ejes de la tierra, comienza una tempestad de rayos verdes, que parten a todo aquel que se aproxima a sus dominios. Una lluvia de flechas ensombrece el firmamento, y la sangre mancha las tierras infértiles de Valwriana. Las tropas se acercan en sus caballos, galopando briosos hasta el castillo, y encabezando a los rudos caballeros está Sir Lorentz. Con un suspiro inocente, de sus carnosos labios rojos, barre a la mitad de su ejército, despeñándose por los altos acantilados del castillo. Más furiosos que nunca intenta penetrar en el oscuro castillo, pero Lilith riega a las nubes con su sangre infernal, y el cielo se vuelve rojo, convirtiéndose todo en un verdadero infierno.

Los hombres de Sir Lorentz rugen apabullados, el miedo se cala en sus huesos. Sir Lorentz entra furioso en su castillo, donde las puertas estaban abiertas esperando su llegada. Este grita a los cuatro vientos el nombre de la mujer a la que más odia y ama a la vez “¡Lilith!” – grita desesperado - “¡A que esperas!. Desenfunda tú espada y lucha con valor!”. Ella ríe desde lo alto de la torre, y el cielo aun se oscurece más, con su vital carcajada. Una lluvia rojiza fluye encima del castillo, chocando como brutales olas de los mares más sombríos y perdidos.

Un cíclope enorme, de al menos tres metros, aparece frente al conde, rompiendo todo aquello que está a su alrededor, con sus pisadas de torpe elefante. Viktor, que así se llama el ciclope, grita rabioso, mientras ríos de babas fluyen de su boca infecta. Sir Lorentz no tiene miedo, ya conoce las bestias de este inhumano reino. Alza su espada fulgente, y corre hacía el enorme monstruo, arañándole solamente una pierna. Este, de un solo golpe, con su enorme brazo, lo tumba en el suelo. Las risotadas estridentes de Lilith retumban por todo el castillo. Sir Lorentz se levanta raudo y vuelve al ataque, cortándole un trozo de piel verdosa del brazo, tan grande como su cabeza. El gigantesco ciclope coge a Sir Lorentz, enfurecido, y lo empotra contra la pared, ahogándolo con sus amorfas manos, llenas de hongos. Greto, fiel ayudante del conde, y fugaz amante en viejos tiempos, corre a su auxilio. Pero Lilith no le da tiempo alguno, y de sus delicadas manos crea un rayo, que fuertemente lanza sobre Greto, partiéndolo en dos, y de la gran resonancia del rayo, el conde y el cíclope salen disparados por los aires. Un grito de desesperación nace de la sangrante garganta del conde, que llora a las cenizas de su fiel amigo Greto. Con auténtico valor salta a lomos del cíclope, aún aturdido de la caída, y clava su espada en su único ojo, dejándolo totalmente ciego. El cíclope aúlla de dolor, como un lobo a la luna llena, y Sir Lorentz arranca la espada de su ojo y corta su cuello, degollándolo violentamente. El cíclope cae al suelo y se ahoga en su propia sangre.

Sir Lorentz corre a lo largo de las interminables escaleras de caracol del castillo, hasta llegar a lo alto de la torre negra, donde Lilith se muestra, en medio de la sala, desnuda, en todo su magnífico esplendor, solo empuñando la espada que el mismo le tallo con sus manos.

- Conde mío – dice Lilith como una hambrienta tigresa – por fin has llegado hasta aquí. La desesperación de nuestra separación me estaba matando. Está guerra es absurda – dice con una sonrisa pícara en su rostro – yo solo quería volver a tenerte entre mis brazos. Ven a mí conde. Ven a disfrutar del placer una vez más conmigo, en mí alta torre.

- ¡Y así va a ser bruja infernal! – grito Sir Lorentz, mientras corría brioso hacía Lilith, clavándole la espada en el vientre. La sujeto con sus brazos, sin dejar caer su cuerpo al suelo, y la miro, profundamente, disfrutando de su muerte, tanto, como nada más en todo el mundo.

En ese mismo instante aparece la verdadera Lilith. El conde, incrédulo, la mira de arriba abajo. “¿No puede ser?” grita todo el rato. Mira a la mujer, que sostiene en sus brazos, y observa el cuerpo muerto, de la joven y tierna, Úrsula. No puede creer lo que ha pasado. Sabe que su espada penetro la carne de la bruja y no de la duquesa. La suelta espantado y retiene las lágrimas, pues no quiere que Lilith se regodee de su victoria y se afane de su dolor.

- ¡Eres estúpido Lorentz! – grita agudamente la condesa – ¿creías acaso que me expondría tan fácil ante ti?. Conozco tú sed de venganza, y tú ira hacía a mi no es ningún misterio – dice templadamente – Y ahora, como la furcia de Úrsula y el andrajoso Greto, vas a morir como el vil insecto que eres.

Lilith extiende sus brazos en cruz, cierra sus ojos, y un remolino de aire la cubre entera. Sir Lorentz intenta ver lo que sucede, pero la agitación del aire es abrumadora. Nace una bestia roja, con largos colmillos y enormes alas. Un dragón de fuego que ocupa toda la torre. Sir Lorentz tiembla ante los poderes de la reina de la magia negra. Jamás conseguirá ganar contra ella. Arranca la espada, del vientre de Úrsula, y heroico se dirige hacía su fatal destino. Lilith sin ninguna contemplación lo quema vivo, acabando también con parte del castillo. Los bramidos de Lorentz resuenan en el aire, y se desploma en llamas, como un ave fénix, hasta caer en el río de lava.

Lilith vuela sobre las nubes llena de interminable furia. Rocía de fuego al cielo, quiere castigar a los dioses por creerse más fuertes que ella. Finalmente vuelve a su torre, donde ríos de pasiones y muertes, teñirán a lo largo de toda la historia, las efemérides de su país.

4.10.10

La tejedora

Deben de ser las nueve de la mañana, pues el sol ha salido, fuerte y brillante, hace un par de horas. La cabeza me da vueltas, siento que mi cuerpo está, terriblemente pesado y entumecido. Tengo la ropa húmeda y petrificada por la sal. Si extiendo una mano, puedo deslizar mis dedos sobre la fina arena. Mis labios están secos y salados, me cuesta abrir los ojos, mi pelo negro, enredado, en un desordenado moño. Se que me encuentro en una playa, por que escucho el rugido de las olas, golpeándose contra las alargadas rocas, y mis pies se mojan, con el agua helada, que llega a la orilla, sinuosa y espumosa. Como puedo me incorporo, apoyando mis débiles manos en la arena, y estas acaban hundiéndose, como en el pringoso barro, que surge en los jardines y parques, después de las largas lluvias de otoño. Miro el mar unos instantes, y me quedo cautivada por las cristalinas aguas de Tenerife, pero de nuevo pierdo la consciencia, cayendo como una ligera pluma, sobre una flor en la naciente primavera. Sumida en un profundo sueño, me doy cuenta de que no recuerdo nada. Mi mente está vacía de todo tipo de recuerdos. Soy como un escritor frustrado, ante un papel en blanco.

Me despiertan los suaves labios de una mujer preocupada por mi vida. Ella me realiza el boca a boca, profundo, con fuerza, y da cortos golpes sobre mi pecho, hasta que vuelvo a respirar con asombrosa facilidad. Abro los ojos de golpe, al recuperar el aliento. Mis pulmones se llenan, del fresco aire de la costa, y observo como el viento agita sus delgados cabellos, regando mis mejillas de dulces caricias, sus largas pestañas, rozan mi rostro y sus labios, no se despegan de los míos, hasta pasado un buen rato, ya recuperado mi aliento. Es la primera vez que mis labios se juntan con los de una mujer. Su beso me ha devuelto a la vida. Y ha sido tan cálido, como el sol que torra mis pies desnudos.

Está mujer se llama Carathis. Y ha prometido darme un hogar, hasta que recupere la memoria del todo y tenga fuerzas para seguir mi camino. Aunque ahora todo es muy confuso para mí, no desconfío de está buena mujer, que no solo me ofrece un techo y comida, si no, que me ha devuelto a la vida, de una forma tan asombrosa, que ahora veo todo, con unos ojos distintos. Me siento como si hubiera vuelto a nacer.

Carathis vive cerca de la playa con su marido Fred. Viven en una antigua casa de madera, que era de los difuntos padres de Fred. La casa tiene dos pisos, un amplío porche y un pequeño ático, que Carathis usa de taller. Es como el templo de una diosa, con una gran máquina de coser, todo lleno de distintas telas, hilos, bolas de lana, objetos decorativos para sus diseños, etc. Ella se dedica a la costura. Más que una forma de ganarse la vida, su vida es la costura. Y aunque mucha gente piense que la costura no es algo de gran valor, es por que no han visto a Carathis crear vida con sus delicadas manos, pues es una verdadera artista. Hace cualquier cosa, desde pequeños arreglos, bordados y estampados, hasta diseñar elegantes trajes de alta costura. Pero sin duda, lo que mejor se le da, y en lo que se entrega, en cuerpo y alma, son con los tapices. Da gusto verla confeccionar tapices, sus manos habilidosas unen un sinfín de hilos, formando asombrosas figuras, los distintos tejidos se funden, formando un todo, en una perfecta harmonía. Es magnifica. Siento a Carathis como a mi maestra en la vida. La admiro con total devoción y creo que la amo, desde que me despertó con sus acogedores labios.

Sin embargo, Fred, es un hombre simple, de aspecto banal, que no dice ni aporta nada en la vida de Carathis, y ahora, en mi vida también. Se dedica a vender las admirables obras de arte, de su inigualable esposa, por todo el islote. Él jamás podrá aportarle nada.

Llevo viviendo con ellos dos, más de cuatro semanas, y aún no recuerdo nada. Mi mente es como la de un anaranjado pez, encerrado en una cristalina esfera, y mis recuerdos se escapan, como pequeñas burbujas eclosionando en la superficie final.

La bondad de Carathis aún me cautiva cada días más.

Me dedico a cocinar, cosa que se me da realmente bien, y a limpiar la casa. Y cuando termino todas mis tareas, observo a Carathis, en completo silencio, realizar sus trabajos, totalmente concentrada en su arte. Solo se oye el leve sonido de la aguja, traspasar las telas.

Entre Carathis y yo ha surgido una complicidad absoluta. A penas cruzamos palabras, pero se que le gusta que le observe mientras trabaja, todo lo contrario de su marido, que su simple presencia le altera cuando crea. Entre ellos, todo es gélido. Hace tiempo que su matrimonio se perdió en las profundidades de la isla.

Me fascina como me mira Carathis. Su mirada, incluso es más cálida que sus besos, y me arropa con halagos, con sus bellas sonrisas. ¡Oh Carathis!, si pudiera decirte todo lo que siento por ti… al final mis palabras, estallaran como misiles, y se escaparan de mi boca, como zumbonas avispas, hasta tus sensibles orejas, embelesándote, cada vez más, hasta hacerte caer rendida a mis pies. ¡Ojala lo consiga Carathis!. Pues te amo, y quiero volver a nacer de tus labios sabor a miel.

He descubierto a Fred mirándome mientras dormía. Ya son varias noches seguidas, que llega a altas horas por la noche, sube hasta mi cuarto y se sienta en la mecedora de madera de su abuelo, y me observa durante horas. Yo no se como reaccionar, me hago la dormida y no menciono nada a la mañana. Le preparo el desayuno, con total normalidad, le doy su periódico y le deseo un buen día, como hago siempre. Pero hasta Carathis se ha dado cuenta de cómo me mira durante todo el día. Su mirada lasciva penetra mi ropa, y sus ojos, se pierden, en la ilusa visión de mi piel desnuda en contacto con la suya. Cada día tengo más miedo de que Fred sacie sus deseos sexuales conmigo, pues sentiría que traiciono mi amor por su esposa y que ella, finalmente, me rechazara, por yacer con su marido. Mi inteligente maestra, mi alegre sueño, mi encantadora tejedora.

A veces me gusta observar a Carathis trabajar a escondidas. Me siento como una candida niña, mirando en las escaleras, la llegada del gordinflón de Santa Claus.

Finalmente sucedieron mis terribles pesadillas, y es que, mientras yo espiaba a Carathis tejiendo, Fred, apareció como una oscura sombra en la noche, y comenzó a acosarme. A él le enardecía tener a su mujer en la otra habitación y que ella no se diera cuenta de nada. Me tapo la boca, y con sus enormes brazos, me agarro todo el cuerpo. Sus gruesas manos peludas, palpaban mis senos, y su miembro, erecto, se intentaba introducir en mi interior. Fred susurraba en mi oído que yo debía aportar algo más en esa casa, que no solo podía cocinar y limpiar. Que debía saciar sus caprichos. No lo aguantaba más, mordí su monstruosa mano y grite. Se rompió el silencio sepulcral que reinaba en el taller de Carathis. Está, salio de la sala, sabiendo exactamente lo que estaba ocurriendo. Me miro primero a mí, envuelta en lágrimas, sintiendo una terrible decepción de su parte, y luego a él, con el pene flácido y deforme, y una sonrisa bobalicona, que creía que iba a salvarle el pellejo. Carathis no quería mancharse las manos de sangre, por eso me miro a mi. Y con su firme mirada, sobre mis hombros, empuje al corpulento gorila por las escaleras, y este se quedo en el suelo inmóvil. No había muerto, pero el golpe lo dejaría atontado durante unas horas. Tiempo suficiente para convencer a Carathis para que huyera conmigo.

Carathis me ayudo a vestirme y me abrazo con ternura. Cerré los ojos y recordé ese beso que me despertó en la playa. Ese beso, que se me antojaba ahora más que nunca, y cuando volví a abrir los ojos, Carathis, unió sus labios con los míos y volvió a revivirme, como la vez pasada, pero esta vez, proseguida de un oleaje de recuerdos, devueltos intactos a mi memoria.