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28.7.10

La cruz en medío del desierto

El verano en Arizona es insoportable. Un calor extremo azota las calles y el aire, seco y caliente, ahoga a sus gentes.

Es domingo, y como tal, Steve prepara todo lo necesario para la misa. Primero, se asegura de que hay suficiente vino y hostías para dar la comunión y enciende todas las velas del pulpito. La luz entra filtrada, llena de colores, por las cristaleras de la iglesia. La sala se mantiene fresca, gracias a los altos pilares de mármol rosado. Se viste, con la ayuda de varios monaguillos, y reza un par de oraciones antes de salir. Los primeros feligreses entran en la pequeña y, única, iglesia del pueblo. Se santiguan, en fila, bajo la mirada del Cristo en la cruz.

Un hombre, con camisa a cuadros, roja y amarilla, y tejanos azules ajustados, entra, silenciosamente, en la iglesia. Sostiene una bolsa de deporte negra, con fuerza, con sus grandes manos. Lleva gafas de sol, con montura metálica verde arenoso. Los cristales son opacos, y nadie puede ver sus ojos. Nadie lo conoce, todos piensan que debe de ser un turista perdido, que quiere descubrir los secretos de esa cálida ciudad y a sus bondadosos habitantes. El hombre se sienta al final de la iglesia y reza junto a los demás feligreses.

Cuando acaba la larga misa, la iglesia se vacía, y el hombre de la camisa a cuadros y tejanos ajustados, junto con su bolsa de deporte, agarrada como las manos fuertemente, se dirige a hablar con Steve, que está terminando de recoger los objetos usados en la ceremonia, con bastante tranquilidad.

- Buenos días padre – dice el forastero quitándose la gafas de sol y dejando al descubierto unos ojos finos, color aguamarina. Transmiten respeto, serenidad y confianza.

- Buenos días hijo. ¿En que puedo ayudarte? – dice Steve servicialmente.

- Me llamo Bob y soy de Kansas. Estoy aquí por un viaje de negocios, bueno… creo que lo podríamos llamar así. Y… nada… ahora mismo estoy sin efectivo necesario para alquilarme una habitación o alojarme en alguno de vuestros acogedores hostales – traga saliva ruidosamente. Está sudando como un cerdo. Desprende un fuerte olor a ajo de todos los poros de su cuerpo. Resulta bastante nauseabundo el potente olor. Steve guarda la compostura, tapándose los orificios nasales con un pañuelo negro con cierto disimulo – Yo no soy creyente, ni nada de eso, pero me gustaría saber hasta donde alcanza la caridad cristiana, de la cual se habla tanto.

- La caridad cristiana es infinita hermano. Los hijos de Dios no dejaremos ¡jamás! – exclama fuertemente - a un hombre sin un techo, un buen baño y comida – sonríe – aunque este no sea cristiano, la bondad es algo que pertenece al ser humano, y como cualidad propia de todos nosotros, debemos de ofrecerla a cualquier necesitado – dice satisfecho Steve de sus amable palabras – Le dejare dormir aquí, en la iglesia. Le pondré un colchón en la habitación donde guardamos las conservas que se mandan a los países pobres.

Steve acompaño a su invitado a la habitación. Bob se quedo solo unos instantes, y curioseo el cuarto con mucha atención. La pequeña sala estaba llena de imágenes de vírgenes llorando la muerte de Dios, feligreses honrándole y orándole, cuadros de santos y ángeles con mensajes de gloria, y un enorme crucifijo, de madera rojiza, entre los botes de espaguetis y las judías con tomate. Le hacía gracia observar tanto misticismo religioso entre latas y botes de comida.

Steve le facilito un colchón de goma espuma rosa y unas sábanas limpias. Bob dormiría la siesta, para recuperar fuerzas de tan largo viaje. Le despertaría al bajar el sol, para enseñarle los más bellos paisajes de Arizona, cuando la temperatura aún es un poco más soportable.

Mientras dormía el joven extranjero, Steve se coló en el cuarto con mucho cuidado, deslizándose sobre las baldosas, que se movían, con absoluta destreza. Bob dormía plácidamente, en ropa interior, abrazando con todas sus fuerzas la bolsa de deporte. Steve entro santiguándose en el cuarto, por sus actos, poco ortodoxos, y se agacho junto a él.

- Perdóname padre por hacer lo que voy a hacer. Pero no puedo acoger a ningún extraño en tú casa – dijo Steve murmurando, mientras miraba el crucifijo de la pared.

Bajo con delicadeza la cremallera de su bolsa, en busca de la cartera, para buscar algún documento que acreditara la información dada por el joven, horas atrás. En su defecto, encontró la bolsa repleta de dinero, miles de dólares en billetes grandes, y un arma. El padre freno sus gritos, de sorpresa, poniéndose la mano en la boca. Bob se movió sobre el colchón con rudeza, y clavo sus dedos, como garras, sobre la tela de la bolsa. El padre Steve salió rápidamente del cuarto de las conservas y se dedico a rezar durante unas cuantas horas.

Paso la tarde, intentando no juzgar y especular, sobre el turista del pueblo. Meditando las razones por las que podría tener tanto dinero y un arma, y pensando que es lo que haría él sabiendo su secreto, pues era el único que conocía el paradero del forastero.

A eso de las siete de la tarde, el padre Steve se dirigió a la habitación de Bob. Este ya estaba de pie y vestido, junto a su bolsa de deporte, de la cual no se separaba ni un instante y a la cual no le quitaba la vista de encima. Lo llevo al comedor de la iglesia y cenaron patatas fritas, lomo y huevos revueltos.

Al acabar de cenar, el padre lo llevo a pasear por todo el pueblo. Todas las noches Steve daba largas caminatas antes de ir a dormir, despejándose de las tensiones del día y de las largas confesiones de los habitantes de Arizona. Ambos, hablaron largo y tendido. Le llevo a los acantilados de las afueras del pueblo, a esas horas ya no había nadie paseando por la zona. Respiraron unos minutos de paz y tranquilidad. Bob enciendo un cigarrillo y contemplo las hermosas vistas. El padre apoyo su mano sobre su hombro, con compasión, miro al joven con tristeza, este le ofreció su mejor sonrisa, y lo empujo con brutal fuerza, agarrando la bolsa de deporte.

Bob quedo tendido, semiconsciente, en el suelo del acantilado. El golpe había roto ambas piernas y un brazo. Aullidos de dolor salían de las profundidades del acantilado. A la mañana siguiente los pumas habrían devorado su cuerpo y los buitres se habrían comido los restos. El padre Steve se fue, sin mirar atrás, murmurando - El señor me encomendó está difícil tarea y por él yo haría lo que fuera.

19.7.10

Sombras rotas

Adam mira desconcertado, el mar tranquilo y de un negro diáfano. El puerto está sumido en un silencio sepulcral. Los ruidos y alborotos, típicos de la zona pesquera, han desaparecido con la expropiación de todo el puerto. Ahora, solo queda el mar donde su madre se ahogo, cuando el tenía nueve años.

Es una noche bastante fría. Ráfagas de aire helado le calan los huesos. ¡Ni su enorme chaquetón de plumas de pato le protege del dulce frío inglés!. Cathy se acerca a él, sin hacer el menor ruido, por la espalda. Adam siente un cálido y tierno beso en su cuello gélido. Cierra los ojos, disfrutando el roce de los finos labios de Cathy.

Adam se gira y la mira con ternura, como cuando salían hace dos años. Una mirada por la que Cathy lucharía incluso para poner el mundo del revés. Esos ojos verdosos siempre la han tenido hechizada y Adam lo sabe muy bien.

Este la besa rápidamente, sujetando con sus fuertes manos la cabeza de Cathy. Ella para de besarle y lo aparta, poniéndole la mano sobre el pecho. Se separan unos segundos, mientras recuperan el aliento. Sus miradas están fijas en ellos. Adam la mira extasiado.

Cathy se quita la chaqueta vaquera y la tira al suelo sin dejar de mirarle. Se baja la falda de lana negra, y está queda enlazada alrededor de sus pies. Adam sigue con sus ojos, cada uno de sus movimientos, pero permanece inmóvil, sin decir palabra alguna, mientras, Cathy se desabrocha cada botón de su blusa a cuadros, roja y blanca. Adam se quita el chaquetón de plumas de pato y lo tira al suelo, ella se suelta el pelo. La brisa marina sigue siendo tan helada como antes. Cathy solo lleva un camisón de seda, color perla, bastante transparente. La tela del camisón se mueve parcamente con el aire. Se quita el camisón y se queda completamente desnuda frente a él, en medio de la carretera desierta. Adam extiende su mano derecha y le toca un pecho. Sus dedos acarician su piel erizada. La guía hacía un camión abandonado y ella se sienta sobre el suelo helado, lleno de gravilla y restos de nieve. Adam se quita el suéter de lana verde y Cathy le ayuda a desabrocharse el pantalón. Cathy se recuesta sobre el suelo y Adam la penetra vigorosamente. Comienzan a hacer el amor bajo el camión. Sus gemidos rompen el silencio de la lúgubre noche. Sus sombras danzan enérgicamente con cada uno de sus movimientos.

Cuando terminan cada uno se va por su camino sin decirse ni una sola palabra. Piensan que el destino es el culpable de esos actos.

Adam vuelve a su barca y piensa en Cathy toda la noche. No consigue dormir, así que se dirige a la cubierta del barco y mira las estrellas. Cuando despierta, entumecido por el frío y la mala posición, su mente está más clara y tranquila, y decide olvidarse de ella.

Pasan los meses y Adam, trabaja sin descanso pescando y vendiendo su mercancía a otros pueblos, que no han sufrido la expropiación. Gana menos dinero que antes, pero necesita los ingresos para poder pagar las cuotas de su barco y vivir.

Una noche encuentra a Cathy sentada en el banco frente a su barco, leyendo un libro, bajo la luz de una farola. Cathy está bellísima. Adam la ve diferente a como la vio la última vez. Esta radiante. Está se da cuenta de que Adam está frente a ella y deja el libro sobre el banco y se dirige hacía él.

Adam la besa pasionalmente contra el camión abandonado y comienza a desnudarla lentamente. Le quita los tacones y el abrigo y baja, poco a poco, la cremallera de su vestido color cereza y besa su espalda desnuda. La rodea con sus manos, apoyándolas sobre su vientre. Adam sobresaltado la aparta y la observa desnuda, bajo la luz de la farola, embarazada.

- Adam. Venía para decírtelo… estoy embarazada de cuatro meses… y es… tuyo – susurra Cathy en voz baja, mirando al suelo.

- ¡Tú no me engañas! – grita enfurecido – Vienes aquí a decirme esto y es mentira. ¿Cómo se que es mío? – le grita de nuevo, mirándola encendido en ira.

- Adam… no he estado con nadie más que contigo… esa noche. Pensé que querrías saber que vas a tener un hijo y que te quiero – dice Cathy con ojos llorosos.

Los reflejos de sus sombras en la noche son lucidos y hermosos. Desde un vehículo negro, que pasa a toda velocidad, les lanzan una botella de cristal. Los vidrios se esparcen por encima de sus sombras, rompiendo lo único que les unía.

Adam se da la vuelta y sigue andando. Cathy se queda paralizada viendo como se marcha. Le grita que se detenga pero este no le hace caso. Corre hacía él, clavándose los vidrios de la botella, en las plantas del pie. Grita ahogadamente, pero Adam sigue andando, sin compasión alguna. Esta perplejo, no sabe como asimilar la información que le ha dado. Tiene miedo y quiere marcharse de ahí lo más rápido posible. Cathy llora, sentada sobre los vidrios. Se levanta y corre de nuevo hacía él, dejando huellas de sangre sobre el asfalto. Adam se detiene y la espera.

Se encuentran uno frente al otro, al lado del paseo de puerto. Cathy está completamente desnuda y sus pies no dejan de chorrear sangre. Adam no puede dejar de mirar su vientre.

- Cathy… yo… no… no… ¡No te quiero! – dice Adam mirándola a los ojos – Y si ese hijo es mío no quiero saber nada de él ni de ti.

- No. ¡No digas eso por favor Adam! – exclama Cathy entre lágrimas – Yo te amo – se abalanza sobre él, intentando besarle, pero este le empuja, para apartarla de él, y ella cae al mar, golpeándose la cabeza con una barca.

Adam se queda inmóvil viendo como se hunde el cadáver de Cathy en ese mar oscuro.

Corre hacía el banco y coge el abrigo, sus zapatos, el vestido, el bolso y el libro de Cathy. Tira todo, menos el libro, a un contenedor de pescado cercano. Sube a su barco y se encierra en su habitación con pestillo. Se tumba sobre la cama y lee el libro de Cathy. Tiene su aroma. Cierra los ojos con la intención de borrar lo ocurrido, pero los fantasmas del puerto jamás le dejaran en paz.

1.7.10

Por la razón o la fuerza

- La roja para la tensión, la azul para la tiroides, la verde para la presión del corazón, la rosa para las migrañas, la morada para la depresión, la amarilla para la ansiedad, la blanca para la circulación, la beige para la rinitís alérgica, la negra para la falta de hierro, la gris para la anemia, la naranja para la diabetes, la marrón para la fibromialgia, la dorada para bajar de peso, la añil para la sensación de cansancio y, por último, el protector de estomago – dice Greta en voz alta, ordenando sus pastillas sobre el banco de mármol granate, de su amplía cocina rodeada de flores y plantas medicinales.

Greta toma quince pastillas diarias a las 8:00 de la mañana, junto a su desayuno de tostadas de pan integral con aceite y tomate natural rallado, café solo con sacarina y magdalenas rellenas de mermelada de fresa o de higo, dependiendo de su estado de ánimo. Después usa el colirio para los ojos, spray nasal para la sinusitis y los días que hay mucha humedad, y le cuesta respirar, el inhalador para el asma. Greta es hipocondríaca. Cuando no le duele la espalda, le duele el pecho y no puede respirar, si no es la cabeza y las migrañas no la dejan trabajar, a veces le duelen las plantas de los pies o las yemas de los dedos, y se pone bolsas de plástico, hinchadas, para protegerse de cualquier cosa. Hay días en los que se siente muy feliz y otros en lo que cae sumida en una terrible depresión, y se pasa el día tirada en la cama como una colilla.

Su marido, Jules, es doctor. Se conocieron en su clínica privada. Greta, cansada de que ningún medico le encontrara ningún problema físico o mental, decidió ir a la consulta de Jules. Jules la examino concienzudamente, como Greta le suplico, con diversas pruebas durante una semana entera. Incluso la tuvo ingresada en la clínica. Pero Greta poseía una salud de hierro, todas las pruebas lo indicaban. Greta, disconforme con los resultados de Jules, comenzó a ir a la clínica todos los días, unos días para decirle que le dolían las rodillas y creía que se iba a quedar paralítica, otros días en los que sentía que los huesos se le rompían con cualquier movimiento, y si no que se sentía observada cuando paseaba por la calle. Jules comenzó a enamorarse locamente de Greta y ella jamás se sintió tan feliz, a manos de un buen doctor que le solucionaba sus dolores y enfermedades.

Las pastillas que toma Greta, son placebos que le receta Jules de su propia consulta. Poco a poco le va reduciendo la medicación y Greta se va encontrando mejor. También va, tres veces por semana, a la consulta de un psicólogo, para tratar sus ansiedades y sus problemas mentales. Pero a Greta las cosas no le entran por la razón, tiene demasiadas inseguridades y miedos, y las personifica con cada una de sus enfermedades.

- ¿Cariño te has tomado todas las pastillas ya? – dice Jules impaciente – Date prisa, que vamos a llegar tarde al banco. Tenemos que estar allí a las 11:30, que es cuando llega el alcalde.

- Si, ya acabo. Estaba disfrutando de unos momentos de tranquilidad con mis tostadas y el periódico – dice calmadamente Greta saboreando el último pedazo de pan que le quedaba en el plato – No te preocupes, aún tenemos tiempo. Voy a hacer unas respiraciones y estiramientos de yoga, que sabes que si no yo no puedo soportar la tensión, y después a la ducha. Creo que en cuarenta y cinco minutos podremos salir – dice Greta fregando los platos y vasos del desayuno.

- Bien, yo mientras saco al perro – dice Jules cogiendo a su pequeño Yorkshire Terrier, que lleva un enorme lazo azul marino, tapándole sus diminutos ojos negros.

Jules pasea al perro por el vecindario. Camina unas tres manzanas hasta llegar al estanco, compra dos paquetes de cigarrillos, unos largos y mentolados para él y negros para Greta. Vuelve a casa fumando y canturreando a los village people. Al llegar a casa, entra sigiloso en la ducha y le hace el amor a Greta. Le lame el cuerpo entero, le retuerce los pechos, le devora los labios, le caricia los muslos y la penetra con fuerza. Está cierra los ojos y disfruta del buen sexo matutino.

Salen de casa con tiempo de sobra para llegar al banco. Cogen un taxi para ir hasta allí. Esperan fuera fumando hasta que llega el alcalde. El alcalde va todos los miércoles a las 11:30, al banco, solo, a firmar papeles del ayuntamiento y a realizar otros trámites financieros. Greta y Jules tienen preparado este plan desde hace un año. No es su primer ni último golpe, y siempre actúan con total discreción y maestría. Pero este asunto es diferente, el alcalde es el culpable de los desequilibrios de Greta. Él fue el causante del aborto que tuvo Greta hace cinco años, y a raíz de ello comenzó a padecer su enfermedad. Greta y Jules buscaban venganza y, para que engañarnos, dinero.

Se ponen en la cola de ingresos y pagos, y pagan las facturas de la luz y el agua. Hablan con los dependientes con soltura, intercambiando anécdotas y risas. El alcalde entra a su sala privada, donde tiene todo su dinero. En esa sala no hay cámaras. Se mantiene la privacidad.

Greta se disculpa y se dirige al baño. Entra en el cuarto baño y se sube sobre el retrete, tambaleándose sobre sus tacones verdosos. Levanta el techo movible y saca su mochila de allí. Se cambia de ropa, se pone un pasamontañas y le pone el silenciador a su 9mm. Entra a hurtadillas en la sala donde está el alcalde y le dispara a la cabeza. La bala atraviesa perfectamente su cráneo, salpicando la pared blanca de la sala. Se limpia las manchas de sangre que le ha salpicado a las manos. Recoge rápidamente todo el dinero y lo guarda en su mochila. Corre al baño sin ser descubierta y se cambia de ropa. Guarda la mochila, con todas las pruebas, de nuevo en el techo del baño y se cambia de baño velozmente.

- ¡Greta! – grita una trabajadora del banco entrando al baño – Greta, ¿estás en el baño? – grita desesperada.

- Si, un momento, ya salgo. Es que tengo nauseas – dice fingiendo que vomita.

- Sal rápido. Tú marido necesita atención médica. Se ha desmayado – dice preocupada la joven trabajadora.

Greta sale corriendo a por su marido. El plan ha salido como esperaban. Jules se desmayaba en la cola, fingiendo una bajada de tensión, causada por no inyectarse la insulina, ocupando la atención de los trabajadores y dependientes, mientras está mataba al alcalde, a sangre fría, y cogía todo el dinero.

Comienza un nuevo día. Greta se levanta y se toma sus pastillas y Jules sale a recoger el periódico. Sale el asunto del banco en primera página. Según la prensa no tienen noticias de quien asesino y robo al alcalde. Un crimen sin huellas, profesional y limpio. También mencionan el desmayo del joven médico del pueblo y desean su rápida recuperación.