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12.6.11

Su nombre era Adriana


La conocí en una noche de luna plata y viento suave. La sala estaba completamente vacía, pero aún residía en ella el aroma a puros y perfume dulce. Era casi embriagadora esa mezcla extraña. Me acerque a la barra y pedí lo de siempre Whisky solo Jimmy. Solo como lo sola que estaba yo en esa inmensa sala. Entonces la vi a ella, en la terraza del club. Llevaba un ligero vestido color fresa y unos zapatos, de tacón alto, sandía. Fumaba tranquila un cigarrillo negro, que olía a carbón, y agitaba su copa de vino con cuidado. Después hundió su nariz en ese exquisito tinto, mientras cerraba los ojos, ausente en sus pensamientos. Sus pies se movían al compás del jazz de la sala desierta. Su pelo oscuro, adornado con una corona de flores silvestres, caía sobre sus suaves hombros. Su piel reflejaba una claridad casi etérea, gracias a la hermosa luz de esas estrellas dispersas y olvidadas del cielo profundo. Era una musa: bellísima, perfecta y divina. Salí a la terraza, sentándome tras ella, en una de esas sillas incómodas de diseño que solo hacen que torturar tú espalda, y saqué un cigarrillo de mi pitillera. Como de costumbre no encontré el cipo, y entonces, en un abrir y cerrar de ojos, ella me encendió el cigarro con una dulce sonrisa que me dejo completamente enganchada. Solo pude tartamudear un diminuto Gracias mientras ella volvía a apoyarse sobre la barandilla de la terraza sin decir palabra, y se quedó mirando las calles frías y siniestras, con total perplejidad en sus ojos. No pude evitar mirarla todo el rato. Me sentía como una cazadora ante una presa. Pero es que era una mujer tan enigmática, tan sensual y arrebatadoramente bella, que mi mirada se posaba sobre ella, de forma involuntaria, y me era imposible apartarla, aunque lo intentara. Entonces acabó su copa de vino y se marchó, dejándome sola en la (sin ella) aberrante estancia. Mis ojos se llenaran instantáneamente de lágrimas, pues sentí un dolor tan fuerte que creí morir. Había perdido a la musa que me había estado persiguiendo en sueños. Y desde ese día, cada vez que cierro los ojos, la veo sonriéndome, con esa mirada perdida en la ciudad y con ese dulce olor a melocotones y florecillas salvajes que la hacían tan característica.