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24.2.11

Zafiro nocturno

- Cuenta la leyenda que, en una isla sin nombre, un pirata enterró un gran tesoro, por su propio bien y el de la humanidad. No era un tesoro cualquiera repleto de joyas, objetos preciosos y doblones de valiosísimo oro, sino, un zafiro, un zafiro mágico. Dicho corindón poseía la cualidad de dotar, a cualquiera que lo tuviera, con todo lo que más deseara. El pirata se dio cuenta del poder que tendría semejante objeto en manos equivocadas o incluso, en las manos más puras, que se tornarían descarriadas, llenándose de indigna avaricia. Cuando encontraron al pirata, sus propios compañeros, viles rufianes sin alma, lo torturaron hasta el fin de sus días. El jamás se rindió y de su boca mutilada (pues le arrancaron la lengua de cuajo) no salió palabra alguna, costándole su valentía, la vida. Sus compañeros y él capitán del barco, conocido y temido en los sietes mares, llamado capitán MV (Muerte en Vida), buscaron el zafiro mágico día y noche, pero no dieron con el nunca. Él capitán, famoso por su mal genio, mató, día tras día, a cada uno de sus piratas, pues dijo que no habría descanso alguno, hasta que tuviera en sus manos frías y muertas, la gema más valiosa del mundo. Él capitán MV, acabó solo y sin su ansiada piedra preciosa, y navegó, sin rumbo alguno, hasta un abismo cruel y fantasmagórico. La buscada joya, fue encontrada varios siglos después, por una candida doncella que recogía rebollones en las profundidades del bosque. La infeliz muchacha, la escondió en sus botas y anduvo, con cuidado, por el boscaje que decían que estaba encantado. Al llegar a palacio, la doncella de ojos miel, se puso a realizar sus demás tareas. Y una vez estuvo sola, por la noche, a la luz de las velas y la luna llena, observó el zafiro. Jamás había visto una piedra tan bella. La contempló en silencio, sosteniéndola en sus manos llenas de cayos, por su trabajo duro, y soñó despierta, siendo más feliz que nunca. De repente, la asombrosa gema comenzó a brillar, una luz tan fuerte como el día al despertar y, de sus dañadas manos se despegó, levitando unos centímetros. La joven, asustada, ahogó sus gritos para no ser descubierta. La doncella quedó boquiabierta y aparto sus manos, dejando la piedra brillando y flotando con la suave brisa de la luna. Nada, ni nadie, podría describir lo que sentía la hermosa zagala. Pasado un tiempo, sin aliento, la joven observó los primeros rastros de claridad en el día, estaba amaneciendo. Fue entonces cuando cogió la piedra y la guardo de nuevo en su calzado. Cada noche volvía al mismo ritual con el corindón. Era un encuentro fantástico e irreal, pero se engancho tanto a ello, que comenzó ha actuar de forma descuidada, olvidando sus obligaciones. La reina la encontró una noche, extasiada, junto al zafiro flotante. La acusaron de brujería y la doncella fue quemada en la hoguera, reduciendo sus huesos a un polvo calcinado. La reina se quedó la gema y, rápidamente, descubrió el poder de la misma. Comenzó a desear lo indeseable y ser descarada, malvada y cruel. Uno de sus numerosos amantes le robo la gema y la vendió, volviendo loca a la reina. Así el zafiro pasó de mano en mano durante los años, ayudando a aumentar la codicia de los que lo poseían, a matar gente inocente, a vanagloriar actos innobles, a vengar la sed malvada, a dotar de belleza a las almas deformes, a desatar pasiones prohibidas, etc. Hasta que finalmente, acabo en las manos de una despreciable bruja, que acabó siendo la dueña del mundo que conocemos ahora. Ella acabó con la bondad de la gente y se benefició de todo el poder del zafiro, siendo indestructible. Antes de ello, se dio la guerra más atroz contada entre el bien y el mal. La lucha duro veinte días. Veinte días de sangre, de humillación, de muerte, enfermedades, juegos sucios y amargada avaricia. Como castigo la bruja condenó a todos aquellos que habían poseído la piedra o habían conocido alguno que la poseyera, a terribles pesadillas, tan reales, que todos desearían no dormir jamás. Los sueños se hacían realidad y sus mentes turbadas, les sentenciaban a un despertar funesto. Una mujer soñó como se arrancaba los dientes, y de su boca, ríos de sangre brotaban. Al despertar, la mujer estaba inconsciente sobre la pila del baño. Había perdido tantísima sangre que no sabía que había ocurrido. Al mirarse en el espejo, con el rostro empapado de su sangre, gritó asustada, observando que no tenía ningún diente. Todo el mundo va morir por sus terribles sueños y, la bruja, va quedarse sola, con el zafiro, en la nocturnidad deforme. - ¿Qué te parece la primera parte? – dice Rubén recuperando el aliento, después de su larga lectura.

- Es lo peor que has escrito en años. ¡Esto no se puede dirigir al público infantil!. ¿Tú crees que alguien comprará semejante cuento? – dice Agnes enfadada – Pensé que nos sorprenderías con algo nuevo, distinto, y no esta absurda fantasía de una gema mágica – le da un sorbo al café y se enciende un cigarrillo nerviosa.

- Yo creo que es perfecto – dice Rubén sinceramente.

- ¡Es que no piensas en las ventas!. Esto va a ser tú bancarrota y a su vez, la mía. Como tú agente te recomiendo que lo reescribas – dice con un rostro serio Agnes – Ninguna editorial te querrá publicar eso – dice cogiendo el manuscrito y golpeándolo contra el escritorio de madera borgoña.

- Lo que tú digas Agnes… yo me marcho a casa ya. Tengo que seguir escribiendo – dice apenado.

- Espera, que te acompaño a la puerta – dice Agnes levantándose de su silla – Piénsalo mejor, seguro que escribes una maravilla para el público infantil – dice más relajada – Bueno... dame un beso – este la besa y cuando acaban ella cierra la puerta, sin dejarle decirle ni adiós.

Rubén camina molesto por la calle. A él le gusta su cuento. Una nueva visión del prototipo tradicional de relato infantil, sin esas pusilánimes palabras edulcoradas, totalmente real y a su vez ficticio. ¡Quien podría ofrecer más!. Se sienta en un banco, que hay frente a un parque destartalado y roñoso, y se lía un cigarrillo. Lo enciende y le da un par de caladas. Se queda sentado pensando en que hará. ¿Quizás cambiarse de agente sería la mejor decisión?. Desde que se había acostado con Agnes y luego no había querido nada más serio con ella, su relación había ido a pique. En fin, no lo podía tener todo. Pero que cortaran y censuraran su arte y lo doblegaran como a un Don Nadie, eso no lo podía permitir. Se levantó preparado para decirle todas las palabras que se habían quedado en el fondo de su garganta, esperadas a ser esputadas en la cara de Agnes.

Rubén camina decidido, con la cabeza muy alta, con el cuento en una mano y el cigarrillo en la otra, dispuesto a reclamar lo que siempre había sido suyo: su libertad de expresión.

20.2.11

Mis polvos mágicos

Anaís tiene siete años y hoy es su cumpleaños. Es una diminuta niña alegre, de mejillas cálidas y colores vivos, llena de energía y con un corazón de oro. Vive con su padre Antonio, y su abuela materna Rocío. Su madre murió hace tres inviernos, en el día de su representación escolar, ese año tenía un papel muy importante en la obra de navidad, hacía de Rudolf, el reno de la naricita roja. Cuando apareció en escena y vio que su madre no estaba entre el público, rápidamente comprendió que ella había muerto. Saltó del escenario y abrazó a su abuela, rompiendo a llorar ambas. Los familiares y amigos que veían la representación, clamaron en una sonora ovación, por la innovadora actuación del peculiar reno de nariz colorada. Su madre fue una mujer fabulosa, y lo fue, hasta el día de su muerte. Antonio no ha conseguido superar la muerte de Lidia. Lo único que le hace querer seguir viviendo, es la inocente sonrisa de su chiquilla. Cuando ella le lanza una risita el cree flotar de gozo. Es la viva imagen de su madre.

Anaís y su padre siempre van al cementerio en el día de su cumpleaños, a dejarle tulipanes azafranados a Lidia, los favoritos de la niña. Anaís le cuenta feliz a su madre mil cosas (las tareas de la escuela, los dientes que se le han caído y los otros que ya le han crecido, los animales que ha ido adoptando (una lagartija, un gusano, un escarabajo pelotero, varias hormigas, un saltamontes, etc.), los dulces que ha echo con la abuela por navidad, los cuentos que le ha leído a su papa antes de dormir, los dibujos que a visto en la televisión, etc.) y siempre le deja una carta y un dibujo. La pequeña se prepara la lectura de la carta en casa, para leerla a la perfección ante la lápida de su madre. Su padre siempre tiene contener las lágrimas, ante las cándidas palabras de su niña.

- Querida mama, hoy es mi cumpleaños, ya cumplo ocho años. Papa dice que me estoy haciendo mayor muy rápido, pero yo no lo creo así, soy más bajita que él. Así que tan mayor no debo de ser. Además, yo no tengo arrugas y canas como la abuela.

Bueno, como es mi cumpleaños, comeremos pastel de limón y caramelo, el cual yo he ayudado a hacer, y luego abriré los regalos. Espero que papa me haya comprado algo chulo, por que si no, le dejo sin cuentos por las noches.

Este año solo tengo un deseo y es verte en mi cumpleaños. Así que soplaré las velas con tanta fuerza que haré que aparezcas sentada a mi lado y me cantes, con tú voz melosa, cumpleaños feliz.

Te quiero mama.

Anaís termina de leerle a su madre. Su padre se queda de pie, apretando el tallo de los tulipanes.

- ¿Qué tal lo he echo papa? - pregunta la niña de ojos azules.

- Mejor que nunca. A tú madre le habrá encantado - dice Antonio conteniendo las lágrimas en un suspiro afligido - Ahora vayamos a casa, que debes de tomarte tus polvos mágicos - deposita las flores brillantes sobre el túmulo marchito. Anaís sonríe y le coge la mano a su padre. Ambos caminan tranquilos por el cementerio.

Anaís tiene una enfermedad congénita en los músculos, una distrofia con déficit de merosina, desde su nacimiento. Poco a poco ha ido perdiendo movilidad en todo el cuerpo y cada vez le cuesta más caminar. Los médicos predicen una parálisis total a corto plazo y, le han recetado morfina, por los arduos dolores que padece la pequeñaja. Ella odia los hospitales y a los médicos, pues ha pasado toda su vida en consultas esterilizadas, haciéndose miles de pruebas (analíticas, biopsias, escáneres, radiografías, etc.) ella y también su difunta madre (la cual padecía la enfermedad de Lafora). Y como cada vez le costaba más medicarla (pues pensaba que las medicinas y tratamientos habían acabado con su madre), su padre se inventa historias fantasiosas para conseguir que ella se las tomara. La morfina es la única solución que tiene para conseguir que Anaís duerma, pues los dolores son tan fuertes, que la pobre solo consigue retorcerse en su cama noche tras noche.

Cuando llegan a su casa, Anaís toma su medicina, esos polvos blancos que su padre le ha dicho que le dotaran del poder que ella más ansíe. Anaís quiere volar como un ave y transformarse en un colibrí, para poder mover sus alas rápidamente, batiendo el aire. Antonio también toma morfina, pero para aliviar el dolor que siente en el corazón. Le ha dicho a Anaís que el también será un pájaro y que juntos, cruzaran el mundo por el cielo.

Después de tomar la cena, llega la hora del delicioso pastel. A Anaís se le ilumina la cara, al ver las llamas brillantes, de las numerosas velitas que decoran su tarta. Cierra los ojos con fuerza, concentrándose en su deseo y sopla las velas con ahínco. Abre los ojos, y ante ella, solo esta su padre y su abuela.

- ¿Donde está mama? - le pregunta a ambos desconcertada.

- Mama esta en el cielo - dice su abuela con tristeza - y te esta viendo desde allí ahora - dice con media sonrisa. Rocío sirve una porción de pastel a cada uno y comienzan a comer. Anaís esconde su mirada en las velas apagadas, sintiendo que ella también desparece, como el humo grisáceo.

Antonio le saca la sonrisa, que tanto ama, a su alegre niña, con chistes y fábulas ingeniosas. Más tarde le da su regalo. Le ha comprado un gatito, de piel suave y negra. Parece una pantera salvaje, con una lengua rosa muy áspera y en su cuello, le ha puesto un cascabel añil eléctrico, que pertenecía a Lidia. Cuando su padre le ha dado a Anaís su regalo, ella se ha emocionado tanto, que todo lo que llevaba en las manos (pinturas, folios, cartulinas de colores, purpurina, cola, etc.) se le caído al suelo, formándose un collage involuntario. La niña ha comenzado a gritar conmovida y ha abrazado, como ha podido, al blandito minino. Durante varias horas ha estado jugando con el felino, que se le acurrucaba, mimoso, encima de ella.

Antonio acuesta a Anaís en la cama y encima a su nueva pantera color azabache. Esta selecciona una lectura para su padre. Escoge un libro de poemas de su madre. Su padre se queda embobado viéndole leer.

- Cariño, es hora de irse a dormir – dice Antonio cogiéndole el libro y dejándolo en su escritorio.

- No tengo sueño papa – le dice con extremada dulzura Anaís.

- ¿Te duele algo mi vida? – dice preocupado Antonio.

- No. Solo es que no dejo de pensar en mama y en que no ha aparecido cuando sople las velas – dice sollozando la niña.

- No te preocupes Anaís… cuando seas un colibrí podrás ir a buscarla al cielo – le dice su padre con ternura.

Anaís sonríe y cierra los ojos. Se queda dormida enseguida, agotada por el día tan largo.

Hoy es el cumpleaños de Anaís y, al fin, se ha convertido en un colibrí, libre, que vuela muy alto y lejos, hasta rozar las nubes.

10.2.11

Virgenes Suicidas

Teresa abre la puerta de su casa henchida de rabia y envuelta en finas lágrimas que cubren toda su cara, hasta casi ahogarla en sus sollozos interminables de dolor.

- Lo único que me ha dejado Clarisse es esta espantosa película de Sofía Coppola – dice mientras camina malhumorada hasta el salón, dejando la puerta abierta tras ella, y señalando el CD, sin carátula, del filme las Vírgenes Suicidas - ¡Aun sigo pensando como la hija, de ese magnifico director, gasto rollos de celuloide para rodar semejante basura! – dice furiosa – y aun me sigue rondando la misma pregunta por la cabeza, después de todos estos años, en los que jamás entendí, ni entiendo ahora, como le podía gustar tanto a Clarisse semejante bazofia. ¡Dios mío!, como la hecho de menos – Teresa rompe a llorar, dejándose caer sobre el sofá y Hellen, que seguía en la puerta, asombrada por semejante recibimiento, corre a abrazarla.

- Tranquila Teresa – dice acariciando su espalda con esa voz tan característica que tiene la pequeña albina de rostro pecoso – Clarisse se ha marchado, no es el fin del mundo. Solo, una ruptura – dice pausadamente calibrando sus palabras.

 Teresa levanta el rostro del sofá y enloquecida, grita, llena de un enojo incalculable - ¡Eh!, nosotras no hemos roto. No hemos tenido ni una sola discusión. El problema es que no se donde esta. Vale, bien… se ha marchado sin decirme nada, pero eso no quiere decir que nuestra relación haya acabado, ¿entiendes? – dice enrojecida de furia. Parece que su boca vaya a expulsar fuego. Tiene los ojos demacrados de tanto llorar, la nariz rojiza y seca. Lleva días sin comer bien ni ducharse. Esta destrozada.

- Si cariño, lo sé. Se ha ido… pero debes de ir haciéndote a la idea. Ya hace una semana que se fue y quizás no vuelva. Ya sabes que no es la primera vez que te hace esto. Tú solo puedes esperar. Al menos sabes que esta bien, por que fue a visitar a sus padres ayer – dice melódicamente.

- Esto es una mierda. Cinco años de relación con ella y se va, sin decirme nada. ¿No puede pensar lo preocupada que estoy por ella?, ¿lo mal que lo estaré pasando haciéndome esta jugarreta puñetera? – dice balbuceando - ¡Jodida yoghi! – grita encorajada. Se sienta en el sofá, intentando recobrar la compostura y abraza sus rodillas, hundiendo su cabeza entre ellas. Respira - ¿Sabes como la conocí? – le pregunta a Hellen mientras la mira.

- Nunca me lo habéis contado ninguna de las dos. ¿Pero te vendrá bien hablar de ello ahora? – pregunta preocupada Hellen, subiendo su lechosa nariz hacia arriba. Hellen asiente con la cabeza y dice “Pero antes necesitaré que abras un vinito, fuerte, los tienes en la cocina”.

Hellen coge un gran reserva de vino tinto de Teresa (esta es una gran aficionada al vino. Todos los meses asiste a alguna cata de vinos, normalmente, acompañada por Clarisse) y sirve dos copas hasta arriba, las deja frente a Teresa y comienzan a hablar.

- Conocí a Clarisse hace seis años en una de sus clases de yoga. Me volvió loca al instante. Estaba sentada, en sukasana, meditando. Y me encanto esa rectitud en su cuerpo fundiéndose con su rostro en calma, lleno de paz, a la vez que su voz me embriagaba, cuando cantaba los mantras que acompañaban los ejercicios y, no me puedo olvidar de esa ropa, ligera y semitransparente. Chica, ¡una no es de piedra! – sonríe con añoranza – Lo mejor de todo era cuando venía a corregirme la postura que podía sentir sus delicados dedos, haciendo fuerza en mis huesos, moviéndome, mimosamente, hasta alcanzar el máximo en la postura. A veces hacía mal la postura adrede, simplemente para que viniera ella a corregirme. Me encantaba que hiciera eso, por que su perfume corporal me acompañaba todo el día. Siempre ha olido a flores frescas y eso que no nunca ha usado ningún tipo de colonia. Simplemente, tiene un aroma a naturaleza – da un largo sorbo a su copa y prosigue - Al cabo del tiempo nos comenzamos a hacer muy amigas y empezó ha darme clases de yoga particulares, en su casa. Y una cosa llego a la otra y acabamos liándonos y empezamos a salir. Nuestros primeros meses de relación se basaron pura y enteramente en sexo. No sabes lo mucho que me sirvió el yoga para experimentar tantísimas posturas – dice recordando. Hellen se sonroja. Parece que le hayan dado unas pinceladas rojas a sus cristalinas mejillas - Cuando llevábamos tres meses saliendo se vino a vivir a mi piso. Siempre ha sido un sueño vivir con ella. Una delicia, para que engañarnos. Pero los últimos meses la notaba algo rara conmigo. ¡Ya viste como se puso el día que te conoció a ti! – Hellen asiente con la cabeza y bebe un traguito de vino, sin dejar de mirar a su amiga. Teresa se apresura a por su segunda copa – Yo no se que mosca le abra picado ahora. ¿Qué cojones habré hecho ahora? – dice obcecada.

Hellen se lanza sobre los labios de Teresa, dándole un suave y húmedo beso, el que Teresa recibe asombrada y, responde, introduciendo su lengua en la boquita de piñón de su amiga. Esos besos delicados se transforman en puro fuego. Teresa no puede creer lo que esta pasando y Hellen se siente como un buitre atacando a una presa indefensa. La puerta se abre y entra Clarisse. Sus maletas se desploman en el suelo.

- ¡Lo sabía! – acusa gritona - ¡Sabía que estabais liadas! – dice con una voz repugnantemente superior.

- No, no es lo que parece – dice Teresa quitándose de encima de Hellen. Esa negación hasta le parece ridícula saliendo de su propia boca.

- Hice bien en marcharme. No tendría que haber vuelto a darte otra oportunidad, pues mira la mierda con la que me encuentro al entrar en mi casa. ¡Eres una zorra! – dice disgustada Clarisse. Coge sus maletas y se marcha de nuevo.

            Hellen sigue inmóvil en el sofá. Teresa no puede creer lo que ha pasado en cuestión de segundos. Las carcajadas de Teresa rompen el silencio sepulcral que se había instaurado en el salón.

- ¿De que te ríes? – le pregunta confusa Hellen.

- Clarisse se ha vuelto a olvidar la dichosa película – dice entra risas. Hellen comienza a reírse con ella.

- ¿Quieres que la veamos? – pregunta Hellen riendo – Yo no se de que va – dice con mirada de cordero degollado.

- Bueno… por que no… ya se ha jodido suficiente el día, jodamoslo un poco más – dice agarrando la botella de vino y bebiendo el último trago a morro.

3.2.11

Casa de muñecas

Esta es la historia de Katherine y su familia. Una familia prodigiosa, excéntrica y sin igual.

Joseph es padre de familia desde hace treinticinco años, sus primeros dos años fueron de otro matrimonio que tuvo a escondidas de su actual mujer, Merian. Joseph es un prestigioso catedrático de música clásica. Carismático, seductor, soberbio (se pasa el día idolatrándose) y opulento. Le gusta beber whisky escocés en la oscuridad de su despacho mientras escucha Schubert y fuma deliciosos habanos importados.

Merian es psicóloga. Es una persona con trastornos compulsivos y de absurdas manías, pero, a sus ojos, son solo perturbaciones cerebrales irreparables. Se pasa el día en su despacho, leyendo manuales psicológicos o atendiendo a sus pacientes. Tiene las mejillas caídas, como un perro de cara triste y cuando camina, se balancean al ritmo de sus rápidos e inquietantes pasos. Sus hijos piensan que esta loca.

Kevin, es el primer hijo, de este absurdo matrimonio de intereses y, cinco minutos después, nació Trevor. Kevin y Trevor son idénticos, como el agua, pero moldeables como la arcilla. Ambos fueron a la misma escuela, practican los mismos deportes, siempre en equipo nunca rivales, leen los mismos libros, siempre vestidos igual, trabajan juntos en la banca extranjera y siempre invierten bien sus acciones, incluso, perdieron la virginidad al unísono, con la misma chica. Trevor cree que desde ese día esta enamorado de su hermano, pues prestaba más atención a su hermano, mientras se tiraba a su amiga, de pubis rizado, que a la dulce chica que se abría ante él, como una flor salvaje. Su analista le ha dicho que sufre lo que Narciso, simplemente esta enamorado de él, pero como su hermano es una proyección, simétrica, de él mismo, desea fallárselo también.

Katherine es la pequeña de la familia. Un descuido, de una única noche de amor, desde hacía años, lubricada con altísimas cantidades alcohol, por sus progenitores. Katherine es discreta, escurridiza y se pasa el día a escondidas. No habla con nadie, ¡hasta llegaron a pensar que era muda o tenía un trastorno mental que le afectaba a su hemisferio izquierdo!. Su madre la acusa de ser una siniestra sin corazón y se pasa el día analizándola, levantando su mirada por encima de sus gafas metálicas, su padre no le hace ni el menor caso, las niñas no son su fuerte ni su interés y, sus hermanos, ya tienen suficiente con mirarse el uno al otro, atontados de por vida. Su única compañía es una casa de muñecas que heredó de su abuela Agustina. Esa pequeña casa representa a la perfección, hasta el mínimo más detalle, su casa de verano. Una casa de tres pisos y 7 habitaciones. En la planta baja la humilde cocina y el amplío comedor donde se celebran las reuniones de sociedad de sus padres, en el segundo piso las habitaciones de sus padres, pues no duermen juntos desde el nacimiento de Katherine y, en el último piso, su habitación, pequeña y de color ocre, el baño y la habitación de sus hermanos (que estos si que duermen juntos y revueltos). Katherine adora esa casa de muñecas, pues le recuerda a cuando su abuela estaba viva. Su abuela era la única que la comprendía.




Y no nos olvidemos de Carlos, el criado puertorriqueño de la familia. Un hombre joven, serio y formal. Amante de Joseph y de Merian, pero ninguno sospecha de que se benefician al mismo tipo. Carlos es amable con los niños y pasional con los padres.

Un día normal en la vida de Katherine es simple de resumir. Katherine se levanta temprano para ir a la escuela, esta en segundo de primaria, hace poco que cumplió los ocho años (celebró su cumpleaños junto a Carlos y Pulgas, su perro de peluche. Los miembros de la familia olvidaron la fecha de su nacimiento. Sus padres intentaron compensarla con regalos vacíos de sentimiento. Katherine lloró durante semanas totalmente abatida), se ducha, se viste y se arregla. Le gusta ayudar a Carlos a hacer el desayuno, por eso es la primera en despertar, junto al servicio de la casa. Luego, llega el espectáculo del desayuno, la única comida compartida por todos los miembros de la familia. Su padre lee el periódico y lanza pequeños comentarios sobre sociedad y economía, su madre se enfrasca en uno de sus numerosos manuales, siempre manchados de espumoso café, sus hermanos comparten sus batallitas y se miran embobados y, Katherine, disfruta de su desayuno, inventándose asombrosos mundos imaginarios habitados de ogros malvados que devoran a su familia, la cual cree impostora. ¡Bendita creatividad infantil.

Después del agotador desayuno, va a la escuela, donde pasa el día hasta las cinco de la tarde. Lunes, martes y jueves va a ballet, de seis de la tarde a ocho, miércoles y viernes va a dibujo, de cinco y media a siete y media, el último año que asiste a las clases, pues su madre dice que desarrolla una mente vaga y sin aspiraciones y, por último, hasta las nueve, todos los días, clases de piano, impartidas por un amigo de su padre. Joseph mientras bebe whisky y grita, como un energúmeno, cada vez que da un paso fallido en la lectura de la partitura.

Al final de la noche, Katherine, cansada del pequeño contacto con su familia, se encierra en su cuarto y juega con sus títeres y marionetas, representando la vida que siempre había soñado tener. Y así es, todos son felices en su ilustre casa de muñecas.