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25.4.11

Pegando tiros al mar


De nuevo me encuentro en la playa desierta y fría. Esta a punto de amanecer. El sol brilla con fuerza y sus rayos son más cálidos que nunca, clavándose en mis huesos delicados. El mar presenta una calma confusa que me agrada. Me siento sumido en un trance del que no quiero librarme, escuchando al mar golpear la arena, los cantos de las gaviotas que vuelan hermosas y la brisa que me rodea airosa. Percibo la fría arena entre los dedos de mis pies, sacudiéndome un escalofrío muerto que me perturba por un instante. Saco un pequeño revólver del bolsillo de mi pantalón blanco. Me quedo perplejo. Es la primera vez que veo un arma y la primera que sostengo una entre mis manos escuálidas, y lo extraño es que la siento propia y tan cercana, que incluso comprendo su magnificencia y poder. Y aunque no se de donde sale ese utensilio metálico, cargado de balas ponzoñosas que rajan iracundas el bondadoso viento, se lo que debo de hacer nada más abrazarla entre mis finos y huesudos dedos. Apunto furioso al mar, decidido ante mi acto. Disparo entre lloros a esas aguas cristalinas, que ahora se me antojan tenebrosas, y me enamoro de sus olas rotas, que se parten en miles de gotas saladas con cada una de mis balas sangrantes. Mi rostro se moja en millones de lágrimas de angustia y desesperación y mi cuerpo queda empapado, en una fina capa de sal perversa. No ocurre nada, solo se oye silencio, un terrible silencio. Disparo de nuevo indignado y el mar comienza a sangrar. Brota a raudales una fuente roja que tiñe la orilla con un hilillo bermellón. Me sorprendo de lo ocurrido y me quedo quieto, fascinado, mirando mis pies empapados de sangre carmesí. En ese mismo momento, en el que yo me siento en una  paz ilusoria, sale a flote el cuerpo de una joven desnuda, yaciendo sobre el mar, muerta. ¡Oh Emilia! grito entre sollozos al reconocer el cuerpo sin vida. Me lanzo a la orilla violenta y le abrazo con todas mis fuerzas. Ahora, el nivel del mar sube, llegándome por debajo de la cintura, acariciando mis piernas en un agua en llamas. Esas aguas me asustan pero a la vez me atraen. Mezo a Emilia al compás de las olas, mientras le aparto el cabello de sus ojos de sirena. Le canto una nana, entre lloros irrefrenables y, entonces, sus ojos enfermos de rabia se abren de par en par, mirándome confusos primero y, después, esas esmeraldas me auguran un fatídico destino bajo una tumba de agua. Emilia comienza ha ahogarme y yo no consigo defenderme. Posee una fuerza sobrenatural, como una náyade crispada, que me zambulle una y otra vez, en esas aguas endemoniadas. Raja mi ropa, me quedo desnudo. No puedo respirar. Cada vez me cuesta más. Siento que me ahogo. Siento que me muero.

Me despierto empapado de sudor sobre mi cama. Un suspiro de alivio se escapa entre mis dientes. Ha sido el peor sueño de todos en este mes, el más real. Llaman al timbre. Ya son las nueve y media de la mañana. Me levanto rápido, cojo la bata que tengo sobre el escritorio y me dirijo a la puerta. Miro desconfiado por la mirilla y veo a Suzanne, mi adorable Suzanne. Intento cambiar la expresión de pánico del rostro antes de abrir, pero me es imposible. Abro la puerta desecho.

- Buenos días - me dice Suzanne con su característica voz ronca pitillera.

- Hola Suzanne – le saludo mientras me seco el sudor espeso de la frente con la palma de la mano – Hoy voy a llegar tarde al trabajo. No logré escuchar el despertador.

- Tiene mala cara señor. ¿Se encuentra usted bien? - me pregunta preocupada. Esta mujer es un sol. No se que haría sin su ayuda y su eterna paciencia.

- Claro que si. Lo que ocurre es que me acosté bastante tarde terminando unos papeleos para el trabajo y después no conseguí dormir de un tirón.

- Bien – me dice convencida - Si necesita algo de mí no dude en pedírmelo - me dice servicialmente.

- No, no necesito nada, pero muchas gracias Suzanne. Ahora me voy a la ducha y pitando hacia el trabajo que, si sigo así, no llegaré nunca - le digo dirigiéndome al baño.

Suzanne comienza a limpiar la cocina a fondo. Para vivir solo tengo la casa bastante caótica. Papeles por el suelo del despacho, rotuladores por todas partes (más de la mitad no funcionan), en la cocina hay basura acumulada, envoltorios de comidas ya preparadas y la vajilla sin lavar, el dormitorio esta echo una verdadera leonera, con toda la ropa tirada por el suelo, etc. Pero una vez pasa Suzanne por cada rincón de la casa, todo cambia, como si siempre hubiera sido así de habitable.

Una vez estoy en el baño me miro en el espejo. Tengo el rostro demacrado. Mis ojos están rojos y envueltos en unas enormes bolsas moradas, mi pelo, escaso y lacio, cae sobre mi frente, en un ridículo flequillo. Tengo una barba negra, espesa, desde hace un par de meses. Me meto en la ducha y mojo mi cuerpo en agua muy caliente, me encanta sentir que me hiervo. Después me recorto la barba con unas tijeras largas y embadurno mi cara con espuma. Deslizo la cuchilla, suave. Cojo la maquinilla y me rapo la cabeza al uno. Tengo el rostro hundido, cubierto por una piel áspera, unas mejillas pronunciadas y unas facciones bastante cuadradas. En el espejo solo veo el reflejo de un asesino.

Me pongo unos vaqueros sucios y una camiseta azul. Los zapatos negros, a los que Suzanne les ha sacado brillo y la cazadora de cuero. Ya en la calle me enciendo un cigarro y camino cabizbajo bajo una absurda llovizna, mientras todos cubren sus cabezas vacías con lindos paraguas. Todo apesta a mí alrededor. Paso de largo de la oficina, cruzándome con mi jefe obeso. Le golpeo al pasar y este se queda igual de anodino que siempre, sin reconocerme. Que paciencia tuvo que tener su madre para parir a semejante orangután obsceno y pueril. Sigo caminando sin rumbo alguno, con los nervios a flor de piel. Cojo un taxi y le indico al conductor que me lleve a la playa. Y lo único que se le ocurre decirme al muy patán es “¿pero si esta lloviendo?”. Me dan ganas de golpearle la cara con mi puño y decirle que se meta en sus asuntos. Me quedo absorto, mirando por la ventana, mientras noto la pesada y miedosa mirada del conductor. Y entonces me dice “¿Cuándo dejaras de culparte por la muerte de tú hermana?”. Y yo me quedo mudo, con los ojos muy abiertos, tanto, que me duelen. ¿Pero como lo sabe?, ¿quién ser cree él para preguntarme eso?. Y yo le digo molesto “¿Pero que coño dices, capullo de mierda?” y el me contesta con miedo “Son 6,80 amigo. Ya hemos llegado”. Estoy flipando. Le pago de mala manera y salgo del pordiosero taxi.  ¡Que cojones ha pasado por mi cabeza!.

Veo la inmensidad antes mis ojos. La playa, la dulce arena, el mar bravo con olas oscuras, las gaviotas bailando con las nubes, la lluvia golpeando fuerte, deformando a la arena débil ante mis pasos de gigante desgastado. ¿Qué es lo que he venido a buscar aquí?, ¿qué es lo que pretendo solucionar u olvidar?. Me descalzo, dejando mis zapatos atrás. Voy desnudándome con cada una de mis ligeras pisadas, abandonando mi ropa a casa paso. Desnudo, frente a la orilla, me enciendo un cigarrillo y siento muy huesudo trasero en la helada arena. No hay nadie en la playa, ni un alma en un invierno cruel. El humo del cigarro se une a la brisa del mar, formando una capa invisible de nicotina a mí alrededor. Mis ojos lloran, mi cuerpo se moja de lluvia y de agua salada. Me tumbo en postura fetal, dándole las últimas caladitas a ese puto cigarro. Golpeo la arena furioso, hasta hacer sangrar mis puños. Escucho un leve siseo en el mar y creo ver a una hermosa sirena sumergirse de nuevo en el agua, escondida tras unas olas enormes. “Seguro que era Emilia la que estaba ahora en el agua” me dice una voz conocida al oído. Me giro y veo al misero taxista a mi lado. Me subo sobre él furioso, sosteniéndole del cuello y le grito sin piedad. No dejo de bramar hasta que unas gotas de agua golpean, vigorosas, mi rostro y me vuelven a la normalidad.

- Amigo, ¿esta bien? – me dice el taxista de pie, a mi lado. Toqueteándome la espalda desnuda con un palo. El muy cobarde me tiene miedo.

- ¿Qué coño hace aquí? – le digo inconsciente.

- Pensé que le había pasado algo, amigo. Vi su ropa tirada en la arena y a usted echo trizas sobre la arena. ¿Todo va bien? – me dice realmente intranquilo.

- Si, mejor que nunca – le digo incorporándome – Ya se puede marchar, amigo.

- Bien, le dejo su ropa aquí – me dice mientras deja mis cosas echas un ovillo.

Lo veo marcharse, confuso, girando la cabeza cada dos por tres, nervioso. Supongo que pensará que soy algún tipo de suicida. Cuando se marcha intento pensar en que es lo que me esta pasando por la cabeza, pero vuelvo a escuchar ese siseo, y ahora, de forma intensa y juraría que la he visto. Si, estoy seguro, era Emilia, dentro del agua, nadando como un pequeño pez. Viva, si, ¡y estaba viva!. Corro dentro del agua para salvarla, para abrazarla, para tocarla, para pedirle perdón por lo que hice. Pero una ola furiosa se interpone en mi camino y me golpea, arrastrándome sin compasión contra unas afiladas rocas y me mata. Y es Emilia la que dirige esa ola, con hilos invisibles, llenos de venganza, con una sonrisa pérfida y nacarada. Emilia, lo siento, yo siempre te ame.

19.4.11

La cruz del tercer milenio

PRÓLOGO

(17 de abril de 2011, domingo de Ramos. Mª Dolores y Encarna vuelven de misa, cada una de ellas llevan varios ramos en las manos. Suben el ascensor).

Mª DOLORES (dejando los ramos contra la pared del ascensor. Pulsa el botón 7).
Después de un par de meses por fin nos reunimos toda la familia. Ya era hora, ¿verdad madre?.

ENCARNA
Si hija. Ya tengo ganas de ver a todos mis nietos y nietas a la vez. Que normalmente solo veo al pequeño, ya que Agustín, estando en casa, ni se digna a salir de su refugio emocional cuando esta su anciana abuela de visita. Imperdonable lo de este chico.

Mª DOLORES
He conseguido que me prometa que comería con nosotros hoy. Algo es algo, no se puede pedir más de él en estos momentos madre. Lo esta pasando muy mal.
¿Sabes que?, Adrián tiene una gran sorpresa para nosotros. Creo que se ha echado novia o tiene una amiguilla “especial”. Me dijo que hoy iba a invitar a comer a casa a alguien muy importante. Me muero de ganas por saber como será la chiquilla.

ENCARNA
Me dejas de una piedra, no sabía que Adrián ya andaba metido en líos de faldas. Espero que sea una buena chica, y no como la de Agustín, que no era más que una simple fulana del tres al cuarto que lo ha dejado sin vida. ¡Pobrecillo!.

Mª DOLORES (ambas salen del ascensor y se dirigen a su puerta. La número 21. Abren la puerta. Caminan hacía la terraza del comedor para dejar los ramos tostándose al sol).
Yo también lo espero, pero Adrián es listo. No caerá en las redes de ninguna cualquiera. ¡Ay! a estos no hay quien los pare. Yo a su edad aún jugaba con muñecas. En fin… como cambian los tiempos.

ENCARNA (gritando)
¡Serás mentirosa!, si tú a su edad ya estabas liada con Gabriel, y un año después, embarazada de Isabel. Casi no nos da tiempo a casaros a tú difunto padre y a mí. Descansa en paz Rodrigo (dice santiguándose y envolviendo el rosario con sus arrugadas manos).

Mª DOLORES
Dejemos el tema madre. Quiero conocer a la chica que ha dejado tan embobado a mi hijo, más de lo normal (ríe). Lo tendrías que ver, anda todo el día en las nubes, hablando a todas horas por teléfono con ella. Y se le ponen unos ojillos tan lindos e inocentones y una vocecita tan dulzona. ¡Esta para comérselo!.
(Abriendo la puerta del comedor).
¡Dios mío Adrián, ¿qué estas haciendo?! (dice alucinada, dejando caer los ramos al suelo. Entra Paloma, la gata, que empieza a mordisquear las plantas y a maullar desesperada. Tiene un terrible celo. Sus maullidos son insoportables).

ADRIÁN (separándose de Joan, su novio. Estaban besándose como locos. Su primer amor).
¡Mama!, ¿ya son las 14.00h?. ¡Vaya!, como pasa el tiempo (dice desconcertado. Tiembla nervioso. Joan esta pálido como la luna y con la mirada hundida en la espantosa alfombra que cubre toda la estancia. Se queda callado como una tumba).

ENCARNA
Así que esta es… ¿tú novia? (dice su abuela poniéndose las gafas de vista y riendo).

ADRIÁN
Emmm…. él es Joan. Pufff… no quería presentároslo de esta forma, pero ya que la cosa ha salido así de mal, pues, de perdidos al río. Mama, abuela, soy homosexual y Joan es mi pareja.


COCINA

(Mª Dolores abre una botella de vino tinto y se sirve una copa. No suele beber ningún tipo de alcohol, solo alguna vez, en fechas especiales. Le da un trago largo y pone cara de asco. Encarna esta pelando las judías para la comida. Adrián y Joan se han quedado inmóviles en el comedor).
Mª DOLORES (dando vueltas por toda la cocina, con la copa de vino en la mano. Nerviosa).
¡Por el amor de Dios!, ¿qué estaba haciendo mi hijo?.

ENCARNA
Pues yo creo que meterle la lengua hasta la campanilla a ese tal Joan (dice riéndose).

Mª DOLORES
Madre, ¿cómo puede hacerte gracia esto?. Es un asunto muy serio. Mi hijo pequeño es gay. ¡Lo que nos faltaba en esta familia!.

ENCARNA (cortando unos pimientos).
¡Que más te da!. El chiquillo es joven y esta conociéndose así mismo y conociendo a los demás. No te ofusques por ello. Alégrate Dolores, tú hijo esta enamorado y es feliz.

Mª DOLORES (sirviéndose más vino. Ya se ha bebido la mitad de la botella. No puede entender que su madre tenga tanta comprensión ante lo sucedido. Se le cae el mundo encima).
Madre (dice entre sollozos), ¿qué dirá Gabriel de todo esto?, ¿qué dirán sus hermanos y hermanas?, ¿qué dirán nuestros vecinos y amigos?. ¡Menudo follón! (ya ha bebido más de la cuenta y comienza a sentirse mal. Se sienta en una silla y apoya su cabeza en la banqueta).

ENCARNA
Déjate con el que dirán y ponte a pelar zanahorias, que yo no puedo hacerlo todo sola.

(Entra Gabriel a la cocina)

GABRIEL
¿Qué pasa amor? (dice preocupado viendo a su mujer roja como un tomate y la botella de tinto a su lado casi acabada).

ENCARNA
No le pasa nada, le dio bastante el sol en la procesión y esta algo mareada. Se le pasará enseguida. ¿Me pasas la botella de vino, por favor?. Es que estoy haciendo una salsa deliciosa con ese tinto, casi lo acabe, como puedes ver.

GABRIEL (pasándole la botella a su suegra)
Tomé Encarna. Las dejo continuar con la comida, que yo soy un estorbo por aquí en medio (dice escaqueándose). Voy a ver las noticias al comedor.

Mª DOLORES (gritando)
¡No!

GABRIEL (perplejo)
¿Por qué no?

ENCARNA
Por nada Gabriel. Es que está Adrián con un amigo viendo una película para un trabajo de clase, y ya les quedaba poco. Mejor déjalos que terminen y luego ya ves las noticias (dice salvándole de la situación, por segunda vez, a su hija). Están muy concentrados con sus tareas.

GABRIEL
Vale… pues me acostaré un rato en la cama, que estoy molido de tanto andar de acá para allá. Cuando este la comida lista avisadme (dice saliendo de la cocina).

(Dolores va al baño y se provoca el vomito. Una pasta roja emana de su boca. Se cepilla los dientes y hace unas gárgaras. Se lava la cara, se maquilla un poco y se peina. Sonríe frente al espejo, pero esa máscara que ve reflejada no podría engañar a nadie. Rompe a llorar).


1er Y 2º PLATO

(Están todos sentados en el comedor. De primero, Encarna - ya que Mª Dolores no ha podido ayudar mucho en la cocina- ha preparado un caldo de pescado y mariscos y, de segundo, dorada con verduras y patatas al horno. Gabriel preside la mesa, a su derecha están sentadas Mª Dolores, seguida de Encarna, Isabel y Alfredo y, a su izquierda, Adrián, Joan, Agustín y Leticia).


ENCARNA
Que gusto que da veros a todos en casa (dice con una sonrisa amplía. Dejando a la vista su dentadura despoblada). Espero que esto dure un tiempo.

LETICIA
Yo también lo espero así abuela. Tenía tantas ganas de veros a todos. Este año en Nueva York, aunque ha sido maravilloso para mí, me ha hecho darme cuanta de lo mucho que os extrañaba y no paraba de pensar en todo lo que me estaría perdiendo por aquí. Así que ponedme al día, que no se apenas nada de nada.
Agustín, ¿cómo esta Niccola?.

AGUSTÍN (sin rodeos).
Muerta.

LETICIA (angustiada)
¿Cómo?, ¿qué ha pasado?.

Mª DOLORES
Nada hija. Niccola regresó a Italia hace un par de meses y dejo a tú hermano sin decirle nada, así, de la noche a la mañana. Tú hermano ha vuelto a casa, a pasar una temporadita, hasta que se recupere.

LETICIA
¿Y por qué nadie me lo contó?.

GABRIEL
Secreto de confesión jeje. No queríamos marearte con los problemas de tú hermano. Lo importante es que tú carrera fuera a flote y así ha sido. Estoy muy orgulloso de ti Leticia.

LETICIA (preocupada por su hermano).
¿Y cómo estas Agustín?.

AGUSTÍN
Muerto y enterrado.

LETICIA
Entiendo…

Mª DOLORES (notando el ambiente bastante tenso cambia de tema)
Isabel, ¿por que no habéis traído a Guillermo a casa?, ¿dónde lo habéis dejado?.

ISABEL
Esta en casa de los padres de Alfredo, es que hoy a la tarde tenía un cumpleaños cerca y ellos se ofrecieron a llevarlo.
ALFREDO (tartamudeando)
Pep…pepro manñanna vendra a veeeros.

GABRIEL
Veo que el logopeda esta haciendo milagros contigo Alfredo.

ISABEL
Ha mejorado mucho. Le esta poniendo mucha empeño y voluntad (dice dándole un beso a su marido). Guillermo siempre le ayuda con los ejercicios. Le parecen divertidos al chico.

ADRIÁN (que habla por primera vez desde lo ocurrido en el comedor)
La sopa está buenísima mama.

(Mª Dolores no contesta. Se mete rápida una cucharada a la boca)

GABRIEL (dice desconfiado)
Perdone Encarna, estas verduras no saben mucho a vino. ¿En serio gastó toda la botella en la salsa?

ENCARNA
Claro, pero el alcohol se evaporó. Como se nota que no pones un pie en la cocina.

GABRIEL
Bien… supongo que es eso (dice mirando a su mujer contrariado). Oye Adrián, ¿no nos presentas a tú amigo?

ADRIÁN
Si, si, claro. Este es Joan, vamos juntos a clase (dice señalándole).

JOAN
Hola (dice forzado).

GABRIEL
¿Has visto que aplicados Dolores?. Haciendo deberes hasta en domingo de Ramos. Este hijo mío va a sacar el bachiller como Leticia, con sobresaliente en todo. ¡Que genios hemos criado! (dice hurgándose los dientes con un palillo).

Mª DOLORES
Tampoco es para tanto… bueno si, le ira bien. Si… bien, supongo. En esta vida tendrá muchos obstáculos y puede que le den mucho por culo, digo que le jodan mucho, o sea, que le fastidien, por que la gente es muy cerda y le van las cosas raras y… no se, dependerá del camino que escoja.

GABRIEL
¿Qué mosca te ha picado hoy mujer?. Estas de lo más rara.

Mª DOLORES (ocultando su estado de shock de forma lamentable)
¿Yo?. Estoy perfectamente. Como nunca. Creo que jamás me había sentido tan bien. Soy feliz, por que todos somos felices. Estoy encantada encantadísima. Hoy parece que va a llover, ¿qué me decís?

LETICIA
Mama, ¿seguro que estas bien?, ¿qué te ocurre?. Tienes mala cara.

Mª DOLORES
Nada. ¿Qué me va a pasar?. Estoy como una rosa.

GABRIEL
Para ya de montar esta escena rara, que nos va a sentar mal la comida.

Mª DOLORES (con voz de pito)
¿Qué escena?, si yo estoy actuando con normalidad. Todo va muyyy bien.

ENCARNA
Por favor, basta ya de tonterías Dolores. Lo que pasa es que hoy hemos visto como, estos dos de aquí (señalando a Adrián y Joan, que tragan el caldo con dificultad) se estaban besando en el sofá y, además, Adrián, nos ha confesado que es gay y que Joan es su pareja. Por eso Dolores está tan alterada. Por eso y por que se ha bebido una botella entera de tinto en menos de diez minutos.

(Silencio absoluto).


POSTRES

GABRIEL
¿Qué que?

LETICIA
¿Es cierto Adrián?, ¿eres homosexual?

ADRIÁN
Emmm emmm… supongo.

ISABEL
¿Desde cuando lo sabes?, ¿habéis mantenido ya… ya sabes?

LETICIA
Por favor Isabel, no preguntes esas cosas.

GABRIEL
Creo que me va a dar algo. Me duele el pecho. ¡Ay por favor, tengo un hijo marica!
ALFREDO
No passa nadda. Es absolutamente nor normal.

GABRIEL
¿Normal?. Normal sería que le fueran los coños, como a ti, como a mi y como a Agustín.

Mª DOLORES
Por favor Gabriel, esa lengua.

ALFREDO
Mi mi mi hermaano también lo ess. Y no tienne ningún problemaa. Adriánn si tu tu es lo que quieress, se felizz.

ADRIÁN (con las manos enlazadas a las de Joan bajo la mesa. Temblando los dos como un par de flanes).
Gracias tío.

Mª DOLORES
Pero no lo animes. Este niño no sabe lo que quiere. Es un crío.

ENCARNA
No, no es un crío. Pero tú lo tratas como tal.

GABRIEL
¿Pero que os pasa en esta familia?. Agustín que se casa con una furcia italiana, Leticia que se va de casa para vivir su sueño y no ha llegado a ser más que una simple reportera, Isabel con el tartamudo que me tiene hasta los huevos y ahora Adrián, bujarra. ¿Pero que he hecho yo para merecer esto?.

ADRIÁN (lleno de coraje se levanta de la mesa, cogiendo de la mano a Joan, que siente como si se lo fueran a comer).
Esto es lo que soy y este es el hombre al que quiero, así que tendréis que acostumbraros y aceptarlo.

GABRIEL (grita colérico)
Ni una mierda mientras vivas bajo mi techo.

Mª DOLORES
No le digas eso al niño. Adrián, hijo mío, estas confuso. Lo siento por ti… Javier, emmm Jon, digo Joan… pero mi hijo no es como tú.

JOAN (pregunta molesto)
¿Y como soy yo?

GABRIEL
Como vas a ser… ¡un desviado!.

ISABEL
Basta ya. Mama, ayúdame a recoger la mesa. Vamos a sacar el postre.

(Agustín se levanta de la mesa y se encierra en su cuarto. Joan y Adrián siguen de pie, cogidos de la mano, aguantando. Encarna les sonríe. Gabriel sigue comiendo, con los ojos llorosos. Leticia, Isabel y Dolores van a la cocina, donde preparan café y sacan los pasteles).

Mª DOLORES
¿Quién quiere tarta de tiramisú?

ALFREDO
Yo qquiero un buen pedazzzo.

ENCARNA
A mi dame un trozo de coca de llanda. De la que tiene cabello de ángel (dice señalándola)

LETICIA
¿Adrián, vosotros dos queréis postre?

ADRIÁN
No gracias, no tenemos mucha hambre después de la que se ha montado (dice hablando por los dos).

GABRIEL
Desagradecido.

ENCARNA
Venga, come y calla Gabriel, y deja al niño de una vez. Leticia, córtales dos trozos de tiramisú y dos de coca de llanda (le guiña un ojo a ambos chicos con complicidad).

Mª DOLORES
¿Dónde esta Agustín?

ISABEL
Se encerró en el cuarto. No creo que salga mucho más hoy.

ADRIÁN
No me extraña.

GABRIEL
Ya me estas tocando los cojones. ¡Eres un soplapollas!.

LETICIA
¡Papa!

GABRIEL
Hijo… eres la vergüenza de la familia. A saber que dirán nuestros vecinos de ti. Y no quiero pensar lo que dirán mis amigos.

ENCARNA
Otro que con el que dirán… dejad a Adrián en paz.

GABRIEL
No es tan fácil Encarna. Yo soy un hombre respetable y ya tengo suficiente con lo que tengo para que me de más problemas el chaval.
(Dice entre gritos. Se atraganta con una nuez de la coca de llanda. Empieza a ponerse morado. No puede respirar).

Mª DOLORES
Gabriel, ¡ay! Gabriel. ¡Que haga alguien algo!

(Nadie reacciona a tiempo y no saben que hacer. Gabriel se cae de la silla quedándose tirado en el suelo como una colilla. Todos están sobre él, ahogándole más. Joan se abre paso y le realiza la maniobra de Heimlich. No da efecto, además de que Gabriel lo aparta hasta que se queda inconsciente. Joan mira a Adrián a los ojos, este esta llorando. Le hace el boca a boca y comienza a respirar).

GABRIEL
¡Quita de encima sarasa! (dice sobresaltado, empujando a Joan, que se encuentra sobre él).

Mª DOLORES
Este chico te ha salvado la vida Gabriel. Te habías quedado inconsciente (dice llorando. Le besa toda la cara emocionada).

ISABEL
Gracias Joan. Después de todo lo que te ha dicho mi padre le has ayudado. Has sido el único capaz de controlar la situación.

JOAN
Gracias.

ADRIÁN

¿No tienes nada que decirle papa?

GABRIEL
Supongo que gracias.

ENCARNA
Anda chico, confórmate con esto, que este hombre tiene la cabeza como una piedra y es más testarudo que un burro.

Mª DOLORES
Lo siento Adrián, siento haberme comportado así. Menuda impresión le hemos dado a tú amigo… quiero decir… tú…tú… novio (dice a regañadientes).

ADRIÁN
No pasa nada mama. Supongo que no estabais preparados para ello. Papa, ¿tú no dices nada?

GABRIEL
Si… emmm… yo… yo… lo siento hijo (dice rompiendo a llorar).

ENCARNA
¡Por fin dejas salir de tú traje de hombre cromañón al verdadero hombre que eres!

ADRIÁN
Si en el fondo es un buenazo (dice abrazando a su padre, que no para de llorar).

GABRIEL
Soy un burro.

ISABEL Y LETICIA
¡Y que lo digas! (dicen al unísono entre risas).

GABRIEL
¿Podréis perdonadme todos? .

Mª ANGELES
¿Y a mí? (dice llena de cargo de conciencia).

ADRIÁN
Hablo en nombre de todos diciendo que mejor que olvidemos lo que ha pasado y comencemos de nuevo. Será mejor así, ¿cierto?.

(Ambos padres, con la cabeza gacha, asienten. Encarna se levanta y unos minutos después trae a Agustín del brazo, que se sienta junto a su hermano pequeño. Comienzan a hablar, como personas civilizadas, y Mª Dolores y Gabriel hacen algo que hacía mucho que no hacían, escuchar a sus hijos, entenderlos y estar orgullosos de ellos).

ENCARNA (hacía sus adentros)
¡Que cruz de familia Rodrigo!, ¡que cruz!. Seguro que te estas pegando una vidorra por allí arriba, sin estos quebraderos de cabeza.

11.4.11

Cartas para Carmen

Después de "la discusión" de pacotilla con esas dos pérfidas diablesas, Ámbar se marchó de casa. Había estado trabajando durante varios meses en una cafetería llamada "Como en casa", supongo que para su categoría de mujercita se sentiría más a gusto en ese zulo de 35 m2 que en su simple hogar de 132 m2. Que se le va a hacer, necesito una vivienda acorde a mi estatus en esta sociedad, además, me asfixio en espacios pequeños habitados por dos mujeres con las hormonas disparadas por sus ciclos menstruales y yo que se que más mierdas. Pues mi querido retoño-autodestructivo-y-con-infinitos-prejuicios-y-transtornos-mentales-que-perturbarían-al-mismísimo-Buda-en-la-más-profunda-meditación-para-conectar-con-el-paradójico-Cosmos-absurdo-e-irreal estuvo trabajando a nuestras espaldas, consiguiendo los ahorros necesarios para marcharse de mi reino y si, repito, mi maravilloso reino postmoderno y clasiquillo a su vez. Yo creo que aunque se hubiera dedicado a gritarlo a los cuatro vientos todos los días, ni yo ni Danielle le hubiéramos prestado atención y no nos hubiéramos enterado de nada. Así es el funcionamiento base de nuestra familia: Nos odiamos, nos detestamos y nos amargamos. Al menos no llegamos a matarnos, pero fantasías atroces no nos faltarían a ninguno, de eso estoy muy seguro, no iba ser yo el único que hubiera disfrutado viendo arder a semejantes brujas, en un fuego violento que les abrasara los elásticos huesos de perras en celo y, les carcomiera el alma, si es que esas dos malas pécoras la tenían.

Ahora Ámbar vive con Trixie, su amiguita dulcemente sexual, que yo se que se muere por mi asombroso intelecto, pero lo muestra con ese aire de desdén que la vuelve incluso más irresistible. Lo nuestro seria una guerra de cerebros. No me la follaría a ella, me follaría a su mente, metiéndome tan dentro de ella que mi aliento acariciara su encéfalo y recorrería su sangre con cada una de mis sacudidas feroces, para después lamer su hipotálamo, donde se convulsionaría entera, por sus vertiginosos orgasmos, empapando su sabroso chocho y, por último, mis palabras envolverían todo su sistema nervioso, haciendo que tuviera asombrosas descargas completamente llenas de una fruición irresistible, que la dejaría totalmente K.o. Eso si que sería un buen combate para ver en la televisión, incluso pagaría por ello, y no esa mierda maricona en la que salen esos tipos dopados, con máscaras y hacen corografías a lo Cats. Imperdonable el uso malgastado de tiempo en las cadenas televisivas con programas de esa índole, merecedoras de censura y exterminio de todos los participantes en ella. Abominables. En fin, Ámbar vive con su amante, y así lo creo sinceramente, ese hogar debe ser el bullidero de pasiones atormentadas, de descubrimientos de cuerpos desnudos y etéreos, de fluidos constantes y sonantes, al que a mí no me importaría echar una buena ojeada a ese ramalazo de amor lésbico. Si que me lo pasaría yo bien en una casita así.

El cerdo de Alfred me dejo cuando la nena se fue de casa. Después de veintitrés años de matrimonio y seis de novios, me dejó, a mí, que lo hacía todo por él, incluso soporté sus deslices, haciéndome la tonta y dejándolo a su aire. Podía incluso llegar a comprenderlo, le atraía la joven y fresca carne del mercado de nuestra actual sociedad, y comparando en casa, donde tenía a una mujer cada vez más arrugada, como un pasa vieja, llena de polvo, sin sangre en las venas, pasando a ser una puta lagartija, con piel de rana, con el culo y el pecho caído, con las patas de gallo devorando mis vivaces ojos... Rompo a llorar, pero no demasiado, me han puesto más botox está semana y no puedo gesticular aún del todo. Paciencia. Respiro. Paciencia. ¡No!, el muy cabrón. ¡Si se lo dí todo por favor!, sin rechistar ni una sola vez. Le ofrecí en bandeja de oro mi inocente virginidad, lo abracé con mi amor incondicional, le regale a sus ojos, sus labios, su lengua, sus manos mi poderosa belleza, lo acepte con mi atenta y justa comprensión... le di tanto, ¿y para que?, ¿para no recibir nada a cambio?, ¿para que se fuera cada día con una fulana descerebrada de dieciocho años?, ¿para imponer una férrea barrera en la que ya no existía ningún tipo de contacto entre nosotros dos?, en la cuál, por cierto, se me gangrenaba el corazón y se me acartonaba la vagina. ¡Maldito cabrón!. Tengo que dejar de pensar en ese despreciable insecto.

La casa se me hace tan grande sin ellos. Por eso me he comprado a Lord, un pequeño hámster de pelaje rojizo, que no me dará mucha faena y será buena compañía. Bueno, la asistenta se encargará de darle de comer (todo light, sin azúcares y con mucha fibra) y de asearlo y limpiar su jaula, pero yo seré parte vital en su crecimiento y en su educación. He leído en varias revistas de animales que los roedores son muy inteligentes y quiero sacar al máximo todo su potencial. Le compré una ruedecita, donde puede estirar sus graciosas patitas, no quiero verlo holgazanear y que se ponga fofo, tiene un tobogán y una piscina donde refrescarse, y una casita de plástico y otra de madera. Le decoré la jaula a un estilo vintage, con toques postmodernos y retros.

Hecho de menos a mi nena, me tiene preocupada. Ni siquiera me ha dejado ir a ver en que tipo de casa vive ahora. Supongo que se avergonzará de ese sitio. Solo hemos tenido frías conversaciones por teléfono, en la que deja escuchar una voz triste. Mi nena, mi encantadora princesita. Me asombra ver en los albums de fotos el parecido que tenía con Ámbar cuando tenía su edad. Era igual de guapa que ella, más delgada y con más pecho, somos como dos gotas de agua. Incluso creo que aún tengo esa belleza inocente en el rostro.

Dejo el álbum en el sofá, me doy un par de retoques al maquillaje de tarde y cojo a Lord, metiéndole en su jaula portátil, sin olvidarme de ponerme los guantes de látex antes de cogerlo (que estos bichos tan monos pueden pasarte muchas enfermedades, también lo leí en una revista de animales), y lo preparó para llevarlo a una sesión de peluquería. Quiero que le corten el pelo y le hagan unas mechitas rosadas y negras, no me gusta el aspecto que tiene de indio salvaje.

- Pequeñín, hoy te van a dar una sesión de belleza por todo lo alto. Y vas a ver que galán que quedas, te van a dar un aire de lo más glamuroso. Te lo dice tú mami, chiquitín de ojos negros - le digo al silencioso roedor que da vueltas a sus excrementos. Una sonrisa inoportuna atiza a mis labios. Necesito un par de retoquitos más.

Desde que Ámbar y yo vivimos juntas esta más rebosante que nunca. No se encierra en el cuarto eternas horas y la veo que se siente mejor consigo misma. Es feliz y confía más en ella. Necesitaba huir enseguida de esa casa de prejuicios y vicios que la estaban matando. Es asombrosa y bella. Me alegra tanto que me haya hecho caso con lo de ayuda psiquiátrica. Ahora va tres veces por semana a tratar sus problemas alimenticios y está comiendo, sin fustigarse. Incluso se da algún caprichito, muy de vez en cuando y en pequeña cantidad, pero ya es un enorme paso. Le acompaño a terapia, porque quizás sola no iría. Me encanta compartir el piso con ella, es como vivir en el paraíso. Sigo preparando una ensalada ligera para cenar y abro una botella de buen vino blanco, para celebrar nuestro primer mes de emancipadas.

- ¡Trix! - me exclama asombrada Ámbar al entrar en casa, con un tipo grandullón a su espalda, que le está besuqueando todo el cuello. Jadea como un perrito sediento - Pensé que estarías estudiando en la biblioteca - me dice alterada mientras aparta al baboso de su yugular y le acaricia la mano. Este acaba abrazándola, con sus enormes brazos de gimnasio y ella le sonríe atontada.

- Pues no preciosa - le digo con la voz un tanto muda y molesta. No se quien es ese guaperas que abraza a mi amiga, lo que no se, es por que me molesta tanto - Llegué antes de lo que pensaba y quise preparar una cenita ligera para las dos - recalco ese dos con fuerza. Si tuviera un marcador de esos con los que tatúan a las vacas se lo pondría a ese capullín en la frente, indicándole que sobra.

- ¡Ah! vale, vale... no pasa nada. Yo ya cené con Miguel hace poquito, así que pasamos al cuarto un rato, que queremos hablar unas cosas del trabajo - me dice rehuyéndome y agarrando al tal Miguel.

- Bien, pues pasarlo bien - les digo mientras entran alterados al cuarto, comiéndose a besos.

Me siento en el sofá, frente a la televisión apagada, con el bol de ensalada y la botella de vino blanco. Me lió un cigarrillo y me lo fumo con calma, y comienzo a escuchar los jadeos de ese perro de Miguel, que debe de estar untando bien su colita puerca en el delicado coño de Ámbar. Me bebo la botella en un abrir y cerrar de ojos, sin tocar a penas la ensaladita. Me estoy cabreando en serio y no entiendo por que me molesta tanto que Ámbar se haya traído a un tío simplón que en estos instantes debe de tener el rabo más duro que una roca. Pongo a Jimmy Hendrix a todo volumen, esos jadeos me estaban atormentando de verdad. Me acuesto en el sofá, fundiéndome en los solos explosivos de guitarra de Hendrix, mientras me fumo otro pitillo compulsivamente. Ahora son los gemidos de Ámbar los que silencian los alucinantes acordes del maestro. Puedo escuchar su respiración agitada, sus gemidos cada vez más fuertes y profundos. Entonces me doy cuenta que me estoy masturbando como una loca, escuchando a mi amiga ahogándose en un orgasmo interminable. Y me gusta, por que siento que la tengo cerca, tan cerca que noto como me susurra al oído y siento sus pechos turgentes contra los míos, empapándose de sudor. Entonces llega a un clímax, que no oculta en ningún momento y yo sigo, acariciándome mientras me la imagino a mi lado.

- ¡Ey! - me dice el capullín que se acaba de follar a mi amiga cortándome el rollo. Paro automáticamente, rezando para que no haya visto nada. - Te cojo el botecillo de nata, que seguimos con la fiesta privada.

- Bien - logro decir mientras me siento en el sofá, sin girarme. Se me enrojece el rostro.

- ¿Escuchas a los Rollings? - me dice el cabeza cuadrada. Mucho músculo, poco cerebro.

- Si, si - le respondo, sin corregir su vulgar error. Solo quiero que me deje a solas.

- Molan - dice el cernícalo yéndose con el bote de nata en la mano. Cuando me giro, lo veo de espaldas. Va completamente desnudo, con el rabo súper tieso. Tengo que admitir que esta bien dotado, además de que tiene un culo muy sexy, con una peca que le decora la nalga derecha.

Me dirijo al baño tremendamente confusa. Necesito una ducha fría, pero que muy fría.

- Me han echado de la facultad por ser el Rey del Mambo, si amigas y amigos, envidia, pura y dura. Una de mis alumnas se ha quedado "supuestamente embarazada de mí". Me resbala que me hayan expulsado de ese estercolero, ya tenía ganas yo de irme de ese campus que reducía mi creatividad. Lo único que quiero es limpiar mi nombre, por que yo no me acosté con esa cerda rechoncha, solo tenía un buen culo, ¡oh sí lo tenía!, el cuál me hubiera follado, pero ni llegué a eso, digamos elegantemente que no era mi estilo, que en su cuerpo no residía la harmonía, que Venus la había olvidado, que era simpática pero... ¡Dios! que era más fea que Pifio, un atroz mono piojoso, el resultado de cruzar a Yeti con el Gremlin más rabiosos de todos, y luego fue bautizada por el mismísimo Diablo. Asco es lo que me daría haber contemplado ese felpudo lleno de barro señoras y señores - digo a un público completamente pasmado ante mi discurso de apertura de mi academia de escritura. No saben si lo que digo es cierto o no. Solo hay una cosa clara, yo nunca miento, para que, es una pérdida de tiempo - Por hoy, han tenido suficiente dosis de Welsh, ¿verdad?. Traigan mañana sus oídos atentos y despiertos, pues vamos a demoler las paredes con la fuerza de mis palabras - digo yo, porque las suyas no serán. Las mujeres se acaloran con mi apuesta presencia, los pocos hombres que se han apuntado, me tienen celos, quieren ser como yo. Fracasados, jamás lo conseguirán. Es cuestión de actitud, saber estar, inteligencia, estatus, ropa, calidad, y tantas cosas, que me aburro de pensarlas.

Las plazas del curso se han cubierto hasta los topes, me voy a forrar con esto. Tanta gente quiere aprender del bueno Welsh. No me extraña, soy él único que sabe vivir la vida por aquí. Hay un par de macizas a las que no les voy a quitar los ojos de encima, unas universitarias de primeros cursos con la vida por delante y miles de sueños en sus cabecitas huecas, un par de abueletes pervertidos, unos críos neuróticos y, Carmen. Es el único nombre que le he permitido a mi mente almacenar. Cuando se ha presentado, con ese acento latino, tan sexy, pensaba que me iba a correr hay mismo. Menuda mujer. Hacía tiempo que no divisaba ninguna como ella, ahora el buen sexo, esta en las veinteañeras, pero Carmen roza los cuarenta años, y tiene un cuerpo, que ni esculpido por Miguel Ángel. Un pelo rizado hasta los hombros, color ciruela, una piel dorada, manos largas y finas, al igual que sus piernas, un trasero que me ha echo enmudecer al verlo contonearse con esos andares de gata salvaje. Unos ojos risueños, verdes como la clorofila, unos labios finos, una nariz alargada. Una mujer con mucha clase y estilo. La he observado bien, durante un buen tiempo, y ni un retoque. Un bellezón, al cual le rompería las caderas con semejante polvo que le pegaría, pero me mantengo lejos, cauto, para comenzar mí ataque. Es la manzana de mi Edén y quiero saborearla poco a poco.

Ayer me apunte a un curso de escritura de Alfred Welsh. Siempre me encantaron sus libros, sobretodo su última novela, tan pérfida y llena de malicia. Y la forma en la que describe su muerte es tan poética. Yo creo que se deja llevar y escribe lo que se le antoja en cada momento y eso es lo que quiero aprender hacer yo. En Ecuador logré que se publicaran dos de mis libros de poemas, pero ahora que vivo aquí, quiero ver si retomo los hábitos y escribo algo decente ya, por que estoy dejando atrofiar mi mente de una manera sobrenatural.

He engordado cuatro kilos y he vuelto a fumar. Me dan unos ataques nocturnos en los que me cebo ansiosamente, y luego no pruebo bocado en todo el día, así que vago con un hambre del demonio. Si sigo por este camino acabaré teniendo que hacerme urgentemente una liposucción. Necesito cariño y sexo y solo Alfred podría dármelo. No tengo a nadie más que pudiera ayudarme en ello. Además, este hombre, jamás diría que no a hacer el amor. Me tumbo en el sofá, como una colegiala nerviosa y lo llamo por teléfono.

- Alfred, querido, ¿cómo estás? – le digo amablemente.

- ¿Eres tú Danielle? – me pregunta con una voz de resaca imperdonable. Yo asiento con efusivo ¡Sí! - ¿qué es lo que quieres? – me pregunta molesto.

- Nada querido. Tenemos que terminar de hablar unos asuntos del divorcio. Ya sabes, algunos papeles que firmar y esas cosas – le digo inventándomelo. Seguro que no tiene ni idea de que ya tenemos todo zanjado, por que como su abogado es un hombre, no le hace mucho caso, en cambio, si tuviera a una mujer, ya estaría bajo de sus faldas a todas horas – Podrías acercarte por casa y lo zanjamos ya todo – le digo esperanzada. Espero que no descubra en mi tono de voz la dulce mentira.

- Bien, hoy no tengo nada mejor que hacer. Me paso a las ocho y hablamos – me dice seriamente.

- Bien, fantástico – digo contenta – Te veo en un par de horas. Un beso querido.

- Adiós – se despide secamente.

Me siento eufórica, mi plan ha funcionado a la perfección. Corro a prepararme, no tengo a penas tiempo para arreglarme todo lo que debería. El tiempo vuela y mis nervios aumentan. Me bebo una soda para calmarme. Llaman al timbre. Es Alfred seguro. Bebo el último trago y abro la puerta con tranquilidad.

- Hola Alfred – le digo deslumbrante, con un elegante vestido negro, con la espalda al descubierto.

- Hola – responde - ¿puedo pasar o vas estar mucho tiempo exhibiéndote como un trocito de carne?

- Pasa, pasa, querido – le digo sin responder a sus burdas acusaciones. No quiero que la cosa empiece a torcerse nada más comenzar.

- Bueno, ¿dónde están esos papelazos? – me dice yendo directo al grano.

- Están en el salón. Venga, ponte cómodo en el sofá. ¿Quieres algo para beber, querido?.

- Si, ponme un whisky con hielo – me dice mientras se sienta en el sofá. Yo corro a prepararle la bebida y ha retocarme el maquillaje - ¿dónde decías que estaban los papeles? – me pregunta intransigente. Se queda sin palabras cuando me ve entrar desnuda, con un vaso de whisky y un Martini. Camino lentamente hacía él y me siento a su lado, como si nada. Jugueteo con la aceituna posándola en mis labios y siento su mirada fría como un glaciar.

- ¿A que coño estas jugando Danielle? – me dice enfadado.

- A nada querido – le digo lanzándome a sus brazos e intentando besar sus labios. Me aparta como a una vulgar perra que esta en celo – No me rechaces Alfred, no sabes el daño que me esta haciendo esta situación. Yo te sigo queriendo – le digo acurrucándome en sus piernas. Me da una patada molesto. Sollozo de vergüenza. Se levanta y se va al baño. Yo sigo sentada en el suelo lloriqueando. Cuando sale, ni me mira y se marcha con el whisky en la mano.

Ayer estuve en mi casa ya que la fría-zorra-calculadora de mi mujer me había llamado con la patética escusa de firmar papeles del divorcio. Lo que se inventa la desesperada por echar un buen polvo conmigo. Otra que no puede olvidarme. En fin, la despache como pude. La muy cerda se me agarro a las piernas, como una gata en celo, y yo ya pensaba que iba a restregar su viejo chocho en mis mocasines nuevos. Lo que me faltaba por ver. Nada, me la sacudí en el baño, antes de irme, por que la muy puta consiguió ponerme caliente, pero para nada se la metía, no caigo en esa trampa ni borracho.

Después de eso me fui a casa con un par de ideas para mi nuevo libro, y ya lo tengo todo pensado. A Carmen le va ha encantar.

Hoy he recibido una docena de rosas a casa, sin remitente alguno. Ha sido algo muy halagador. Ahora no paro de pensar que quien me habrá mandado ese detalle. Debo de tener un tímido admirador.

Yo no se que me esta ocurriendo, pero no puedo quitarme a Ámbar de la cabeza. Y más desde que esta con el mierdoso de Miguel. Me corroen unos celos que yo no reconozco en mí. Jamás he sido una persona celosa, pero cuando los veo juntos, ¡Dios! como me altero. Siento que mi sangre hierve y que le arrancaría la cabeza a ese bobalicón estúpido.

Me dirijo a su cuarto, sin vacilar ni un instante. Esta tan bonita dormida. Me acuesto junto a ella y la miro dormir. Esta tranquila, con el rostro ligero. Su respiración es tan liviana. Le tapo los ojos con un antifaz, muy suavemente y comienzo a besarle con delicadeza, ella se agarra a mis labios y yo saboreo los suyos con absoluto frenesí. Sabe a miel. Me subo animada sobre ella, abriéndole cada uno de los botones del camisón. Dejo al descubierto ese cuerpo menudo, al que ilumina la luna, envolviéndole en una luz tan hermosa, que le hace brillar más aún. No puedo ni quiero evitarlo, así que me pongo manos a la obra. Le lamo el cuello y le muerdo los lóbulos de las orejas, mientras acaricio sus pezones duros. Hundo mi boca en la suya y la beso fuertemente. Ella se encuentra en un trance en el que esta inconsciente a medias. Mis manos descienden a su pubis y enredo mis dedos en su vello. Acarició sus labios, se moja de tal manera que mi boca salta a su coño rápidamente. Se lo como todo y ella esta gimiendo desesperada. Cuando de repente se levanta de golpe de la cama, como asustada y se quita el antifaz sofocada. Yo me escondo bajo su cama, en un abrir y cerrar de ojos. Ella esta caliente, y yo, ardiendo, siento que me abraso.

- Buenos días Trixie - me dice saliendo de su cuarto con una cara totalmente placentera.

- Buenos días preciosa - le digo yo bajando la mirada a mi cuenco de cereales. Cojo una manzana y la pelo.

- Hoy he tenido un sueño de lo más raro. Ha sido alucinante - me dice sonriente. Me asusto por un instante, pensando que lo sabe todo - He tenido una fantasía con Miguel asombrosa - me dice mientras se pone leche en una taza. Mi rostro cambia totalmente, me siento aliviada y decepcionada - Te juro que lo sentía sobre mí, besándome con fuerza y acariciando todo el cuerpo. Me desperté teniendo un orgasmo – sonríe, dejando ver su perfecta dentadura. Se le forman unos hoyuelos preciosos en la cara.

Ya he recibido veinte ramos de rosas rojas, cinco de tulipanes color pastel y tres de margaritas y lilas. Estoy alucinando. Cada día viene un mensajero, con maravillosos ramos que perfuman toda mi casa. Me muero de ganas por saber quien me esta enviando estos clásicos regalos.

El curso esta siendo muy valioso, y ya me he aventurado a volver a escribir un par de poemas. Lo que no me gusta es la forma que tiene de mirarme Alfred, me hace sentir como una muñeca hinchable a la que quiere dominar. Seguro que ya se ha acostado con algunas de las chicas del curso, todas andan a sus pies a todas horas. A mi, ni me va ni me viene, me da bastante asquillo este tío, que se le ve a leguas que va con veinteañeras para sentirse más joven. Otro con la crisis de los cincuenta. Jamás me podría llegar a gustar una persona como él y menos aún, acostarnos. ¡Buf!, ni en sus mejores sueños.

Mi novela comienza a tener forma. Es un volumen de cincuenta cartas de amor. Pronto, cuando salga a la luz, saltará a best seller y las ventas burbujearan, como el champagne que beberé del coño de Carmen. Estas cartas son para ella. No es que me este enamorando ni nada de eso, soy fuerte y no creo en esos sentimentalismo, solo se que esta será mi técnica de ataque. La pondré a punto de caramelo y después me la comeré enterita. Va ser pan comido. Cuando lea el libro, se le caerán las bragas, de tanto romanticismo junto en unas cien páginas.

Le voy a decir a Ámbar lo que siento por ella hoy mismo. Me llenaré de valor y le confesaré todo. Se que puedo hacerlo. Entro a casa y Ámbar esta llorando desconsolada en la cocina, mientras bebe medio vaso de agua.

- ¿Preciosa, que ha pasado? – le pregunto preocupada.

- Miguel me ha puesto los cuernos con una tal Carmen, ¡que tiene cuarenta añazos la pelleja! – me dice balbuceando. Las palabras se le atascan en la boca.

- ¡Oh! – logro decir. Dejo mis cosas en el suelo y le abrazo. No le puedo decir ahora nada, no es el momento adecuado. Tengo que darle todo mi apoyo. Esperare, ahora, ya no hay un capullo entre nosotras.

Mi libro ya ha salido a la venta y ha sido un éxito, como yo esperaba. He quedado con Carmen después de clase, para hacer unas correcciones de unos textos suyos y ya de paso, zanjare mi juego, con un fantástico jaque mate.

Me esta esperando fuera, fumando un cigarrillo. El humo la envuelve en una nube espesa, aún así veo sus ojos furtivos, que brillan como cristales rajando mi pecho. Salgo a fuera y me dirijo hacía ella.

- ¿Quiere un cigarro? – me dice amablemente ofreciéndome unos cigarrillos mentolados. Yo le digo que si. Lo enciende, envolviéndolo con sus labios. Cuando me lo pasa, esta manchado con su carmín rosa - ¿Supongo que debe de estar en la gloria por su nuevo libro? – me dice con ojos tiernos. La tengo en el bote – No lo leí aún, solo las críticas, pero han sido buenísimas. Se ve que ha escrito las cartas de amor más bellas del siglo XXI. ¿En quien se ha inspirado? – me pregunta coqueta, mientras enciende otro cigarro.

- Pues… - esta mujer me enciende tanto que no se ni como contestarle. Me decido a lanzar el balón, desde el extremo izquierdo de la cancha, voy a marcar el triple más clamado de la historia. Lanzo, vuela y – Escribí esas cartas pensando en una mujer que me tiene loco, a la cuál he llenado su casa de bellas flores, pero jamás tan bellas como ella. Escribí pensando en su belleza latina, en su cuerpo de Diosa, en su lenguaje corporal, en su intelecto, en todo. Es una mujer real, fabulosa y tremendamente preciosa – sus ojos se abren como platos, sorprendida y halagada. Señores y señoras, eso ha sido una verdadera ¡canasta!. Aplausos por favor.

Llega un chavalin espabilado, alto y musculado. Se pone al lado de Carmen y la besa salvajemente. Me quedo parado, sitiándome estúpido y eso no me gusta.

- Le presento a Miguel… estamos conociéndonos – me dice Carmen con una sonrisa maliciosa entre dientes.

- Hola tío – me dice el muy cretino – ya me han dicho que eres un menda de esos que escriben. Eso esta bien. A mi no me mola mucho leer y escribir no lo he intentado nunca, yo soy más de cine de acción y esas cosas – me dice mientras le soba el culo a Carmen. ¿Pero que ha visto mi salvaje latina en ese crío vacío?.

- Bien, pues nosotros nos vamos ya – me dice Carmen sonriendo – mañana ya miraremos las correcciones de mi texto.

Se acerca a mí, y se despide, dándome dos besos, mientras me susurra al oído - lo siento, usted no es para nada mi tipo, como a usted, a mi también me van los chicos con veinte años menos que yo, pero gracias por las flores y el libro, seguro que será maravilloso. - Se marchan besándose como dos adolescentes con la libido por las nubes. El tal Miguel la empotra contra una farola y se la merienda delante de todos. Carmen si que esta en las nubes. He de aprender ha aceptar las derrotas, pero de momento, tengo que aliviarme un poco, así que necesito un chocho conocido y un whisky doble. Jamás un lanzamiento había sido tan fracasado.

Trixie me ha apoyado mucho, si no fuera por ella estaría más hundida que nunca. Es que aún no me puedo creer que Miguel me haya puesto los cuernos con una vieja como esa y encima, en los baños del curro. De momento voy a buscarme otro trabajo temporal, por que no quiero verlo ni en pintura. Esto es un asco, un jodido y tremendo asco. Ahora siento que todo me da asco.

Trixie esta más alegre últimamente, la notaba borde cuando Miguel estaba en casa. Supongo que quizás le daría envidia que tuviera novio y ella no. No se… tampoco es que busque nada y con lo guapa que es y con esa voz de ángel que tiene, los tendría a todos loquitos. Y besa tan bien. El día ese que la bese en mi casa, recuerdo como me devolvió el beso y como me metió su lengua suave en mi boca. ¿Qué reacción tendría si le volviera a besar?, ¿volvería a quedarse a cuadros?. No lo se, pero se que fue un beso de esos que te dejan tonta un buen tiempo. No me importaría repetirlo, pero en plan amigas, solamente.

Me siento humillado por Carmen. Esa zorrita me ha jodido bien sin llegar a joderla yo. Y ahora, vuelvo con el rabo entre las piernas a mi casa, para que Danielle le de vidilla a mi cuerpo. Se pone entre mis piernas y me la come un buen rato. Consigue meterse mi pollón enterito en la boca, no me importa que se ahogue, le agarro bien la cabeza y se la agito, como a una coctelera llena de un vulgar licor. La subo sobre mi pito y le pongo a cabalgar sobre mi falo bestial. Sus tetas, perfectas, ni botan, de tanta silicona que tiene puestas. Es raro volver a follar con ella, la veo como a una vieja del tres al cuarto, pero un chocho es un chocho y es lo que necesitaba mi ego ahora. Danielle me obsequia con un sinfín de orgasmos estridentes, que yo tapo, cerrándole la boca con la palma de mi mano. Ella empieza a lamerme la mano. Me corro y la quito de encima. Se acurruca a mi lado y me sonríe agilipollada.

- Querido, he leído tú último libro. Ha sido sin duda el mejor – me dice mientras me llena otra copa de whisky. - ¿Por qué nunca me escribiste algo tan bonito a mí? – me pregunta con esa voz repipi que se le pone cada vez que me la follo.

- Veras Danielle, por que jamás pude sentir nada así por ti – le escupo a la cara mi repuesta, sin ninguna vergüenza. Ella hunde su rostro en mi pecho y solloza en silencio. No hay quien la entienda, debería estar feliz, al menos ha tenido sexo y ¡gratis!. Que tendría que pedirle que me pagara por mis servicios, por que si no, no vale la pena tener que aguantar después estas tonterías que le salen de su linda boquita. Esta más guapa cuando no pronuncia palabra, con mi polla cerrándole ese piquito de oro que tiene, ¡ay mi pija exmujercita!.

4.4.11

¿Qué hace un bolchevique cuando se zambulle en el Mar Rojo?

- Cuando me dijiste que se te daban mejor los exámenes orales, no me imaginaba lo realmente sincera que estabas siendo conmigo. Creo que mmm... ohhh ohhh... - no puedo terminar la frase, pues me corro en su boca, en un infinito orgasmo, inundando su estrecha garganta.

- Gracias - me dice mientras se limpia los restos de semen de sus carnosos labios - Ahora ya tengo matrícula, ¿verdad? - Me dice con ojos tiernos, pero lascivos a la vez. No sabe lo que me pone que me mire con esa cara de inocentona.

- Si, pero aun tendremos que aclarar un par de asuntos más. ¿Entiendes, Marlene? - Ella me asiente con la cabeza.

Lo que sea por una matricula, ¿verdad zorrilla?. ¿Con cuantos viejos verdes como yo se habrá acostado esta chica?. La levanto del suelo y le bajo las bragas blancas de algodón. Tiene un coño precioso, da ganas de hincarle el diente como un salvaje, hundiéndome en su rebelde bello púbico. Pero me controlo, quiero observarla bien. ¡Woh! que culo que tiene. Se me pone dura al instante, y así, de espaldas y sin avisarle, se la meto por su diminuto ano y la follo una y otra vez más. Ella gime, mientras se acaricia el clítoris y yo descargo, una vez más.

Después de acostarme con Marlen, deliciosa alumna de 4º de literatura, me voy a la firma de libros, de mi propio libro. ¡Que os pensabais!, ¿qué solo me acuesto con macizorras a las que les va el rollo profesor-alumna?. Bueno, tendría que concretar un poco más, catedrático-alumna. Que existen diferencias, ¡no me lo vas a decir a mí!. En fin, me dirijo raudo y veloz a la librería de moda, donde se hace un acto en mi honor. Es la quinta novela que escribo, sin olvidar de mencionaros, y esto no es egocentrismo, si no información para que no andéis perdidas y perdidos, de mis diez ensayos, mis seis manuales de recursos literarios, dos obras de teatro, mis siete libros de poesía romántica y, en estos momentos, un guión de cine. ¡Un hombre con este currículo no se encuentra en todas partes eh!. Mi última novela se llama "¿Qué hace un bolchevique cuando se zambulle en el Mar Rojo?". Creo que es la mejor novela que he escrito, se nota la madurez de mi pluma sobre el papel, como un pintor con su lienzo blanco que te atraviesa el alma con sus delicadas pinceladas, he creado algo maravilloso, una historia que conmovería hasta a mi gélida esposa, y le arrancaría las lágrimas de sus ojos, si no fuera por tanto botox que se ha puesto la señora.

Cuando entro en la librería todas las miradas se posan sobre mí. Me encanta ser el centro de atención, pero siempre cuando se me alaba y no se me crítica, por suerte, es más de lo primero que de lo segundo.

Una jovencita, muy arreglada, con falda estrecha de lycra negra, blusa sencilla beige y, también lleva unas gafas oscuras, grandotas, de pasta, me guía a la sala donde se hará el acto por mi libro y firmaré los centenares ejemplares de mi numerosas fans, si si, mujeres sobretodo, las traigo locas. Me acomodo en la silla y bebo un poco de agua. Me hacen un par de fotos antes de que comience todo el percal y me relajo sobre la silla unos instantes. La sala comienza a llenarse y se oyen rumores y vocecillas bajas, algunas risotadas y caras de admiración. ¡Soy el rey de la sala!. Al final no cabe ni una pluma en esa habitación y se escuchan quejas de los que quieren verme en persona - Tranquilas amigas y amigos - digo levantándome de la silla - tendréis todas y todos un ejemplar firmado y escuchareis mis sabias palabras - Veo rostros más relajados y amables. Comienzo a soltar el rollo oportuno y las dejo encandiladas y encandilados. Me encantan esas caras embobadas, solo falta ponerles un cubo para las babas. Empiezo a firmar libros, alguno con dedicatorias personales que me piden y otros, con simples firmas formales y la fecha de tan inolvidable día para ellas y ellos.

- ¿Y cómo se le ocurrió la historia? - me dice una encantadora muchacha de largas trenzas rubias, enlazadas en finas coletas de raso rojas - Pues viviéndola querida - le digo manteniéndole la mirada a los ojos. Eso a las mujeres les encanta. Cuando termino de presumir, delante de esa irresistible chiquilla, le deslizo el libro, con mi número de teléfono privado anotado. Ella se ruboriza al leer mi ingeniosa dedicatoria y me guiña el ojo al marcharse. Tras ella, esta mi hija Ámbar y mi mujer Danielle, ambas me miran de forma arrogante. Yo les digo con absoluto desprecio escondido en mis livianas palabras - ¿Cómo están las bellezas más imponentes de la sala? - Sus miradas de desprecio se mantienen. Mi hija al final se digna a soltar palabra - Tú libro es una mierda papa, un plagio de muchos - La niña es sincera al menos, algo que no aprendió de mí- - Gracias Ámbar - le digo mientras le firmo el libro y se lo doy con tosquedad - Alfred, a mi me ha gustado, pero prefiero tus poesías y no esta paja mental que te has hecho, pero no está mal, algunas cosas chirrían, pero es interesante que hayas usado al personaje de tú historia para respaldar tus frustraciones y miedos y los hayas maquillado de una forma política y social. Quien te conozca de verdad, que son pocas, sabrán que lo que has escrito es tú vida, simple y mierdosa, y no ese acto heroico que le has querido vender, estoicamente, al resto de gente - dice mi elegante mujer, la única con pamela en un acto de esta clase. Estoy harto de estas dos arpías, harto de desear sus muertes, de forma cruel y despiadada, pero no con mis manos, no creo que fuera capaz, me acobardaría antes de desenfundar la tajante espada. Prefiero combatir con lo que se me da mejor, mis palabras -  Siento no disponer de mucho tiempo para atenderos, pero tengo una larga cola de gente a la que atender, así que si me permitís, sigo con mi duro trabajo - digo amablemente bajando la mirada. No las soporto. Se marchan cada una por un lado, la verdad sea dicha, ninguno de nosotros nos soportamos, cada uno vive su vida, pero somos una feliz familia a los ojos de los demás. Envidiable familia, ¡y una mierda como un toro!.

Atiendo a mis fans incansables, me revuelco en el baño con la sexy joven de las gafas oscuras de la librería y vuelvo al hogar. ¡Prisión, dulce prisión!. Hasta mis ideas se ralentizan en esa inhumana casa.

A la hora de la cena parecemos un grupo de extraños. No nos dirigimos la palabra y cada uno esta a la suya. Danielle toma algo de fruta y unas tostadas, mientras ojea un catálogo de moda, apuntando con un bolígrafo sus próximas adquisiciones. Ámbar solo toma un té, sin azúcar, en el cual hunde su humilde mirada, humedeciendo sus gafas. Y yo contemplo tal escena teatral de sentimientos abatidos que me dan nauseas. Cuando se van cada una a su cuarto, ceno a solas, viendo la televisión, finalmente me quedo dormido en el sofá. A eso de las tres y media de la mañana vuelvo al cuarto de invitados, donde llevo cuatro años durmiendo.

Me siento horrenda. No se que voy a hacer con este cuerpo de globo que tengo. Por mucho que haga ejercicio y coma bien o no coma, sigo espantosa. Tengo las tetas pequeñas, las piernas grandes y con celulitis, los brazos como alas, algún día podría intentar planear a ver si consigo estrellarme contra un edificio, mi cuello parece que se ha encogido y me ha nacido una papada en forma de plátano caribeño. No puedo evitar autobombardearme, soy fea, gorda y repulsiva. Mis ojos no mienten. Mírate Ámbar, ¿crees que alguien va querer estar contigo alguna vez?, ¿crees que te van a querer?. ¡No!, por que das asco.

Vomito por cuarta vez en el día, y solo son las dos de la tarde. Tengo que tener cuidado, pues mi madre anda todo el día detrás mía, para saber que hago. Al menos le pareció bien que estuviera a dieta. Si no sería una jodida hipócrita, pues ella vive y muere entre potingues y cremas anti-de-todo y rejuvenemierdas, el gimnasio, el botox y demás operaciones de estética.

Me llaman al móvil. Es Trixie.

- ¿Qué pasa Trixie? - le pregunto mientras sigo palpando mi cuerpo frente al espejo del baño. Tengo la voz llorosa. La controlo y sigo autojuzgándome.

- Nada preciosa. ¿Quieres que quedemos un rato?. Tengo ganas de verte - me dice con una voz suave. Tiene una voz melodiosa, envidiable.

- Pásate por mi casa, no tengo ganas de que nadie me vea - le digo con absoluta sinceridad. Ha captado al vuelo que no estoy bien. No tardará ni cinco minutos en estar a mi lado. Si no fuera por Trixie, hace años que hubiera conseguido suicidarme, pero ella sabotea cada uno de mis intentos. Mis padres ni se han dado cuenta nunca de mis fallidos intentos.

Para cuando Trixie entra en mi habitación me he cubierto con un albornoz y estoy tumbada en la cama. Se tumba a mi lado y me abraza dulcemente. Me da un beso en la frente y me dice - ¿Qué ocurre ahora preciosa? - me pregunta preocupada. Creo que le he causado tantas arrugas a esa frente de ángel que al final le tendré que subvencionar con las mierdosas cremas de mi madre.

Me levanto y me quito el albornoz sin vergüenza, mostrándole mi cuerpo desnudo. Trixie se queda tumbada de lado en la cama y bromea conmigo - ¿Qué?. ¿Quieres probar cosas nuevas y no sabes como decírmelo? - Suelta una risotada feliz. Le miro con lágrimas en los ojos y grito - No lo ves. ¡Estas ciega!. Mírame por favor Trixie. Mírame de verdad - Agarro mis carnes y las estiro, mostrándole mis grasas interminables - Por favor Ámbar, deja de hacerte daño de esa forma. Ves cosas que no son ciertas. Tu delgadez me asusta cada vez más y más, y lo malo es que sigues creyendo que estas gorda. A penas pesas 50 kilos y mides 1'75. Deja de creer cosas que no lo son. Eres guapísima - Le lanzó un par de revistas donde salen modelos con unos cuerpazos que quitan el hipo. Mataría a cualquiera por ser así de sexy y bella. Trixie las agarra y las tira a la papelera, sin mirarlas en ningún momento. Se acerca a mí e intenta abrazarme, pero yo la empujo enojada. Caigo al suelo y rompo a llorar, no puedo evitarlo. Ella me quiere y me miente. No lo ve, ¿es que esta jodidamente ciega o que?. Trixie se acerca de nuevo y me abraza. Lloro sobre sus hombros, mojando su camiseta verde. Ella me tapa con el albornoz y me abraza hasta que me calmo. A parto la cabeza de sus hombros húmedos y le miro a los ojos, agradeciéndole en silencio que este conmigo. Ella me mira preocupada, con un rostro serio y triste. Me da un suave y tierno beso en la frente y me seca las lágrimas con las manos. Entonces yo la beso, la beso como jamás he besado a nadie. Ella no responde, se queda paralizada. Se levanta del suelo y se dirige a la puerta diciéndome perpleja - Te llamaré más tarde.

Me quedo en el suelo. Me siento como un trapo lleno de mocos. Esto es una mierda.

Hoy ha venido a verme una amiga de mi hija a mi despacho. La pobre estaba preocupada por Ámbar. No se por que, ya es bastante mayorcita y se sabe cuidar sola. Pronto se emancipará y yo pediré el divorcio. La chica esta, una rubia de pelo corto, tez pálida y con voz armoniosa, ha estado media hora dale que te pego con el temilla de mi hija. Yo la he intentado despachar pronto, con la escusa de que tenía una clase, pero la chavala me tiene bien fichado, ha mirado bien mis horarios antes de venir a hablar conmigo. Le digo que me de media hora y que la recogeré en la cafetería de derecho. Ella asiente y se va. Tiene un andar ligero y mucha confianza en si misma, ¿quizás es lo que le falte a mi Ámbar?.

Trixie no me ha llamado. Quizás la espanté con ese beso. Seguramente me malinterpretó. Yo solo quería agradecerle lo mucho que aprecio su apoyo siempre y, puede que estuviera algo confusa en ese instante, pero se que ese beso no significaba nada más. Decido dar un paseo, las paredes de mi casa se caen sobre mi cabeza y solo escucho la voz chismosa de mi madre al teléfono.

- n¿A donde vas Ámbar? - me dice sacando la cabeza al pasillo y tapando el auricular con la mano. Siempre tan cotilla.

- A dar una vuelta -  le digo cogiendo mi abrigo y algo de dinero.

- ¿No estarás mascando chicle de nuevo, verdad? - me pregunta fisgona.

- No - le respondo huraña esperando a que no me diga nada más.

- ¡Faltaría más, con lo que nos costó tú ortodoncia!. Tenías la boca como un caballo. La heredaste de la familia de tú pa... - me marcho antes de que acabe con sus burlas y sus comentarios gilipollas.

Cuando salgo a la calle chispea, así que me pongo la capucha y camino sin rumbo alguno.

Me dirijo a recoger a Trixie, la amiga de mi hija. Esta esperándome de pie, bajo un paraguas amarillo canario, mientras lee un libro de edición bolsillo. Le hago señas desde mi coche, invitándola a que suba. Se sienta a mi lado y me saluda con una sonrisa. Antes no me había fijado, pero esta chica es especialmente atractiva. Tiene unos ojos claros como la miel y un cuello largo de bailarina. Tiene unos rasgos clásicos, como una Diosa griega. Supongo que no había percatado de su absoluta belleza, por que me aburría con la narración de los supuestos, triviales problemas, de su querida amiga, asease mi hija.

Paramos en la cafetería donde suelo llevar a mis queridas alumnas que desean obtener puntillos extras en su nota final. Pido un café irlandés y un trozo de pastel de queso y ella no pide nada. El camarero que nos atiende clava la mirada en mi acompañante, pero en seguida se da cuenta de que le acecho con la mirada, desafiante. Deja el pedido y se marcha molesto.

- Señor Welsh - interrumpe Trixie a mis miradas amenazantes -  tengo que hablar con usted de un tema muy serio y duro - me dice seria, mirándome fijamente a los ojos. No duda ni un instante, su mirada se introduce en mi mente, perturbándola.

- No me llame Welsh, llámeme Alfred, por favor - le digo con amabilidad. Parece un hueso duro de roer, y eso me gusta. Dificultad en mis nuevas metas.

- Prefiero llamarle señor Welsh - me dice tajante.

- Insisto - digo con una leve sonrisa.

- Señor Welsh - reitera de nuevo. Como me gusta esta rubita de ojos claros. - Ámbar tiene serios problemas y necesita, urgentemente, de ayuda médica y del apoyo de su familia para poder solucionarlos. Padece anorexia y bulimia. A penas come y lo poco que come, lo vomita. Se pasa el día encerrada en su cuarto, preocupada por su aspecto y su peso y no es capaz de ver que roza la delgadez extrema. Me tiene muy preocupada, por que se que es capaz de hacer cualquier tontería - me dice con los ojos llorosos. No he escuchado ni misa a la mitad de lo que me ha dicho, algo de problemas duros o algo así, ¡para duro yo mi niña!. -  No se lo quería decir, pero Ámbar ha intentado quitarse la vida dos veces. No esta bien. Se esta aislando cada vez más y no tiene fuerzas para nada, solo se fustiga mentalmente - me dice con la voz temblorosa. Que labios tan finos y llenos de vida. Da gusto ver como danzan con sus palabras - ¿Me está escuchando señor Welsh? - me dice tajante e irritada.

- Si, si, cariño. Mensaje recibido - digo felizmente. Ella se enrojece enfurecida y me espeta a la cara - Usted no sabe la gravedad de lo que le estoy contando. Ámbar se va a morir si sigue así. - me dice disgustada y a la vez llena de temor. Le callo la boca con un beso, donde le meto la lengua hasta acariciar su dulce campanilla. Ella consigue liberarse de mis tentáculos y grita cabreada - ¡Es usted un cerdo!. Pensé que le interesaría saber lo que le ocurre a su hija, y en su lugar, me ataca como a una presa indefensa, con su lengua emética. ¡Da asco! - me dice mientras se levanta y se marcha de la cafetería. Observo al camarero recogiendo la mesa de al lado con una sonrisa creciente cruzando toda su cara.

No lo puedo creer, Trixie es otra de las putitas de mi padre. La he visto morreándose con él, sin ningún descaro, en una cafetería del centro. Cuando la he llamado por teléfono me ha mentido como una puerca, diciéndome que se ha pasado la tarde entera estudiando bioquímica en la facultad. ¿Por qué Trixie?, ¿por qué me has mentido?, ¿desde cuando tendrá ese rollo con mi padre?, ¿se lo habrá follado ya?. Solo de pensarlo me dan ganas de devolver de nuevo, ya lo hice cuando los vi besándose, con esa pasión desenfrenada. Mi padre le agarraba el cabello con fuerza y ella parecía sumirse en un azoramiento incontrolable. Cuando volví en mí, después de tirar lo poco que había en mi estómago, ya se había marchado y mi padre, sonreía imbécilmente, tomándose un trozo de grasiento pastel de queso.

Termino mi pastel de queso y pago la cuenta. Paso por delante de unas cuantas librerías para saber si mi libro esta en todos los escaparates del centro. De diez librerías, en nueve esta. Tendré que hablar con la encargada para llegar un acuerdo, pues mi libro tiene que estar bien visible. Las críticas han sido buenas, eran de esperar. Las nefastas, no hace falta ni mencionarlas, sería malgastar saliva. Hay gente que no entiende el arte de las palabras y, que te acusen de ególatra, burdo, austero, alcohólico y, sencillamente inútil, es que no saben nada de nada. Tendrían que haber vivido mi maravillosa experiencia en Sudán, donde conocí a Irvine, él fue el me inundó de esos conocimientos y me guió por la senda de mi mente, mejor que yo mismo, y así parí, YO, a mi novela, entre copas de vino, mujeres exóticas y ese mar, que me cautivo con sus historias.

Vuelvo a casa meditando en mis cosas. Creo que le dedicaré algo de tiempo a Ámbar y haber, si así me enteró, de lo que le pasa, ya que su amiguita de labios de fresa, me estaba volviendo loco de atar. Al entrar a casa, reina el típico silencio. Danielle está tumbada en la cama, con unos pepinos en la cara y embadurnada en una crema que huele a mahonesa. Tendría que ponerle un poco de sal y pimienta y cenármela del todo. No le vendría mal un buen revolcón a esos huesos olvidados. Ámbar esta llorando en el sofá del comedor, abrazada, como una infante débil, a un oso de peluche negro. Me acerco a ella y le acarició el cabello. Da un salto asustada y me mira secamente. Sus ojos adquieren una tonalidad gris, y sus lágrimas parecen densas, como un polvo mojado.

- Eres un cerdo - me recrimina sin venir al cuento. - ¿Mama sabe que te estas beneficiando a mi amiga Trixie? - me dice agarrándome de la camisa con fuerza. La chica tiene agallas.

- Las noticias vuelan en esta casa, pero te equivocas nenita - le digo con tono burlón.

- Eres una alimaña insoportable. Me das asco. No puedo ni mirarte. Mama tiene suerte de vivir en la inopia y no darse cuenta de lo que haces siempre - rompe a llorar. Sus sollozos levantan a la momia que descansaba con su ensalada en la cara.

- ¿Qué diablos ocurre aquí? - dice con su tono diplomático mi fresca mujercita.

- Tú hija está loca y llora sin más - le digo a la mujer pepino fresco.


- ¿Ámbar, que te ocurre? - dice preocupada, por primera vez en su vida, de su hija llorosa. Es patético.


- El cabronazo de tú marido se ha estado acostando con media facultad de letras, además de sus polvos esporádicos con las gerentes de las librerías para que sus putos libritos estén en los escaparates de las jodidas tiendas - dice a gritos - ¡y eso no es lo único!. También se lo está haciendo con Trixie, mi amiga. ¿Es que no puedes guardarte el pito dentro de los pantalones por una sola vez? - me dice. Jamás en mi vida había visto a mi hija así, es cierto, tampoco es que le haga mucho caso.


- ¿Qué es lo que te molesta?, ¿qué me la tiré yo y no tú?. Lesbiana del carajo, que es lo que eres, una lesbiana camuflada, amorfa, gorda y fea - ataco rápido y sencillo. Sus puntos débiles se ven desde kilómetros.


Ámbar pega un grito angustiado y me cruza la cara, dejándome una bonita mano roja en mi mejilla derecha. Danielle se queda inmóvil, no vaya ser que se le caiga algo de crema en la alfombra persa que le trajeron sus padres este verano. Y yo, pues me marcho de esa casa de brujas, me tienen hasta los huevos, me hacen emplear un lenguaje tan soez y ordinario que me cansan y es que si no, no me entienden, por que cortitas, un rato son las dos, y hay que hablarles con extremada delicadeza para que les quedan las cosas claras, tan claras, como el whisky escocés que me voy a beber en unos minutos, en compañía de Marlene, que ha vuelto a suspender un examen y me ha prometido que sus conocimientos orales de la literatura rusa me van hacer estremecer toda la ardua noche.