body {background:transparent url(url_de_la_imagen_de_fondo);}

15.4.14

El maltrato del diferente

Pensaba que jamás se podría ver en una situación como esa, apresado en una jaula más pequeña que su propio cuerpo. Acosado día y noche, por la mirada de su verdugo, por sus mezquinas palabras, por su tortura de sonrisas malévolas. Se encontraba ahí por ser considerado diferente, por su color de piel, su tacto, su forma, su lengua, su forma de expresarse… se le apresó sin previo aviso, cortando su merecida libertad, y se le lanzó a esa zanja de barro.
Se pasa el día llorando lágrimas secas, repleto de rabia. Se pasa el día bramando gritos secos, lamentos dolorosos.
Y cuando aparece él, tiembla. No sabe cual será su castigo. Se escudriña al final de la jaula y solloza perdido. Y él le golpea, le insulta… siempre le insulta.
Ahora le ceban sin parar, solo le dan de comer una y otra vez. Tiene miedo, comienza a creer que se lo quieren comer. ¿Y si ese es el motivo de su captura? ¿Sus raptores son caníbales? Cada vez que engulle esa bazofia se encuentro mal, pero no puede parar. Come compulsivamente, metiendo su boca en esa mezcla asquerosa, revolviéndose en ese festín angustioso.
Ya no está solo, lo han sacado de esa jaula enana y lo han apilado junto a otrxs como él. Se acurrucan entre ellxs, quedándose dormidxs del cansancio. Piensan en escaparse, pero no saben como hacerlo. Tienen miedo a las represalias, ¿y si su raptor acaba con ellxs de una vez por todas?. Algunxs fantasean con la idea de la muerte, piensan que es lo mejor que les podría pasar. Están hartxs de tener miedo.
Cree que se va a volver loco en esa jaula. Todo huele a muerte, y algunxs de sus compañerxs no lo han conseguido. Es espantoso. Angustia vital.
No lo puede creer, lo han sacado de la jaula, se lo llevan de allí, ¿pero a dónde? Le duele todo, siente su piel sucia, sus pestañas pegadas. Los golpes continuos de su raptor, hacen que su caminar sea más rápido, pero no deja de tropezarse, cayendo de vez en cuando. Llora al ver a la habitación donde lo han llevado. Ve cadáveres rodeándole, trozos de sus compañeros colgados de las paredes, como si de trofeos se tratasen. Su rostro languidece, al ver el cuchillo que se le acerca. Una hoja afilada de metal limpio corta su cuello y ve chorrear la sangre de su vida en el suelo. Su grito es cesado. Su muerte ha llegado.

- ¡Hoy cenamos cerdo! – gritó el ganadero arrastrando al cerdo hasta la mesa.

10.4.14

El ocaso del alba

Esto se ha acabado – le dice alzando la copa a modo de brindis. A él le cambia la cara por completo, desencajándose su mandíbula en una pose de lo más ridícula, con un espárrago entre los dientes, pero no se lo cree, piensa que es una broma de mal gusto, y más en un momento como ese, celebrando su cuarto año juntxs. Chocan las copas de vino, y el tintineo se le queda clavado en la cabeza.

- ¿Pero qué dices cariño? – dice molesto, nunca le han gustado las bromas, y menos así, de esa forma tan malévola.

- Pues que se ha acabado. ¡Salud! – dice ella alzando su copa hacía arriba, con una sonrisa de oreja a oreja, verdaderamente contenta. Le da un sorbo al vino y se relame los labios – Buah, riquísimo, debes de probarlo – le dice señalando la copa que él aún sostiene sobre sus manos tensamente.

- Pero que tonterías dices – le recrimina molesto - ¿A qué viene esto? – le pregunta inquieto.

- A que esto ha terminado y ya no tengo nada más que decir sobre ello. Esto tenía fecha de caducidad, pero yo no supe verlo. Ahora me doy cuenta. C'est fini!

- ¿Ahora? Se ha acabado sin ton ni son, ¿ahora? Mientras estamos celebrando nuestro aniversario, en tu restaurante favorito, con todos los detalles que a ti te gustan… ¿ahora? ¿de verdad? – le dice completamente incrédulo. Su jeta cada vez está más descolocada.

- Si, ahora mismo. Ha sido como un flash. Como, ¿de verdad quieres esto para ti? ¿le sigues queriendo a él? Pues no. Creo que te he dicho tantas veces que te quiero que ha perdido todo el sentido que pudieran tener esas dos palabras desde un principio.

- Claudia. Tranquila, medita tus palabras. De verdad. Te vas a arrepentir de la que dices – le dice él molesto, aguantando la compostura en ese elegante restaurante japonés.

- No tengo nada que meditar. No te quiero – le escupe las palabras con serenidad y total calma – Hace tiempo que no te quiero, pero no me daba cuenta. Amor de cuento, nos venden desde pequeñas. Todo de color rosa. Un príncipe y una princesa, y comieron perdices y fueron felices. ¡Ni un cojón! – dice ella de un grito. La gente se les queda mirando. Él le señale que se calme, que hay ojos por todas partes – Ves, eso jamás me ha gustado de ti. Siempre escondiéndote en tu pulcro caparazón. En el amor hay mierda, y si sale así, sale, sea como sea, huele – dice orgullosa.

- No te reconozco – le dice lastimero – Claudia, ¿hay  otro hombre? – le pregunta encolerizado. Ahora su cara, además de tener una pose patética, está roja, muy roja, y tensa, tan tensa que aunque le golpearan no le harían daño.

- ¿Es que siempre tiene que haber otro hombre? – le dice perpleja – Hombres en todas partes, mujeres también, algún que otro perro quizás… pero lo que pasa aquí es que no quiero estar contigo… ni por uno, ni por otra, ni por ese o esa cosa, ¿vale? No quiero estar contigo, ya no… - mira su copa vacía y coge la botella. Se pone el final de lo que queda, y orgullosa se lo bebe de golpe - ¿Pedimos postre? – le pregunta amable.

- Te odio, te odio Claudia – le dice muy enfadado.

- Tienes todo tu derecho, yo también te odio. Es curioso, dejas de querer a alguien y ese amor tierno, pasional, incluso incondicional que tenías se vuelve odio, un sentimiento de repulsión, asquete… sí, me das asco, eso es – le dice ella tan calmada.

- Esto es surrealista – dice él mirando hacía otro lado. Siente que todo el restaurante esta mirando cada uno de sus movimientos. Se tensa de nuevo. Respira con dificultad. Comienza a sudar.

- Camarero – grita ella – Postres – le dice a un camarero asiático muy atractivo. Él le asiente con la cabeza y ella le guiña un ojo juguetona.

- No me jodas, ¿ahora te van los chinos? – le suelta cabreado. Parece que en algún momento va a sacar espuma de su boca.

- Siempre me han gustado los asiáticos cariño. También los mulatos, los latinos, los americanos… que pasa, solo me pueden gustar los españoles de pura cepa, de esos con pelo en el pecho…

- ¿Qué van a tomar los señores? – pregunta el camarero – Tenemos flan de calatrava, buñuelos de calabaza con chocolate, flan de huevo, tarta casera de manzana, de chocolate y de caramelo, macedonia de fruta y sorbete de limón, recomendado por la casa a los enamorados – dice sonriente el delgaducho y alto camarero.

- Yo quiero un sorbete de limón – dice ella contenta.

- Yo nada, amarillo – recrimina él jodido.

- ¿Cómo dice señor? – le pregunta extrañado el camarero.

- Te ha llamado amarillo – dice ella jocosa.

- Señor, ese tipo de comportamiento no se toleran aquí – le dice amablemente - ¿Va a desear algo de postre el caballero?

- No, cretino. Y aléjate de mi novia, picha corta – le insulta enardecido.

- Señor, voy a tener que pedir que se marche de mi local.

- Ni de coña, pringao’ – le espeta sin pensarlo. El camarero llama a otro compañero y se retira. Aparece un hombre, que parece más un armario ropero, y se coloca frente a ellos.

- Salga del establecimiento señor – le dice muy serio, pero manteniendo la compostura, el restaurante esta a rebosar, y sí, ahora las miradas ya se dirigen a ellxs.

- Yo de aquí no me muevo. Ni tu ni nadie me mueve de aquí, ¡gilipollas! – grita como un energúmeno. El hombre-armario ropero le coge del pescuezo, como si fuera un pequeño gatito, y lo saca del establecimiento rechistando, gritando como un loco violento.

- Señorita, aquí tiene su sorbete – le dice el camarero a Claudia, que sigue sentada tranquilamente.

- Gracias, a su salud – le dice guiñándole de nuevo un ojo - ¡Por la libertad!

7.4.14

La bailarina de la avenida roja

-         ¿Empezamos? – me pregunta señalando la grabadora. Le asiento.

-         Mi nombre es Amelia. Nací en Barcelona hace 49 años. Llegué a Ámsterdam a los 17 años. Me fugué de casa por amor. Un absurdo amor romántico que lo único que hizo fue destrozarme la vida – me encojo y respiro – Empecé a bailar a los tres años, en las mejores escuelas privadas. Primero danza clásica, pasando por contemporánea y tribal. Siempre fui muy buena en las danzas tradicionales, los ritmos latinos… el baile me daba libertad, tranquilidad, calma y equilibrio en mi vida. A los 16 años me enamoré de mi profesor de tango, Richard. Él tenía 40 años, una familia, una bonita casa, un deportivo grande de color gris y un baboso perro muy peludo y de extrañas orejas. Y como no, una crisis de edad y un poder de seducción muy fuerte, eso no lo pude ver hasta que paso algo de tiempo. Estuvimos saliendo en secreto durante meses, meses en los que me prometía que iba a dejar a su mujer, que me dijo que yo lo era todo para él, meses de escapadas de fin de semana a su cabaña en las montañas, de sexo desenfrenado y pasional, de regalos, juegos… Y finalmente lo hizo, lo dejó todo por mí, y a mí me encantó, demostrándome así lo mucho que me amaba y lo importante que era yo para él. Así que de un día para otro nos fuimos, a esta ciudad, que después de tantos años se me antoja fría, cruda y desoladora. Richard me prometió que iba a conseguir que yo fuera una bailarina de alto nivel y así fue, durante los dos primeros años en Ámsterdam bailé en teatros, musicales, salas de gran importancia, además de participar en múltiples competiciones, llenándome de oros. Fueron dos años en los que me sentía pletórica, yo, una mujer joven, guapa, con amor… - bebo agua y prosigo. El joven que tengo delante de mí me mira con sorprendente admiración - La relación con mis padres era fría y distante, no vinieron a verme nunca… ellos que siempre me habían apoyado, me dieron la espalda cuando me marche, pues según ellos, yo les había traicionado con mi comportamiento. Nunca vieron con buenos ojos a Richard, decían que se iba a aprovechar de mí… yo ante eso, hice oídos sordos y no me importó lo que pensaran ellos o el resto, yo tenía a Richard a mi lado, y para mí era lo más importante, la persona que daba sentido a mi vida. Era feliz, y me sentía verdaderamente viva. Mi vida iba rápida, pero me gustaba. Fueron dos años perfectos, de fiestas, competiciones, bailes, gente nueva, viajes y amor… y entonces todo se volvió negro. Tras una fiesta en casa de un productor de cine, Richard y yo discutimos como nunca. Lo había visto coquetear con una joven competidora, de unos 16 años. Él tonteaba con ella y ella le seguía la corriente, sin ningún descaro. Yo me enfadé tanto, que fui delante de ambos y golpee a la chica con una copa en la cara. Un velo de sangre cubrió su cara. Su piel blanquecina estaba llena de pequeños cristales que rajaban sus finas mejillas. Richard me cogió del brazo y me saco a rastras del la sala, mientras escuchábamos el llanto agudo de la chica y las voces que me condenaban al destierro de la danza en esta ciudad. Subimos en el coche y nos quedamos en silencio. Yo le empecé a decir que por que me estaba haciendo eso, esa actuación tan cruel por su parte. Él se mantuvo en silencio. Yo rompí a llorar, celosa. Le dije que no soportaba que tuviera esa actitud con otras chicas, que no era la primera vez que me lo hacía. ¿Es que ya no me quería? ¿Ya no era lo suficientemente joven para él? Me acercaba a los 20 años con rapidez y siempre le sorprendía mirando a niñas de 15 años con lascivia. Grite furiosa y él me golpeo la cara. Y entonces, un coche furioso, que violaba el asfalto con sus ruedas rápidas, nos arrollo, lanzándonos por los aires. Al despertar vi que Richard ya estaba fuera del coche. Yo no podía moverme, estaba completamente bañada en sangre y me dolía todo. “No te preocupes cariño, todo va a salir bien” me dijo. Luego me quedé inconsciente, y lo siguiente que recuerdo fue que estaba en el hospital, y cuando desperté Richard ya no estaba, y nunca más volvió – sollozo confusa. Han pasado 29 años desde ese momento. He tenido múltiples amantes, he pasado mil lecciones más en mi vida. He hecho cosas de las que me arrepiento y muchas más de las que no. Pero Richard me sigue pesando como el error más grande de mi vida. El chico me mira tranquilo, analiza mis ojos con dulce ternura. Me recuerda a mi padre cuando era joven. Gafas oscuras, pelo castaño, nariz grande y aguileña, muchas pecas en el rostro y una expresión de paz envolviendo ese rostro tan bonito -  Cuando volví sus cosas ya no estaban, todo se había desvanecido. Como una perfecta pompa de jabón que yo siempre había intentado mantener, pero que en el fondo había sido imposible desde el principio. Y entonces me di cuenta de lo sola que realmente estaba. Había construido mi vida en él, mi realización personal, laboral… todo. Todo lo había sido él, y sin él me encontraba sola, perdida. Pase días llorando en casa, lamentándome de haber abandonado mi vida en Barcelona, de mi inexistente relación con mis padres, no tenía ni siquiera una verdadera amiga… me sentía superficial, vacía y sin ningún camino por delante. Fue un periodo difícil, y sin la ayuda de nadie, me costó mucho más salir de mis miserias… lo único que hacía era alimentar el llanto que me acompañaba noche y día, la rabia que hacía hervir mi sangre y la tristeza que me dejaba destrozada. Pero un día me levante de la cama, y decidí que ya era hora de volver a la carga, de subir a los escenarios, de volver a sentir la paz que me otorgaba la danza. Mi sorpresa, que no era tan sorpresa, fue que después del incidente de la joven a la que le estampé un vaso en la cara, nadie quería contratarme, “conducta inapropiada” me decían, pero yo sabía, que además de por mi acción, Richard había metido baza de por medio… él y sus múltiples contactos, cerdo inmundo… hizo lo que fuera para que nadie volviera a darme una oportunidad en esta ciudad, y así empecé a quedarme sin dinero. Deje de pagar el alquiler, las facturas del agua, el gas… y me sumí en una depresión peor que la anterior… Caí enferma, me echaron del piso, y lo peor para mí, la soledad que sentía. Pensé en marcharme, en abandonar, pero no quería ser derrotada por la ciudad que me había acogido con los brazos bien abiertos a mi llegada y que me rechazaba en ese momento como si fuera una apestosa. Así que me dediqué a bailar en sus calles, a fusionarme con la calzada, a ser parte más del mobiliario urbano, y pronto me gané el sobrenombre de la bailarina de la avenida roja, y desde ese día, hasta ahora bailo en las calles de la ciudad, y vivo itinerante de lugar en lugar, pero no quiero abandonar esta ciudad, pues aunque se me prohibieron los escenarios durante años, nadie pudo hacer nada con respecto a las calles, y de verdad, jamás me he sentido más libre que bailando en los bulevares, los callejones, los paseos, los puentes, las travesías, las vías, los pasadizos… las arterías que constriñen y forman esta decadente ciudad.

-         Vaya – me dice el joven  con asombro.

-        ¿Por qué hace esto? No gana nada de nada con ello – le pregunto mientras me levanto del frío suelo.

-         No todo es ganar dinero – me dice sonriendo apagando la grabadora – Usted me entiende.

-         Claro… ¿pero de que le sirve todo lo que le he contado?

-         Colecciono historias, recojo vidas, agrupo todas esas palabras que crean vida. Su vida, mi vida… todo es hermoso. No quiero que historias como la suya se pierdan, y al menos ha podido narrar todo esto a un joven curioso que quería conocer los verdaderos orígenes de la maravillosa bailarina de la avenida roja – me dice sonriendo.

-         ¿Se queda al show? – le pregunto. Me siento ligera, aliviada de una carga de años. Siento que le he pasado toda mi rabia a esa vieja grabadora.

-         No me lo perdería por nada del mundo – me dice extendiéndome sus manos y deslizando sus dedos por debajo de mi blusa, como si siempre lo hubiera sabido, acaricia mis viejas cicatrices en las muñecas con mimo.


Y entonces volamos.