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16.9.14

Inocencia

Sus cuerpos fatigados se encuentran por última vez. Su ropa interior en el suelo, formando un húmedo anillo. Sus manos firmes, llenas de profundas arrugas, se deslizan por sus muslos, acariciando después sus senos, recorriendo con su lengua su espalda, marcando con su aliento un sendero. Y quedan en la cama, como dos niños pequeños, en la penumbra de su inocencia.


Microrelato concurso - Sensaciones y sentidos
Podéis encontrar el libro aquí:

http://www.diversidadliteraria.com/libreria/sensaciones-y-sentidos-2014/

9.9.14

La desconocida

Enciendo la luz y la veo a ella. Está de espaldas a mí. Tiene algo en las manos. No sé que es, pero me lo imagino. Me incorporo en la cama y me cubro con la sábana, con real miedo. “¿Qué haces aquí?” le pregunto confuso. No obtengo respuesta. Siempre con su aire misterioso. Sé que es ella, la reconozco por su olor. Un aroma a lavanda siempre recubre su ser y embadurna sus pasos. “¡Es que no piensas decirme que cojones haces en mi casa a las 3 de la mañana! ¿Quieres que me de un ataque al corazón o qué?” le recrimino molesto. Se abalanza sobre mí, y se queda mirándome a los ojos, petrificada, con un cuchillo que acaricia mi garganta. Estoy muerto, lo sé, voy a morir. La hoja del cuchillo brilla, y esa luz plateada me ciega por un momento. “¿Dónde está Jessica?” me pregunta apretando el cuchillo. No la reconozco, tiene el pelo cambiado, ha pasado de su habitual negro azabache a un cabello con feas mechas rubias, sus facciones aún más duras le envejecen el rostro. Va vestida de forma extraña, con una falda rojiza con vuelo y un suéter de lana espantoso, unos tacones de aguja estilizan sus finas piernas. “¿Dónde está Jessica?” me repite seria. No consigo respirar y solo la miro con culpa, esperando a que me absuelva. Que en su maltrecho corazón quede algo de compasión, una chispa de amor por una persona que la quiso y aún sueña con volver a tener una vida con ella, juntos, con Jessica. Entra David, con su habitual bolsa plastificada y amarilla. Preferiría que fuera ella la que acabará con mi vida, antes que esta sanguijuela que la persigue enamoradizo. Ella se levanta de la cama, dejando espacio a David, el torturador. Me aprieto contra el cabezal de la cama y tiemblo. “Hacía mucho tiempo que no nos veíamos Lee. Estás igual, solo que más viejo. Te has sabido esconder bien durante estos años. Pero ya nos conoces, de nosotros no se puede escapar. Ahora Fiona te hará una pregunta y si no la respondes, ya conoces mis habituales métodos. Pero solo te digo una cosa, he estado perfeccionando mis técnicas. Ya no soy ese chaval que contrataste para tus trapos sucios”. Cada palabra suya duele más que la tortura que me espera. “¿Dónde está Jessica?” me pregunta Fiona de nuevo. No respondo. No quiero que se la lleven, no, si no me quedaré solo. David se acerca a su bolsa y saca unas tijeras metálicas, las típicas que se usan para la costura. “Voy a coger tu mano derecha y te cortaré el dedo anular, no mucho, solo una pequeña parte. Después clavaré las tijeras por dentro de tu dedo y las abriré, partiendo así tu dedo. Uno tras otro, comenzando por las manos y luego por los pies. No vas a poder ni dar un solo paso”. Me orino encima y él se ríe de mí. Ata una de mis manos al cabezal de la cama. Comienzo a patalear y Fiona me clava su dura mirada. Deja el cuchillo sobre el escritorio y saca una pistola de detrás de su espalda. Me apunta seria y vuelve a preguntar “¿Dónde está Jessica?” Cierro los ojos y aprieto los labios. Me quedo inmóvil. David corta mi dedo y no grito, no quiero darles ese placer. Siento que me desmayo. Un gran charco de sangre mancha la cama y salpica al pulcro traje amarillo de David. “Lee, ahora voy a introducir las tijeras por tu dedo. Bueno, por lo que queda de él. Va a doler, te aviso”. Parte mi dedo en dos y no contengo el alarido que rompe mi alma. Mi dedo queda totalmente desfigurado, abierto de par en par. Escucho un ruido, Fiona también. El pomo de la puerta comienza a temblar. Y entra por la puerta, sin conseguir esquivar la bala que le golpea el pecho. “¡Jessica!” grito. Fiona se abalanza sobre ella y la mira, con los ojos confusos. “¿Es Jessica?”, pregunta. No la reconoce. Jessica tiembla en el suelo, muriéndose en sus brazos. Fiona no logra aguantar un par de lágrimas, que finas, caen sobre el rostro de su hija. Una total desconocida, la cual le arrebataron de sus manos y que durante años lucho por volver a tener a su lado. “¿Mamá?” susurra Jessica. Fiona la apreta con fuerza y la mira a los ojos. Mientras acaricia su liso pelo. Jessica deja de respirar. Lee comienza a llorar. Fiona coje el arma con determinación y le dispara. No quiere volver a escuchar a ese sucio cerdo. Sus sesos quedan repartidos por todo el dormitorio. Y David y ella huyen, pues es lo único que ya pueden hacer.