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25.12.12

La canción del sol


     El solsticio de invierno cubre las calles. Hoy, el viento es fuerte y no perdona a nadie. Los ciclistas sufren en sus bicicletas, pedaleando más fuerte que nunca, sudando la gota gorda. Los coches, imprudentes, vuelan por el asfalto desnudo, que pronto se teñirá de la sangre más joven. Un gato, semiaplastado, respira con dificultad. De su boca un último alarido de dolor, un maullido agudo e incesante. Sara cubre con fuerza a la niña que tiene en sus brazos. La protege del viento, de los conductores imprudentes, de las vendedoras ambulantes, de la policía que lleva horas tras ellas y realmente, de ella misma, pues le aterran cada vez más las ideas que se le cruzan por la cabeza, una y otra vez, como voces que braman y no la dejan pensar con claridad. Pero para hablar de esto debemos volver al principio, al principio de todo, para saber por que Sara  sonríe hoy, aunque vaya a perderlo todo.


Lunes, 10 de diciembre. Clase de los caracoles.


- Pareces triste - dice entre balbuceos una pequeña niña de piel castaña.


- Oh Rita, ¡que va!. Solo estaba pensando - dice Sara sonriendo. La niña enseguida dibuja una sonrisa en su rostro, totalmente confiada.


- ¿Y en que piensa profesora? - le pregunta un niño atento, de rizos pelirrojos, que juega con un camión a modo de avión. El niño corría por toda la clase, planeando sobre las cabezas de sus compañeros y compañeras.


- En el invierno. No me gusta el invierno - dice con franquedad a unos niños y niñas embadurnados del espíritu navideño más puro y cándido. Mentes inocentes y golosas que dibujan con rotuladores y ceras de colores grandes árboles de navidad, adornados de purpurina plateada y amplías estrellas doradas.


- ¿Por qué? - pregunta la niña de piel castaña. Tiene los ojos abiertos de par en par, mirándola con preocupación, pues no puede creer las palabras de su atenta profesora - ¡Si hay nieve en invierno! - grita la niña con énfasis, como si la nieve fuera el tesoro más preciado, como el oro el botín de un pirata.


- ¡Es época de muñecos de nieve! - dice otro niño enseñándole su dibujo de navidad. En el se ve a Santa Claus jugando con un muñeco de nieve llamado Billy, señalado con una curvosa flecha hecha con macarrones morados y verdes.


- Sí, lo se, y yo adoro la nieve... tanto como vosotros, ¡o más! – dice Sara con una dulce sonrisa, retándoles cariñosa.


- ¡Imposible! - grita Gregory - Yo adoro tanto la nieve que el año pasado me hice un helado de bolas de nieve para desayunar en el día de navidad – dice muy orgulloso.


- Pues yo hice una cabaña de nieve junto a mi hermana mayor Anna - dice otra niña, una de pelo color centeno y mirada feliz, aumentada por sus grandes gafas azules marino - he hicimos un pica pica dentro de ella – sonríe melosa.


- Y yo hice una familia de muñecos de nieve, con su bebé y todo - dice otra niña, de nariz respingona y con la cara muy pecosa.


La clase se convierte en una batalla de méritos conseguidos con la nieve, y mientras ellos y ellas luchan, a gritos, por ver quien es la que ha creado la mejor cosa con nieve Sara piensa, piensa en Nadia, su hija, su pequeña. Esa niña de ojos rasgados y claros, piel pálida como la blanca nieve, pelo rizado y oscuro y con unas manos pequeñitas y sedosas. Esa chiquilla que se volvía loca cuando comenzaba a nevar, aquella que todas las navidades subía en su trineo y gritaba contenta, totalmente radiante, esa muchacha que lanzaba bolas de nieve, desafiante, a su padre, como una jugadora de béisbol profesional. Esa cría que cuando hablaba parecía una melodía solar que te llenaba totalmente de energía, tan fresca y viva. Era su pupila, su rapaza, su pitusa. Era, y no es, era, pues dejo de ser, dejo de existir, dejo de sonreír, de llorar, de cantarle al sol, de saltar, de bailar, de jugar con la nieve. Dejo de respirar cuando, en un día de invierno, una tromba de aire desestabilizo su trineo, llevándola a la carretera, donde los feroces coches la devoraron, dejando de ella un pellejo sin esqueleto, escupiendo a la nieve un reguero de sangre. Quedando de ella una niña inerte, rota y sin nada de luz. Sara aguanta las lágrimas y deja a los niños solos en clase, sin decir palabra. Las crías juegan contentas y siguen pintando murales navideños para sus casas. Faltan un par de semanas para acabar las clases, y la felicidad de esas francas almas desborda los pensamientos tristes y negativos de Sara, los cuales intenta redimir desde hace tres años con grandes cantidades de medicación.


Lunes, 17 de diciembre. 


- Tu hermana estará apunto de dar a luz ya, ¿no Sara? - le dice Mamén, su peluquera, mientras le hace unas mechas doradas. Sara sonríe  pero no habla. La peluquera sigue con su palabrería habitual, mientras Sara canta a hurtadillas, en su mente deformada por la pena.


Después de haber perdido a Nadia, Sara intentó suicidarse. Primero intento matar al conductor que se llevó a su hija por delante con el coche, pero Francisco, su marido, evito otro desastre en ese día. Sara y Francisco tuvieron que ir a terapia y Sara comenzó a medicarse, para poder soportar la desgracia que vivía, la imagen de su pequeña Nadia se le aparecía de día y de noche. Una Nadia deforme, lisiada y llena de sangre. Con su vestido rasgado, con su gorro de lana agujereado y con el trineo hecho trizas. Un montón de espinas clavadas en su corazón. Un pequeño fantasma que destrozaba su conciencia y perturbaba su alma. Como la medicación no consiguió calmarla, Sara intentó quitarse la vida más de una vez, pero Francisco se lo evito, tres veces, para ser exacta. La muerte danzaba en esa casa, jugando con su guadaña. Yendo y viniendo, día si y día también.


Sara sueña despierta. Canta muda, esa canción que a Nadia le arrancaba una sonrisa tras otra. Esa canción que comenzaba con un guiño y terminaba con un enorme beso. Sara llora sin lágrimas, no moja su cara, pero su corazón, henchido de pesar, solloza en un desconsuelo eterno.


Miércoles, 19 de diciembre. Hospital.


- Empuja Sofía, empuja. Muy bien, ya veo la cabeza. Empuja, sigue empujando – grita el doctor. 


Sofía emite un aullido que deja sordos a todos los presentes en la sala y después de ellos se hace el silencio. De golpe, rompe un llanto de esperanza, y la emoción, las lágrimas y las risas se superponen sobre todo.


Francisco abraza a Sara y ella siente que necesita unos brazos donde caer desmayada, hundir su envidia y hacer que resurja su alegría. Sofía abraza por primera vez al bebé que crecía en sus entrañas y Claudia, su pareja, le besa la frente obnubilada. 


- ¿Cómo te encuentras pequeña? – le dice Sara a su hermana. Se la ve resplandeciente.


- Bien. Gracias por estar aquí conmigo. ¿Cómo estás tú? – le pregunta apartando la mirada del bebé.


- Contenta. Muy contenta. Al fin sois mamás… y yo tía – dice honesta – Pero necesito un momento. Voy a tomar un poco el aire, ¿vale?.


- Claro, pero no tardes, que necesito estar contigo – le dice mientras le pasa el bebé a Claudia. Claudia se come a besos a la pequeña recién nacida. Francisco sonríe como un bobo, y recuerda cuando nació Nadia, lo felices que fueron todos ese día.


Sara sale del hospital y rompe a llorar. Esta muy contenta por Sofía y Claudia, fueron tantos problemas los que se les echaron encima cuando decidieron quedarse embarazadas. Primero, descubrieron que Claudia no podía tener hijos, ello casi llevo a la ruptura de una feliz relación de casi quince años. Sofía, que nunca había querido parir, pues tenía pánico a morir en el parto como le pasó a su madre (Josefina, la madre de Sara y Sofía murió dando a luz a Sofía) se vio entre Escila y Caribdis. Finalmente, tras meses de lágrimas y peleas, decidieron que ella tendría al bebé. La opción de la adopción fue de las primeras, pero las trabas burocráticas y legales fueron tantas que terminaron por eliminar esa opción. Así que finalmente han tenido a una nena, una pequeña niña de 2 kilos y 50 centímetros. Una bebé rosada, calvita y de ojos claros. Una bebé hermosa, a la cual llamarán Úrsula, por la bisabuela de Claudia.


- ¿Cómo se encuentra mi hermana? – le dice Sofía a Francisco. Claudia mira como las enfermeras asean a la nena, no levanta la mirada ni una sola vez de esa recién nacida tan llorica.


- Bien. Ya sabes como se pone en estas fechas. Ya solo faltan un par de días para que hagan tres años de la muerte de Nadia. No se… está bien – dice Francisco suspirando.


- Supongo que la incorporación a la escuela le habrá venido bien, ¿verdad?. Ver tantas niñas y niños jugando y aprendiendo, gracias a ella, le debe de estar llenando de energía, ¿no crees? – le dice Sofía.


- Sí.


- ¿Y tú como estás Francisco? – le pregunta Claudia, ya con la nena entre los brazos.


- Estoy bien chicas, estoy bien. Pero las cosas son complejas para los dos, y a veces siento que tengo que tener el doble de fuerzas, o el triple, por ella. Y no puedo, no puedo llevarlo todo. Es demasiada responsabilidad. Controlarle las medicaciones, apartar todos los objetos con los que se pueda hacer daño, llevarla al terapeuta, a la psiquiatra. Mantener la habitación de Nadia intacta, como el último día que estuvo allí. A mi se me derrumba la casa encima también. Y yo se que Sara no puede apoyarme a mí, pues ella aún no está bien… no sé. A veces pienso en huir y dejarlo todo, pero amo a tu hermana, y no puedo hacerle esto – Francisco rompe a llorar. Hunde la cabeza en su pecho y solloza descompuesto – Perdonar chicas, hoy es vuestro día, lo siento.


- ¿Quieres coger a la niña? – le pregunta Sofía impaciente. 


- Claro. Será un placer – sonríe. Intenta relajarse.


Claudia se la pasa con delicadeza y Francisco la abraza con ternura. Es tan pequeña, tan ligera. Tiene unas manos enanas, suaves. Está tan cálida. Francisco, emocionado, le besa la cabeza calva, y la huele con mucho mimo.


- Hola Sara – le saluda Claudia al ver entrar a Sara a la habitación. Sara mira a su marido, mira como sostiene a esa bebé que no es suya.


- Hola – responde. Claudia se le acerca y le pasa la mano por detrás de los hombros, abrazándola. Sara inclina la cabeza y la deja sobre el hombro de Claudia.


Viernes, 21 de diciembre, solsticio de invierno.


Corre. Sara corre sin parar. En sus brazos, ahoga el llanto de Úrsula. No sabe por que lo ha hecho, pero se la ha llevado sin pensar más. El móvil no deja de sonar, primero Sofía, luego Claudia, Francisco… todas la llaman y Sara no quiere escucharlas más. Quiere a Úrsula, la quiere para ella. Quiere que Úrsula sea Nadia. Quiere que Nadia vuelva ya, cerrar los ojos y ver a Nadia de nuevo. 


- ¿Habéis llamado a la policía? – grita Francisco sosteniendo las medicinas de Sara. Lleva un par de días sin tomarlas, y Francisco no se había dado cuenta, ella le había engañado, haciéndole creer que se las tomaba, pero no era así.


- Sí, hace dos horas. Pero aún no saben de ella. ¡Oh Dios mío! – solloza Sofía.


- Tranquilas. No puede estar muy lejos. La policía la encontrará. No os preocupéis – dice Claudia, andando de un lado a otro, en la sala de estar.


- ¿Pero por qué no coge el teléfono? – aúlla Sofía – Soy su herma… por Dios… ¿por qué me hace esto?, ¿por qué se ha llevado a mi bebé?, ¿por qué?. Mi nena… mi hija… Es mi culpa, no la debería de haber dejado a solas con la niña - rompe a llorar.


- Cariño, no es tú culpa – le dice Claudia secándole las lágrimas - ¿cómo ibas a imaginar esto?. Tú no tienes la culpa de nada y no va a pasar nada. Tú hermana volverá a casa, con Úrsula, arrepentida de habérsela llevado sin decir nada. Pero ya esta… no pasa nada, no pasa nada.


- Yo voy a salir a buscarla, que creo que se donde puede estra. Si sabéis algo de ella, llamadme por favor – dice Francisco saliendo de la casa.


Nieva. Las calles están cubiertas de espesa nieve blanca. Sara, pasea con una niña helada. La lleva al cementerio, donde le presenta a Nadia. Pasan las horas y el frío atiza a la ciudad. Sara sonríe, más que en años. Allí de pie, con Úrsula en sus brazos, siente como es Nadia a la que mece, a la que canta, a la que besa con ternura.


- Sara – grita Francisco. Ella no responde, abraza con más fuerza a la niña que sostiene en sus brazos – Cariño, ¿por qué has hecho esto? – le pregunta mientras se le acerca poco a poco, hasta situarse tras su espalda.


- No lo sé… lo siento – dice llorando. Francisco la abraza por detrás e intenta arrebatarle a la niña de las manos - ¡No! – grita. Úrsula rompe a llorar – no me la quites, no me quietes a mi niña, no me las quites, ¡no!, no me la quites, no, no, no, no, no me la quites, no, por favor, noooooooo – lloran los tres. Lágrimas saladas y frías. 


- Esta bien. Volvamos a casa, ¿vale?. Tenemos que volver con tu hermana. Hace mucho frío y Úrsula no debe de estar aquí con estás temperaturas.


- Yo no quiero volver aún. Quiero estar con Nadia – dice mirando la tumba de su hija.  


- Vale cariño, pues dame a Úrsula y deja que se la lleve a tu hermana. Está muy preocupada – le dice. Poco a poco intenta coger a la bebé. Las manos rígidas de Sara, aprietan la carne fría de Úrsula. No quiere soltarla, no quiere marcharse. Quiere estar con Nadia y Úrsula. Siente, en la bebé de sus manos, la candidez de su hija, y quiere sentirlo siempre.


Empuja a su marido, el cual cae al suelo golpeándose la cabeza con la tumba de su hija y quedando inconsciente. Sara sale corriendo. Huye de nuevo. Sale del cementerio y se dirige a la carretera. Ve que Francisco ya va detrás de ellas, suplicándole que pare, rogándole que se detenga, entre lágrimas de rabia y pena. Sara no cesa de correr, cruza la autovía mirando hacía atrás, donde los raudos coches intentan frenar, le pitan, la insultan, hasta que uno no lo consigue, un viejo camión que no lleva puestas la cadenas. Le arrebata la vida al instante, a ella y a la pequeña Úrsula, tan pequeña que no tuvo tiempo ni de poder cantarle al sol.

26.11.12

La Ciudad de los Sueños Perdidos

     - Usted es nueva por aquí, ¿verdad? - pregunta un susurro tímido tras un seto frondoso. Olga no es capaz de ver quien le esta hablando. El seto se agita confuso, tal vez dubitativo, pero no aparece nadie tras el. 

- Sí, ¿quien me habla?. ¡¿Sabría decirme donde estoy?! - dice realmente asustada e impaciente. Olga se ha despertado de repente sin recordar nada. No es eso tampoco, es como si al parpadear se hubiera trasladado a otro lugar, a un lugar totalmente desconocido. Todo ha sucedido demasiado rápido, en un abrir y cerrar de ojos. Un simple pestañeo y otra realidad.

De detrás del seto aparece una gran sombra oscura que se posa sobre la cabeza de Olga, asciende hacía ella como una nube de polvo arrastrada por el viento. Olga ve como de la sombra emergen unos largos brazos que parecen querer agarrarla y un bufido fuerte la empuja contra un árbol. Esconde un grito perturbador en su caja torácica y se desmaya. Completamente pálida cae al suelo, yace y parece que fenece en ese mismo instante. De nuevo, un guiño se apodera de sus ojos, una tensión que hace que ellos bailen en sus cuencas al ritmo de la suave brisa que mece las hojas de los árboles. Ahora es otra voz la que le habla, esta vez con calma, sin modestia alguna. Tiene sobre ella a un joven muy atractivo, con el torso completamente desnudo y mojado, el cual esta agachado de tal forma que su largo pelo ceniza roza la nariz de Olga. Ella estornuda y azorada se mueve con pavor y bochorno. Se ruboriza molesta. Lo mira de arriba abajo y es entonces cuando ve sus piernas, las cuales no son piernas tal cual las comprendemos, si no las largas, blancas y escuálidas, patas de un caballo. Otro grito se apodera de su cuerpo, pero este no se esconde agazapado en su pecho, si no que sale tan agudo que los pájaros salen de sus escondrijos y vuelan alto, temerosos, y ese joven, mitad hombre mitad caballo, relincha confuso, pues no entiende a que viene tanto escándalo.

- ¿Pero tú que eres? - dice Olga, aún exhausta de su alarido, señalándolo incrédula.

- Un centauro. ¿Que otra cosa podría ser? - dice el joven con una sonrisa bella, tan linda que Olga ya olvida por que gritaba - Me llamo Marc, ¿y tú eres? - dice acercándole la mano para que ella se incorpore.

- Olga - dice levantándose aún temblorosa - ¿que era esa cosa que se abalanzó a por mí antes?.

- ¡Ah! esa era Dana. No te preocupes, es muy agradable, solo que algo patosa. Seguramente perdió el equilibrio al trepar por uno de los árboles o tropezaría con Seto.
- ¿Dana?, ¿Seto? - pregunta totalmente incrédula - ¡Pero si era una enorme sombra con brazos!. ¡Oh Dios!, pensé que era la muerte. ¿Estoy muerta Marc?.
- No - dice entre risas - ¿cómo vas a estar muerta?.

- ¿Y donde estoy?, ¿que es esto?. ¿Un sueño? - dice Olga en una especie de súplica de la que quiere despertar. Marc le da un golpe en el brazo y esta gime molesta - Vale, no estoy en un sueño.

- No, no estás en un sueño pero si estás en la Ciudad de los Sueños Perdidos. 

- ¿Qué?. Parece el título de alguna película de vodevil - dice ella ingeniosa. 

- No se que es eso del vodevil - dice él confuso - Esta es la ciudad de los deseos olvidados, las metas desistidas, los anhelos desdeñados, las fantasías extraviadas, las ambiciones olvidadas... Aquí acaban llegando aquellas personas, animales, vegetación y seres que habían soñado con conseguir algo pero al final lo habían perdido por completo. Si estás aquí es por eso, por que te embarullaste en el camino de la vida dejando atrás tus verdaderos sueños.

- ¿Y como puedo salir de aquí?. ¡Quiero volver a casa! - dice Olga quejosa.

- Pues encontrando tu sueño perdido.

- ¿Y si no lo logró?, ¿y si no quiero buscarlo?. ¡Yo no me creo estas fantasías! - dice furiosa. Luego ríe, al ver con que esta hablando. Ríe sin poder parar. Carcajadas convulsas agitan todo su cuerpo.

- Pues si no lo buscas y lo encuentras te pasará como a Dana. Te convertirás en una sombra y vagarás por la ciudad durante toda la eternidad, pues en esta ciudad no existe muerte, dado que los sueños son sempiternos - dice Marc. Olga deja de reír ipso facto.

Caminan sin dirección alguna. Olga no sabe que es lo que tiene que buscar, por lo que anda perpleja y desganada. Mientras piensa en tantas cosas que, rabiosas, comienzan una batalla sangrienta en su mente. Una lluvia de hojas secas riega sus hombros y la fragancia del atardecer llena sus fosas nasales, mientras, el sol cálido tuesta sus espaldas.

- ¿Cuanto tiempo llevas aquí Marc? - pregunta Olga poniendo orden en su cabeza.

- No lo sé. El tiempo pasa fugaz en este lugar y uno no es consciente de como pasan los segundos, los minutos, las horas, las semanas, los meses... incluso los años. El tiempo pasa, pasa y pasa. A veces algunos tienen suerte y el tiempo retrocede, otorgándoles unas cuantas horas más antes de convertirse en sombras. 

- ¿Cuantos han conseguido encontrar su sueño perdido?.

- Cientos, miles... pero cada día entran nuevos como tú. Gente demasiado ocupada en sus vidas “reales” que no es capaz de ver más allá de sus propias narices.

- ¡Eh!, eso lo dirás por ti, a mi no me conoces, ¡no sabes como soy! - dice ella incómoda.

- Claro que no, pero lo intuyo. 

- ¡No deberías de juzgar a un libro por la portada!. Antes debes de leerlo para poder enfundarte en una opinión tan seria y segura del mismo. Si no, siempre tus razonamientos serán ambiguos y erróneos.

- ¿De que me suena eso? - dice Marc señalando sus larguísimas patas.

- Sí, vale, tienes razón. Yo también te juzgue sin saber… pero estaba tan asustada. Tenía miedo - dice arrepentida.

- ¿Y que es lo que ha cambiado ahora?.

- No lo sé. Supongo que ya no me da tanto pavor todo.

- Eso esta bien - dice con una delicada sonrisa – Bueno, ya hemos llegado. Esto es Cronos, lugar donde se encuentran los tiempos de cada uno de nosotros. Tenemos que ir a ver que reloj se te ha asignado.

Cronos es un salvaje jardín lleno de relojes de arena de distintos tamaños con arenas de distintos colores. Esta lleno de plantas sin fin e insectos gigantes que vuelan zumbones. Olga abre tanto los ojos, maravillada, que incluso se hace daño. El lugar es hermoso, jamás había visto nada igual. Los relojes de arena, posan majestuosos por cada rincón del paisaje, camuflados entre las plantas, escondidos en el río. Entonces se topan con el reloj de Olga. Es un reloj pequeño, del tamaño de una pluma de paloma, que tiene su nombre grabado con unas letras fuertes rojas y doradas. La arena es completamente negra y cae como si fuera lodo espeso.

- ¿Tú reloj es tan pequeño? – le pregunta perpleja.

- No, el mío es ese de ahí – dice señalando en lo alto de la montaña a un reloj enorme, tan grande como un edificio robusto. Su arena es amarilla, y cae lenta y finamente – Aquí no importa el tamaño del reloj sino el color de la arena.

- ¿Y por qué la mía es negra y la tuya amarilla?.

- La arena de cada uno varía, indicando cuanto tiempo te queda antes de convertirte en una sombra. ¿No entiendo por que la tuya ya es negra?. Eso es que tienes menos tiempo, ¿pero no se por qué?, ¡si acabas de llegar!. Es la primera vez que pasa algo así. El patrón es que la arena debe de pasar por cada uno de los colores del arco iris hasta volverse negra, una vez es negra el tiempo pasa a contrarreloj y debes apurarte, pues si no te mueves rápido te convertirás en una sombra en menos tiempo de que lo que te cuesta pestañear.

- ¡Ahhhh! – grita - ¿debe de haber algún error?. No es justo… ¡acabo de llegar!. Tú mismo lo sabes. ¿A quien se le puede reclamar esto?, ¿con quien podemos hablar?.

- Con nadie.

- ¿Por qué? – dice llorosa - ¿y que hago ahora?. Ni siquiera he tenido tiempo para buscar mi sueño.

- Lo sé Olga. Tú no estás buscando ningún sueño. Tú estás enredada en un sueño. Este no es tu lugar. ¡Tienes que despertar! – dice Marc secándole las lágrimas con las manos.

- ¿Despertar? – dice confusa sollozando.

Entonces cae el último granito de arena del reloj de Olga y el cielo se tiñe de sombras negras, que veloces, se abalanzan sobre ella dejándolo todo oscuro. El sol se apaga, y la noche cubre con su manto una ciudad sin estrellas.
  
- Despierta Olga, ¡despierta por favor! – dice de nuevo esa voz tierna, cálida y reconfortante que la había despertado por primera vez, cuando cayó desmayada al suelo cuando Dana se lanzó sobre ella – ¿Me oyes Olga?. Tienes que despertar. Por favor, te lo suplico. Despierta. Vuelve conmigo.

Abre los ojos y siente algo nuevo. Ya no nota las hojas secas en sus pies, ni la suave brisa de la ciudad. Siente frío, nauseas. La cabeza le da vueltas. Nota un dolor profundo por todo el cuerpo. No consigue abrir los ojos del todo, ni enfocar la mirada, pero ya esta despierta.

- ¿Dónde estoy ahora?, ¿ya soy una sombra? – pregunta en un susurro que le cuesta la vida.

- ¡Oh! cariño, estás despierta al fin – dice esa voz de nuevo rompiendo a llorar.

11.11.12

Berenjenas bailarinas y otros sucesos mágicos



- ¿Por qué no lleva zapatos Mr. Cagan?.

- Oh, ¡por Dios!. Puedes llamarme Steve - trago saliva. Tengo la cabeza en otro mundo. Actúo lo más rápido que puedo sin parecer loco, pero siento un fuerte impulso de ponerme a bailar sobre la mesa o quizás gritar a esta mujer que solo hace su trabajo, y claro, eso quedaría aún más de perturbado demente que de exquisito y noble empresario. Necesito calmarme. Respirar. Buscar una solución razonable para este problema. ¡¿Por que hay un unicornio en la puerta?!, ¿y de que color se supone que es?, ¿verde?. Apoyo mi mano en su espalda amigablemente y hablo - Sigo una filosofía muy zen en mi vida - vomito palabrería falsa. Mentiras para mantenerme en la gloria. Quiero seguir saboreando el triunfo y la notoriedad de mi potente imagen - Me gusta sentir el suelo por el cual ando, conectar con la tierra, distinguir las texturas y las temperaturas. Vivir el aquí y ahora. En definitiva, saber palpar la realidad - sonrío - Aunque a veces, más de las que quisiera reconocer, acabas pisando cosas que no son del todo agradables. Ya me entiendes - río. Ella también ríe convencida y anota la información falsa en su adorable libretita de anillas.

Sé que suena totalmente ridículo mi discurso. Ella esta contemplando, admirada, a un hombre que posee una de las más grandes fortunas de EE.UU. Un hombre inteligente y atractivo. Con buen gusto a la hora de vestir, pero algo falla, la ausencia de calzado, aunque lleve unos cómodos calcetines de piel de serpiente (son discretos y suaves. ¡Los adoro!). Solo mis calzoncillos valen más de 1000$ (para ser exactos 1891$). Seamos sinceros, la situación se me va de las manos. 

Comienzan las fotografías. Todos me flashean, me lanzan preguntas, cámaras me graban... respiro y sonrío, respiro y sonrío, respiro y sonrío. No me veo capaz de hacer nada más. Comienzo a sentir que me suda la calva con tantos focos de luz, me paso la mano por la cabeza, disimuladamente, y la siento seca, completamente seca. No me vendría mal algo de crema hidratante en este momento. Empiezo a marearme y a sentirme perdido. El unicornio verde, esta reunido al fondo de la sala con dos unicornios más, uno azul cobalto y otro dorado. ¿Pero que pasa aquí?. Se ríen estridentemente, relinchan como locos y luego chocan sus cuernos brillantes. Entonces aparece Eve, mi querida y perfecta ayudante personal (no se que haría sin esa dulce ricura) que los separa con vehemencia y viene directa hacía mí.

- Bienvenidos. La sesión de fotografías ha finalizado. Por favor, reúnanse con nosotros en la sala roja, la sala de actos. Allí, Mr. Cagan, dará su discurso a toda la prensa. Muchas gracias por su asistencia - habla tranquila. Sin prisas. Con mucho talante. Su voz es mi música personal. Suaves notas agudas que perforan con delicadeza mis tímpanos y que deslizan ligeras palabras en mi cabeza. Ella sabe como hacerlo y me encanta.

La gente de la sala comienza a trasladarse en, lo que a mi me parece ser, una marcha fúnebre. Yo sigo parado en el escenario donde los flashes me acosaban. Una vez estamos solos, Eve me coge del brazo y me mira inquisitivamente a los ojos.

- ¿Qué cojones te pasa?, ¿por que no llevas zapatos Steve? - me dice malhumorada.

- No lo sé cariño. Los debo de haber dejado en algún lado - digo observando su rostro. Eve tiene la cara más bonita que he visto en mi vida, más que la de Susan, mi hija. Es que mi Eve tiene unos hoyuelos mágicos, una mirada penetrante, unos ojos azabaches que me quitan el hipo, unos labios finos, una nariz puntiaguda con una preciosa peca decorando la cima y una frente, hummm una frente tan ancha que me pone cachondo con solo mirarla. Podría hacer juegos malabares en ese bonito rostro todos los días.

- Al menos recuerdas haber venido a la empresa con ellos, ¿verdad?. ¡Por favor dime que sí! - me suplica asustada.

- No - niego con la cabeza - No lo sé tesoro - le digo dándole tal beso que se le menea todo el cuerpo. Ella me abraza con fuerza.

- ¡Dios!. Espero que la prensa no te haya visto salir así - dice señalándome - de tu casa, podría ser nuestra ruina - me recrimina.

- Tranquila, creo que he podido llevar bien la situación en mi despacho. ¿Has visto las sandeces que le conté a la reportera del canal 15? - le pregunto, ella asiente con sus labios sin decir palabras - Pues entonces no hay problema. 

- Tienes razón. Creo que la visión del Sr. Cagan, respetable empresario de la multinacional Venus Manzana puede verse reforzada por esa entrevista. ¿No crees?. Ese discurso que has soltado antes podría ser el preludio a un cambio de imagen. Un lavado de cara. Necesitamos algo fresco y nuevo. Un Sr. Cagan místico pero razonable, cercano a la gente, cercano al medio ambiente... comprometido con causas sociales... esto puedo funcionar. Sí, puede funcionar - dice confiada.

Llama a Ralph, de Recursos Humanos, le pide que me traiga un café largo muy bien cargado y que busqué atuendos hippies, pero sin exagerar. Sigo pensando que esto se está yendo de las manos. Yo no quiero cambiar mi imagen, pero ella es la visionaria, y esto puede sacarme de la jodida situación.

- ¿Cuanto crack has tomado? - me dice en susurros.

- Lo suficiente para ver unicornios - le respondo - Vi que los separabas al entrar a la sala. ¿Que hacían?, ¿por que chocaban sus cuernos?, ¿una especie de saludo secreto? - digo enajenado - ¡Pues era muy evidente!.

- ¡Oh Steve! - me dice conteniendo el llanto - ¿Por qué?.

Ralph entra corriendo en la habitación y entre él y Eve me visten de lo que parece ser un Beatle que ha consumido bastantes cantidades de LSD a lo largo de su vida. Angie, mi nueva becaria, me trae el discurso y Eve hace unas correcciones en pocos minutos. Listo o no para el discurso, entro en la sala. Eve me acompaña hasta el escenario, donde hay una mesa alargada y un par de sillas. Tengo a todo mi equipo encima. Saludo a la prensa y me siento. Eve me dice, apenas perceptible, que no flipe demasiado. El crack me está destrozando el cerebro y ya no controlo mis paranoias. 

- Bienvenidos de nuevo a Venus Manzana. Gracias por compartir esta reunión tan importante con nosotros. A continuación Mr. Cagan hablará de la futura expansión de la multinacional a África y de los nuevos retos relacionados con dicha evolución de la multinacional  Después se responderán a las preguntas que se cuestionen en el siguiente orden: Primero cadenas de televisión, después medios de comunicación virtual, posteriormente prensa y, por último, radio. Muchas gracias de nuevo y le doy el turno de palabra a Mr. Cagan. 

- Buenas tardes y gracias por asistir a esta reunión de tan suma importancia. Primero comenzaré hablando de la expansión de Venus Manzana al continente africano, como bien ha dicho mi asistente personal Eve. Como pueden observar en la pantalla, Venus Manzana ya esta ubicado en toda América del Norte, parte de Europa, Asia, todo el Caribe, Oceanía y en las zonas pobladas del Ártico. Ya sólo nos queda la expansión en América del Sur y África. ¿Y por que hemos elegido a África antes que América del Sur se preguntarán?. Muy simple, por que Venus Manzana quiere ayudar a progresar a este continente subdesarrollado. Nosotros creemos en el cambio, en la evolución y, por encima de todo, en el desarrollo - sigo hablando sin césar. 

Los reporteros miran atentos y Eve analiza con precisión cada uno de mis actos. Me siento seguro, pues se que ella puede llevar cualquier situación si yo la fastidio. Hablo sin parar de la adquisición de nuevas empresas, de la fusión con otras (con Látigo S.A. y la Cooperativa Ríos de la esperanza), de los acuerdos tomados y los pactos firmados. La reunión va a la perfección. Me observo a mi mismo desde fuera y veo a un Steve natural y creíble, él cual lanza complejas preguntas, que habla tranquilo e incluso, bromea.

De golpe entran en la sala un grupo de unicornios. A la cabeza de ellos va un unicornio de color gris, tan grande que  tiene que agachar la cabeza para no arañar el techo con sus cuernos negro. Parece el líder de la manada (realmente no se si estos seres van en manadas o recibe otro nombre esta agrupación. Pero solo verlos hacen que me cague ipso facto). Me quedo callado y Eve se percata. Comienzo a sentir temblores. Los unicornios se dispersan por la sala, colocándose de forma estratégica, ocupando todas las salidas. Y de repente siento como si me hubieran clavado un cuerno en mi pie desnudo y grito desesperado. Las luces de la sala se apagan. Es una emboscada. Salto por encima de la mesa, con el pie ensangrentado y corro por el pasillo. Flashes de fotos me ciegan y preguntas indiscretas intentan frenar mi huida, pero yo no me detengo. Corro hasta la puerta principal y le propino una patada, al estilo kung fu, a un unicornio pequeño. Abro la puerta y corro hasta los baños. Una persecución de medios y caballos alados sucede tras mi espalda. Me encierro en el baño, atrancando la puerta con unas sillas y caigo al suelo. Tengo el pie derecho destrozado, apenas lo puedo mover. Comienza a sonarme el móvil, es Eve. No lo cojo, tengo demasiado miedo. ¿Y si los unicornios la tienen?, ¿que puedo hacer yo?. Si saliera al exterior me reconocerían al instante y entonces no tendría forma de escapar de esos seres endemoniados. Piensa Steve, piensa. Me digo a mi mismo. Agarro mi pierna como puedo y me pongo en pie. Me miro en el espejo y veo que tengo una pequeña mancha en la frente. Mojo una toalla con agua y froto la mancha con suavidad. Al quitar la toalla veo que la mancha no ha desaparecido, todo lo contrario, parece tener un color más fuerte. Vuelvo a pasar la toalla por la cara, pero esta vez con más fuerza. La mancha persiste y parece que tengo la piel irritada, pues se me ha levantado un poco de epidermis. Me acerco aún más al espejo y estiro ese trozo de pellejo que cuelga sombrío. Estiro todo lo que puedo, arrancándome trozos de piel, hasta que un hilillo de sangre cubre mi nariz. Entonces veo una especie de protuberancia en mi frente, la cual parece un hueso puntiagudo. Hurgo con mis dedos mi frente y estiro de ese bulto misterioso. Poco a poco extraigo un cuerno largo y brillante, como los de los unicornios que me perseguían. No me lo puedo creer. Empiezo  pelar mi cara, con la misma facilidad que pelar un plátano. Mi ropa se llena de sangre. Entonces me miro en el espejo y veo el rostro de un unicornio. Yo, Steve Cagan un unicornio. Supongo que la cornada que me dieron en el pie me transformó. Caigo redondo en el suelo, hundiéndome en un placer indescriptible.

Cuando despierto, Eve me sostiene la mano entre lloros. Supongo que descubrirme en ese estado la debe de haber dejado destrozada.

- ¡Oh Steve!. Ya estas despierto. ¿Eres consciente de la que has armado?.

- Sí bombón. Pero ya paso todo. No tienes de que preocuparte - le digo agarrando su mano con fuerza. Ahora que soy un unicornio podré hacer tantas cosas. Sonrío.

- Lo sé, pues lo he solucionado todo yo. He dicho a los medios que habías sufrido una intoxicación grave por comida y que estabas en urgencias. Esa excusa parece haberles hecho calmarse por unos momentos. Joe esta en la enfermería.

- ¿Por qué?, ¿que le ha pasado? - digo mientras me incorporó lentamente.

- ¿Cómo que por qué?. Steve le has pegado tal patada que le has roto la cadera. Por todos los cielos... ¡mañana era su fiesta de jubilación! - me dice amargada.

Entonces mi mente recrea el momento exacto en el que le pegaba la patada a Joe, al viejo Joe. El momento en que gritaba furioso en la sala llena de cámaras de vídeo, fotográficas y móviles. El momento de la persecución, donde, yo solo corría por los pasillos... 

Eve me abraza y me hundo en su perfume. Me levanta del suelo y me alegra ver que mi cuerno ha desaparecido. Quizás hubiera sido demasiada responsabilidad ser un ser mágico. Me abraza la cintura y salimos del baño.

- Eve, ¿seguro que no sigo flipando? - digo señalando a un grupo de berenjenas que bailan una coreografía de lo más divertida.

- No, tranquilo. Están grabando un spot publicitario. Es una campaña para que los niños coman más verduras.

Vaya, juraría que una de esas berenjenas esta ligando conmigo. Lástima que no me gusten las berenjenas. 

29.10.12

Hormiga plateada y el pájaro más negro

     Sólo puedo pensar en esos ojos negros. De su boca ni un hálito de esperanza. Revoloteaban las moscas sobre su cuerpo ya putrefacto y esos pájaros tan bellos y negros rompían las oscuras nubes con su danza mortuoria. Su cuerpo se veía menudo, en una postura de paz, pero a su vez de tortura. Blancos gusanos le salían por sus orejas puntiagudas y de su boca, una fila de hormigas plateadas bajo la luz de la incipiente y alejada luna. Yo sólo fui capaz de llorar confusa, de abrazar su delgado cuerpo y sentir sus huesos rotos en mis brazos, astillados y helados, completamente partidos, troceados y olvidados por sus músculos que yacían colgantes como pellejos sin piel. Luego limpie sus profundas heridas, removiendo un amasijo de carne sangrienta sin sentido alguno y no cese de besar sus labios fríos, con la demente y falsa ilusión de que alguno de esos besos fuera respondido o que me condujera lejos de ese lugar azotado por la mano de Dios, por su ira y rabia absoluta, sentirme apartada de esa imagen de destrucción y exterminio sin anhelo. Solo quería trasladarme a unos minutos atrás, donde los gritos no se tragaban el cielo.


El tsunami se lo llevo todo. Se llevo a mi familia. Se llevo mi hogar. Se llevo mi vida. Se llevo mi cordura arrastrada tras una ola de muerte, miseria y desesperación.

Cada vez que cierro los ojos revivo la misma imagen, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… una ola tan grande que mis ojos no podían vislumbrarla entera y tras ella una tumba de agua roja, donde todo lo que importaba quedo sumergido en un sepulcro salado y lleno de barro.

15.10.12

La verdadera historia de como pude sobrevivir a un rayo‏

      Reunión primera de Adam:


No se que hago metido en esta habitación con semejante panda de locos. Esto es absurdo. Yo no tengo ningún problema. Estoy bien. Solo tengo un poco de ansiedad, nada más. No soy como ese, ni como esa y menos como esa tipa de ahí. Pufff... es ridículo. ¿Por que le hice caso a Débora?. Ella tendría que estar aquí, no yo. 

- Hola, soy Roberto y padezco dextrofobia. Me aterran los objetos situados a la parte derecha de mi cuerpo - dice un hombre de unos cincuenta años de edad. Le falta el brazo derecho. A su derecha no hay nada. 

- Yo soy Nicola y tengo xanthofobia. Tengo fobia al color amarillo - dice una mujer que lleva gafas de sol muy oscuras, tan opacas que no se como puede ver en la sala. Viste completamente de negro.

- Buenas tardes, yo soy Rosa y padezco anatidaefobia. Tengo pánico a que un pato me este observando en cualquier momento - dice una chica pelirroja de piel pálida y veinte pocos años - Ya no puedo ir a los parques, cada vez que veo un estanque salgo corriendo - se cubre la cara con las manos y oculta sus lágrimas.

- Yo soy Valerie y tengo lupolipafobia. Este es el miedo a ser perseguida por un hombre-lobo alrededor de una mesa de cocina mientras ando en calcetines y el suelo está recién encerado. Me he deshecho de todas las mesas de mi casa por si a caso y me han despedido de mi trabajo en Ikea por mi absurdo comportamiento, según me dijo mi gerente.

Y así prosiguen las presentaciones de diez personas más, cada caso más raro que el anterior. La habitación esta perfectamente equipada para que cada persona pueda expresarse sin problemas. Sus miedos se encuentran lejos de ellas/os. No hay patos, ni objetos amarillos, las sillas de plástico tienen escritas el nombre de cada una/o para que se respecte el orden de asiento según las/os psicólogas/os, no hay objetos tecnológicos, ni mesas, ni pizarras, ni alfombras, ni persianas. Solo hay doce sillas y cuatro paredes blancas. No esta permitido vestir con estampados, llevar fotografías, no se puede llevar cordones en los zapatos ni tampoco usar cinturones (como en la cárcel), tampoco se puede comer en la sala productos de color verde, ni frutos secos (prohibidísimos los cacahuetes) y menos, beber agua embotellada. La lista es larga y las prohibiciones extrañas para cualquiera.

- Adam - dice el psicólogo levantado la cabeza - ¿Quieres contarnos tu historia? - coge su libreta y se prepara para anotar todo lo que diga. Parece un hombre afable, pero aún así no me fío.

- Bueno... supongo que sí. Aunque realmente no quiero hablar de esto.

- ¿Por qué estas aquí Adam?, ¿que es lo que buscas en este grupo?.

Me quedo mirando a la gente y siento que incluso me entran ganas de llorar. Tengo un sentimiento de perplejidad que no me deja respirar. No encuentro las respuestas a lo que me ocurre y esto me asusta, pues siempre he tenido respuestas para todo. Creo que voy a sufrir otro ataque de histeria. Respiro. Respiro. Respiro. Siento que me ahogo.

- Por Débora, mi hermana pequeña. Ella fue la que me dijo que viniera. Que buscará ayuda - digo sofocado. Comienzo a sudar.

- ¿Y tú crees que necesitas ayuda?, ¿crees que te podemos ayudar entre todos nosotros?.

- Sí... supongo que sí - miento. Esto no tiene solución. Mi problema no se puede controlar.

- Cuéntanos, ¿que es lo que te ocurre?. Por lo que he leído en tu informe realizado por la Doctora Verdugo padeces brontofobia. ¿Sabes cual es el origen a tu temor extremo a los rayos?.

- No - digo. Me quedo mudo. Transcurren unos minutos hasta que vuelvo a hablar - Llevo más de dos años con ansiedad y ataques de pánico por los rayos. Creo que si salgo a la calle cuando llueve o hay tormenta, un rayo caerá sobre mí. He leído mil estudios sobre ello y he acudido a centenares de expertos meteorólogos, y se que las probabilidades de que me ocurra esto son mínimas, de 1 entre 3.000.000, pero es que yo siento que va a pasarme a mí. Es como un pálpito que no me deja vivir. Se que tarde o temprano me ocurrirá. Antes de que vaya a llover yo ya presiento una tormenta, incluso aunque el día sea brillante y luzca un bonito sol... No veo nunca las predicciones del tiempo pues me aterran. Cuando llueve no salgo de casa. Me encierro en el sótano a oscuras y rezo, y no soy creyente. Falto al trabajo cada vez más, mi vida social se está viendo afectada, tengo trastorno del sueño... a veces siento que nadie me entiende, ni mi hermana. Me proponen un viaje y lo tengo que rechazar. En el último viaje al que fui, sufrí cinco ataques de ansiedad y el viaje solo duraba un día - digo de carrerilla. Veo las miradas inquietas de mis compañeros y compañeras. Se que estoy empapado de sudor. No tendría que haber venido. Esto no va a funcionar - Yo no soy tan raro como ellos - digo señalando a la gente de la sala - Lo mío debe de tener una explicación lógica, lo suyo... pues locura, no queda otra.

- Adam, aquí estamos para ayudarnos. Nadie juzga a nadie - me dice el psicólogo - Cada fobia que padecéis cada uno de vosotros no es mejor ni peor, ni más rara ni menos aceptada, ni más racional o irracional. Es lo que es, y aquí estamos ayudándoos a que la superéis y si no es el caso, a que podáis convivir con ella con normalidad. Lo que queremos es que lo que os ocurre no afecte a vuestra salud, ni a vuestro trabajo, ni a vuestra vida social. Lo más importante es que todos estáis aquí, hablando de vuestros problemas, aceptando que algo no va bien en vuestras vidas. Ahora necesitamos saber cual es el origen de estos miedos, arreglar la situación y subsanar los problemas que os acarrean - dice seriamente - Pero ya habéis dado todos un gran paso, aceptación. ¿Tú que piensas Adam?.

La primera toma de conciencia no ha ido tan mal. Todos y todas han hablado de sus problemas y al final no me he sentido tan raro. Es que en esa sala había una de locos que el más normal al final era yo. Pero bueno, como ha dicho el psicólogo, lo importante es aceptarlo (y ellos lo hacen, yo de momento voy asimilándolo), el segundo paso es el control. 

Reunión sexta de Adam:

- Rosa ha muerto - dice Roberto a gritos, entrando corriendo en la sala (la cual cosa también esta prohibida) y con un periódico en su mano izquierda. Se queda de pie, agitado y comienza a leer – “Como si de una broma de mal gusto fuera o de una película surrealista la escena hubiera sido sacada, así ha sucedido la muerte de esta joven valenciana de veintitrés años de edad. Rosa S. J. ha sido asesinada por cincuenta patos silvestres. El cadáver de la joven se encontró en el domicilio familiar, en concreto en su habitación. Fue su mujer la que llamó a la policía alarmada al no saber de ella varios días. Esther M. M,, su mujer, declaró a la prensa “Rosa ha sufrido una muerte atroz y quien este detrás de esto la conocía, pues ella padecía anatidaefobia, un miedo brutal a los patos”. Aunque la joven  recibió el total de veinte picotazos por parte de los patos, esa no fue la causa de la muerte. Murió de un paro cardíaco causado por el susto que se llevo” - termina de leer Roberto.

Un silencio sepulcral baña la estancia. Nadie puede articular palabra. La sesión de ese día se anula. Quedan todos en ir al entierro de Rosa, el cual se celebra al cabo de unos días. Cuando ven a su mujer todos le dan el pésame, ella llora desconsolada.

Reunión decimotercera de Adam:

Tras la muerte de Rosa todos y todas se encuentran agitados. Algunos dejan de asistir a las reuniones pero Esteban, nuestro psicólogo, insiste que es lo menos adecuado para nosotros. Yo no dejo de asistir, tengo más miedo solo que con ellos. No creo que lo que le ha ocurrido a Rosa nos pueda pasar a los demás. 

Reunión vigésima de Adam:

Ha muerto Nicola. Alguien entro en su casa y la pinto entera de amarillo (paredes, techo, suelo...). Todo en su casa estaba embadurnado de ese color (la cama, todos los electrodomésticos, la ducha, incluso el contenido de su nevera fue remplazado por alimentos de color amarillos: piña, maíz, limones, etc.).

La policía ha venido hoy a interrogarnos. Ha sido extraño. Nos han hecho preguntas sobre Rosa y Nicola. Sobretodo respecto a sus fobias. Querían saber que sabíamos de ellas, que pensábamos, si solíamos vernos después de las reuniones...Yo he sido sincero y les he dicho que Nicola y yo salimos varios días a tomar un par de cervezas (negras) al salir de las reuniones. Lo pasábamos bien charlando. Era una mujer muy interesante. Siempre tan discreta con sus gafas opacas. 

Reunión vigésima tercera de Adam:

Están cayendo como moscas en la mierda. Primero fue Rosa, después Nicola, luego Joaquim (que padecía araquibutirofobia, miedo a la cáscara de los cacahuetes y a que la mantequilla de cacahuete se pegue en el paladar) y ahora Yolanda (la cual tenía vicafobia, es decir, miedo a las brujas y a la brujería). Ya solo quedamos ocho y parece que Esteban ya no sabe como lidiar con esta situación.

Ya no me siento tan seguro rodeado de esta gente. Es como si nos hubieran gafado, y cada vez creo más en las supersticiones. Débora insiste en que siga yendo a las reuniones, pues mis ataques de ansiedad sorprendente se han reducido. E insiste en que es imposible que yo muera de mi fobia, ya que el asesino que anda suelto no puedo lanzarme un rayo. Yo no lo veo tan claro y cada vez veo más posible que sea Zeus quien desee mi muerte.


Hoy veo en la televisión el rostro de la asesina. Es Jenny, la chica que padecía necrofobia, es decir, miedo a las cosas muertas. La policía la ha arrestado esta noche, estaba en su casa esperándolos. Se ve que llamo a Esteban para contarle que había conseguido superar su fobia y le narró, con sumo detalle, la muerte de cada uno de sus compañeros. Esteban llamo a la policía esa mima noche y le dijo a Jenny que debía de esperarles. Ahora Jenny se encuentra en un sanatorio mental a la espera de que se celebré el juicio que condene sus actos, pero dicho juicio tardará en celebrarse, dado que las causas de las muertes son extremadamente atípicas. Jenny insiste en que ya esta curada, pues después de haber visto seis cadáveres, no tiene miedo a nada. 



Cada vez estoy peor. La histeria me vuelve loco. Llevo días sin dormir. Esteban ha cogido una baja por depresión. Su psicóloga (sí, el psicólogo tiene una psicóloga) le ha dicho que se encontraba en un entorno hostil y dañino para él. Normal... ver que tus métodos de trabajo inducen a matar a una de tus pacientes a seis personas debe de ser un trago difícil de digerir. Puede que deje de ejercer su profesión. Yo me siento solo y confuso, necesito hablar con alguien. Aunque ya han encerrado a Jenny y estoy a salvo de que me lance un rayo, no me siento seguro.



Llueve. Una fuerte tormenta azota mi vecindario. Ya no se que hacer para controlar mi pánico. En un acto de desesperación meto un par de sartenes de acero inoxidable en los bolsillos de mi parca, cojo un par de tenazas y las coloco enganchadas a la capucha. Me pongo un colador metálico en la cabeza, a modo de gorro y, agarro el único paraguas que tengo (el cual no ha sido usado nunca). Esteban dijo que debemos de enfrentarnos a nuestros miedos y es lo que yo pienso hacer (sin matar a nadie o eso espero). Bajo temblando por las escaleras. La luz del edificio se ha ido, así que el ascensor no funciona. La calle esta vacía, llueve de forma extrema. Me siento en un banco cercano a mi piso, bajo un árbol enorme. Gritó al cielo como un energúmeno, pero no pasa nada. Caen rayos por doquier. Tiemblo. Siento que muero, pero a su vez una extraña adrenalina me llena de valor. Paso la noche entera en ese banco. Me despierto empapado, con un catarro enorme, pero vivo tras la tormenta más violenta que he visto en mi vida. Perplejo, lloro en el banco como un niño.

- Señor, ¿se encuentra bien? – me dice una señora mayor que pasea lentamente con su tacataca. Me mira extrañada al verme con un colador en la cabeza y varias sartenes asomando en mi chaqueta.

- Sí, nunca había estado mejor – digo dando un salto – ¡Estoy vivo!.