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30.10.11

Koala

- Desde que ha regresado de Sidney Marcus sufre sonambulismo todas las noches - le digo a Ivonne quitándome las bragas. Me siento en esa silla que me hace sentir terriblemente patosa y me preparo para la ecografía - Llevo tres días sin dormir y no paro de sufrir calambres en las piernas - me quejo molesta.

- Baja un poco más el culete Álida. Un poco más... más... ¡Listo! - me dice Ivonne colocando su cabeza entre mis piernas - A parte de los calambres ¿has tenido alguna molestia más en estos días? - me pregunta mientras se coloca los guantes de látex.

- Un poco. Me han molestado los ovarios y he tenido más nauseas que de costumbre. He vomitado toda la semana al despertarme. Ahora no puedo soportar para nada el olor de la leche.

- No te preocupes, es algo normal. Ya estas en la semana número treinta y seis del embarazo, nos quedan a penas cuatro semanas para ver a esta ricura nacer - me dice sonriente. A Ivonne le encantan los bebés, pero la pobre no consigue quedarse embarazada, ya que tiene ciertos problemas en el útero. Nunca me ha dejado claro de que se tratan, pero se que algo no le funciona bien por esa zona. Ella sabrá bien, es la ginecóloga.

- Como te estaba diciendo, Marcus me esta volviendo loca. No me deja dormir ni una sola noche. Además, lo paso realmente mal, pues pienso que puede acabar haciéndose daño, andando de un lado a otro de la casa, a oscuras - le digo mientras me coloca ese gel frío y pringoso sobre mi barriga. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo.

- Bueno, no te preocupes, que vaya al médico y se lo comente. Seguro que es por el cambio de horario y demás. Le estará costando acostumbrarse a las horas de sueño y necesitará gastar más energía por la noche - me dice apretándome la barriga y palpando la zona - Yo tengo un amigo que comenzó a tener episodios de sonambulismo por el estrés en el trabajo y una paciente que pillo a su marido en la cama con otra y más de lo mismo. Así que vaya al médico pronto, y por su bien y el tuyo, que solucione ese problema cuanto antes. Que dentro de poco comenzareis a dormir menos - me dice guiñándome un ojo - Esta todo en orden preciosa. Vamos a hacerte una cito también.

Comienzo a llorar sin control alguno. Ivonne levanta la cabeza y me mira.

- ¿Pero que te ocurre guapa?. Todo va bien, no te preocupes - me dice intentando reconfortarme.

- No Ivonne. El problema es que Marcus cuando esta sonámbulo cree que es... que es un... - trago saliva - ¡Oh Dios!, me da vergüenza hasta decirlo en voz alta. No quiero creérmelo.

- ¿Un que Álida? - me dice incorporándose y cogiéndome de la mano.

- Un koala - le digo en un llanto interminable. La pobre no contiene la risa y una carcajada sana y profunda retumba en la habitación.

- Lo siento - me dice arrepentida - ¿Cómo sabes que actúa como un koala?.

- Pues por que esta durmiendo más de quince horas al día, se ha comido todas las plantas de casa, incluso el tronco de las mismas, y salta de sofá en sofá y de lámpara a lámpara, que ya se ha cargado todas las del comedor, y se queda enganchado ahí, sonriendo, como si fuera un koala - dejo de llorar e intento calmarme - Y se que es un koala por que Marcus ha estado seis meses fuera estudiándolos y de tanto estudiarlos se ha quedado tonto - sollozo.

- No se Álida. Quizás no sea nada. Tú lo que tienes que hacer ahora es tranquilizarte e ir cuando antes con él a un médico.

- Pero el problema es que él no lo sabe. En las horas que esta despierto, que son pocas, actúa con tanta normalidad que me sabe mal asustarlo con esto. No se, no quiero que se preocupe. En nada va a nacer Roberta y lo que menos quiero es que recaiga en un estado peor que en el que se encuentra.

- Vamos a ver. ¿Él no se ha dado cuenta de nada? - me dice quitándose los guantes.

- Pues si. Se nota más cansado de lo normal, pero lo asocia a que no lleva casi nada de tiempo en casa y ya esta. Ni siquiera se dio cuenta de que faltan las dos lámparas grandes del comedor y que las plantas que teníamos en nuestro cuarto han desaparecido.

Ivonne me ayuda a levantarme de esa puñetera silla y me visto en un momento.

- Bueno, pásate dentro de un par de días y terminamos con la revisión. Ahora estas demasiado alterada para seguir.

- Vale. Te llamo en un par de días y concretamos - le digo con una sonrisa rota. 

Salgo de la consulta cabizbaja, muerta de la vergüenza. Cuando llego a casa, Marcus está dormido en el sofá, desnudo. Esta abrazado a un peluche de un koala, uno que me regalo mi madre para la niña. Intento quitárselo realmente enfadada y este me gruñe, como un animal.

- Hija mía, este es tú padre - digo en voz alta acariciándome la barriga. Marcus me mira y agarra con más fuerza a su nueva "pareja".

California Dreaming: Orangután penoso y sin escrúpulos.

  - ¿Piensas espiarme toda la mañana bajo las sábanas reina? - me dice la muy capulla frotándose las tetas con crema delante mía, sentada en una silla de tela negra. La muy cerda me esta dando el espectáculo del siglo y yo aquí más caliente que ninguna.

- Si chiquilla. Es que no hay nada mejor que hacer por las mañanas. Pero en seguida termino de acecharte como un ruin voyeur - le digo con una sonrisa lasciva que ella no puede ver.

Termina de ponerse crema por todo ese pequeño cuerpo y se calza una bata azul marino de seda. Se cepilla el pelo y se lo recoge en un moño enmarañado, aún con el pelo mojado. Sale del cuarto y cierra la puerta tras ella. Me levanto de la cama de un salto y mi cabeza me hace trizas, pero aún más el ardor que consume mi estómago. Necesito cafeína, mucha cafeína. Pero el café me sienta como una patada en el culo, me pongo imperativa y actúo de forma agresiva. Rebusco en mi bolso como una loca perdida y cojo un piti que me meto en la boca rápidamente. Lo enciendo y en bolas me lo fumo, sentada en el borde de esa cama desordenada, que aún huelo a sexo. Cuando recupero la calma, busco mi ropa por el cuarto, pero no la encuentro en ninguna parte. Cojo una camiseta de manga corta, ancha y larga, que esta sobre el escritorio y me la pongo, no pretendo salir desnuda en busca de respuestas, aunque no lleve bragas. Respiro tranquila y me preparo para dar la cara ante los padres de la chiquilla. Abro las ventanas de la habitación para ventilar un poco la humareda que se ha formado por el cigarro y me dirijo, desorientada, hasta el olor del rico café mañanero.

- Hola - digo muda al ver a la cría sentada en una silla de la cocina, dándole un potito a un bebé. Tiene un hermano de anuncio.

- Por fin te has levantado. Pensaba que jamás moverías tú culo de mi cama. ¿Quieres café? - me dice levantándose y dirigiéndose a la cafetera, que esta haciendo ese ruido tan molesto, que quiere decir que ya esta listo para pasar por mi gaznate. Ese desgarrador chillido me deja sorda por unos momentos, e incluso me siento más perturbada que al despertar.

- Vale, gracias. ¿Tienes galletas o algo del estilo?. Tengo tanta hambre que me comería hasta un caballo o quizás un buey, y eso que soy vegetariana.

- Claro - me dice pasándome unas galletas de cereales sin azúcar y una bolsa con magdalenas industriales. Me zampo seis galletas de golpe y cojo un par de magdalenas. Le doy un sorbo diminuto al café y resoplo cansada - Están buenas las dichosas - le digo señalándole las galletas. Ella me sonríe - Bueno... ¿me aclaras un par de cosillas? - le digo mirando fijamente a ese bebe que solo hace que babear sonriente.

- ¿Cómo qué? - me dice cogiendo a su hermano y poniéndoselo sobre las rodillas.

- ¿Que edad tienes ricura? - le digo poniéndole unos ojos melosos.

- 26, ¿por que lo preguntas? - me dice confusa.

- ¿En serio?. No me lo puedo creer. No sabes el peso que me has quitado de encima. Pensaba que me había tirado a una chavalita de 14 años - digo riendo a carcajadas.

- No ha pasado nada entre nosotras. Yo no soy lesbiana - dice mirándome incrédula.

- ¡Ey tranqui, que yo tampoco!. He tenido un par de affaires con algunas tías, pero nada más serio, me van más los tíos, que se le va a hacer. Me parecen más sencillos a la hora de tomar el pelo, pues ven dos tetas, aunque yo tenga pocas, y se vuelven locos. Pero no se, lo he supuesto automáticamente. Yo desnuda y en tú cama, pues blanco y en botella, ¿no? - se queda callada incómodamente y yo sigo desayunando con tranquilidad. Que se le va a hacer, es una simple confusión inocente. Pero aún así, ¿por que estoy en su casa y quien es ella?.

Golpean la puerta, con aire de destrucción. La chavala, ya no tan chavala, pues es mayor que yo, agarra al crío con fuerza. La máquina de babas comienza a berrear de lo lindo.

- Abre la puerta zorra. ¡Se que estas ahí! - grita el sinvergüenza que rompe la calma de mi desayuno. Esta corre a la habitación y deja al niño en ella. Su llanto queda amortiguado tras las paredes. Ya en la cocina coge un cuchillo enorme y respira, apoyándose sobre la encimera. Deja caer su cabeza entre sus hombros y parece que se vaya a derrumbar en cualquier momento.

- ¿Pero que coño haces? - le digo susurrando. Se gira hacía mí, hecha un mar de lágrimas - ¿Que cojones pasa aquí? - le pregunto alterada.

- Es Billy, mi exmarido - me dice agarrándose a la camiseta que llevo puesta. Billy sigue aporreando la puerta con violencia y soltando improperios desde la A a la Z.

- Tranquila. Suelta ese cuchillo antes de que te hagas daño. Venga, respira reina - le digo calmándola. Ella deja caer el cuchillo al suelo y rompe a llorar con más fuerza. La sostengo sobre mis brazos durante un momento, hasta que consigue enderezarse y deja de llorar.

- No puedo más Adara, si sigue así no se que voy a hacer. No me deja en paz nunca. Me persigue cuando salgo del trabajo o cuando voy a por mi nene a la guardería. Esta en todas partes acosándome. Incluso lo he visto rondando cerca de la casa de mis padres. No puedo seguir viendo así. Tengo miedo. Le tengo mucho miedo.

La suelto y me voy encarada hacía la puerta, que parece que va a caer en cualquier momento de tanto absurdo leñazo.

- ¿Que diablos quieres cabronazo? - le digo al jodido Billy. El tipo es un cuarentón, canoso y bajito, que no tiene ni media ostia.

- ¿Tú quien eres? - me dice agresivo.

- Soy la actual pareja de tú ex.

- ¿Pe... pe-pero? - me dice tartamudeando mosqueado.

- ¿Pe - pe- pero? - me burlo de él - Pues lo que has oído inútil. Tú ex es mi chocho ahora, así que ya puedes irte por donde has venido, pues no pintas nada en esta escena. ¿Me has entendido? - le digo a grito pelao'.

- Cristine, sal fuera y explícame esto. Cristine, ¿me has oído?. ¡Sal inmediatamente! - le ordena.

Cristine, que así se llama la tipa, sale cabizbaja de la cocina y se pone a mi lado, callada.

- ¿Pero que circo es este? - le pregunta levantándole la mano.

- ¡Cabronazo! - suelto yo - Ni se te ocurra levantarle la mano a mi chica.

- No pasa nada Adara, déjame un momento a solas con él. Debemos de hablar - me mira con una tristeza que me turba completamente.

- Vale cielo, pero estoy aquí mismo si me necesitas - le digo con una sonrisa mustia.

- Eso tía, vete de una vez por todas. Que tu eres la que no pinta nada en este asunto.

Escucho a ese cabronazo gritarle como un poseso. Le esta diciendo de todo y no le deja soltar palabra a ella. Que si cosas del crío, cosas sobre la casa, sobre mí, etc. Me pongo nerviosa. Esto es inaceptable. Vuelvo a la puerta y le arreo un morreo a Cristine, delante de las narices del agilipollado exmarido pedante. Disfruto de este beso rebelde, hundiéndole mi lengua en su garganta.

- ¿Pero quien te crees que eres?. Deja a mi mujer - me dice golpeándome un brazo. Me pongo delante de Cristine, cubriéndola, y le atizo una patada en los huevos al subnormal este. Al momento, cae al suelo, como una cucaracha, y comienza a gemir de dolor.

- Dos mujeres no pueden criar a una niño. ¡Saldrá maricón Cristine! - brama dolorido en el suelo. Lo que faltaba, como si ese tipo pudiera educar a alguien. Puto engreído.

- Anda, vete con tus prejuicios a otra parte. ¡Cacho orangután! – le espeto en su fea cara, le atizo otra patada, ya con ventaja, y cierro la puerta pegando un fuerte golpe.

Cristine se queda inmóvil detrás mía. Llora en silencio. La pobre esta rota.  

- Tranquila guapa. En esta vida he tratado con más de un indeseable como este, ahora berreará un rato más, se cansará y se pirará, pues sabe que no tiene nada que hacer por aquí.

- Pero volverá... y ahora que le has hecho creer que eres mi novia estará más cabreado que nunca, y volverá con el bate de béisbol dispuesto a machacarte los sesos - dice cayéndose al suelo como un viejo trapo. Me agacho y la abrazo.

- Esto ya se le ha ido de las manos. Tienes que denunciarlo - le digo acariciándole la cabeza - Ahora cuando consigas calmarte salimos juntas y vamos directas a la comisaría.

Hunde su cabeza sobre mi pecho y llora. Oímos como el puto mafioso de pacotilla se pira, maldiciéndome como un niño enfadado. Ayudo a Cristine a levantarse del suelo y vamos a la habitación, donde esta el niño aún llorando. El pobre esta rojo como un tomate, de tanto lloriquear. Cristine lo coje con fuerza entre sus brazos y lo mece con delicadeza, hasta dejarlo dormido. Le da un suave beso y lo tumba de nuevo en la cuna. Se sienta en la cama en silencio y mira al chiquillo con tanto amor, que abrasa.

- ¿Cuantos años tiene el pequeño? - le digo, sentándome a su lado, en voz baja.

- Uno - me dice mirándose las manos. Esta temblando aún la pobre.

- Es un niño adorable - le digo con una sonrisa dulce y le cojo de la mano - Y este crío se merece que su madre este feliz y sea libre de su penoso exmarido.

- Lo sé - dice sin apartar la mirada del chiquitín - Lo sé Adara.


20.10.11

El peso de la historia (sobre las espaldas más débiles)


- Woof, woof, woof… ¿Pero que te ocurre?. ¿A caso me escuchas cuando te hablo?.  Woof, woof, woof. Estoy harta de ser invisible cuando tú lo deseas y luego ser utilizada cuando se te antoja. ¿Es que solo sirvo para traerte las zapatillas cuando vuelves del trabajo cansado?, ¿o para darte cariño cuando te sientes triste y confuso?. Ya me he dado cuenta de que solo soy un trofeo para ti, que te gusta pasear de vez en cuando por la calle y presumir delante de tus amigos. Pero luego las tornas cambian al llegar a casa, y solo soy sometida a burla y desprecio. ¿Pero qué te crees que soy?.

- Deja de ladrarme, ¿quieres?. ¡Me estas volviendo loco con tus sandeces!.

                                                                      Fuente: Catherine Collart.


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                                                                  Fuente: Carina Gisermann.

Señoras, cubran sus vergüenzas con sus largos y bellos cabellos. Formen la cárcel en la que desarrollaran sus vidas. Ustedes no pueden salir como se les guste a las calles, corren un peligro tremendo. ¿Es que no se dan cuenta?. Son presa fácil de las miradas de los hombres. Ustedes deben de cubrirse por una simple razón: su cuerpo no les pertenece, les pertenece a ellos. Así que hagan el favor de ser discretas, educadas y pueriles. Esta sociedad sabe lo que quiere, y cuando quiere perras educa perras, cuando quiere madres educa madres, también niñas, suegras, hermanas, primas, tías, amigas, ancianas, en fin, todo tipo de mujeres. No reaccionen ante ello, sean moldeadas por el bien común. No decidan como actuar, sentir o ser. Su comportamiento estará condicionado desde su nacimiento. Sigan su rol de género impuesto. Señoras, sean como digan ellos y por favor, sin objeciones. ¡Así que hagan el favor de cubrirse ya!... por favor.

                                                             Fuente: Carina Gisermann.

12.10.11

El día que nunca llego


- ¿Quien es esa mujer? - le digo a Rocío señalando a una mujer vestida de verde pistacho que se toma una ginebra a las diez de la mañana, y mira con cierta desesperación hacía la entrada de la cafetería. Me quedo con los ojos clavados en su pequeña espalda y siento, que mi mirada es tan fuerte, que le puedo hacer daño de lo débil que me parece la mujer.

- Es Teresa. Es una cliente muy fiel del establecimiento - me dice abriendo el lavavajillas. Me pasa la pila de platos blancos limpios y yo comienzo a secarlos, uno a uno, y a organizarlos en los armarios que tenemos detrás de la barra plateada.

- ¿Por que tiene esa mirada?, ¿le ocurre algo a la señora? - la miro con preocupación. Me parece que esta llorando.

- Es una larga historia. Hace seis años Teresa conoció a un hombre en esa misma mesa. Un hombre que la dejo completamente prendada. Sonia, la pitonisa que tiene su puesto en el parque Alegre, le predijo que iba a conocer al hombre de sus sueños en la cafetería "Villa Rica", justo con la primera nevada del año.
 
- ¿Cual parque? - le digo con cara de desorientación. Jamás reconozco los sitios que me cuentan, aunque haya estado en ellos.

- Ya sabes cual... el de tan mala reputación. Donde encuentras a la mitad de maridos de las mujeres de este pueblo - me dice con una cara de desaprobación – Eso a mi jamás me pasará – me dice confiada.

- ¡Ah!. Vale, vale... perdona, sigue - le digo sin saber de cual me habla aún. Termino de ordenar todos los platos y pongo a limpiar ahora las tazas. Ella ha comenzado a cortar jamón serrano y esta preparando los bocadillos de los almuerzos. 

- Vale. Pues cuando calló esa primera nevada, que fue asombrosa, pues nunca había caído tanta cantidad en tan poco tiempo, y no estábamos preparados para ello... acabaron cortándose casi todas las calles y fue imposible abrir la mayoría de comercios de la zona. Pero yo estaba aquí. Ya sabes, llueva, truene o nieve, siempre abro y, ese día le pude dar cobijo a todos aquellos que les había pillado esa furiosa nieve. Bueno... ¿por donde iba?.

- Por que esa señora - le digo señalándola - tenía que venir justo aquí cuando cayera la primera nevada - me mira con mala cara. Odia que le corten cuando habla, incluso cuando se pierde en sus historias, que le pasa muy a menudo, y te mira como pidiéndote ayuda o te pregunta directamente. 

- Si - dice refunfuñando entre dientes - pues Teresa vino corriendo hasta la cafetería, se había puesto sus mejores ropas y se había maquillado como una famosa del cine, estaba guapísima, si la hubieras visto, brillaba hermosa. Y vino tan alterada a contarme lo que le había predicho la pitonisa hacía un par de semanas, que acabo despeinándose toda entera. Sonia le dijo que conocería al hombre que compartiría el resto de su vida junto a ella, él que le daría los hijos que ella tanto deseaba, aunque parecía imposible, pues Teresa había sufrido hacía años dos abortos, y junto al que envejecería y sería feliz. Ella se sentó nerviosa, se bebió un vaso de agua y espero y espero durante horas. La nieve cada vez caía más fuerte y parecía que no tenía ningún fin. Entraron los habituales a la cafetería. Y Teresa comenzó a sentirse estafada hasta que de repente entro un forastero en la cafetería. Un hombre de unos cuarenta años, con el pelo corto y castaño. Unas primeras canas comenzaban a aflorar en su pelo, pero salvo por eso, se mantenía con una apariencia muy jovial. Tenía una barba rasa y oscura. Vestía normal, con vaqueros y un buen abrigo. Se dirigió a la barra y habló conmigo, me dijo que se le había averiado el coche, justo unos kilómetros atrás y que necesitaba hacer una llamada. Después de hablar unos minutos por teléfono se pidió una buena comida y la devoró en silencio. Luego le serví el café y se levantó de la barra, dirigiéndose directamente a la mesa de Teresa. Te lo digo yo, parecía como si una fuerza superior los hubiera predestinado a estar juntos y él fue como una abeja a una bonita flor. Oí la conversación con mínimo detalle. Él se sentó frente a ella y se presentó, su nombre era Steve, era americano, y le dijo que no le gustaba tomar el café solo y si no le importaba que se sentará junto a ella. Ella acepto feliz y su cara se iluminó por completo. Se dio cuenta al instante que ese era el hombre, en especial, su hombre. Hablaron poco, pues su nivel de castellano era muy básico, pero consiguió robarle el corazón con simples palabras. Cuando dejo de nevar él se marcho, se despidió de ella con un suave beso en la mejilla y una encantadora sonrisa y le dijo donde pasaría la noche. Justo en la pensión de Roberta, la que estaba enfrente de mí cafetería. Teresa vino corriendo a hablar conmigo, no sabía que hacer y yo fui toda orejas y la ayude, como buena amiga. Al final ella se armo de valor y fue a verlo a la pensión. Pero se ve que cuando llego él ya se había marchado. Una mujer había venido a por él, según Roberta era su esposa quien lo había recogido. Se dijeron muchas cosas sobre lo ocurrido pero nunca se volvió a saber de él. Ya han pasado seis años desde que se conocieron y Teresa sigue sentándose en esa mesa a esperar a que regrese con ella.

- ¡Dios mío es horrible!. ¿Por que nadie le dice la verdad y que haga su vida la pobre señora?. No existen probabilidades de que vuelva a este pueblo perdido ese hombre.

- Tú que sabes chiquilla. Como tú viniste hasta aquí él también puede venir. No le robes la ilusión de vivir a Teresa y no la molestes - me dice regañándome. Vieja harpía, a ti te viene de maravilla que venga a beber todos los días a tú estúpida cafetería. Molesta me quedó en la barra, sin hacer nada. Justo Teresa levanta la mano y me llama. Me acerco hasta ella sintiéndome culpable, por saber que estábamos hablando de ella tras sus espaldas.

- Bueno días, ¿que desea? - le pregunto con una voz triste.

- Quería otra copa. Y dile a tú jefa que no gorronee con la ginebra, que ya llevo dos copas y sabían demasiado a agua.

- Claro. Yo misma se la preparó - le digo recogiendo su vaso vacío. De repente, me agarra con fuerza y me clava la mirada fría.

- Oye, tú eres nueva por aquí, ¿verdad?.

- Si, llevo dos semanas trabajando en la cafetería y un mes viviendo en el pueblo - le digo intentando soltarme del nudo que ha formado con sus manos y mi muñeca.

- ¿Y conoces a Steve? - me mira con lágrimas en los ojos. Parece que nieve en su mirada.

- No, lo siento – le digo bajando la cabeza.

- Sabes, pronto volverá. Debe de estar en un viaje de negocios o algo. Pero pronto regresará - me mira como suplicándole que le mienta, que le siga esa enorme farsa.

- Tienes razón Teresa. Algún día llegará. Seguro que pronto - siento como vomito esas mentiras con un dolor que me desgarra viva. Teresa me sonríe y de golpe se queda mirando la puerta de la cafetería, sin perder ni un solo detalle de lo que podría llegar o jamás lo hará.

4.10.11

Papel Soldado

- ¿Y por qué no “Papel Mojado”? – me pregunta la reportera apuntándome con el micrófono a la cara con decisión. Él cámara nos apunta con un precario primer plano que va desde nuestra cintura hacía arriba. Estamos enfrente de uno de mis últimos trabajos.

- “¿Y por qué no “Papel Mojado”?” – repito con mofa.

- ¿Cómo dice? – me pregunta incrédula. Venga sanguijuela no me vengas de Santa ahora, esto te va a venir de perlas para tú revistilla sin importancia. ¿No me digas que no me has preguntado esto para hacerme explotar?. Una pregunta como esa merece una contestación igual o superior. Ya me imagino el titular “Demente pintora agrede verbalmente a una reportera de la prensa local”. Como apesta esto.

- ¿Y por qué no Papel húmedo, calado, empapado, chorreante, inundado, rociado, acuoso, bañado, chapoteado, regado, aguado, duchado, salpicado, embebido, impregnado, viscoso, gelatinoso e incluso, sudado?- le contesto ya cabreada con un sin fin de sinónimos que han aparecido en mi mente desordenados – Es Papel Soldado, solamente se llama así la obra y punto. ¿Acaso yo le digo como hacer su trabajo?, ¿qué titular ha de poner en sus artículos?, ¿a quién debe de entrevistar?. ¡Pues no!. En lugar de hacerme preguntas banales y estúpidas por que no me pregunta lo verdaderamente importante, ¿qué es lo que me inspiró para hacer esta obra?, ¿cuánto tiempo dediqué a ella?, ¿cuál va ser mi próximo trabajo?, ¿seguirá la misma línea en sus futuras obras?. ¿Tan difícil es hacer las preguntas correctas y obtener las respuestas que tus editores deben de estar esperando?. Una pregunta que a lo mejor es un poco inoportuna y difícil para ti, ¿te pagan por ser tan sumamente imbécil? – digo totalmente aliviada. Me he quitado un enorme peso de encima.

Después de un silencio incómodo me marcho y la dejo allí parada con cara de perro desvalido, siento que me mira con unos ojos llenos de odio, como si le hubiera pegado una paliza o le hubiera hundido hasta las profundidades de un abismo sin sentido. Todo lo contrario, la que se siente atacada soy yo, por semejante cronista gilipollas que me ha tocado para una entrevista que debía de ser un total éxito y dar la necesaria publicidad de mi trabajo, ahora solo tengo dos minutos de amarga crueldad. Él cámara la consuela, mientras mira las imágenes que acaba de grabar, hasta el último segundo, de esa increíble y peculiar entrevista. La periodista rompe a llorar en cuanto me ve lejos de ella. ¿Quizás he sido más dura de lo que pienso o solo me siento culpable por verla llorar?. No soporto que la gente lloré, me  hace sentir una empatía extraña, no propia de mí, que me aturde y me confunde.  

Esa fue mi última entrevista en tres años y medio, pero en ese momento no lo sabía y ni si quiera me importaba, lo único que quería hacer era salir de esa galería de arte en cuanto antes mejor. Me despido de Suzanne, la directora de la galería y mi adorada hermana, y me marcho rápidamente para no toparme con nadie más, aunque han asistido algunas de las personas que más verdadera ilusión me hacía ver en esa noche, no tengo ganas de cordiales despedidas y recuerdos a todo el mundo. Para mí la noche ya ha acabado.

Fuera, en una oscura penumbra, cojo mi bicicleta roja, que estaba atada a un escuálido árbol, y cruzo un par de calles hasta encontrarme con un carril bici que me lleva directamente a casa, en una interminable línea recta de hora y media. Me encanta ir en bicicleta por la noche, apenas te cruzas con peatones que andan pensando en las nubes y se ponen a caminar de forma ralentizada sobre el carril o esos/as asesinos/as en potencia que son los/as conductores/as de los coches. ¡Me enferman!. Si no es por mi constante ojo avizor y los buenos frenos de mi querida Loretta, hubiera muerto más de…. no se ni siquiera cuantas veces… pero ya son demasiadas. Además luego siempre tienes que soportar los comentarios de “por aquí no se puede pasar, va demasiado rápida, tenga cuidado hay niños…”. Mira, no les digo por donde me paso yo sus palabras sin vergüenza alguna.

Pero esta noche es distinta, la calle esta repleta y no es fin de semana y ni tampoco ocurre nada en especial (no hay fútbol ni ningún evento alguno a destacar). Hay un gentío molesto por todas partes. Una pareja camina a paso de tortuga, parándose cada dos segundos para besarse y decirse gilipolleces al oído, luego un viejo verde va alucinado mirándoles las piernas a las adolescentes que salen de sus casas ya ebrias, además de lanzarme una mirada de odio cuando me toca esquivarle, y claramente todo esto sobre el violado carril bici (así se debe de sentir con tanta zapatilla desgastándolo en lugar del neumático que desea).

Pedaleo a toda velocidad, sin importarme ya nada. El viento atiza mi cara, muy frío. La noche esta más bella en otoño, me embriaga el aroma de las últimas flores del verano. Es un como un ciclo hermoso, después de la magnificencia de las flores viene su muerte, y los cadáveres son arrastrados por el viento. Cierro los ojos y pedaleo, olvidando todo el ruido que hay a mi alrededor, e intento concéntrame en el sonido que producen las hojas secas al ser chafadas por las ruedas de mi bicicleta. Me parece macabro. Al abrir los ojos veo a una chica que camina rápida por mi diminuto carril. Camina sin mirar hacía delante, tiene clavada la mirada en sus cordones roídos.

- ¡Aparta subnormal! – grito ya de los nervios. La tía se queda quieta asustada y rompe a llorar en medio del carril - ¡Venga ya!. No me jodas. Más lágrimas por mi culpa - Salgo lo más rápido posible de esa situación que me la trae floja (si es que tuviera pene para usar esta expresión como es debido) y pedaleo sin mirar atrás. Los sollozos de la cría se avivan como el fuego que relame un edificio viejo. ¿Pero por que me pasa esto a mí?. Doy media vuelta arrepentida y me acerco a la niñata - ¿Qué te pasa?. Mira lo siento, hoy no ha sido mi noche. Primero no ha salido como esperaba la presentación de mis nuevos cuadros. El traductor ha llegado tarde y la mitad de la conferencia no la hemos podido dar por falta de tiempo. Luego el catering era penoso, además, estaba tan nerviosa que no he podido comer nada en todo el día. Después la reportera esa mierdosa me viene con esas preguntitas inoportunas que me han sacado de mis casillas y por último, cuando lo único que quiero hacer es irme a mi casa a descansar y olvidarme de este inacabable día, la gente no me deja avanzar ni por el jodido carril bici y ya he reventado contigo.

- Mi madre ha muerto esta mañana – me dice dejándome petrificada. La bici se me desequilibra y caigo con ella al suelo. Me ayuda a levantarme y nos apartamos del carril juntas. Ahora me siento realmente estúpida y despreciable. He gritado e insultado a una cría huérfana y le acabo de taladrar con mis problemas sin importancia para ella en estos momentos.

- Mira… no sabes cuanto lo siento. ¿Quieres venir a tomar algo?. Quizás te venga bien charrar de algo ahora.
- Vale, pero yo no quiero hablar de nada. En estos momentos prefiero oír la voz de cualquiera, menos la mía.

- Como quieras – le respondo.

Caminamos lentas, en silencio, hasta una de mis cafeterías preferidas. Yo me pido un café con leche y ella un vaso de agua. Le insito a que pruebe los creppes, ya que la cocina aún esta abierta, pero no tiene ni pizca de apetito. Sabes que, lo comprendo. Cuando murió Josefine (mi madrastra, pues a mi madre no la conocí), sentí como si una parte de mí se perdiera y no pudiera seguir hacía delante. Después de varios años de terapias y medicamentos, frustre todas mis emociones en el arte, y así es como nació lo que soy ahora, una pintora llena de amargura y con mucho talento.

- ¿Cómo te llamas? – le pregunto buscando su mirada esquiva.

- Itziar – me responde volviéndola a esconder bajo su largo flequillo - ¿Y tú? – me pregunta tímida.

- Llámame Lady Godiva – le digo sonriendo.

- ¿Esa no fue la mujer que paseo desnuda a caballo?.

- Exactamente.

- ¿Y tú también lo has hecho? – me pregunta con las mejillas sonrojadas.

- Esta en mi lista de tareas pendientes. Lo debo de hacer antes de cumplir los cuarenta – sorbo un poco de café – Mira, yo no puedo resistirlo más. Voy a pedir un par de creppes y los compartimos. ¿Chocolate? – le pregunto levantando la mano para que me vea la camarera.

- Vale – dice encogiéndose de hombros. Pido mis dos creppes favoritos: chocolate con nueces y mermelada de naranja amarga con frutas del bosque. Deliciosos.

- Me vuelven loca la presentación de los postres – le digo sinceramente – En mi casa solo tengo libros de cocina, en especial, de postres. Y solo los tengo por las fotografías. Jamás cocino nada que me tenga más de cinco minutos ocupada. Yo soy de sacar, calentar y masticar – Ella se queda muda, mirando el plato de creppes con asco – En el fondo adoro la cocina. Pero fue por culpa de mi padre. El hombre tuvo un ataque que lo dejo vegetal, así de repente. Y cuando fue recuperando sus capacidades se dedicó a cocinar en casa. Lo que más me gustaba era verlo preparándose. Se limpiaba las manos, se colocaba los guantes, se ajustaba el delantal y se ponía una redecilla en el pelo, de esas de comedor de colegio. Incluso se colocaba una mascarilla sobre la boca. Mi padre había sido cirujano, por eso tanta parafernalia, pues se creía que estaba interviniendo en alguna operación de vida o muerte, incluso en un parto. Me servía en la mesa diciéndome “Han sido tres kilos y medio. El niño es sano y fuerte. La madre está descansando” refiriéndose a un pollo asado o “Lo sentimos, no hemos podido hacer nada más. Puede pasar a despedirse si quiere” enseñándome algún plato con una salsa rojiza. Lo suyo es que cocinaba de fábula y las presentaciones de sus platos eran como de chef de primera. Cocinar con él era una aventura, a veces era la comadrona, otras la anestesista, una enfermera, otra cirujana, etc.

- Parece divertido tú padre – me dice con una triste sonrisa.

- Si, lo fue. Se suicidó hace tres otoños ya. En una de sus “intervenciones” se rajo las venas con un cuchillo. Me dijo que debía de darle su sangre a un niño pequeño. Si no hacía algo iba a morir. Así que enfrente mía se reventó las venas y puso sus brazos chorreantes de sangre sobre una patata cruda.

- ¿Y como conseguiste superarlo? – me pregunta desvalida.

- No lo superé. Es algo con lo que vivo y viviré. Las muertes no son cosas que se superan en horas, días, semanas, meses ni años. Los recuerdos te persiguen por cualquier parte. Hasta la mínima gilipollez te rompe en mil añicos. Desde un sonido, una canción, un poema, una estación, hasta una jodida hortaliza con la que puedes tener hasta pesadillas. Lo único que puedes intentar hacer es vivir, sin olvidar, pero seguir viviendo. Levantarte de la cama y seguir.  

- ¿Por qué?. Mi vida ya no tiene sentido.

- Te equivocas con eso. Tú vida tiene el sentido que tú le das y si no te gusta ese camino es hora de que cojas otro rumbo. Eres libre de hacer lo que desees. ¿Qué es lo que más te gustaría hacer en este momento? – le pregunto ilusionada.

- Quiero ir a la playa y zambullirme desnuda en el negro mar, quiero saltar y gritar, quiero correr por la calle, golpear a alguien, quiero insultar a los pájaros y mirar con desprecio a las nubes, hacer pompas de jabón, robar un coche, trepar un árbol…

- Todo está en tus manos.

1.10.11

Reach out and touch faith

Más vale tarde que nunca... espero que os guste la tercera parte, y final, de esta entrañable familia. ¡Va por ti petita!

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Irvine y yo hemos vuelto - me digo en voz alta frente al espejo, sin poder creérmelo del todo. Y realmente no creo que este conmigo por que esa simple camarera lo haya rechazado, si no porque he sabido utilizar mis armas de mujer. Una a una, como si de un precioso regalo se trataran, con delicadeza y esmero, he ido utilizando cada una de mis fabulosas habilidades. Si, y lo conseguí, lo engatusé, lo atrapé y lo seduje, y ahora es total y completamente mío. Termino de ponerme el maquillaje y sonrió feliz, verdaderamente feliz. Ahora estoy completa, no necesito nada más. Aunque todos piensen que esto es una mentira, una fachada para salvaguardar nuestra alta reputación, es totalmente cierto. Nos queremos. Irvine ha vuelto a mi lado y es el momento de que vivamos otra luna de miel juntos. Incluso estoy pensando en que deberíamos renovar nuestros votos matrimoniales. Pero poco a poco, que él es muy suyo y ahora tengo que mimarlo más que nunca. Salgo del baño desnuda y comienzo a ponerme crema hidratante por todo mi cuerpo delante suya, él esta tumbado en la cama, absorto, con la mirada fija en las cortinas doradas de nuestra habitación.

- ¿Qué te ocurre querido? - le digo mientras me extiendo la crema sensualmente. Este truco no puede fallar, seguro.

- Que has conseguido quitarme el apetito en este mismo instante, con tú nauseabundo espectáculo cremoso-mañanero. ¡Patético! - me dice cruelmente. Yo se que no lo hace con mala intención, es su carácter, fuerte y destructor. Pero me quiere, y además, adoro su faceta de intelectual amargado - Así que si me haces el favor de "repararte" en otra parte, me harás jodídamente feliz. Estúpida foca - susurra enojado.

No le hago caso y sigo aplicándome todas mis lociones frente a él y, una vez están bien absorbidas, camino inocentemente hasta la cama y me tumbo a su lado. Ni siquiera me mira, pero yo le giro la cara y le beso. Él se deja hacer. Se queda quieto, como un muerto y yo le beso como una loca enamorada. Siento como un calor profundo se apodera de todo mi cuerpo y me subo sobre él, lista para la acción. Él me aparta violentamente y me espeta a la cara - ¡Pero tú quien coño te has creído que eres vieja simplona!. No soy un muñeco hinchable que puedas usar a tú antojo - me dice rompiendo a llorar. Creo que es la primera vez que lo veo llorar, ni cuando murió su madre y su hermano, en aquel  accidente de moto tan atroz. Parece un niño grande dolido, verdaderamente dolido. Se comporta como si le hubieran arrebatado una golosina o lo hubieran castigado sin poder jugar con la videoconsola en varios meses. 
 
Me levanto de la cama rápida, me pongo una bata de seda y lo abrazo con cariño. Le acaricio la cabeza, pasando mis dedos por su corto pelo canoso y le susurro al oído - Todo va a ir bien cariño. Todo pasó, ya estamos juntos, como debía de ser desde el principio. Lo eres todo para mí, como yo lo soy todo para ti querido. Te amo con locura amor mío - Él comienza a llorar más, ahogado en un llanto espantoso, que no se puede describir con palabras. 

Yo ya no soy yo. Ya no me siento como era yo. Ahora soy un extraño. Un funesto perdedor. Un cabizbajo gilipollas que ha vuelto a su casa, con su alelada ex-esposa. Ya no soy es envidiable Don Juan que se camelaba a todas. No, ya no soy ese cretino mordaz, solo soy un simple vegetal, un Don nadie sin importancia, uno más del montón, como mi absurda Danielle. Apesta, esta situación apesta a kilómetros, y ahora uno no sabe ni por donde empezar para cambiar este mogollón de estiércol que lo hunde como a la plebe ordinaria y vulgar. ¡Puta Carmen!. Al menos ya no esta con ese palurdo cachitas que tenía como novio, pero la muy guarra cambia de novio como de bragas, porque ahora lo veo siempre con un pseudo intelectual, con sus inseparables gafas de pasta, que le recita poemas de Virgilio y le lee odas de Ovidio y Horacio. Puto cerdo acabado, que blasfema a Catulo con sus incoherencias. Da asco escuchar lo que su insoportable bocaza suelta. Imperdonable.
 
- Lo siento Lord, pero ya no podemos estar juntos. A vuelto el hombre a casa y debo de cumplir con mis obligaciones de fiel esposa. Te he cogido mucho cariño pero Irvine no te soporta. Dice que haces un ruido espantoso cuando comes y que me miras cuando me cambio de ropa. Creo que tiene celos hasta de un roedor. ¡Mira que esta mal el pobrecito!. Lo siento, pero será mejor que ya no vivas con nosotros. Ahora eres libre. ¡Imagínate todo lo que puedes hacer en esta gran ciudad!. Serás como el ratoncito de esa película, ¿como se llamaba?. ¡Ah sí! Stuart Little... quizás también conduzcas un coche como él. Te quiero bichito - le suelto un enorme discurso intentando quitarme la sucia culpa que me corroe por dejarlo tirado en la calle.

 Cae una lluvia a mares y el tinte rosado de Lord forma un charco de un color sanguinolento en la calzada. No miro atrás. El roedor se queda perplejo, o eso pienso yo, pues he notado en sus ojos una mirada de sorpresa y odio. Jamás me perdonaré por ello.

- ¿Qué tal te ha ido la entrevista que tenías hoy? - me pregunta Trixie nada más entrar en casa, levantando la vista de la montaña de papeles y manuales con los que esta lidiando día y noche. Cierro la puerta con cuidado y dejo caer mi cuerpo, como un peso muerto, sobre el sofá. Tiro el aliento en un suspiro largo, lleno de un cansancio extremo.


- Bien... me han cogido. Comienzo este miércoles a las nueve de la mañana. Justo trabajaré en la librería donde mi padre presentó ese libro egocéntrico, cargado de sátira y desfachatez política, sexo burdo y nauseabundo y ese toque de inteligencia propia de él.

- Que presentó ¿su autobiografía? - me dice sonriendo. Ambas comenzamos a reírnos como locas, unas carcajadas potentes y sanas. Incluso se nos saltan las lágrimas de lo mucho que estamos riendo. Trixie se levanta de su cárcel estudiantil, conocida como escritorio y se tumba, aún más exhausta que yo, sobre mí. Nos quedamos quietas, mirándonos a los ojos. Por un instante se me cruza la idea de besarla. ¿Por qué tengo que pensar en ello?.

- Tengo sueño y tú eres una cómoda almohada. Así que... - me dice cerrando los ojos e ipso facto, durmiéndose. La miro dormida sobre mí, con la babilla mojando mi camisa blanca. Esta preciosa. Me quedo inmóvil, no quiero molestarla mientras duerme. Cierro los ojos y me quedo dormida junto a ella.

Desde que Lord no esta en casa Irvine tiene una actitud más amable conmigo, cosa que me sorprende. No lo había visto así en mi vida, quizás una vez... si, el primer día que lo conocí. Me trabajo a conciencia para que me cayera de rodillas, rápidamente, entre sus piernas. Era el primer pene que veía, a excepción del de mi hermano, y recuerdo que me asusto. Tan duro y erecto, pero a la vez me provoco cierta ternura. No se por que, pero me gusto que me obligará a lamerlo, agarrándome la cabeza como si fuera una naranja sobre un puntiagudo exprimidor. Me desinhibí como jamás lo había hecho. 

 Entro en CH, un tanto acalorada por mis divagaciones, y busco un vestido para la cena benéfica que tengo dentro de tres días. Yo soy la anfitriona, como de costumbre planee todo el evento. Tengo una vida social un tanto ocupada. Pero es que esta vez no he tenido ni tiempo para comprarme el vestido ni los tacones, con tanta atención sobre Irvine se me ha ido el santo al cielo. Han sido tantos cambios que no he tenido tiempo para mis cosas. ¡Ni siquiera tengo cita en la peluquería!. Maldita sea.

Sigo sintiéndome patético. ¿Quizás este maldito?. Yo no creo en esas chorradas mágicas, la santería o la brujería, o el frikie vudú, pero es que me he acostado con tantas hembras a lo largo de mi vida, que alguna debe de haberme usado de cobaya para sus experimentos, estoy completamente seguro. Hoy ni si quiera se me levantó cuando Danielle se lanzó sobre mí en busca de guerra, y yo quería darle lo suyo, llenarla de lo lindo con mi espeso esperma, pero no he sido capaz de tener una mísera erección, yo, quien se ha follado desde los chochos más tiernos de edad a los más maduros, en casa de extrema urgencia. No se que pasa conmigo, pero esta situación es desesperante.

Me despierto aliviada después de una siesta reparadora, que solo ha durado cinco minutos, y veo que Ámbar también se ha quedado frita. Se ve que ella hacía bien de almohada y yo de manta. Me quedó mirándola un momento y recuerdo como hace un par de semanas se retorcía de placer en su cama pensando que la lengua que perforaba su clítoris era la de su novio extremadamente gilipollas y no la de su enamorada amiga que vive con ella.

Me levanto con sumo cuidado, cojo la manta que hay en el otro sofá, la cubro y la dejo dormir tranquila. Tiene una expresión de lo más pacífica cuando duerme. Me encantaría meterme en su mente y ser parte de sus sueños. ¿Quizás, en su mente, podría decirlo lo que siento?.

Me traslado a la mesa donde dejé mi consciencia y me pongo a trabajar. Esto del proyecto de fin de master es más complejo de lo que me imaginaba. He perdido seis kilos desde que comencé, entre los nervios y el mal comer, me estoy quedando incluso más escuálida que Ámbar. Por suerte, ella no está preocupada por esto. Suena el móvil, es Marcos.

- Hola Marcos - susurro dirigiéndome a la cocina.

- Ey, ¿que pasa?, ¿por que hablas tan bajito?.

- Nada... ya puedo hablar normal - digo recuperando mi tono de voz - Es que Ámbar se ha quedado dormida en el sofá y no quería despertarla. Dime, ¿que quieres?.

- Estoy en el súper y quería saber si preferís vino blanco o tinto  para esta noche.

- Blanco - digo con sorpresa. No recordaba que habíamos quedado esta noche y menos para lo que habíamos quedado.

- Bien, pues nos vemos a las 21h entonces. ¿Queréis que lleve algo más? - me dice con una voz que se le escapa aguda por los nervios.

- No, no hace falta nada más – respondo seca.

- Bien, pues hasta... - le cuelgo antes de que termine y me cubro la cara con las palmas de las manos. Retengo un grito que se pierde en mi mente, aturdiéndome más de lo que estaba antes.

Salgo disparada al comedor y despierto, de forma agresiva, a la bella durmiente.

- ¡Ámbar, ha llamado Marcos! - le digo gritando mientras la sacudo violentamente.

- ¿Y que?, ¿que quería? - me dice bostezándome y dándose la vuelta en el sofá.

- Pues si traía vino blanco o tinto para esta noche.

Ámbar se levanta de golpe y escupe el grito que yo había escondido en mi garganta. La habitación retumba por segundos en un zumbido desgarrador.

- ¡No me jodas!. ¿Al final lo vamos a hacer?.

- Pues se ve que sí, después de dar más y más vueltas al tema decidimos que lo íbamos a hacer.

- Pero no puede ser... estábamos borrachas. Hay que echarse atrás.

- También dijimos que no era escusa, y que estaríamos borrachas hoy también.

- Así que hoy... es decir, esta noche... - se le atascan las palabras en la boca - vamos a hacer un trío.

- Sí, se ve que sí.

Nos quedamos calladas, mirando el televisor apagado. No me puedo creer que llegáramos a quedar en que lo haríamos. No me lo puedo creer.

- Quiero rejuvenecer. Lo quiero ser todo para Irvine. Así que esta son mis últimas intervenciones quirúrgicas - le digo a Jim, mi cirujano.

- Estas haciendo lo mejor Danielle. Los estragos de la edad empiezan a notarse en tú delicada piel. Y poco a poco Irvine dejará de tener el mismo interés en ti. Ya sabes, las jovencitas cada vez están con tipos más maduros - me dice seriamente. Que razón tiene -La edad transcurre de forma distinta entre hombres y mujeres. Vosotras estáis en vuestra plenitud a partir de los veinte hasta los treinta, treinta y cinco como mucho, eso las más afortunadas, y nosotros, somos irresistibles a partir de los cuarenta en adelante. Por eso, es recomendable en todas las mujeres, la cirugía estética.

- ¡Oh Doctor!. Quiero hacerme el kit completo. Empezando por la cara, botox y algo con la dichosa papada. Después quisiera ponerme una tallita más de sujetador, una lipo, subida de nalgas y con extrema urgencia mis rodillas, no me gustan, las odio, quisiera que fueran más como las de Nicole Kidman, ¿entiendes lo que te quiero decir?. ¡Ah! sobretodo, extermine a cada una de las arrugas que viven en mi piel. Y como guinda final, quisiera recomponerme el himen. ¿Que le parece? - le digo ilusionada. Supongo que el debe de estarlo más, pues me voy a dejar una millonada en la clínica, pero vale la pena y los resultados serán maravillosos.

- Perfecto. Le anoto el rostro para el lunes, lipo, pecho y nalgas para el miércoles y el viernes arreglamos esas rodillas de anciana - me dice señalándolas. Yo alargo mi falda ocultándolas - La reconstrucción de himen te la puedo hacer hoy mismo.

- Bien, quiero ser totalmente nueva.

- Vas a quedar como aquel esperado regalo debajo del árbol en navidad.

Esta tarde no he podido concentrarme en nada, después de Trixie me ha dicho lo del trío me he quedado, no se como me he quedado, pero no puedo creerme que vaya a ocurrir esta misma noche. No me lo puedo creer, es muy fuerte. Pero no se, todos lo habíamos acordado. Y que mejor que con mi mejor amiga y mi mejor amigo. No se, ya los he visto desnudos a los dos, están muy bien, pero... ¡no!.


- Trixie, ¿que haces? - le grito desde mi cuarto. Yazco sobre mi cama, como si no tuviera vida.


- ¿Pues que crees que estoy haciendo capulla?. Alguien tendrá que preparar la cena para esta noche - me dice estresada. Cierto, no había pensado en eso. Con tanto nervio se me ha quitado completamente el hambre.


- ¿Quieres que te ayude? - le digo con voz quejosa.


- No estaría mal que levantarás tu culito de esa cama blandita y me echaras una mano. ¡Al menos podrías fregar los platos de ayer por la noche que aún siguen en la pila, y no son míos!.


- Bien, ya voy... si insistes… - digo entre risas. Si no le quito un poco de hierro al asunto me va a dar algo. Me levanto de la cama y cojo un par de paracetamoles, me los trago sin agua y me desnudo frente al espejo. Me miro un rato, espiando cada rincón de mi cuerpo. Siempre que hago esto pierdo la noción del tiempo. Cuando miro el reloj son las 19h pasadas. ¡Mierda!. Miro en mi armario que ponerme y no se ni por donde empezar. ¿Una que se pone para un trío?. Puff... demasiado. Esto es demasiado. Cojo el vestido rojo que tanto le gusta a Trixie y lo dejo sobre la cama. Salgo pitando hacía la ducha y veo que Trixie se ha sumergido de nuevo en el estudio. Me doy una ducha larga, pues la necesito. Cuando salgo de la ducha, a hurtadillas, no quiero que Trixie me escuche, ya solo queda tres cuartos de hora para que llegue Marcos.


- ¿Y esa ayuda, viene en camino o se ha perdido en el baúl de las buenas intenciones? - me dice Trixie regañándome. Esta chica tiene el oído más agudo que he conocido en mi vida, a diferencia de mí, que a veces pienso que necesitaría un sonotone.


- Hem... si, si, ya voy - ya sabe que no saldré hasta que llegue Marcos. Me seco bien todo el cuerpo y me embadurno con crema corporal de coco. Me quedo tumbada sobre la cama, dejando que la crema penetre en cada uno de los poros de mi piel. Me levanto activa y enciendo la música. Desnuda bailo frente al espejo con un cigarro apagado. Me encanta fumar, pero no el mal sabor de boca que tengo después. Además, hoy no procede saber a cenicero. Trixie golpea la puerta. Me sobresalto y oculto mi cuerpo con vergüenza, bajo mis pequeñas manos.


- Ya ha llegado Marcos. Así que deja de bailotear en bolas frente al espejo y ven al comedor - me dice la muy zorra. Ni siquiera esta dentro del cuarto y ya sabe lo que estoy haciendo.


- Vale, salgo en un momento - le digo cesando mi baile.


Me visto con prisa. Me calzó unas sandalias de tacón y me maquillo un poco, bastante discreta. Salgo del cuarto con pasos ligeros. Oigo como Marcos y Trixie están riéndose de algo. Entro en el comedor. Marcos se ha puesto un pantalón de vestir azul marino y una camisa blanca. Lleva una corbata muy sencilla color lavanda. Trixie va igual que esta mañana. Sus adorados vaqueros desgastados y una camiseta de tirantes malva. Solo se ha soltado el pelo y se ha pintado los labios de rojo.


- ¡Madre mía Ámbar!. Estas guapísima - me dice Marcos.


- Gracias - le respondo vergonzosa. Me acerco hacía ellos y me siento en medio. El silencio acaba de destruir lo poco que me queda de valor para hacer el trío.


- Pongamos música –dice animado Marcos, rompiendo el frío hielo de la sala. Se levanta de un salto y se acerca a la mini cadena.

- Me encanta como te queda ese vestido. Estas preciosa Ámbar – me dice Trixie mirándome a los ojos.


- Tú si que estas guapa. Es envidiable que sin arreglarte nada estés siempre tan guapa – Trixie se sonroja y se levanta del sofá, dejándome sola. En este preciso momento el sofá me parece enorme, y siento que me hundo hasta el suelo.


- ¿Qué os parece si pongo a Depeche Mode? – pregunta Marcos cotilleando nuestros cds.


- Pon lo que quieras, a mi me da igual – responde Trixie mientras llena tres copas de vino blanco. Se acerca al sofá, me da una de las copas, deja la de Marcos en la mesa y bebe un sorbo de la suya – Muy bueno el vino Marcos.


- Me encanta como huele – digo yo olisqueándolo como un perrito. Siempre he querido hacer algún curso de enología.


- Brindemos – dice Marcos acercándose al sofá y sentándose entre nosotras – ¡Por vosotras! – dice con escurridizo énfasis.


- ¡Por los tres! – digo yo. Chocamos las copas y bebemos un largo sorbo, pero aún así se me hace interminable el tiempo bebiendo la copa. Apuramos hasta la última gota de los vasos.


- ¿Sirvo otra? – pregunta Trixie levantándose de un alterada.


- Sí, será lo mejor – respondo yo.


- Ahora me toca hacer el brindis a mí – dice Trixie caminando con las copas en la mano con dificultad. Las reparte y se sienta - ¡Por la amistad! – dice sonriendo.


Nos bebemos la botella de Marcos en diez minutos y sacamos otra que teníamos nosotras para alguna ocasión especial. Una de las botellas de gran reserva que cogí de mi casa antes de marcharme. Esas botellas valen su peso en oro. El alcohol nos suelta un poco y comenzamos a reírnos y abrazarnos más tranquilos. Suena Personal Jesus de fondo.


- ¡Bailemos! – grito yo emocionada – Adoro esta canción – Me levanto del sofá y comienzo a bailar delante de los dos. Ambos se quedan quietos mirándome, embobados. Me acerco a Marcos provocativa y le tiendo una mano. Se levanta y comienza a bailar conmigo muy pegados. Me abraza por la espalda. Le hago señas a Trixie de que se levante y ella se queda quieta, bebiéndose su copa. Una vez acaba la suya coge la de Marcos y acaba con lo que queda. Me acerco a ella y la agarro. Bailamos los tres juntos, sintiendo la música. Cierro los ojos y me muevo en un vaivén sin cese.


- ¡Reach out and touch faith! – cantamos todos al unísono. Comenzamos a reímos como locos y nos tiramos en el sofá. La música sigue sonando.


De golpe, Marcos me suelta un beso que me deja loca. Comenzamos a besarnos lentamente y poco a poco subimos el ritmo. Después pasa a Trixie. La besa con cariño. La situación es más excitante de lo que me imaginaba. Marcos nos junta a mí a Trixie y nos quedamos mirándonos. Tiene los ojos más bonitos que he visto en este mundo. Acercamos nuestras cabezas lentamente, teniendo a Marcos en medio de nosotras, la beso, me besa, nos besamos. Me encanta el sabor de sus labios. Marcos nos separa y me vuelve a besar. Yo miro de reojo a Trixie, que se queda quieta sin hacer nada. Marcos comienza a quitarse la corbata y a desabrocharse la camisa. Nosotras nos quedamos igual. Trixie se levanta y se va a la cocina.


- ¿A dónde vas?, ¿va todo bien? – le pregunta Marcos. 

- Sí, solo necesito un vaso de agua. Vuelvo enseguida – dice excusándose. Yo se que miente. Cuando miente las aletas de su nariz se mueven nerviosamente.

- Voy contigo – le digo yo – que también estoy seca. Marcos, espéranos aquí – le digo dándole un beso en la mejilla.


Entramos en la cocina en silencio. Trixie coge dos vasos y los llena de agua. Me pasa el vaso sin mirarme a la cara y bebe agua en silencio.


- ¿Qué ocurre? – le pregunto levantándole la cara y obligándole a mirarme los ojos.


 - Que no estoy segura de seguir adelante con esto.


- ¿Por qué?. Lo estamos pasando muy bien – le digo sonriéndole.


- Por que no quiero compartirte con otro – me dice. Me quedo helada. No se que decirle.


- ¡Chicas!, ¿vais a tardar mucho? – pregunta Marcos desde el comedor.


- No – responde Trixie bruscamente – Salimos ya, espera un momento – se sirve otro vaso de agua – Bueno, ¿no vas a decirme nada? – me pregunta con los ojos llorosos. El hecho es que sigo sin saber que decirle. La empotro contra la pila y la beso. Se le escurre el vaso de la mano y se hace mil añicos en el suelo. Nos besamos como locas. Me agarra la cabeza con fuerza y me sostiene entre sus brazos. Siento que me evaporó y floto.


- ¿Estáis bien?. He oído un ruido… - dice Marcos entrando en la cocina. Va completamente desnudo. Trixie y yo nos separamos y esta intenta rehuir pero yo la cojo de la mano.


- Si, solo es un vaso roto. Tranquilo.


- Ya, ya veo. Oye chicas… siento que sobro. Esto me parece más una fiesta de dos que una de tres… así que decirme la verdad, ¿vamos a follar o qué?.


- Creo que no – respondemos las dos a la vez - O al menos no contigo – nos reímos las dos.


- Bien, pues voy a vestirme. Ya quedamos otro día y la próxima vez que se nos ocurra algo como esto, descartamos la idea desde el principio.


- Me parece genial – le digo yo sinceramente – Creo que este entre amigos no funciona.


- Ya… pero entre amigas puede que sí.


- Quien sabe – dice Trixie.


Marcos se va a su casa. Trixie y yo recogemos la cocina, quitamos los cristales rotos del suelo, guardamos la cena que no ha sido comida y nos sentamos en el sofá a tomarnos la última copa de vino.


- ¿Quieres bailar? – le pregunto.


- Vale. No quiero ir a dormir aún.


Nos ponemos a bailar de nuevo. Y bailamos durante horas, el mismo cd, la misma canción atascada, en un abrazo interminable. No se que ocurrirá entre nosotras, pero jamás me había sentido tan bien.

- No puedo creer que nos haya dejado. Mi adorable hermana fue una excelente madre, una cariñosa esposa y una comprensiva amiga, y por ello le brindamos este acto, lleno de amor y tristeza. Nos duele el paso del tiempo, que nos arrastra poco a poco a la muerte, pero somos felices por los recuerdos y la vida compartida. Danielle, tú familia y tus amigas nunca te olvidaran. Te quiero hermana - lee Joline conteniendo las lágrimas. Esta mujer siempre muestra una serenidad asombrosa hasta en las situaciones más difíciles o extremas, como se nota que se dedica a la política. Ella era la hermana lista, la otra la colagenada.

Adoro los entierros, creo que en ellos puedes observar la verdadera cara de la gente que te rodea, además de que siempre hay sorpresas colosales en cada esquina, porque te encuentras un centenar de tías buenas que quieren ser consoladas por el dilema trágico de la muerte de sus mariditos, sus padres o hermanos o las amigas de las que están de entierro, pues sienten tal empatía que están destrozadas y tú debes de comportarte como un gentil caballero y ayudarlas en ese fatídico momento.

Yo fantaseo a veces con mi propio entierro. Primero la danza fúnebre que me llevará hasta la iglesia, por supuesto sonora My way de Frank Sinatra, allí me visualizo impoluto, en mi tumba de terciopelo rojo abierta. Leerán mis palabras que dejaré preparadas. Escribiré sobre mi carrera, mis libros, el dinero, mis mujeres hermosas y sobre mi rotundo éxito en esta amarga vida. Las mujeres peregrinaran, como lugar de culto, hasta mi mausoleo, y lloraran con el corazón en las manos, partido en mil añicos y todos se morirán de envidia, porque hasta muerto seré el número uno. Solo de pensarlo una sonrisa bobalicona inunda mi cara.

- Hola Irvine, ¿cómo estás? - me pregunta Joline educadamente. Esta haciendo la ruta de los familiares, como buena anfitriona que es de dicho evento.

- Hola Joline. Grandioso discurso - le digo irónicamente. Ella asiente agradecida - Estoy bien, no te preocupes por mí. Lo importante es, ¿cómo estás tú, preciosa? - le digo pasándole un pañuelo. Ella se seca las lágrimas contenidas y respira profundamente.

- Estoy bien Irvine, solo que aún me cuesta creerlo. Hace un par de días comíamos langosta juntas y hoy... - solloza en silencio.

- Se la comen los gusanos - le espeto a la cara.

- Exacto. Basta de andarnos por las ramas. Danielle a muerto - dice en voz alta, como para autoafirmarse de sus palabras – A muerto por su terrible obsesión con la belleza. Por querer ser quien no era - Unas finas lágrimas le arrastran el rimel por las mejillas. Cojo otro pañuelo y le limpio con delicadeza sus pálidas mejillas. Ella se sonroja - Gracias Irvine. Voy a ir al baño un momento para refrescarme y arreglarme el maquillaje. Aún queda mucho día por delante y mucha gente con la que tratar, y tengo que estar al nivel de estas circunstancias.

- Tranquila Joline. Yo me ocupo de ellos mientras tú te ausentas. No te preocupes.

- Eres un encanto Irvine. Gracias por todo.

Esta snob llorona mueve su culo hacía otro lado y yo me quedo meditabundo, observando a la gente.

Por fin veo a mi hija, junto a su amiguita Trixie. Van cogidas de la mano. Calladas y serias. Parece que no ha derramado ni una sola lágrima por su madre. Esta como ausente. La muy cabrona ni me mira, sabe que la estoy mirando, pero como si nada. En fin, lo que yo predije, esas dos están liadas, se ve a leguas lo que pasa entre ellas, pero a mi ni me va ni me viene, la rubia pasó de mí (y eso es imperdonable, pues cometió un gravísimo error) y la mía me pone enferma con sus gilipolleces de niñata. Pero la echo de menos… en el fondo es una buena cría. Pero no me necesita… y yo a ella… ¡tampoco!.

Prefiero trasladarme hasta los baños donde esta la dolida Joline, ya se las apañaran por aquí fuera este grupo de mentecatos sin alma.

- Knock Knock - le digo a Joline esperando en la puerta del baño.

- ¿Quien es? - me pregunta ella con la voz quebrada.

- Abre preciosa, soy Irvine.

- ¡Oh Irvine! - dice entre sollozos cuando abre la puerta. Entro al baño con ella - Tengo que ser fuerte y no llorar, tengo que guardar las apariencias y cuidar las formas. Tengo que saber estar en esta situación. No se que podrán... - le freno la verborrea incesante que paria por su pequeña boca con un beso y noto como todo su cuerpo se relaja y pierde el peso de esa fría tensión que se apoderaba de ella por segundos. No me rechaza, me besa apasionadamente, empotrándome con la pila verde musgo del baño. Siento compasión por ella. Además, esta tremenda con el maquillaje corrido y con esa carita de niña débil que necesita ayuda. Hare lo que desee, pues lo que desea es muy sencillo y es: a Mí, al único e inigualable Welsh. ¿Quien lo iba a decir?. Creo que se ha roto la maldición, pues ahora siento que puedo partir ese coño hermoso en dos.