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29.10.12

Hormiga plateada y el pájaro más negro

     Sólo puedo pensar en esos ojos negros. De su boca ni un hálito de esperanza. Revoloteaban las moscas sobre su cuerpo ya putrefacto y esos pájaros tan bellos y negros rompían las oscuras nubes con su danza mortuoria. Su cuerpo se veía menudo, en una postura de paz, pero a su vez de tortura. Blancos gusanos le salían por sus orejas puntiagudas y de su boca, una fila de hormigas plateadas bajo la luz de la incipiente y alejada luna. Yo sólo fui capaz de llorar confusa, de abrazar su delgado cuerpo y sentir sus huesos rotos en mis brazos, astillados y helados, completamente partidos, troceados y olvidados por sus músculos que yacían colgantes como pellejos sin piel. Luego limpie sus profundas heridas, removiendo un amasijo de carne sangrienta sin sentido alguno y no cese de besar sus labios fríos, con la demente y falsa ilusión de que alguno de esos besos fuera respondido o que me condujera lejos de ese lugar azotado por la mano de Dios, por su ira y rabia absoluta, sentirme apartada de esa imagen de destrucción y exterminio sin anhelo. Solo quería trasladarme a unos minutos atrás, donde los gritos no se tragaban el cielo.


El tsunami se lo llevo todo. Se llevo a mi familia. Se llevo mi hogar. Se llevo mi vida. Se llevo mi cordura arrastrada tras una ola de muerte, miseria y desesperación.

Cada vez que cierro los ojos revivo la misma imagen, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… una ola tan grande que mis ojos no podían vislumbrarla entera y tras ella una tumba de agua roja, donde todo lo que importaba quedo sumergido en un sepulcro salado y lleno de barro.

15.10.12

La verdadera historia de como pude sobrevivir a un rayo‏

      Reunión primera de Adam:


No se que hago metido en esta habitación con semejante panda de locos. Esto es absurdo. Yo no tengo ningún problema. Estoy bien. Solo tengo un poco de ansiedad, nada más. No soy como ese, ni como esa y menos como esa tipa de ahí. Pufff... es ridículo. ¿Por que le hice caso a Débora?. Ella tendría que estar aquí, no yo. 

- Hola, soy Roberto y padezco dextrofobia. Me aterran los objetos situados a la parte derecha de mi cuerpo - dice un hombre de unos cincuenta años de edad. Le falta el brazo derecho. A su derecha no hay nada. 

- Yo soy Nicola y tengo xanthofobia. Tengo fobia al color amarillo - dice una mujer que lleva gafas de sol muy oscuras, tan opacas que no se como puede ver en la sala. Viste completamente de negro.

- Buenas tardes, yo soy Rosa y padezco anatidaefobia. Tengo pánico a que un pato me este observando en cualquier momento - dice una chica pelirroja de piel pálida y veinte pocos años - Ya no puedo ir a los parques, cada vez que veo un estanque salgo corriendo - se cubre la cara con las manos y oculta sus lágrimas.

- Yo soy Valerie y tengo lupolipafobia. Este es el miedo a ser perseguida por un hombre-lobo alrededor de una mesa de cocina mientras ando en calcetines y el suelo está recién encerado. Me he deshecho de todas las mesas de mi casa por si a caso y me han despedido de mi trabajo en Ikea por mi absurdo comportamiento, según me dijo mi gerente.

Y así prosiguen las presentaciones de diez personas más, cada caso más raro que el anterior. La habitación esta perfectamente equipada para que cada persona pueda expresarse sin problemas. Sus miedos se encuentran lejos de ellas/os. No hay patos, ni objetos amarillos, las sillas de plástico tienen escritas el nombre de cada una/o para que se respecte el orden de asiento según las/os psicólogas/os, no hay objetos tecnológicos, ni mesas, ni pizarras, ni alfombras, ni persianas. Solo hay doce sillas y cuatro paredes blancas. No esta permitido vestir con estampados, llevar fotografías, no se puede llevar cordones en los zapatos ni tampoco usar cinturones (como en la cárcel), tampoco se puede comer en la sala productos de color verde, ni frutos secos (prohibidísimos los cacahuetes) y menos, beber agua embotellada. La lista es larga y las prohibiciones extrañas para cualquiera.

- Adam - dice el psicólogo levantado la cabeza - ¿Quieres contarnos tu historia? - coge su libreta y se prepara para anotar todo lo que diga. Parece un hombre afable, pero aún así no me fío.

- Bueno... supongo que sí. Aunque realmente no quiero hablar de esto.

- ¿Por qué estas aquí Adam?, ¿que es lo que buscas en este grupo?.

Me quedo mirando a la gente y siento que incluso me entran ganas de llorar. Tengo un sentimiento de perplejidad que no me deja respirar. No encuentro las respuestas a lo que me ocurre y esto me asusta, pues siempre he tenido respuestas para todo. Creo que voy a sufrir otro ataque de histeria. Respiro. Respiro. Respiro. Siento que me ahogo.

- Por Débora, mi hermana pequeña. Ella fue la que me dijo que viniera. Que buscará ayuda - digo sofocado. Comienzo a sudar.

- ¿Y tú crees que necesitas ayuda?, ¿crees que te podemos ayudar entre todos nosotros?.

- Sí... supongo que sí - miento. Esto no tiene solución. Mi problema no se puede controlar.

- Cuéntanos, ¿que es lo que te ocurre?. Por lo que he leído en tu informe realizado por la Doctora Verdugo padeces brontofobia. ¿Sabes cual es el origen a tu temor extremo a los rayos?.

- No - digo. Me quedo mudo. Transcurren unos minutos hasta que vuelvo a hablar - Llevo más de dos años con ansiedad y ataques de pánico por los rayos. Creo que si salgo a la calle cuando llueve o hay tormenta, un rayo caerá sobre mí. He leído mil estudios sobre ello y he acudido a centenares de expertos meteorólogos, y se que las probabilidades de que me ocurra esto son mínimas, de 1 entre 3.000.000, pero es que yo siento que va a pasarme a mí. Es como un pálpito que no me deja vivir. Se que tarde o temprano me ocurrirá. Antes de que vaya a llover yo ya presiento una tormenta, incluso aunque el día sea brillante y luzca un bonito sol... No veo nunca las predicciones del tiempo pues me aterran. Cuando llueve no salgo de casa. Me encierro en el sótano a oscuras y rezo, y no soy creyente. Falto al trabajo cada vez más, mi vida social se está viendo afectada, tengo trastorno del sueño... a veces siento que nadie me entiende, ni mi hermana. Me proponen un viaje y lo tengo que rechazar. En el último viaje al que fui, sufrí cinco ataques de ansiedad y el viaje solo duraba un día - digo de carrerilla. Veo las miradas inquietas de mis compañeros y compañeras. Se que estoy empapado de sudor. No tendría que haber venido. Esto no va a funcionar - Yo no soy tan raro como ellos - digo señalando a la gente de la sala - Lo mío debe de tener una explicación lógica, lo suyo... pues locura, no queda otra.

- Adam, aquí estamos para ayudarnos. Nadie juzga a nadie - me dice el psicólogo - Cada fobia que padecéis cada uno de vosotros no es mejor ni peor, ni más rara ni menos aceptada, ni más racional o irracional. Es lo que es, y aquí estamos ayudándoos a que la superéis y si no es el caso, a que podáis convivir con ella con normalidad. Lo que queremos es que lo que os ocurre no afecte a vuestra salud, ni a vuestro trabajo, ni a vuestra vida social. Lo más importante es que todos estáis aquí, hablando de vuestros problemas, aceptando que algo no va bien en vuestras vidas. Ahora necesitamos saber cual es el origen de estos miedos, arreglar la situación y subsanar los problemas que os acarrean - dice seriamente - Pero ya habéis dado todos un gran paso, aceptación. ¿Tú que piensas Adam?.

La primera toma de conciencia no ha ido tan mal. Todos y todas han hablado de sus problemas y al final no me he sentido tan raro. Es que en esa sala había una de locos que el más normal al final era yo. Pero bueno, como ha dicho el psicólogo, lo importante es aceptarlo (y ellos lo hacen, yo de momento voy asimilándolo), el segundo paso es el control. 

Reunión sexta de Adam:

- Rosa ha muerto - dice Roberto a gritos, entrando corriendo en la sala (la cual cosa también esta prohibida) y con un periódico en su mano izquierda. Se queda de pie, agitado y comienza a leer – “Como si de una broma de mal gusto fuera o de una película surrealista la escena hubiera sido sacada, así ha sucedido la muerte de esta joven valenciana de veintitrés años de edad. Rosa S. J. ha sido asesinada por cincuenta patos silvestres. El cadáver de la joven se encontró en el domicilio familiar, en concreto en su habitación. Fue su mujer la que llamó a la policía alarmada al no saber de ella varios días. Esther M. M,, su mujer, declaró a la prensa “Rosa ha sufrido una muerte atroz y quien este detrás de esto la conocía, pues ella padecía anatidaefobia, un miedo brutal a los patos”. Aunque la joven  recibió el total de veinte picotazos por parte de los patos, esa no fue la causa de la muerte. Murió de un paro cardíaco causado por el susto que se llevo” - termina de leer Roberto.

Un silencio sepulcral baña la estancia. Nadie puede articular palabra. La sesión de ese día se anula. Quedan todos en ir al entierro de Rosa, el cual se celebra al cabo de unos días. Cuando ven a su mujer todos le dan el pésame, ella llora desconsolada.

Reunión decimotercera de Adam:

Tras la muerte de Rosa todos y todas se encuentran agitados. Algunos dejan de asistir a las reuniones pero Esteban, nuestro psicólogo, insiste que es lo menos adecuado para nosotros. Yo no dejo de asistir, tengo más miedo solo que con ellos. No creo que lo que le ha ocurrido a Rosa nos pueda pasar a los demás. 

Reunión vigésima de Adam:

Ha muerto Nicola. Alguien entro en su casa y la pinto entera de amarillo (paredes, techo, suelo...). Todo en su casa estaba embadurnado de ese color (la cama, todos los electrodomésticos, la ducha, incluso el contenido de su nevera fue remplazado por alimentos de color amarillos: piña, maíz, limones, etc.).

La policía ha venido hoy a interrogarnos. Ha sido extraño. Nos han hecho preguntas sobre Rosa y Nicola. Sobretodo respecto a sus fobias. Querían saber que sabíamos de ellas, que pensábamos, si solíamos vernos después de las reuniones...Yo he sido sincero y les he dicho que Nicola y yo salimos varios días a tomar un par de cervezas (negras) al salir de las reuniones. Lo pasábamos bien charlando. Era una mujer muy interesante. Siempre tan discreta con sus gafas opacas. 

Reunión vigésima tercera de Adam:

Están cayendo como moscas en la mierda. Primero fue Rosa, después Nicola, luego Joaquim (que padecía araquibutirofobia, miedo a la cáscara de los cacahuetes y a que la mantequilla de cacahuete se pegue en el paladar) y ahora Yolanda (la cual tenía vicafobia, es decir, miedo a las brujas y a la brujería). Ya solo quedamos ocho y parece que Esteban ya no sabe como lidiar con esta situación.

Ya no me siento tan seguro rodeado de esta gente. Es como si nos hubieran gafado, y cada vez creo más en las supersticiones. Débora insiste en que siga yendo a las reuniones, pues mis ataques de ansiedad sorprendente se han reducido. E insiste en que es imposible que yo muera de mi fobia, ya que el asesino que anda suelto no puedo lanzarme un rayo. Yo no lo veo tan claro y cada vez veo más posible que sea Zeus quien desee mi muerte.


Hoy veo en la televisión el rostro de la asesina. Es Jenny, la chica que padecía necrofobia, es decir, miedo a las cosas muertas. La policía la ha arrestado esta noche, estaba en su casa esperándolos. Se ve que llamo a Esteban para contarle que había conseguido superar su fobia y le narró, con sumo detalle, la muerte de cada uno de sus compañeros. Esteban llamo a la policía esa mima noche y le dijo a Jenny que debía de esperarles. Ahora Jenny se encuentra en un sanatorio mental a la espera de que se celebré el juicio que condene sus actos, pero dicho juicio tardará en celebrarse, dado que las causas de las muertes son extremadamente atípicas. Jenny insiste en que ya esta curada, pues después de haber visto seis cadáveres, no tiene miedo a nada. 



Cada vez estoy peor. La histeria me vuelve loco. Llevo días sin dormir. Esteban ha cogido una baja por depresión. Su psicóloga (sí, el psicólogo tiene una psicóloga) le ha dicho que se encontraba en un entorno hostil y dañino para él. Normal... ver que tus métodos de trabajo inducen a matar a una de tus pacientes a seis personas debe de ser un trago difícil de digerir. Puede que deje de ejercer su profesión. Yo me siento solo y confuso, necesito hablar con alguien. Aunque ya han encerrado a Jenny y estoy a salvo de que me lance un rayo, no me siento seguro.



Llueve. Una fuerte tormenta azota mi vecindario. Ya no se que hacer para controlar mi pánico. En un acto de desesperación meto un par de sartenes de acero inoxidable en los bolsillos de mi parca, cojo un par de tenazas y las coloco enganchadas a la capucha. Me pongo un colador metálico en la cabeza, a modo de gorro y, agarro el único paraguas que tengo (el cual no ha sido usado nunca). Esteban dijo que debemos de enfrentarnos a nuestros miedos y es lo que yo pienso hacer (sin matar a nadie o eso espero). Bajo temblando por las escaleras. La luz del edificio se ha ido, así que el ascensor no funciona. La calle esta vacía, llueve de forma extrema. Me siento en un banco cercano a mi piso, bajo un árbol enorme. Gritó al cielo como un energúmeno, pero no pasa nada. Caen rayos por doquier. Tiemblo. Siento que muero, pero a su vez una extraña adrenalina me llena de valor. Paso la noche entera en ese banco. Me despierto empapado, con un catarro enorme, pero vivo tras la tormenta más violenta que he visto en mi vida. Perplejo, lloro en el banco como un niño.

- Señor, ¿se encuentra bien? – me dice una señora mayor que pasea lentamente con su tacataca. Me mira extrañada al verme con un colador en la cabeza y varias sartenes asomando en mi chaqueta.

- Sí, nunca había estado mejor – digo dando un salto – ¡Estoy vivo!.

1.10.12

Erudito de las nubes



- ¿Desde cuando trabajas aquí? -le pregunta dándole un sorbo a su martini. 

- Dos años. Justo hoy hacen dos años - le dice con media sonrisa mientas seca las copas y las coloca en la estantería tras su espalda.

- Vaya... pues no te había visto nunca - brama perplejo mientras enarca una ceja- Y eso que vengo casi todos los días - se troncha estridentemente. Tiene una risa de villano de película de serie Z. Lleva una camisa color salmón y unos pantalones de vestir negros, con ralla plisada por encima de la pantorrilla. Le recuerda a su abuelo. Solo le falta una espesa barba negra canosa y clavadito.

- Soy discreto. Mucha gente no se da cuenta de cuando aparezco y cuando me voy. A veces es un problema con los jefes - ríe educadamente - pero un placer para nuestros clientes. Ya me entiendes - dice señalando discretamente con la bayeta al grupo de swingers de la sala. 

El local esta dividido en salas. Cada habitación esta equipada con camas y/o sofás y condones de todo tipo. Otras salas, más caras, ofrecen disfraces, complementos, vibradores y dildos de la mejor calidad alemana, máscaras, fustas, cámaras de video, etc. Incluso a veces les sorprenden a los usuarios/as con un obsequio de la casa: champagne y fresas con nata y chocolate negro. La mayoría de las salas son cerradas, pero la gente comienza a montarse la fiesta en la zona del bar. Todo esta permitido.

Desde la barra Héctor puede ver como una mujer esta siendo doblemente penetrada. La chica esta cabalgando sobre uno, de espaldas a él. Lleva un vestido muy ceñido, remangado hasta el ombligo. Tiene los pechos fuera. A su vez hay un hombre frente a ella, agarrándole la cabeza con fuerza mientras ella le realiza una felación.

- Sabes... ¡esto se merece una celebración! - exclama. 

- ¿El que?.

- ¡Oh Dios!. Que modesto eres. Tú - le señala con el dedo índice. Tiene las uñas largas y muy limpias. Parece que se ha hecho hace poco la manicura - chaval, eres el mejor tipo haciendo cócteles en toda esta jodida ciudad. Ya llevo cuatro y me siento como una estrella. ¿Entiendes?. ¡El mejor! - dice. Seguidamente le entra hipo y sale corriendo hacía el baño. Quizás a vomitar la borrachera que ya no le deja ni mantenerse en pie. Se mueve como una abeja zumbona en busca de deliciosa miel.

Héctor sigue en la barra. Sumido en sus pensamientos, atendiendo como un robot más que mecanizado, dándole a la gente lo que pide: alcohol, el lubricante ideal para estos vitales e interminables intercambios de parejas. Héctor se ha vuelto un escéptico. Ya no cree en la diversión, y menos en el amor. Todo apesta. Todo aquí le apesta sobremanera.

El señor del martini sale del baño agitado y vuelve a la barra. Le cuesta unos cuantos minutos sentarse en el taburete (el cual él ve como el pico de una montaña. Inalcanzable, arduo y peligroso. Pero se siente vivo e imparable después de esos dulces tiritos de blanca nieve que se ha hecho en el baño) y un par de segundos en volver abrir ese meadero que tiene por boca.
- Tío... se que te acabo de conocer pero... - traga saliva y se seca el sudor de la frente con la palma de la mano. Su sudor huele a ron - ya te siento como a un verdadero amigo. Más que eso, ¡eres como un hermano para mí!.

- Claro - le dice Héctor limpiando la barra y anotando los próximos pedidos. Marchando seis quintos de cerveza, dos jarras de sangría, dos Bloodie Mary's, una Caipirinha, una botella de sidra y otra de cava seco.

- Chico... escucha lo que mis sabios labios dicen - se levanta de un salto y comienza a cantar – “I can be Mr. president, you can be Mrs. president wauhhhh” - canta como un loco y simula tocar una guitarra invisible. 

Héctor se queda callado. No es nada extraño lo que esta viendo. Cada noche algún capullo se comporta de esa forma, pero mientras no moleste a los que están de sobeteo o folleteo, no importa. A la gente le gusta mirar esta mierda. 

El hombre baila frenético, incluso se podría decir que de una forma peculiar y obscena. Esta sumido en un trance de alcohol y drogas. Baila en círculos. Parece conectar con alguna fuerza mística y de repente choca con un par de parejas que se están besando y cae sobre una mesa de cristal. La mesa se hace añicos, pero el hombre no tiene ni un rasguño. Entonces vomita a los que tiene cerca. Los de seguridad corren hacía la escena. Dos enormes armarios vestidos con ceñidas ropas negras se abalanzan sobre él y el hombre dice < Tú – señalando a una chica que se esta quitando el vomito de las piernas con repugnancia – me das asco. Todas aquí me dais asco. ¡Jenna! ¿por que lo hiciste? > dice rompiendo a llorar y pataleando como un niño pequeño. Los guardias lo cogen del cuello de la camisa y lo arrastran por el suelo. Parece un perro moribundo. La dueña del local sale rápida e invita a todos/as a tragos gratis y llama a las gogos para que calienten al público.

Héctor sale al cabo de media hora, cuando ha terminado de repartir toda la ronda de alcohol gratis.

Al salir a la calle, cercana ya a la madrugada, los primeros rayos de sol rompen las nubes y Héctor se enciende un cigarro de camino a casa. Camina pensando en lo ocurrido en el local. ¿A que vendrían esos gritos por parte de ese señor? piensa. Entonces siente una fría mano en su nuca, con aroma a ron, y grita asustado.

- Perdona amigo, no quería molestarte – dice el hombre del local – Te he visto salir del local y he pensado que me gustaría hablar con un amigo. Siento que hemos conectado y me gustaría charlar. ¿Te importa si me uno? – le dice señalándole el paquete de tabaco. Héctor le pasa un cigarro y el mechero. Este lo enciende tranquilo y se lo pasa. Ya no le recuerda para nada a su pacífico abuelo.

Ambos se quedan callados durante un rato. Fuman. Respiran. Poco más. Transcurren unos minutos, aunque extraños, de tranquilidad y con cierta calidez. Héctor se sienta en un banco. El hombre se sienta a su lado, guardando unos pocos centímetros de separación. No se miran de frente, están sentados hacia la carretera, viendo como el tráfico comienza a bullir.

- ¿Ves esa nube? – le dice el hombre a Héctor señalando el cielo. Héctor asiente con la cabeza con poco interés – ¿Qué tipo de nube dirías que es? – le pregunta con una amplía sonrisa.

- Pues no se… parece un gusano.

- No, no me refiero a esa sandez de juego de niños – le dice molesto - Las nubes se clasifican según un sistema internacional creado a comienzos del siglo XIX por Luke Howard, un químico inglés que las dividió en cuatro grandes categorías. La primera son los cirros, que son como penachos elevados con forma de escoba y están compuestos por cristales de hielo, la segunda son los estratos y son extensas capas nubosas que traen lluvia continua, la tercera los nimbos y son las nubes capaces de formar precipitaciones y la última son los cúmulos, que son esas nubes hinchadas con base plana que suelen cruzar el cielo de verano. Y esa que tenemos sobre nuestras cabezas es un nimbo, así que en un rato lloverá.

- Vaya… no me esperaba semejante sermón. ¿Qué eres un erudito de nubes o algo así?.

- Soy meteorólogo.

- Eso ya tiene más sentido – ríe.

- Mi mujer se ha marchado de casa… me ha dejado… ¡me ha dejado por otra! – le dice cambiando de tema por completo. Héctor se queda perplejo. No sabe que decir, pero no es momento para silencios. Resultaría aún más incómodo.

- Vaya… lo siento mucho.

- Me dijo que siempre he atendido más a mi carrera profesional que a ella. Quería que tuviéramos un bebé. Pero este no era el momento. Yo estoy trabajando duro para conseguir un ascenso y no puedo pensar en críos llorando día y noche. ¡No!.

- Entiendo, entiendo – dice Héctor sin saber muy bien donde se ha metido.

- ¿Como pretende tener un bebé con otra mujer?. ¡Con ella tampoco lo tendrá! – dice gritando - ¿Adoptarán?. Espero que no les dejen, ese no es un hogar estable para cuidar a un bebé. ¡Imagìnate si fuera niño!. Sarasa perdido.

- Pero… ¿ahora duda de su sexualidad? – le pregunta Héctor incrédulo.

- Se ve que sí… o yo que sé. No tiene ni pies ni cabeza. Se ha marchado con Amanda, mi asistente en el trabajo. ¿Y sabes que es lo gracioso? – le pregunta. Héctor levanta lo hombros en señal de negación – que yo intenté tirarme a Amanda y ella me rechazó. Y de repente Jenna, esa es mi mujer, bueno, exmujer… bueno, que ella y Amanda se hicieron muy amigas. Yo tenía miedo a que esta le contara algo a mi mujer, pero parecía que se llevaban la mar de bien, que si cenas, spa, cine, ópera… incluso un viaje a Grecia se hicieron juntas. Yo estaba contento, Jenna tenia una amiga, se olvidaba de bebés por el momento y yo podía seguir centrado con el trabajo… sin problemas… y va, y un día en casa, con Amanda, ¡como no!, para cenar… se me presentan juntas y me escupen la noticia a la cara, junto a una sosa ensalada… Va y me dicen que estan enamoradas. Y Jenna lo sentía mucho y Amanda no quería interponerse en nuestro matrimonio… bla bla bla… ¿Cómo es posible?, ¿por qué?. Llevábamos doce años juntos y jamás pensé que le pudieran gustar las mujeres. ¿Cómo pude estar tan ciego? – dice con lágrimas en los ojos.

Héctor le tiende la mano para que se tranquilice y él se lanza en sus brazos. Llora sin parar. Entonces le intenta besar. Héctor lo aparta con delicadeza pero con precisión. El hombre se cubre la cara con vergüenza.

- No se que me ha pasado. Lo siento. Yo no soy así. Lo juro – le dice levantándose del banco – Gracias por escucharme.

Héctor ve como se marcha. Y él se queda sentado un momento. Sigue aturdido por lo que ha pasado hace unos minutos atrás. Unas finas gotas comienzan a mojar su cara. Levanta la mirada al cielo y ve como esa nube espesa y oscura de la que hablaban rompe a llorar.