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16.10.09

El brujo, el monje y el caballero

¿Quieres otra taza de té Gabriela? – dijo acercándole de nuevo la tetera humeante, a su taza de delicado mármol blanco, con pequeñas lilas dibujadas alrededor del asa – Sí, por favor – afirmo esta amablemente – Y también cogeré unas cuantas pastas más. No puedo evitarlo, están deliciosas Marie – dijo mientras cogía, con timidez, varias pastas, con sus dedos rechonchos – Bueno, dime… ¿que es eso que no podías esperar a contarme hasta el sábado? Estoy impaciente por saber cual es esa noticia que no te deja dormir. Marie, ¿a que esperas? – dijo con una amplia sonrisa – Tranquila Gabriela, todo a su debido tiempo. Ahora disfrutemos del té, y cuando acabemos damos un paseo y te lo cuento todo – dijo mientras sorbía el té – Antes con tantas prisas y ahora no. Tu lo que quieres es que me ahogue tragando rápidamente las pastas, ¿eh? – dijo mientras se abanicaba sofocadamente, agitando rápidamente los brazos. Sus mejillas se colorearon. Su rostro parecía un hermoso campo de amapolas, envuelto en trigo dorado – Bien, vamos. Y cógete unas cuantas pastas más para el camino – dijo con tono burlón – Así el aroma a canela y jengibre nos seguirá durante todo el paseo.



Tomaron el camino de las rosas. Los rayos del astro golpeaban radiantes esa tarde. El perfume del otoño invadía los bosques.



Gabriela ¿recuerdas a Rosalía? – pregunto arqueando una ceja – Pues claro, como olvidarme de ella. Antes tomaba el té con nosotras, éramos grandes amigas hasta que su marido murió, quedo pobre y ahora es una simple campesina – río - Me han dicho que trabaja en los trigales, día y noche. Como cambia la vida. No creo que pensara que le pudiera pasar algo así a ella. Doña perfecta – dijo con cierto desden.



Pues eso no es todo. No sabes en menudo escándalo esta metida – dijo Marie – Cuenta, cuenta. Quiero todos los detalles. Con pelos y señales. Venga sentémonos en ese banco, que mis piernas ya se sienten algo dolidas de la caminata – dijo limpiándose con un pañuelo de seda, el sudor de la frente, la papada y el pecho.



Pues como te decía. Esta envuelta en un escándalo, que ni desearía yo a mis peores enemigos. – Déjate ya de enredarte entre las ramas, y cuéntamelo todo ya – dijo ansiosa Gabriela, devorando la última pasta de té que le quedaba, llenándose de migas todo el escote.



Bien… no te hago esperar más. Pues se ve que ha ido seduciendo a cada hombre que ha pasado por delante suya. Ya sabes lo que dicen de ella por aquí. ¡Que es el diablo! - dijeron al unísono, con tono acusador - Enamora a los hombres con su mirada turbia, su cabello rojizo, como el fuego, y sus insinuantes curvas. Además parece que a los hombres les gusta el olor a tierra, y como se pasa el día trabajando – aclaro Marie – Lo último que se de ella, es que se ve que ha estado con tres hombres a la vez, la muy ramera. ¿Te lo puedes creer?... Yo que no puedo ni con el mío – rieron las dos mujeres.





Primero cautivo a un distinguido caballero alemán. Un buen hombre, rico, fornido y apuesto. Copularon en los trigales donde ella trabaja, bajo la lluvia azotando sus cuerpos. Como animales. Se ve que, al cabo de unas semanas, apareció por ahí la esposa del alemán. Y les pillo allí, en pleno acto. Imagínate la pobre mujer, viendo a su marido regocijándose de placer, sobre esa mísera campesina llena de trigo. – ¡Madre mía! ¿Y que hizo esa buena mujer? – dijo Gabriela impactada por la noticia – Pues cogió a su marido del pescuezo y se lo retorció hasta que este le suplico su perdón. La picara de Rosalía escapo de la mujer, mientras esta recriminaba a su esposo. – ¿Y la mujer de este le perdono? – pregunto Gabriela – Si, la muy boba – se jacto Marie – Bien continua. ¿Cuál fue el segundo en caer en las misteriosas garras de Rosalía? – Jamás te lo creerías. El pobre monje Sebastiano - ¡Dios bendito! – grito Gabriela sorprendida. – Se ve que la misma noche, del desafortunado desenlace con el caballero alemán, esta fue a confesar sus pecados. Y una vez allí conquisto, el cuerpo y el alma del casto monje Sebastiano - ¿Rosalía no tiene límites?, ¿no tiene decencia? Sus actos son los propios de una sucia mujer, es vulgar. ¿Es que se ha convertido en una mujer de vida alegre? – dijo furiosa – Pues no, por que sus servicios son gratuitos. Pero bueno… por donde iba… ¡ah si! La lujuria en la casa de nuestro señor. Pues se ve, que se entregaron carnalmente en el confesionario, donde pedimos perdón a Dios, para ser perdonados del terrible infierno, todos los domingos - ¿Y esta vez como la encontraron? – dijo curiosa Gabriela – Pues muy sencillo amiga mía. La encontré yo. Fui a contarle unos asuntos privados a Sebastiano, cuando escuche unos ruidos procedentes del confesionario. Yo claramente me asuste, pensé que el pobre Sebastiano estaría acatarrado. Me acerque más y pude escuchar gemidos placenteros. Sin dudarlo, mire por la rejilla. Y, allí la vi a ella, practicando actos atroces





- ¿Y que hiciste? – dijo Gabriela - No pude evitar gritar. Así que estos salieron corriendo, a trompicones, cayendo Rosalía al suelo, completamente desvestida de cintura para arriba y Sebastiano, tapándose con el bonete del obispo, sus partes. Yo me fui, muerta de la vergüenza. Y por que no quería verme involucrada en tal escándalo. – Por favor… Rosalía. No me lo puedo creer. ¿Crees que si fuéramos tan miserable como ella actuaríamos así? – pregunto dudosa Gabriela – Jamás. Somos señoras. Tenemos clase, un nombre que se respeta, y dinero – dijo Marie – Levantémonos ya, que seguro que tus piernas están más descansadas. Además ya esta oscureciendo – Bien, pero sigue contándome. ¿Cuál fue el tercero? – dijo mientras se incorporaba. Quitándose las migas del vestido y las hormigas que estaban recolectándolas.



El tercero es un brujo. Vive en lo alto de esas montañas – le dijo señalando al pico más alto, cubierto de niebla espesa – Se ve que fue en busca de ayuda. Pues ya todos sabían de sus fechorías. Y claramente los arzobispos querían apartarla de nuestra comunidad. Cuando llego este ya sabía quien era ella y a que iba. Ella no se sorprendió, pues es un brujo de grandes poderes. Pues bien… ella tenía el plan de hechizarlo, con sus atributos femeninos. Pero fue este quién la hechizo. - ¿Qué quieres decir con ello? – Pues que ahora, dicen por ahí que si ves a una gata negra, de ojos color café, y con la punta del rabo rojiza, es ella. Que aún así, siendo un felino, atrapara los corazones de los hombres y acabara con su cordura. Pues todos la desearan, aún más que antes – No me lo puedo creer. Seguro que ahora también tiene relaciones con el brujo ese – dijo irascible Gabriela – Yo no se que creer. Pero se lo merece. Una no puede ir por ahí con tanto hombre, que los deja locos. No es normal. Imagínate si se acercara a nuestros maridos. Menos mal que el mío es alérgico al pelo de los gatos – rió Marie – Venga, sube a casa, y tomemos una última taza de té, antes de que anochezca – Bien, me vendrá bien tomar algo de azúcar, después de esta tarde abrumadora – suspiro Gabriela.




Y se asomaron a la ventana, comenzando a observar a la gente pasar por la calle. Pensando en las nuevas historias que tendrían que contar. Un maullido resonó por las tranquilas calles. Las dos viejas urracas asustadas se escondieron en la casa. El aroma de los campos de trigo dominaba en la noche.

10.10.09

La tristeza griega

El teatro estaba a rebosar. Los espectadores iban entrando a la gran sala, ocupando sus cómodos asientos, de espuma rojos, y poniéndose las máscaras, que eran obligatorias para el espectáculo. Máscaras y antifaces más simples, de materiales plásticos, lisas, de un solo color, y más complejas, lujosas y de todos los estilos. Con brillos, purpurinas, plumas, adhesivos, piedras preciosas, de cuero, arcilla, con gravados, telas, colores llamativos, etc.




Gustave saco de su mochila el folleto explicativo de la obra, y mientras tomaba asiento, se puso sus gafas metálicas, azules cobalto, sobre su antifaz blanco, en el que había dibujadas diminutas lágrimas ensangrentadas, y en la frente una cruz negra, que parecía haber sido echa con carbón. En la portada del folleto, estaba la imagen de una máscara de cristal en pedazos, sobre la que ponía el título de la obra. Curioso, de nuevo, hojeo el contenido del folleto, más afondo. Leyó “La Tristeza Griega, una obra del jovencísimo Altaír Zorbas. Estrenada por primera vez en España y con un éxito rotundo por toda Europa, y sobretodo, en su país natal (Grecia), Altaír quiere embrujar a los espectadores con esta obra cargada de misterio, amor, traición, ideales, crímenes y nostalgia en las viejas calles griegas. Para el desarrollo de la obra, el público tendrá que llevar máscaras o antifaces, de cualquier tipo, cubriendo sus rostros en todo momento. Con excelentes actores, participación del público, cambios de ritmo intensos, etc. Su disfrute esta garantizado, quedara cautivado por el lenguaje de sus personajes y atrapado por su ritmo gradual e hipnótico”.




Gustave sonrío de oreja a oreja. ¡Por fin asisto a una obra de Altaír Zorbas! – pensó. Miro a su alrededor, y vio como ya no quedaba ningún asiento vacío ni en los palcos privados, ni en la platea. Un mar de rostros ocultos, de su verdadera naturaleza.




Las máscaras y antifaces brillaban bajo los focos de luz de la sala.



El telón se abrió. La gente estaba expectativa. Un sonoro aplauso zumbo por todo el teatro.




En el escenario habían unos hombres, con pasamontañas negros cubriendo sus rostros, saqueando un comercio. Todo estaba destrozado. Los hombres actuaban con rapidez, sabían lo que tenían que hacer. Un anciano, malherido, lloraba desconsolado en el suelo. Cogieron el dinero y salieron corriendo. El anciano llamo a su hija por teléfono – Ellen… ¡hija mía!... me han robado. Me lo han quitado todo – suspiro – Ell… ven rápido, no puedo respirar. Me ahogo. Me muero… - dijo - ¡Papa!, tranquilo. No vas a morir. Voy para allá – colgó el teléfono.




Gustave estaba impresionado. Era extraño no poder ver la expresión de los espectadores. Solo podía ver sus ojos fijos en la escena, algunos llorosos, otros indiferentes. Pero todos tenían un brillo especial en sus pupilas. El ambiente era calido.




Llego la hija al comercio. Entro por la puerta y vio a su padre, ya sin pulso, en el suelo, rodeado de un amplio charco de sangre y esputo. Esta se acerco a el y grito – ¡Dios bendito! ¡Papa! ¿estas bien?... Todo va a ir bien, venga, ¡respira! – sollozo, mientras presionaba con la mano una honda herida que tenía este en el costado – Por favor, respira. He dicho que ¡RESPIRES!... no, por favor, no… - golpeo furiosa con los puños el cuerpo inerte de su padre y cayó rendida sobre él.




La chica se levanto, limpio las lágrimas de su cara con la manga de la blusa manchada de sangre y llamo por teléfono - ¿Boby? – dice - ¡Estas muerto! Os habéis cargado a mi padre. Ese no era el plan, solo había que asustarle un poco… y sacar la pasta – dice enfadada – Perdona guapa… tu te lo buscaste. Además el viejo se puso chulo con que iba a llamar a la poli y había que actuar rápido – dice mientras le da una calada a un cigarro - ¡Quiero mi parte del trato! Cerdo, más que cerdo – ordeno – Lo tienes claro. Ahora déjame en paz que estoy ocupado. Llórale un poco a tu difunto padre – rió – Tu te las buscado – colgó el teléfono.




Se sentó de nuevo al lado de su padre, le cerró los parpados y le dio dos suaves besos a sus ojos.




Cambio de escena. Aparece Boby sentado en el borde de una cama y a sus pies una prostituta haciéndole una felación. Este la agarra del pelo con fuerza, clavándole sus dedos en el cráneo.


Termina. Se viste, coge su dinero y se va. Este se tumba en la cama y respira hondamente. Se levanta, se sirve una fría cerveza, y se sienta en el butacón de cuero marrón, tapándose con una toalla mugrienta.




De repente, se levanto el hombre sentado al lado de Gustave y saco un revolver. Salto al escenario, y apunto a la cabeza del actor con su arma. Este se quedo sin habla. La gente miro sorprendida la entrada del nuevo actor.




¡HIJO DE LA GRANDISIMA PUTA! – exclamó – Eres un cabrón. ¿Cómo te has podido quedar con toda la pasta? – dijo apretando la punta del revolver contra la garganta de este. – También es mi herencia, ¿sabes? – dijo acusadoramente – Ben – susurro el actor - ¿Qué haces? Estoy trabajando. Este no es el lugar… tío vete de aquí, ya habrán llamado a la policía, te meterán otra vez en la cárcel por esto – susurro tan bajo para que nadie les escuchara – Ya esta todo echo. Eres hombre muerto. Te has quedado también con mi dinero. Eres tan ambicioso. Primero me robas a mi mujer, os quedáis con mis hijos, y cuando creo que voy a tener algo para cambiar, una oportunidad, con el puto dinero de mi madre muerta, te lo quedas todo tú – bramo con fuerza. – Hermano, has destrozado mi vida – puso el dedo sobre el gatillo – Ben- susurro de nuevo – piensa lo que estas haciendo. Hay más de un centenar de personas en esta sala, todos serán testigos de tus actos. Te caerá una gran condena o quizás pena de muerte. No dejes a tu hija sin un padre – dice – Estoy harto de escuchar tu asquerosa voz. Tu simple presencia me irrita. Además, ¿mi hija? Aquella a la que no puedo ver, mi esposa, aquella que se acuesta contigo día y noche. Se me revuelven las tripas solo de pensarlo – apretó la pistola a las sienes - No, Ben… no lo hag… - y apretó. Los sesos del actor se esparcieron por todo el escenario




Se oyeron gritos de terror desde el público, otros se quedaron sin habla. Había sido tan real. Todo el mundo estaba demasiado desorientado.




Y el asesino dijo, mirando al público - Es espantosa la naturaleza humana, que escondéis vuestros sentimientos bajo una máscara. ¡Culpables sois todos de este acto, por que me habéis visto matarlo y nadie me ha detenido! – exclamó. La gente aplaudió confusa. Entro la policía a la sala y se lo llevaron. Gustave quedo horrorizado. Los sesos de ese actor, aún calientes, reposaban en sus piernas.



2.10.09

Palabras en el cristal

Música. Presentaciones. Alcohol. Cigarrillos. Sonrisas. Diversión. Bailes. Juegos. Palabras. Risas. Más copas. Besos. Carcajadas. Sexo. Explosión de sentidos.




A la mañana siguiente Wyatt se despertó al lado de un impresionante ángel desnudo, de cabellos ondulados y rubios. No pudo controlar el impulso de oler su pelo, que desprendía un aroma dulce y embriagador, como el vino. Bethany respiraba sosegadamente. Su rostro estaba lleno de diminutas gotas de sudor, que le recordaba al rocío, que cubre todo, en las noches húmedas. Wyatt acario, con la yema de sus dedos, su abdomen, liso y terso, y ella se estremeció, poniéndose toda su piel de gallina, y soltando un pequeño gemido. Este, con una amplía sonrisa, se fue al baño, a darse una ducha refrescante.




Bethany llevaba despierta un rato. Estaba esperando a que Wyatt se fuera de la habitación en algún momento, para irse, sin darle ninguna explicación. Tan solo había sido un polvo de una noche, no buscaba un compromiso de ningún tipo con nadie. Recogió rápidamente la ropa del suelo, se vistió como pudo. Y ya en la puerta, con el vestido semi abrochado, dejándose ver su sujetador negro de encaje, y apunto de realizar su veloz huida, escucho como el agua de la ducha corría fuertemente y a Wyatt canturreando canciones de Clint Mansell. No pudo evitar imaginárselo desnudo, con el agua chorreando por todo su esbelto y músculo cuerpo de Dios. Se sonrojo.




Rebusco en su bolso impaciente, intentando encontrar algún bolígrafo donde anotarle su teléfono, pero no llevaba ninguno encima. Cogio su barra de carmín rojo sangriento, se pinto los labios y se dirigió a una de las grandes ventanas del dormitorio. Le escribió allí su teléfono y después beso el cristal de la ventana cálidamente y se marcho.




Y así quedaron, noche tras noche, conociéndose mejor, dejando claro que solo era sexo esporádico y diversión. Cenaban juntos, en restaurantes lujosos, a la luz de las velas, iban a locales de copas a beber, al teatro, al cine, reían sin parar, y lo pasaban en grande. Finalmente, siempre acababan en casa de Wyatt, donde el fuego de la pasión consumía sus almas.




Tenían un juego en el que se marcaban todo el cuerpo con el carmín rojo de Bethany. Se hacían marcas, símbolos, palabras y signos que solo entendían ellos. También seguían dejándose notas en las ventanas y espejos.








Pasaban horas desnudos, bajo la luz de la luna, que entraba poderosa por los grandes ventanales del dormitorio. Yacían tranquilos en la cama, tomando champán. Sus siluetas se fundían con las sombras de la noche. Sus cuerpos, chocaban, se estremecían, colisionaban violentamente, y luego, se hundían en un letargo de placer.




Pero al final, las cosas comenzaron a cambiar. Wyatt actuaba de forma posesiva y celosa. Cuando salían, el se comportaba como un estúpido. Se ponía furioso si cualquier hombre la miraba. Un día, golpeo a un chico, que tan solo le pidió la hora. Cada día estaba más violento y Bethany le tenía miedo. El se disculpaba, le decía que no sabía que había pasado, y que no tenía ningún derecho de hacer lo que hacía, pues ni siquiera eran pareja. Hasta el juego del carmín había cambiado. Cuando dibujaba sobre su piel, sus gestos ya no eran tiernos y pasionales, si no que lo hacía con fuerza, como si clavara un cuchillo, destrozando la barra de labios.




Las risas habían terminado y Wyatt enseñaba su verdadera cara, que se escondía tras una mascara de bondad. Fue ese día cuando Bethany decidió dejarlo. Dejar esa situación, que estaba comenzado a ser enfermiza.




Habían quedado en un hotel de cinco estrellas. Wyatt mando un taxi para que la recogieran y la llevaran allí. El hotel era fabuloso. El servicio la acompaño hasta su cuarto. Entro curiosa y observo el dormitorio. La cama estaba llena de pétalos de rosas, había champán y cava enfriándose en una cubitera, en la mesa había una suculenta cena, velas en cada rincón de la sala y una nota en el cristal. Bethany se sintió mal por lo que había ido hacer allí, viéndose rodeada de tanto lujo y detalles por parte de el.




Se acerco a la ventana y leyó en el cristal, “LO SIENTO”. Miro el mensaje confusa. Oyó un ruido tras su espalda, se giro y Wyatt le golpeo con una silla, dejándola inconsciente en el suelo. Cuando recupero la consciencia de nuevo, estaba atada en una silla de pies y manos, la misma con la que este le había golpeado. Notaba que de su frente caía un hilo de sangre, que estaba empezando a cubrirle un ojo. No grito, no pidió ayuda, ni le pregunto por que hacía aquello. Este estaba enfrente de ella, sirviendo dos copas de cava.




Wyatt exclamo -¡Oh Bethany! Ya estas despierta. ¿Cómo estas?, hacía semanas que no cogías mi teléfono y cuando al fin aceptastes esta cita me hiciste el hombre más feliz de este mundo – dijo – Tenía miedo a que te quisieras marchar. Tenía miedo de que me quisieras dejar. Bethany… no sabes lo mucho que te quiero – sonrío. ¿Y así lo demuestras cerdo? – grito furiosa ella - ¡Ah! Perdón. Supongo que estas molesta por que la sangre ya empapa tu cara y esta comenzando a manchar tu precioso vestido. Tranquila, que yo esto lo arreglo en un momento – dijo mientras se acercaba a ella, le arranco el vestido de cuajo, quedándose ella solamente en ropa interior y los tacones, y después con un pañuelo de seda, que saco de su camisa, le limpio delicadamente la frente, mientras le susurraba al oído palabras de amor. Se acerco a sus labios, y la beso. Ella no respondió al beso. Se fue y cogío las copas de cava y dijo – Este se merece un brindis. ¿No te parece cariño? – Bethany le escupió, cuando este le intento darle el cava. Comenzó a gritar, ahogándose en sus sollozos. Wyatt le golpeo, con el dorso de la mano. Cruzando su cara con ímpetu. Esta le mordió la mano, con tanta fuerza, que le arranco un trozo de piel. Wyatt comenzó a gritar, maldiciéndola como un loco. La tiro a la cama. Ella se quedo inmóvil, paralizada por el miedo. Puso una venda en su boca. Y ato el pañuelo, con el que había limpiado su frente, a su mano, que escupía sangre sin parar.




La tumbo bocabajo, apretando sus nudillos en su columna vertebral. Ella gimoteaba de dolor. Comencemos nuestro juego, amor – dijo furioso, mientras deslizaba un cuchillo por su espalda, sus nalgas, sus muslos y sus piernas. El cuchillo se deslizaba cada vez con más fuerza, hasta que empezó a clavárselo. Cortes más profundos, que llenaba con sal, para que luego quedaran huecos en su piel. Por el rostro de Bethany caían lagrimones, se retorcía de dolor en la cama.




Si no eres mía no serás de nadie, ¿lo entiendes? – dijo Wyatt, con las manos llenas de sangre – Esto lo hago por tu bien. Estas marcas simbolizan un compromiso. Un amor irrompible. Que no conoce el fin – dijo mientras la giraba, para comenzar a cortarle el pecho – Te voy a soltar, se que vas a ser buena. Que entiendes mi propósito. Es una unión. – Primero desato sus manos, las cuales lamió con lujuria, y luego sus pies. Esta le atizo una coz en la garganta, clavándole los finos tacones de aguja que llevaba. Wyatt cayo, golpeándose la cabeza con una mesita de noche, cayéndole encima la botella de champán que se enfriaba en la cubitera, haciéndose añicos en el suelo.




Se despertó atado en una silla. En el baño, enfrente de un espejo en el que ponía “YO NO LO SIENTO”. Bethany apareció por detrás, le dio un dulce beso en la mejilla y clavo el cuchillo, en la herida que la le había provocado al golpearle con los zapatos. Las palabras del cristal se empaparon de sangre.