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20.1.11

Luzbel

- Lucifer o Luzbel era el portador de la luz en la mitología romana. Su nombre en latín era lux que significa luz y, fero que es llevar. El equivalente en griego es fósforo o eósforo, donde él era el portador de la Aurora, procedente de la antigua dama oscura, Luciferina – dice Enrique mirando a todos los asistentes de la conferencia, la gran mayoría de ellos, universitarios - Luzbel fue un ángel muy hermoso, el más bello de todo el cielo, que un día, por orgullo, se rebeló contra Dios, queriendo ser como él de poderoso. Dios no tolero semejante acción, así que, finalmente, como castigo, lo desterró a la tierra. Una vez expulsado, Luzbel adquirió el nombre de Satán, significando este nuevo apelativo, adversario de Dios. La primera vez que se citó el nombre de Lucifer fue en un texto del profeta Isaías, en la Vulgata de San Jerónimo, y dice así – bebe un largo trago de agua, de una botella que le han dejado en el atril y se pone las pesadas gafas de vista. Coge la biblia, que tiene en el bolsillo interior de su chaqueta gris, y comienza a leer – ¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora!. ¡Has sido abatido a la tierra, dominador de naciones! Tú, que dijiste en tú corazón; Al cielo subiré, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de Reunión en el extremo norte. Subiré sobre las alturas de las nubes, y seré como el Altísimo. Evangelio de Isaías, capítulo 14, versículos del 12 al 14 – la sala esta en completo silencio. Los alumnos apuntan todos los datos relevantes que aporta el apuesto catedrático – Otra concepción, del misterioso Lucifer, la encontramos en la tradición veterotestamentaria, donde era reconocido como una estrella caída, es decir, un ángel. En el Antiguo Testamento, Satanás ya estaba confinado al ámbito terrestre, pero, aún podía retornar al cielo, desposeyendo la naturaleza de serafín, y así lo relato Job en su libro, en el que decía “Y dijo el Señor a Satán: ¿De dónde vienes tú?; Y respondió Satán: He dado la vuelta por la tierra” – se oyen pequeñas risas al fondo de la sala. Enrique alza la mirada, por encima de sus gafas, descubriendo el foco infecto de carcajadas. Las risotadas cesan al instante bajo la presión de sus luceros carmesí. Prosigue con su discurso – La única forma de que Satán se quedara encarcelado en el orbe y, cumpliera su penitencia, era que Cristo muriera. Con la sangre del Agnus Dei o cordero de Dios, se decreto que él expulsado no tuviera más cabida en el cielo - dice mientras se vuelve a guardar la Biblia junto al corazón.


La sala se hunde en una sonora ovación. Enrique mantiene la figura y el rostro serio. Los estudiantes y otros interesados en la disertación, comienzan a recoger sus cosas y en un abrir y cerrar de ojos, la amplía estancia se queda vacía, y solo queda Enrique, releyendo su apreciada Biblia, una y otra vez. Sus sosegados murmullos se clavetean en su lengua.

A la salida de la facultad, las farolas le ciegan y este rezonga, arisco, ante la iluminación madrileña. Enrique odia todo aquello que es artificial. Desde que su mujer se operó el pecho, aumentándoselo dos tallas más, hasta obtener unas protuberancias de la talla 110, no ha vuelto a practicar el coito con ella. Le produce angustia la simple visión de esas monstruosas ubres desnudas, de tacto siliconado. Enrique se pone el abrigo y se enrolla la bufanda al cuello, tejida por su madre, ya enterrada hace años. Son las seis de la tarde. Como cada vez que viaja a Madrid, Enrique se dirige, decidido, a dar un largo paseo por El Retiro, ya que, solo ante la estatua del Ángel caído, siente una extasiadora paz.

Una vez dentro de ese verdadero pulmón natural, en la rebosante ciudad, Enrique camina, sin prisa alguna, hasta detenerse ante el magnífico querubín apresado por una serpiente, de manos a pies, y con ese grito enmudecido, que le encoge el alma, por el bronce de la real estatua.

Enrique se sienta en uno de los bancos frente a la efigie helada. La contempla alucinado, como en un delirio que solo comprende él mismo, y se encierra en su mirada, aniquiladora del cielo. No se da cuenta ni si quiera de que ha comenzado a llover y que las temperaturas han descendido brutalmente. De repente, un argénteo relámpago divide el firmamento en dos, despeñándose contra la divinidad. La fuente donde se posa la figura del ángel es rodeada por un círculo de apasionante fuego. Luzbel comienza a liberarse de su armadura de cobre. Sus alas se abren, rompiéndola en cientos de añicos y se levanta, sobre la columna en la que estaba anclado, lanzando la serpiente a las llamas del olvido. Sus ojos, de un verde intenso, se posan sobre Enrique, que lo mira con admiración y vehemencia. Luzbel desciende hasta situarse frente él y lo agarra por los brazos, levantándolo del banco y dejándole sin tocar el suelo. Enrique abre la boca para hablar, pero Luzbel se la tapa con la mano, introduciéndole insectos en ella. Este comienza a ahogarse. Nota como los bichos descienden por su garganta y clavan, sus asquerosas patas, sobre su traquea. El vomito es inminente. Luzbel atraviesa su pecho con la mano y le agarra el corazón, lo rodea con fuerza y se lo arranca de cuajo. Enrique ve su corazón latir, en las enormes manos del fausto arcángel. Con su lengua lacerante lame el órgano, que palpita frenético, en sus zarpas y, se lo devuelve al pecho, dejando una marca negra en su torso, como si fueran gotas de tinta recorriendo un papel liso. Enrique siente como una oleada de maldad se filtra en su sangre, envolviendo a su nuevo corazón. Luzbel le susurra un simple y único mensaje al oído “debes acabar con la oscuridad de las personas, portando la luz que habita en tú corazón”. Enrique desfallece finalmente sobre el banco. Luzbel sobrevuela el cielo, infiltrándose en el paraíso, para dar guerra a Dios y recuperar lo que un día soñó con que sería suyo.

- Señor – dice el guardia del parque – señor, despierte, el parque va a cerrar - Enrique se despierta, con los insistentes golpecitos del guardia con su porra. Está empapado por la lluvia y tiene el cuerpo completamente agarrotado – faltan diez minutos para que cerremos las puertas –dice este mirándole confuso.

- ¡Oh! perdone… se me ha pasado el tiempo volando – dice desperezándose sobre el banco.

El guardia se aleja mirando hacia atrás cada dos por tres. Enrique le ha parecido un hombre muy extraño con unos ojos, jaspes, enloquecedores.

Enrique no puede creerse que todo lo que había vivido fuera un sueño. Él ángel caído sigue inamovible en su sitio, bajo fuertes y duras capas de cobre y esposado por la serpiente, que le proporciona la condición del señor de la tinieblas. De golpe, siente algo en su garganta, y metiéndose la mano a la boca, saca un escarabajo pelotero, recubierto de saliva. Las arcadas le vuelven de nuevo y al fin vomita todo lo que tiene dentro. El suelo está cubierto de bichejos y sangre. Enrique se lleva las manos a la cabeza, mira a Luzbel, que se mantiene inerte y grita, embaucado de alegría. Era cierto, todo era cierto. Luzbel había hablado con él, piensa Enrique absorto de la realidad que le rodea. Se mira los brazos, llenos de morados, por las fuertes opresiones del ángel en ellos y su pecho, con una mancha negra, interna. Sus ojos se llenan de luz, como faros, en un acantilado con una costa brava y siente, como se eleva, se eleva tan alto que vuela, ligero como una pluma, retenida en una suave corriente de aire.

Enrique comienza a caminar, dirigiéndose al hotel donde le espera su esposa para cenar. Cada farola por la que él pasa cercano, se rompe, cubriendo el suelo de finos vidrios, o se consume la bombilla al momento, como una vela marchita. Caminando a oscuras, simplemente guiado por su luz interior, recorre las calles madrileñas Enrique, sintiendo sus pisadas livianas.

Una vez entra en la habitación del hotel, Enrique mira en silencio a su mujer, sentada en una silla de madera, leyendo una novela. Enrique puede ver su alma. Y está es negra, como un pozo sin fondo. Está carcomida por la envidia, insegura del destino, ensuciada por las mentiras, llena de rabia, dolor, tristeza, estrés y amargura.

- Hola Enrique – dice ella, al darse cuenta de que este la estaba mirando. Aparta el libro y se levanta de la silla. Enrique se acerca a ella y la abraza. Se besan - Cariño, tus ojos han cambiado – dice su esposa admirando sus pupilas – Son verdes, tan verdes como el césped que brota en un prado elíseo creado por Dios.

- No sabes cuanta razón tienes querida – sonríe Enrique alzando a su mujer en brazos y lanzándola por la ventana, desde un séptimo piso.

El tráfico se detiene. El cadáver de su esposa ha quedado encajado sobre el capo de un coche. Enrique observa como se desvanece la oscuridad, dejando sitio a una turbadora y fascinante claridad.

8.1.11

Malos días - Buenos días

El mal día de Iñigo:


Hoy Iñigo va a tener un mal día, de esos que recordamos una y otra vez, y nos dejan un sabor de boca espantoso, como si nos hubiéramos dedicado a tomar basura a cucharadas.

Iñigo no sabe lo que le espera en el día, pero las cosas, van a ir de mal en peor, torciéndose su día tanto, como cuando retuerces una cuerda tensa, ¿y que es lo que le pasa al final a esa cuerda?, se rompe, como la paciencia de Iñigo.

Comencemos.

Iñigo se levanta de la cama, y al poner los pies en el suelo, chafa algo viscoso y frío. Coge las gafas y mira al suelo, quitándose las legañas secas de los ojos. Su gato ha vuelto a vomitar a los pies de su cama. Este se pasaría la noche comiendo los restos que quedaban, en la cocina y el salón, de la fiesta que organizó la noche anterior

Su pie está completamente sumergido en el vomito del, no tan lindo minino, ahora. Iñigo maldice en voz alta “Tragón, cuando te vea, te corto los huevos yo mismo". Se dirige a la ducha, dejando huellas de vomito por todo el pasillo.

Se ducha rápidamente. Se pone los vaqueros, no le cierran del todo, ha engordado unos cuantos kilos en esos días. Se dirige malhumorado al cuarto, y coge un chándal marrón, que tiene echo un churro en el suelo. Limpia el vomito del gato con papel higiénico y recoge un poco el comedor. Se mira por última vez al espejo y se engomina en el pelo. Esta espantoso.

Ya en la calle, mira el reloj, se le está haciendo tarde. Camina malhumorado, sin mirar nada. Un coche que pasa a toda velocidad, lo moja entero. Iñigo grita, al ver su ropa llena de barro.

Cruza enfadado la calle y, de repente, un perro, enorme, o eso le parece a él, le persigue furioso. Iñigo corre, como una bala rompiendo el aire, hasta la casa de Sonia. ¡No corría tanto desde el colegio!. Llega sudando, fatigado, con dolores en el pecho. El perro esta fuera del patio, ladrando diabólicamente, y él se encuentra temblando, ante la mirada firme del astuto canino.

Sube en ascensor y entra en la casa de Sonia. Camina pesaroso por el pasillo, oliendo a sudor y manchado de barro. Entra en la cocina, se toma una cerveza y coge unas patatas fritas.

Se dirige al cuarto de Sonia y cuando entra, esta está con otro en la cama, gozando como una loca.

Iñigo grita colérico y Sonia no le presta la menor atención. Iñigo se va corriendo de la casa, lloriqueando, muy enfadado.


El buen día de Iñigo:

Iñigo se despierta feliz, como un niño sin preocupaciones, al oler el dulce aroma del café recién hecho y las tortitas con sirope y nata. Se levanta de la cama, de un salto, espabilado, y corre a la cocina como un loco que flota con el sabroso olor que llena su casa. Su madre está canturreando y preparando más cosas para su nene. La casa está completamente limpia y todo huele tan bien. Hacía tiempo que su casa no tenía tan buena pinta.

- Buenos días mama - dice Iñigo mientras se rasca la barriga, que asoma, ligeramente, bajo su pijama de Spiderman.

- Hijito mío - dice Encarna - ¡Que madrugador! - exclama orgullosa.

- Es que he quedado con Sonia pronto. Mama, ¿que haces aquí? - pregunta extrañado Iñigo. Se sienta en la mesa y comienza a devorar toda la comida a su paso.

- ¿Que razones ocultas voy a tener para venir a ver a mi querido hijito? - dice con una falsa sonrisa en el rostro. Iñigo arquea una ceja y pega un bufido - Vale pequeñín, he discutido con tú padre. Así que me quedaré unos días contigo. Supongo que no te parecerá mal, ¿verdad cielo? - dice con ojos de santa.

- Claro que no mama. Pero ya verás como en nada hacéis las paces… mama... ¿me haces más tortitas? - pregunta terminando la última de la bandeja. Su madre asiente con felicidad - Pero estas las quiero de chocolate y nueces - exige el glotón.

Encarna cocina alegremente más tortitas para su encantador bebe, que mira la televisión embobado, mientras se rasca sus enormes huevos peludos.

Iñigo se da una larga ducha, en la que pone toda su atención en su escurridizo pene. Mientras, Encarna, friega los platos, recoge la cocina, limpia el cuarto de Iñigo y plancha la poca ropa limpia de su hijo.

- ¡Mama! - grita Iñigo, ya preparado en la puerta para marcharse - en el baño tienes el cesto de la ropa sucia, pon la lavadora, y si puedes, lleva a Tragón al veterinario, está algo pachucho. Nos vemos a la hora de la cena - sale de la casa, dejándole las palabras en la boca.

Encarna sostiene a Tragón en sus manos y le acaricia suavemente su pequeña cabeza. Le pone agua limpia y comida. Se queda sola, pensando que delicioso plato le preparará a su estupendo hijo para cenar.

Iñigo camina gozoso por la calle, relamiéndose los labios, aún con sabor a sirope. Siente que la suerte esta de su parte ese día, y que las cosas van a mejorar aún más cuando llegue a casa de Sonia. Se siente dueño de la calle. Cada paso suyo, se enraíza en el suelo, dejando resquicios de su vaga felicidad.

Y así es. Sonia le espera en la cama, con un conjunto de lo más sexual. Yace en la cama, con el pelo suelto, ondulándose sobre la almohada. Este se queda sin palabras y la mira desesperado por hincarle el diente.

¡Oh grandioso suceso ocurre en ese cuarto!. Y es que Iñigo se la folla. No follan, o ella le folla, sino que él se la folla, como un bestia, en menos de tres minutos, los suficientes para que ella se vuelva loca y muera extasiada en la cama empapada.


El mal día de Sonia:

Sonia se levanta ilusionada de la cama, pues al fin, tiene la casa libre. Sus compañeras de piso se han marchado de viaje durante dos semanas y es el primer día, en mucho tiempo, que tiene la casa vacía.

Se prepara un cuenco de cereales con leche y miel y desayuna leyendo el periódico, en internet.

Son las 9.30 de la mañana. Aún quedan dos horas para que llegue Iñigo a su casa. Tiempo suficiente para darse una ducha, depilarse, recoger el cuarto y leer un rato.

A las doce, Sonia, ya está preparada en la cama, con el conjunto de ropa interior tan caro que se compró el otro día, para darle una sorpresa a Iñigo. Está despampanante. Se recuesta en la cama y adopta una posición muy sexy. Las 12.15, Iñigo no ha llegado. Las 12.30, Sonia comienza a enfadarse. Las 12.45, es el colmo, ni siquiera la llamó para avisarle que llegaría tarde. Sonia está malhumorada. La 13.00, Sonia se queda dormida en la cama.

Las 14.00, Sonia se despierta de golpe, al oír a Iñigo entrar, y como no, se tropieza con el jarrón de la entrada. Vuelve a adoptar la misma posición con la que le esperaba hace dos horas y sonríe, aunque está enojada. Iñigo pasa primero por la cocina, coge una cerveza de la nevera y abre un paquete de patatas fritas. Sonia no se puede creer que no vaya directamente a su cuarto.

Iñigo entra. Y ahí la ve. Tan deslumbrante como nunca. Sonia le mira provocativamente y este se baja los pantalones rápidamente y se tira sobre ella. La ahoga, con sus cuantos quilos de más. Juguetea un poco con ella, le aparta el tanga de encaje y la penetra. Esta patético sobre ella. Suda como un cerdo y tiene restos de patatas fritas en los labios. La besa, como un perro. Está finge que es el polvo de su vida. Le dice que la está destrozando, que la mata, que su enorme pene, en realidad, raquítico, como un gusano recién nacido, la va a partir en dos. Iñigo, en menos de tres sacudidas se corre. Se quita de encima de ella y se tumba en la cama, agotado.

- Sonia - le dirige por primera vez la palabra desde que ha llegado - he visto que tienes pasta italiana en el armario. ¿Preparas eso para comer? - pregunta rascándose la barriga.

- ¿Pensaba que íbamos a comer fuera? - dice ella con el estómago revuelto por lo que acaba de ocurrir.

- Si, pero es que me deje la cartera en casa y no me apetece nada salir. Andaaa... hazme esos macarrones con queso que tanto me gustan.

-Sonia se levanta y se va al baño. Se da una ducha, larga, intentando quitarse la suciedad, que siente impregnada en sí misma. Escucha a Iñigo viendo la televisión y riéndose con un programa de corazón.

¿Cómo?, ¿cómo una chica como ella ha acabado con semejante mandril?. Es un egoísta, un cerdo, un tacaño. No sabe comer, no tiene buenas conversaciones, no tienen aficiones similares y, además, es pésimo en la cama. ¡Oh por Dios!, menudo día le espera a la pobre Sonia.


El buen día de Sonia:

Sonia lo tiene todo planeado. Ha quedado con Rubén, su amante, desde hace un mes, un hombre fabuloso, inteligente, cariñoso, gracioso, guapo, atento y, tremendamente bueno en la cama, media hora antes de que llegue Iñigo a su casa.

Sonia y Rubén unen sus cuerpos una y otra vez. Sonia es feliz.

Iñigo entra en el cuarto de Sonia, con la bolsa de patatas fritas en las manos.

- Sonia, ¿no te quedan más patatas? - entra diciendo sin mirar.

- No - responde Sonia mientras cabalga raudamente sobre las caderas de su hermoso amante - Veeeteee aaa ahh ahh comprarlasss túúú si eeeeeso - dice con dificultad entre jadeos.

A Iñigo se le caen las patatas al suelo alucinado. Comienza a gritar y a lloriquear como un niño.

Sonia se siente liberada, como si hubiera extirpado un mal de su vida, llevándose un gran peso que sostenía su espalda. Se entrega al placer, haciendo oídos sordos a los llantos quejosos de su rechoncho novio, gimiendo en un real e intenso orgasmo. Por primera vez en su vida, Iñigo, escucha gozar de verdad a Sonia, la cual está sumida en el limbo del placer.

Iñigo se marcha enfadado, agarrando la bolsa de patatas fritas y abrazándola contra su pecho. Rubén besa a Sonia y se quedan tumbados en la cama, riendo.

¿Con que día te quedarías tú?

4.1.11

Secreto a voces (La verdadera cara del maltrato)

1º parte: Muerte
Escenario: Pantalla de televisión encendida. Esta puesto el telediario del canal cuatro. Son las noticias matutinas. En la pantalla podemos observar el exterior de un bajo, perteneciente a Graciela Tortajada y Ricardo Tortajada.
Personajes: Reportera, Mª Jesús y matrimonio.

REPORTERA - Buenos días, soy Margarita González, retransmitiendo desde Valencia-El Cabanyal, la víctima número sesenta, en España, a manos de la violencia de género. Ya son sesenta mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas, en lo que llevamos de año 2010. Graciela Tortajada ha sido la última víctima de este mes sangriento. La joven, de treinta años y nacionalidad española, fue asesinada por su marido, Ricardo Tortajada, mientras dormía. Según el informe del médico forense, su marido la asfixió con una almohada y la apuñaló diez veces en el pecho, hasta que esta quedo desangrada en su cama. Sus hijos, de tres y seis años, estaban con los padres de la víctima, en la noche del incidente. La muerte de Graciela ha dejado desconcertado a familiares, amigas/os y vecinas/os, pues nadie esperaba tal comportamiento de "el bueno de Ricardo", llamado así por sus conocidos del barrio. Ricardo fue detenido por la policía tres horas después del asesinato. Este, entro en un pequeño comercio del barrio, cubierto de sangre y gritando lo que había echo. El responsable del comercio aviso inmediatamente a la policía. Tenemos con nosotros a la madre de la víctima y dos de sus vecinos. Mª Jesús, ¿cómo se encuentra? - pregunta la reportera de ojos saltones y nariz pequeña, mientras le acerca el micrófono al rostro.
Mª JESÚS - Estoy muy mal - dice envuelta en lágrimas saladas de dolor - Jamás pensé que Ricardo pudiera ser capaz de hacer algo así. Siempre fue tan bueno, atento y considerado con mi hija. No entiendo por que ha ocurrido esto - dice la madre de la víctima apartándose de las cámaras, cubriéndose el rostro desfigurado, lleno de amarga angustia.
REPORTERA - ¿Ustedes dos se imaginaron alguna vez que esto pudiera ocurrir? - dice la reportera, acercando el micrófono a un matrimonio, vecino suyo.
MATRIMONIO - No, ¡por Dios!. Si parecían la pareja perfecta. Nunca pensamos que pudiera ocurrir algo así - dicen ambos asombrados. El marido abraza de la cintura a su mujer y está prosigue hablando – Los oíamos discutir de vez en cuando, pero lo normal en una pareja.
REPORTERA - Como han podido observar, nadie imaginaba que el joven matrimonio tuviera un desenlace tan terrible. El juicio se celebrará el viernes 12 de diciembre en Valencia. Margarita González, para Noticias 4.

2º parte: Verdad escondida
Escenario: Comisaría de policía del Cabanyal-Valencia. En la sala de espera están Mª Jesús (madre de la víctima), Claudio (mejor amigo de la víctima), Raquel (hermana del asesino) y una vecina, esperando todas/os su turno para que les hagan unas preguntas sobre el suceso. Mª Jesús no para de llorar, y es consolada por todos los que esperan en la sala, menos por la vecina, que lee tranquila una revista, que saca de su bolso hortera, con estampados de falleras y naranjas.
Personajes: Policía, Mª Jesús (madre de la víctima), Claudio (mejor amigo de la víctima), Raquel (hermana del asesino) y vecina.

POLICÍA - Buenas tardes señora. Usted es la madre de la víctima, ¿cierto? – pregunta el policía arqueando una ceja. Mª Jesús asiente con la cabeza hundida en sus manos arrugadas - ¿Cómo se encuentra? – pregunta el policía mientras se sirve una taza de café.
Mª JESÚS - ¿Cómo quiere que me encuentre? – pregunta irónicamente Mª Jesús – ¿Acaso no sabe que he perdido a mi única hija? – dice molesta.
POLICÍA – Cálmese señora, estamos todos aquí para ayudarle a pasar este trago tan difícil – Mª Jesús señale el café con la mano y este le sirve una taza. El café esta humeante – Le voy a hacer una serie de preguntas que quiero que me conteste con la mayor tranquilidad posible – esta asiente y pone cara de fastidio, al quemarse la lengua con el café - ¿Cómo describiría la relación que tenía su hija con su yerno? – el policía saca una libreta y un bolígrafo y se prepara para anotar las contestaciones oportunas para el desarrollo de la investigación.
Mª JESÚS – Pues una relación sana – dice carraspeando – Una relación normal, como la mía, como la suya, como la de todos – aclara – Mi hija dejo de trabajar, al quedarse embarazada de Christian, su primer hijo, y Ricardo, se dedico a cubrir la economía familiar, como un buen padre y marido. En fin… el deber de un hombre – el policía le mira asombrado y anota en su libreta un par de cosas – No me mire como si fuera una anticuada. De siempre el marido ha sacado las castañas del fuego y no hay más que hablar.
POLICÍA - ¿Sabía si Ricardo le pegaba a ella o a los niños? – pregunta el policía.
Mª JESÚS – Pegarle, nunca. Bueno, al menos no delante de mí.
POLICÍA - ¿Alguna vez su hija le comento si tenía miedo de Ricardo o se lo insinúo?  
 Mª JESÚS – No. Era feliz con su vida y con su matrimonio.
POLICÍA – ¿No le comento que iba a divorciarse de él?. Ya tenía todos los papeles preparados. Solo le faltaba la firma de Ricardo en los documentos, para ser libre, oficialmente, de él.
Mª JESÚS – Emm… si. Pero yo le dije que no lo hiciera. Por el bien de sus hijos y de Ricardo. Estaba adoptando una medida muy egoísta – señala seriamente Mª Jesús.
POLICÍA – No tengo más preguntas para usted. Puede marcharse.
Mª Jesús se levanta de la silla y, arrastrando los pies, sale de la sala, sin dejar de fulminar con la mirada al policía. Ahora es el turno de Raquel, la hermana de Ricardo, que entra a la sala con los ojos hinchados de tanto llorar. El policía le sirve un vaso de agua con unos hielos para enfriarla.
 RAQUEL – Gracias – dice cuando le da el vaso de agua helada. Le da un trago y se queda en silencio.
POLICÍA -  Le había dicho a mi compañero que tenía algo importante que contarme, ¿es cierto? – esta asiente con la cabeza – Dígame, ¿que es lo que quería contarme Raquel? – pregunta serio.
RAQUEL –. Mi hermano fue siempre un sádico con Graciela – el policía asiente y le da pie a que prosiga - ¿Sabía que le obligo a abortar en su primer embarazo? – este anota el testimonio de la joven de cabellos negro azulados y ojos plata – Le obligo ha abortar por que  iba a tener una niña. Es vomitivo – dice con el estómago encogido - Él solo soñaba con niños, jamás hubiera querido criar a una niña, hubiera sido un golpe a su virilidad y a su honor. ¿Sabe que siempre se avergonzó de tener una hermana?. ¡Él muy cabrón y su putos prejuicios prehistóricos! – grita Raquel enfadada.
El policía anota algunas pruebas más que le facilita la joven de pupilas plateadas y prosigue recogiendo información con las declaraciones de Claudio y la vecina del matrimonio.
POLICÍA – Claudio, ¿usted conocía la situación de Graciela? – pregunta con semblante duro el policía.
CLAUDIO – Todos sabíamos que Graciela no era feliz con Ricardo. Lo amaba, pero… este solo sabía hacerle daño. Recuerdo claramente una noche en la que llego a mi casa llorando, cubierta de morados por todas partes. Estaba aterrada, y yo no supe que hacer. Me sentí inútil. Se me rompió el corazón al ver a mi Graciela tan débil, tan vulnerable y tan dolida. Al principio solo fueron toques de atención, bueno, eso es lo que le decía él muy salvaje para justificar sus actos, pero después, la situación ya se le escapaba de las manos, y comenzaron las palizas, las noches en vela, temiendo por su vida y la de sus peques. Esos niños han visto tanta maldad y, son tan pequeños. En su sangre habitaba el pánico de no saber si su madre aguantaría más o si su padre se la cargaría. ¡Y así ha sido! – llora desconsolado. El policía le dice que se calme. Este respira con dificultad - Tuve que llevar, de urgencias, a Graciela, al menos siete veces, si no recuerdo mal, y las excusas en el hospital cada vez eran menos creíbles. Nunca dijimos la verdad, ella no quería que se supiera. Era una mezcla de humillación y culpa. Por un lado Graciela sentía que se merecía esas palizas, y que Ricardo lo hacía por su bien.
POLICÍA – ¿Y usted? – le pregunta a la vecina del bolso hortera.
VECINA – Si, y no por ser una chismosa ni nada por el estilo, pero siempre hacían mucho ruido, y las paredes del edificio son muy finas, así que siempre era muy difícil no escuchar nada. Un día oí como Graciela le recriminaba a Ricardo que ya no hacían nada juntos. Que ella tenía que hacer todo lo de la casa (limpiar, hacer la comida, llevar la contabilidad de la casa, etc.), además de cuidar a los niños (darles de comer, llevarlos al cole, ayudarles con los deberes, ir a las reuniones de la escuela, comprarles los juguetes, leerles cuentos, etc.) sola, sin ningún tipo de ayuda por su parte. Entonces escuche, aunque yo no quería, como le he dicho antes, las paredes son como folios y, Ricardo tiene una voz muy profunda y vibrante, bueno, por donde iba… ¡ah! si… escuche a Ricardo diciendo que ella solo servía para esas cosas y que era estúpida. Graciela se echo a llorar, supongo que anulada por las palabras de su marido y, entonces, se comenzó a escuchar ruidos de cristales rompiéndose, llantos y gritos de los niños asustados, alaridos de dolor de Graciela, y las sucias carcajadas de este. Yo no quise avisar a la policía ni nada por el estilo, pues no era mi problema, y no hay que meterse en la vida de los demás. Pero bueno, eso no es lo único, lo que más me impactó fue que a la noche los oí en la cama, y como para no oírlos, ¡los muy escandalosos!, ustedes ya me entienden – dice mirando la vieja chismosa al policía y a Claudio - En fin… tampoco le dolería tanto lo que le dijo su marido, pues ya que a la noche gozaba como ninguna – dice la vieja harpía.

3º parte: Veredicto final
Escenario: Tribunal de justicia de Valencia. El juicio esta apunto de acabar. Los testigos ya han aportado sus declaraciones y los miembros del jurado han dado su resolución del caso a la jueza.
Personajes: Jueza, Ricardo Tortajada, miembros del jurado, abogado defensor del culpable, familiares, amigas/os y vecinas/os de la víctima y policías.

JUEZA - Deberíamos ver está situación desde otro prisma – dice la jueza mientras se pone las gafas de vista - No tendríamos que platearnos el número de mujeres muertas, si no, el número de asesinos que crece, cada día más, en nuestro país. Ya son sesenta mujeres asesinadas por este tipo de violencia machista, lo que hace un total de sesenta asesinos de mujeres, sesenta asesinos sin escrúpulos. Pero, ¿cuál es el fallo que existe en nuestro país para que siga existiendo tal tipo de violencia?, ¿por qué los maridos, que tanto dicen amar e idolatrar a sus esposas, les hacen pasar por semejante martirio o, incluso acaban con sus vidas? – pregunta la jueza. Nadie sabe responder - Y no solo son ellos los culpables, también lo son sus familias, amigas/os y vecinas/os – acusa, inquisidora, la jueza - pues no son capaces de llevarse la falsa venda de los ojos y ver la realidad de lo que ocurre a su alrededor, ni tampoco son capaces de ayudar a esa víctima, que grita en silencio su compasión, su comprensión y, sobretodo, su protección - la sala esta en completo silencio. Algunos individuos esconden sus cabezas, entre sus manos, con la mirada en el suelo - Declaro culpable al acusado, Ricardo Tortajada, del delito de homicidio en 1º grado y del delito de violencia doméstica contra Graciela Tortajada – Ricardo se indigna al escuchar las palabras de la jueza - Y también declaro culpable a todos ustedes - dice señalando a los familiares de la víctima, amigas/os y vecinas/os - pues son todos tan culpables como Ricardo – señala lógicamente.
Los policías de la sala esposan a todos los asistentes del juicio y se los llevan en fila, a los calabozos.

4º parte: Recuerdos polvorientos
Escenario: Graciela y Ricardo yacen desnudos en su cama. Están charlando.
Personajes: Graciela Tortajada y Ricardo Tortajada.

GRACIELA - Ricardo, ¿me amas? – pregunta soñadora Graciela, mientras juega con el bello del pecho desnudo de Ricardo.
RICARDO - Emmm... si, claro. ¿A que viene esa preguntita? – dice con tono confuso.
GRACIELA – A nada. Solo quiero saber que es lo que sientes por mí ahora, en este mismo momento. ¿Quiero saber si sigues amándome como al principio de nuestra relación¿ – le pregunta mirándole a los ojos.
RICARDO - Graciela, las cosas cambian – dice tajantemente. Graciela le mira apenada - pero... yo te quiero – intenta “decorar” sus antiguas palabras.
GRACIELA - Ricardo, ¿serías capaz de dar tú vida por mí?.
RICARDO - ¡Madre de Dios!. Que tontita te has levantado hoy ¡eh!. ¿Qué es lo que se te pasa por la cabeza de buena mañana? – dice asombrado.
GRACIELA - Sabes... yo si que daría mi vida por ti. No dudaría ni un segundo, simplemente lo haría – dice intentando darle un beso. Este le aparta y bosteza, como si la conversación le estuviera aburriendo.
RICARDO - Pues claro tonta, las mujeres sois así. Lo daríais todo, por que estáis locamente enamoradas. Nosotros somos más racionales - Ricardo le da un áspero beso en la frente para que esta le deje en paz - Anda, levántate, que no tenemos todo el día para estas absurdas charlitas - le mira con superioridad, mofándose de ella - Prepárame el desayuno, y que sea abundante, ¡tengo el hambre del demonio! – exclama.
Graciela se levanta de la cama y se pone su bata a cuadros. Ricardo le da una fuerte palmada en el trasero y le guiña un ojo, haciendo la gracia. Ella se dirige a la cocina pensativa. No deja de cavilar en todo lo que haría por Ricardo, pues lo ama tanto, que le duele.
Graciela jamás hubiera imaginado que acabaría perdiendo la vida a manos de ese hombre, por el cuál, ella lo habría dado todo.