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20.12.09

El viejo relojero

Sentado en la mesa, bajo las luces tenues de las velas, trabaja sin descanso el viejo relojero. Monta y desmonta una y otra vez los mismos relojes desde hace más de veinte años, después les da cuerda a cada uno, y suspira aliviado al ver que ya acabado con su trabajo. Un trabajo rutinario y perfecto.



Encima del escritorio, antes, siempre habían preciosas rosas rojas. Eran carnosas y emanaban un olor especial. Ella siempre las tallaba en el momento más álgido de sus vidas, y se las ponía en un amplío jarrón de cristal. Desde que esta solo, encima de la mesa solo hay tuercas, tornillos, cristales y diminutas piezas metálicas.

Siempre que estaba con ella, era como si estuviera soñando despierto.

Tenía tantos sueños cuando era joven, tantos sueños atormentados y perdidos, tantos sueños que deseaban cumplir juntos.

Contempla sus manos frías, llenas de arrugas y heridas. El silencio inunda la sala. Desliza lentamente sus dedos sobre la palma de su mano. Recorriendo los profundos caminos de su vida. Cierra los ojos cansados, y la visualiza más hermosa que nunca. Si se concentra mucho puede percibir su olor cerca de él. Huele a ángel. La recuerda riendo, siempre con una amplía sonrisa… y esa pequeña y preciosa nariz sonrosada. Su pelo, rojo como el fuego, brillando a la luz del sol en el campo. Siente sus besos en los parpados de sus ojos, bajo la sombra de un majestuoso roble en el atardecer. Oye su voz, como un eco lejano, mientras se escapan las notas de su guitarra española.

El viejo relojero se levanta de la mesa, apoyándose sobre la mesa con las manos, y deja sus herramientas ordenadas minuciosamente, y parte a la calle. Se sienta en un banco de madera, donde cierra los ojos, esta vez fuertemente, como si no quisiera volver a abrirlos jamás, y vuelve a soñar con ella.

Las hojas de los árboles están esplendorosas a la luz de la luna. Las estrellas se parten en el cielo con la nieve y sus recuerdos danzan alegres en su cabeza. Una fina lágrima resbala por su mejilla, cayendo al suelo, sonoramente. Ahora, simplemente, no es más que una sombra.


14.12.09

Anomalías

Sobre la larga alfombra de colores vivos se despierta, entumecido. No lleva ropa alguna. Siente el tacto áspero de la tela que cubre el suelo, en su nuca.

Un pinzamiento en el pecho encoge su corazón. Suelta un gemido ahogado, en el que su voz se escapa.

Le duele la cabeza, como si le hubieran golpeado fuertemente con algo. Intenta mover un brazo, para tocarse la cabeza, de la cual emana gran cantidad de sangre, pero no puede. Siente que le va a estallar la cabeza de la presión que siente.

No puede mover un solo músculo de su cuerpo. Esta completamente paralizado.

Se forma un charco de sangre alrededor de su cabeza, que va circulando lentamente, dibujando su silueta en la alfombra.

Comienza a ponerse nervioso. Se agita. Intenta gritar, pero tampoco puedo. Su voz se ha apagado, sus fuerzas le han abandonado. Arde en la desesperación. El pulso se le acelera. Comienza a bombearle la sangre de todo el cuerpo quemándole las entrañas. Retumba su pulso, como un sonoro despertador. Las venas de los brazos y los pies se le hinchan. El sudor cubre completamente su delgado cuerpo. Se siente mareado y desorientado.

Por la ventana entra una luz mortecina. Los cristales están empañados y el frío se cuela fugazmente en la habitación, por los viejos marcos.

Puede escuchar la lluvia repiquetear contra los cristales de la habitación. El techo de la pared esta destrozado. La pintura de la pared cae a trozos, y grandes manchas de humedad cruzan la sala, enredándose unas con otras, formando dibujos apagados. La cenefa que cubre las paredes esta mohosa, con un tono amarillento. Cierra los ojos e intenta pensar que ha pasado. No se le ocurre nada. No recuerda nada. Es como si su memoria, de las últimas horas, se hubiera borrado completamente. Las ventanas se abren de par en par, y una corriente de aire helado le provoca un escalofrío que recorre su cuerpo entero. Tiembla, y una gélida lágrima le cae de sus finos ojos. Duerme – piensa – solo es un terrible sueño.

Empieza a sentir un cosquilleo en la planta de los pies y en las manos. Nota como fluye su sangre por todo el cuerpo. Abre los ojos de golpe y grita. Delante de él hay una figura negra, que se funde, con la pared rojiza.

Se acerca lentamente hasta él. Lleva una capa larga abotonada por delante, de satén cereza, que arrastra por el suelo. Se ven sus pies, a cada paso que da hasta él, son diminutos y muy pálidos. Camina con el rostro agachado y las manos cruzadas, escondidas bajo las amplias mangas de la capa. Se agacha a su lado y se queda mirándole durante unos minutos sin decir nada. Mientras el va recobrando la movilidad de su cuerpo. Asustado, se mueve como un pez fuera del agua, al que le falta oxigeno.

Mueve el cuerpo desesperado de un lado a otro, sin conseguir mayor movimiento que ese. Mientras fija sus ojos en esa figura misteriosa a la que no consigue ver el rostro.

Se quita la capa con parsimonia, desabotonando con dulzura cada botón. Quita la capucha que cubre su cabeza, saca los brazos de las largas mangas y se queda completamente desnuda. Él atónito deja de moverse. Lleva un antifaz veneciano, de elegante forma, numerosos brillos y adornos. Tiene los labios finos, con el contorno desdibujado, fundiéndose las comisuras con su rostro. Tiene una mirada impasible. Unos ojos negros que se siente dañados.





Saca de un bolsillo interior de la capa una jeringuilla y se la clava en el cuello. “Tranquilo”- dice mientras hunde su mano fría en su espeso pelo rizado y vierte la mitad del contenido de la jeringuilla. “Esto que te acabo de inyectar es ketamina. Te paralizara el cuerpo como antes, pero sentirás todo lo que te haga. No podrás gritar, no podrás moverte, solo podrás sufrir” - dice con un tono suave y tranquilo.

Comienza a llorar desesperado. No entiende nada. Piensa que sigue en un terrible sueño.

Ella saca del mismo bolsillo un bisturí. Brilla temible en la noche. El horrorizado cierra los ojos queriendo despertar. El bisturí se desliza por su pecho, haciendo una profunda incisión. Mete su mano fría y estira su corazón, arrancándolo aun palpitante. Lo observa en su palma de la mano aun caliente. Lo devora sin compasión.

Un hilo de sangre recorre su barbilla, deslizándose hasta su cadáver.

“Te arranco tu corazón para que no hagas más daño. Ni a ti, ni a nadie. Devoro tu corazón por que jamás me perdonare lo que acabo de hacer, y deseo tenerte por siempre a mi lado”- dice mirándolo con ojos tiernos.

Se levanta y cierra las cortinas de la sala, por que se siente observada y juzgada. Vuelve junto a él y se tumba en el suelo. Coge la jeringuilla y se mete lo que queda en ella. Lo abraza fuertemente, quedándose paralizada.

Corazón amargo. Corazón traicionado. Corazón desolado.



15.11.09

Mi desesperación en una hoja en blanco

Solo deseo volver a sentir la libertad. Sentir que tengo el poder en mis manos. Coger fuertemente esta arma y poder disparar. Tomar la decisión y no derramar ninguna lágrima más. Ser fuerte de una vez por todas y que la función pueda comenzar. ¡PUM! Allá va.






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¡Quiero poder volver a sentirte cerca! Mi mente confusa, tropieza. Laberintos de serpientes recorren mis entrañas. El violín se ha helado y nuestros cuerpos se han fundido en la naturaleza muerta.

Antes de verte muerta, ¡muero yo desesperado! Golpea su pecho furioso. Enloquecido arranca sus cabellos, y ella en el suelo muerta. Preciosa. Llena de magulladuras, producidas por sus inocentes besos.

Desea poder volver a yacer con ella, hasta morir. ¡Vuelve a mi lado reina! No me hagas gritar - suplica enojado.

Una venda invisible censura sus gritos. Corre por los pasillos sin ninguna salida. Y ella se aleja. Cada vez más lejos. Solo puede llorar. Las lágrimas empapan su rostro. Dulce. Su dulce perfume embriaga su alma. Sus caricias la mataron.

Te echo de menos – dice mientras acaricia su cuerpo asesinado.


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El sol se reflejaba en sus cabellos rojizos. Sentada en enormes campos dorados, las nubes se fundían con su cuerpo. Amapolas brillaban con el esperado rocío de la noche. Las mariposas se posaban en sus manos. Las recogía, formando un cuenco, con sus manos cansadas y viejas, que permanecían fuertes y llenas de vida, resguardando los aleteos de los rosados insectos. Los ruiseñores cantaban a la muerte del atardecer. Brillos púrpuras y anaranjados se esfumaban por doquier. El magnifico astro calentaba aún con dulzura. Los rayos penetraban en su piel arrugada. Las hadas, de sus fantasías, se escondían bajo los majestuosos robles violetas.

Sus ojos, vacíos, no podían expresar su larga vida. Su corazón, débil y cansado, latía al son del ausente viento. El espantapájaros sonreía bajo una cascada plateada de estrellas, meciéndose lentamente con su último aliento.

Con cada ráfaga de aire, los gritos eran transportados, sonando cada vez más fuertes, sin dejar de retumbar dentro de ella. La tristeza se apoderaba de sus recuerdos, que iban perdiéndose poco a poco y ahogándose en la orilla del río. Los cristales se partían en mil pedazos, cortando su mente, desfigurando su alma y dejándola escapar. Sin volver jamás atrás. La noche cubrió la ciudad con su lúgubre manto. Las notas del piano cada vez sonaban más débiles.







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Solo se digna a ver las horas pasar. El tic tac del reloj baila sin cesar, volviéndola loca. Me muero, me muero de soledad – piensa. Quiero morir, deseo morir – vuelve a pensar. Una angustia acongoja su alma. El reloj se hunde y su cuerpo con él, en una odiosa pesadilla. El espeso barro no la deja respirar. Húmedo, gris, putrefacto. Un túnel blanco, recorre en el crepúsculo de sus sueños. La neblina del aire se espesa. Las plumas de las aves se petrifican. El tic tac deja de sonar.






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Sally se retuerce en su amplía cama, que ahora solo ocupa ella. Las sábanas están completamente llenas de sudor. Todo aún huele a ella. Su aroma esta impregnado en todas partes, incluso en Sally. Hunde su rostro en la almohada e inspira, tristemente, el aroma que siempre le acompaño en su vida. Sus lágrimas inundan sus ojos. El salitre envuelve su corazón. Y anclada en la desesperación grita, sin recibir ningún consuelo.


La sala oscura envuelve su locura, y arrastras se mete en la blanca ducha. Sentada en el frío mármol, su cuerpo se estremece. El agua comienza a caer, sobre su espalda contorsionada, en forma de espiral, golpeando su marchito cuerpo. Su piel se eriza, con cada diminuta lágrima que resbala por su cara, cayendo, lentamente, hasta llegar a su barbilla, aproximándose a un cruel vacío.





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Las rosas, que decoraban todas sus ventanas, marchitadas están ahora. Los pétalos sombríos, no volverán a la juventud de sus recuerdos pasados. Los cerezos lloraran en el invierno, cubiertos de nieve helada. El sol jamás alumbrara los corazones envenenados de todos ellos. La ponzoña les consumirá. ¡Que horroroso es recordar! Se apagó la luz.

16.10.09

El brujo, el monje y el caballero

¿Quieres otra taza de té Gabriela? – dijo acercándole de nuevo la tetera humeante, a su taza de delicado mármol blanco, con pequeñas lilas dibujadas alrededor del asa – Sí, por favor – afirmo esta amablemente – Y también cogeré unas cuantas pastas más. No puedo evitarlo, están deliciosas Marie – dijo mientras cogía, con timidez, varias pastas, con sus dedos rechonchos – Bueno, dime… ¿que es eso que no podías esperar a contarme hasta el sábado? Estoy impaciente por saber cual es esa noticia que no te deja dormir. Marie, ¿a que esperas? – dijo con una amplia sonrisa – Tranquila Gabriela, todo a su debido tiempo. Ahora disfrutemos del té, y cuando acabemos damos un paseo y te lo cuento todo – dijo mientras sorbía el té – Antes con tantas prisas y ahora no. Tu lo que quieres es que me ahogue tragando rápidamente las pastas, ¿eh? – dijo mientras se abanicaba sofocadamente, agitando rápidamente los brazos. Sus mejillas se colorearon. Su rostro parecía un hermoso campo de amapolas, envuelto en trigo dorado – Bien, vamos. Y cógete unas cuantas pastas más para el camino – dijo con tono burlón – Así el aroma a canela y jengibre nos seguirá durante todo el paseo.



Tomaron el camino de las rosas. Los rayos del astro golpeaban radiantes esa tarde. El perfume del otoño invadía los bosques.



Gabriela ¿recuerdas a Rosalía? – pregunto arqueando una ceja – Pues claro, como olvidarme de ella. Antes tomaba el té con nosotras, éramos grandes amigas hasta que su marido murió, quedo pobre y ahora es una simple campesina – río - Me han dicho que trabaja en los trigales, día y noche. Como cambia la vida. No creo que pensara que le pudiera pasar algo así a ella. Doña perfecta – dijo con cierto desden.



Pues eso no es todo. No sabes en menudo escándalo esta metida – dijo Marie – Cuenta, cuenta. Quiero todos los detalles. Con pelos y señales. Venga sentémonos en ese banco, que mis piernas ya se sienten algo dolidas de la caminata – dijo limpiándose con un pañuelo de seda, el sudor de la frente, la papada y el pecho.



Pues como te decía. Esta envuelta en un escándalo, que ni desearía yo a mis peores enemigos. – Déjate ya de enredarte entre las ramas, y cuéntamelo todo ya – dijo ansiosa Gabriela, devorando la última pasta de té que le quedaba, llenándose de migas todo el escote.



Bien… no te hago esperar más. Pues se ve que ha ido seduciendo a cada hombre que ha pasado por delante suya. Ya sabes lo que dicen de ella por aquí. ¡Que es el diablo! - dijeron al unísono, con tono acusador - Enamora a los hombres con su mirada turbia, su cabello rojizo, como el fuego, y sus insinuantes curvas. Además parece que a los hombres les gusta el olor a tierra, y como se pasa el día trabajando – aclaro Marie – Lo último que se de ella, es que se ve que ha estado con tres hombres a la vez, la muy ramera. ¿Te lo puedes creer?... Yo que no puedo ni con el mío – rieron las dos mujeres.





Primero cautivo a un distinguido caballero alemán. Un buen hombre, rico, fornido y apuesto. Copularon en los trigales donde ella trabaja, bajo la lluvia azotando sus cuerpos. Como animales. Se ve que, al cabo de unas semanas, apareció por ahí la esposa del alemán. Y les pillo allí, en pleno acto. Imagínate la pobre mujer, viendo a su marido regocijándose de placer, sobre esa mísera campesina llena de trigo. – ¡Madre mía! ¿Y que hizo esa buena mujer? – dijo Gabriela impactada por la noticia – Pues cogió a su marido del pescuezo y se lo retorció hasta que este le suplico su perdón. La picara de Rosalía escapo de la mujer, mientras esta recriminaba a su esposo. – ¿Y la mujer de este le perdono? – pregunto Gabriela – Si, la muy boba – se jacto Marie – Bien continua. ¿Cuál fue el segundo en caer en las misteriosas garras de Rosalía? – Jamás te lo creerías. El pobre monje Sebastiano - ¡Dios bendito! – grito Gabriela sorprendida. – Se ve que la misma noche, del desafortunado desenlace con el caballero alemán, esta fue a confesar sus pecados. Y una vez allí conquisto, el cuerpo y el alma del casto monje Sebastiano - ¿Rosalía no tiene límites?, ¿no tiene decencia? Sus actos son los propios de una sucia mujer, es vulgar. ¿Es que se ha convertido en una mujer de vida alegre? – dijo furiosa – Pues no, por que sus servicios son gratuitos. Pero bueno… por donde iba… ¡ah si! La lujuria en la casa de nuestro señor. Pues se ve, que se entregaron carnalmente en el confesionario, donde pedimos perdón a Dios, para ser perdonados del terrible infierno, todos los domingos - ¿Y esta vez como la encontraron? – dijo curiosa Gabriela – Pues muy sencillo amiga mía. La encontré yo. Fui a contarle unos asuntos privados a Sebastiano, cuando escuche unos ruidos procedentes del confesionario. Yo claramente me asuste, pensé que el pobre Sebastiano estaría acatarrado. Me acerque más y pude escuchar gemidos placenteros. Sin dudarlo, mire por la rejilla. Y, allí la vi a ella, practicando actos atroces





- ¿Y que hiciste? – dijo Gabriela - No pude evitar gritar. Así que estos salieron corriendo, a trompicones, cayendo Rosalía al suelo, completamente desvestida de cintura para arriba y Sebastiano, tapándose con el bonete del obispo, sus partes. Yo me fui, muerta de la vergüenza. Y por que no quería verme involucrada en tal escándalo. – Por favor… Rosalía. No me lo puedo creer. ¿Crees que si fuéramos tan miserable como ella actuaríamos así? – pregunto dudosa Gabriela – Jamás. Somos señoras. Tenemos clase, un nombre que se respeta, y dinero – dijo Marie – Levantémonos ya, que seguro que tus piernas están más descansadas. Además ya esta oscureciendo – Bien, pero sigue contándome. ¿Cuál fue el tercero? – dijo mientras se incorporaba. Quitándose las migas del vestido y las hormigas que estaban recolectándolas.



El tercero es un brujo. Vive en lo alto de esas montañas – le dijo señalando al pico más alto, cubierto de niebla espesa – Se ve que fue en busca de ayuda. Pues ya todos sabían de sus fechorías. Y claramente los arzobispos querían apartarla de nuestra comunidad. Cuando llego este ya sabía quien era ella y a que iba. Ella no se sorprendió, pues es un brujo de grandes poderes. Pues bien… ella tenía el plan de hechizarlo, con sus atributos femeninos. Pero fue este quién la hechizo. - ¿Qué quieres decir con ello? – Pues que ahora, dicen por ahí que si ves a una gata negra, de ojos color café, y con la punta del rabo rojiza, es ella. Que aún así, siendo un felino, atrapara los corazones de los hombres y acabara con su cordura. Pues todos la desearan, aún más que antes – No me lo puedo creer. Seguro que ahora también tiene relaciones con el brujo ese – dijo irascible Gabriela – Yo no se que creer. Pero se lo merece. Una no puede ir por ahí con tanto hombre, que los deja locos. No es normal. Imagínate si se acercara a nuestros maridos. Menos mal que el mío es alérgico al pelo de los gatos – rió Marie – Venga, sube a casa, y tomemos una última taza de té, antes de que anochezca – Bien, me vendrá bien tomar algo de azúcar, después de esta tarde abrumadora – suspiro Gabriela.




Y se asomaron a la ventana, comenzando a observar a la gente pasar por la calle. Pensando en las nuevas historias que tendrían que contar. Un maullido resonó por las tranquilas calles. Las dos viejas urracas asustadas se escondieron en la casa. El aroma de los campos de trigo dominaba en la noche.

10.10.09

La tristeza griega

El teatro estaba a rebosar. Los espectadores iban entrando a la gran sala, ocupando sus cómodos asientos, de espuma rojos, y poniéndose las máscaras, que eran obligatorias para el espectáculo. Máscaras y antifaces más simples, de materiales plásticos, lisas, de un solo color, y más complejas, lujosas y de todos los estilos. Con brillos, purpurinas, plumas, adhesivos, piedras preciosas, de cuero, arcilla, con gravados, telas, colores llamativos, etc.




Gustave saco de su mochila el folleto explicativo de la obra, y mientras tomaba asiento, se puso sus gafas metálicas, azules cobalto, sobre su antifaz blanco, en el que había dibujadas diminutas lágrimas ensangrentadas, y en la frente una cruz negra, que parecía haber sido echa con carbón. En la portada del folleto, estaba la imagen de una máscara de cristal en pedazos, sobre la que ponía el título de la obra. Curioso, de nuevo, hojeo el contenido del folleto, más afondo. Leyó “La Tristeza Griega, una obra del jovencísimo Altaír Zorbas. Estrenada por primera vez en España y con un éxito rotundo por toda Europa, y sobretodo, en su país natal (Grecia), Altaír quiere embrujar a los espectadores con esta obra cargada de misterio, amor, traición, ideales, crímenes y nostalgia en las viejas calles griegas. Para el desarrollo de la obra, el público tendrá que llevar máscaras o antifaces, de cualquier tipo, cubriendo sus rostros en todo momento. Con excelentes actores, participación del público, cambios de ritmo intensos, etc. Su disfrute esta garantizado, quedara cautivado por el lenguaje de sus personajes y atrapado por su ritmo gradual e hipnótico”.




Gustave sonrío de oreja a oreja. ¡Por fin asisto a una obra de Altaír Zorbas! – pensó. Miro a su alrededor, y vio como ya no quedaba ningún asiento vacío ni en los palcos privados, ni en la platea. Un mar de rostros ocultos, de su verdadera naturaleza.




Las máscaras y antifaces brillaban bajo los focos de luz de la sala.



El telón se abrió. La gente estaba expectativa. Un sonoro aplauso zumbo por todo el teatro.




En el escenario habían unos hombres, con pasamontañas negros cubriendo sus rostros, saqueando un comercio. Todo estaba destrozado. Los hombres actuaban con rapidez, sabían lo que tenían que hacer. Un anciano, malherido, lloraba desconsolado en el suelo. Cogieron el dinero y salieron corriendo. El anciano llamo a su hija por teléfono – Ellen… ¡hija mía!... me han robado. Me lo han quitado todo – suspiro – Ell… ven rápido, no puedo respirar. Me ahogo. Me muero… - dijo - ¡Papa!, tranquilo. No vas a morir. Voy para allá – colgó el teléfono.




Gustave estaba impresionado. Era extraño no poder ver la expresión de los espectadores. Solo podía ver sus ojos fijos en la escena, algunos llorosos, otros indiferentes. Pero todos tenían un brillo especial en sus pupilas. El ambiente era calido.




Llego la hija al comercio. Entro por la puerta y vio a su padre, ya sin pulso, en el suelo, rodeado de un amplio charco de sangre y esputo. Esta se acerco a el y grito – ¡Dios bendito! ¡Papa! ¿estas bien?... Todo va a ir bien, venga, ¡respira! – sollozo, mientras presionaba con la mano una honda herida que tenía este en el costado – Por favor, respira. He dicho que ¡RESPIRES!... no, por favor, no… - golpeo furiosa con los puños el cuerpo inerte de su padre y cayó rendida sobre él.




La chica se levanto, limpio las lágrimas de su cara con la manga de la blusa manchada de sangre y llamo por teléfono - ¿Boby? – dice - ¡Estas muerto! Os habéis cargado a mi padre. Ese no era el plan, solo había que asustarle un poco… y sacar la pasta – dice enfadada – Perdona guapa… tu te lo buscaste. Además el viejo se puso chulo con que iba a llamar a la poli y había que actuar rápido – dice mientras le da una calada a un cigarro - ¡Quiero mi parte del trato! Cerdo, más que cerdo – ordeno – Lo tienes claro. Ahora déjame en paz que estoy ocupado. Llórale un poco a tu difunto padre – rió – Tu te las buscado – colgó el teléfono.




Se sentó de nuevo al lado de su padre, le cerró los parpados y le dio dos suaves besos a sus ojos.




Cambio de escena. Aparece Boby sentado en el borde de una cama y a sus pies una prostituta haciéndole una felación. Este la agarra del pelo con fuerza, clavándole sus dedos en el cráneo.


Termina. Se viste, coge su dinero y se va. Este se tumba en la cama y respira hondamente. Se levanta, se sirve una fría cerveza, y se sienta en el butacón de cuero marrón, tapándose con una toalla mugrienta.




De repente, se levanto el hombre sentado al lado de Gustave y saco un revolver. Salto al escenario, y apunto a la cabeza del actor con su arma. Este se quedo sin habla. La gente miro sorprendida la entrada del nuevo actor.




¡HIJO DE LA GRANDISIMA PUTA! – exclamó – Eres un cabrón. ¿Cómo te has podido quedar con toda la pasta? – dijo apretando la punta del revolver contra la garganta de este. – También es mi herencia, ¿sabes? – dijo acusadoramente – Ben – susurro el actor - ¿Qué haces? Estoy trabajando. Este no es el lugar… tío vete de aquí, ya habrán llamado a la policía, te meterán otra vez en la cárcel por esto – susurro tan bajo para que nadie les escuchara – Ya esta todo echo. Eres hombre muerto. Te has quedado también con mi dinero. Eres tan ambicioso. Primero me robas a mi mujer, os quedáis con mis hijos, y cuando creo que voy a tener algo para cambiar, una oportunidad, con el puto dinero de mi madre muerta, te lo quedas todo tú – bramo con fuerza. – Hermano, has destrozado mi vida – puso el dedo sobre el gatillo – Ben- susurro de nuevo – piensa lo que estas haciendo. Hay más de un centenar de personas en esta sala, todos serán testigos de tus actos. Te caerá una gran condena o quizás pena de muerte. No dejes a tu hija sin un padre – dice – Estoy harto de escuchar tu asquerosa voz. Tu simple presencia me irrita. Además, ¿mi hija? Aquella a la que no puedo ver, mi esposa, aquella que se acuesta contigo día y noche. Se me revuelven las tripas solo de pensarlo – apretó la pistola a las sienes - No, Ben… no lo hag… - y apretó. Los sesos del actor se esparcieron por todo el escenario




Se oyeron gritos de terror desde el público, otros se quedaron sin habla. Había sido tan real. Todo el mundo estaba demasiado desorientado.




Y el asesino dijo, mirando al público - Es espantosa la naturaleza humana, que escondéis vuestros sentimientos bajo una máscara. ¡Culpables sois todos de este acto, por que me habéis visto matarlo y nadie me ha detenido! – exclamó. La gente aplaudió confusa. Entro la policía a la sala y se lo llevaron. Gustave quedo horrorizado. Los sesos de ese actor, aún calientes, reposaban en sus piernas.



2.10.09

Palabras en el cristal

Música. Presentaciones. Alcohol. Cigarrillos. Sonrisas. Diversión. Bailes. Juegos. Palabras. Risas. Más copas. Besos. Carcajadas. Sexo. Explosión de sentidos.




A la mañana siguiente Wyatt se despertó al lado de un impresionante ángel desnudo, de cabellos ondulados y rubios. No pudo controlar el impulso de oler su pelo, que desprendía un aroma dulce y embriagador, como el vino. Bethany respiraba sosegadamente. Su rostro estaba lleno de diminutas gotas de sudor, que le recordaba al rocío, que cubre todo, en las noches húmedas. Wyatt acario, con la yema de sus dedos, su abdomen, liso y terso, y ella se estremeció, poniéndose toda su piel de gallina, y soltando un pequeño gemido. Este, con una amplía sonrisa, se fue al baño, a darse una ducha refrescante.




Bethany llevaba despierta un rato. Estaba esperando a que Wyatt se fuera de la habitación en algún momento, para irse, sin darle ninguna explicación. Tan solo había sido un polvo de una noche, no buscaba un compromiso de ningún tipo con nadie. Recogió rápidamente la ropa del suelo, se vistió como pudo. Y ya en la puerta, con el vestido semi abrochado, dejándose ver su sujetador negro de encaje, y apunto de realizar su veloz huida, escucho como el agua de la ducha corría fuertemente y a Wyatt canturreando canciones de Clint Mansell. No pudo evitar imaginárselo desnudo, con el agua chorreando por todo su esbelto y músculo cuerpo de Dios. Se sonrojo.




Rebusco en su bolso impaciente, intentando encontrar algún bolígrafo donde anotarle su teléfono, pero no llevaba ninguno encima. Cogio su barra de carmín rojo sangriento, se pinto los labios y se dirigió a una de las grandes ventanas del dormitorio. Le escribió allí su teléfono y después beso el cristal de la ventana cálidamente y se marcho.




Y así quedaron, noche tras noche, conociéndose mejor, dejando claro que solo era sexo esporádico y diversión. Cenaban juntos, en restaurantes lujosos, a la luz de las velas, iban a locales de copas a beber, al teatro, al cine, reían sin parar, y lo pasaban en grande. Finalmente, siempre acababan en casa de Wyatt, donde el fuego de la pasión consumía sus almas.




Tenían un juego en el que se marcaban todo el cuerpo con el carmín rojo de Bethany. Se hacían marcas, símbolos, palabras y signos que solo entendían ellos. También seguían dejándose notas en las ventanas y espejos.








Pasaban horas desnudos, bajo la luz de la luna, que entraba poderosa por los grandes ventanales del dormitorio. Yacían tranquilos en la cama, tomando champán. Sus siluetas se fundían con las sombras de la noche. Sus cuerpos, chocaban, se estremecían, colisionaban violentamente, y luego, se hundían en un letargo de placer.




Pero al final, las cosas comenzaron a cambiar. Wyatt actuaba de forma posesiva y celosa. Cuando salían, el se comportaba como un estúpido. Se ponía furioso si cualquier hombre la miraba. Un día, golpeo a un chico, que tan solo le pidió la hora. Cada día estaba más violento y Bethany le tenía miedo. El se disculpaba, le decía que no sabía que había pasado, y que no tenía ningún derecho de hacer lo que hacía, pues ni siquiera eran pareja. Hasta el juego del carmín había cambiado. Cuando dibujaba sobre su piel, sus gestos ya no eran tiernos y pasionales, si no que lo hacía con fuerza, como si clavara un cuchillo, destrozando la barra de labios.




Las risas habían terminado y Wyatt enseñaba su verdadera cara, que se escondía tras una mascara de bondad. Fue ese día cuando Bethany decidió dejarlo. Dejar esa situación, que estaba comenzado a ser enfermiza.




Habían quedado en un hotel de cinco estrellas. Wyatt mando un taxi para que la recogieran y la llevaran allí. El hotel era fabuloso. El servicio la acompaño hasta su cuarto. Entro curiosa y observo el dormitorio. La cama estaba llena de pétalos de rosas, había champán y cava enfriándose en una cubitera, en la mesa había una suculenta cena, velas en cada rincón de la sala y una nota en el cristal. Bethany se sintió mal por lo que había ido hacer allí, viéndose rodeada de tanto lujo y detalles por parte de el.




Se acerco a la ventana y leyó en el cristal, “LO SIENTO”. Miro el mensaje confusa. Oyó un ruido tras su espalda, se giro y Wyatt le golpeo con una silla, dejándola inconsciente en el suelo. Cuando recupero la consciencia de nuevo, estaba atada en una silla de pies y manos, la misma con la que este le había golpeado. Notaba que de su frente caía un hilo de sangre, que estaba empezando a cubrirle un ojo. No grito, no pidió ayuda, ni le pregunto por que hacía aquello. Este estaba enfrente de ella, sirviendo dos copas de cava.




Wyatt exclamo -¡Oh Bethany! Ya estas despierta. ¿Cómo estas?, hacía semanas que no cogías mi teléfono y cuando al fin aceptastes esta cita me hiciste el hombre más feliz de este mundo – dijo – Tenía miedo a que te quisieras marchar. Tenía miedo de que me quisieras dejar. Bethany… no sabes lo mucho que te quiero – sonrío. ¿Y así lo demuestras cerdo? – grito furiosa ella - ¡Ah! Perdón. Supongo que estas molesta por que la sangre ya empapa tu cara y esta comenzando a manchar tu precioso vestido. Tranquila, que yo esto lo arreglo en un momento – dijo mientras se acercaba a ella, le arranco el vestido de cuajo, quedándose ella solamente en ropa interior y los tacones, y después con un pañuelo de seda, que saco de su camisa, le limpio delicadamente la frente, mientras le susurraba al oído palabras de amor. Se acerco a sus labios, y la beso. Ella no respondió al beso. Se fue y cogío las copas de cava y dijo – Este se merece un brindis. ¿No te parece cariño? – Bethany le escupió, cuando este le intento darle el cava. Comenzó a gritar, ahogándose en sus sollozos. Wyatt le golpeo, con el dorso de la mano. Cruzando su cara con ímpetu. Esta le mordió la mano, con tanta fuerza, que le arranco un trozo de piel. Wyatt comenzó a gritar, maldiciéndola como un loco. La tiro a la cama. Ella se quedo inmóvil, paralizada por el miedo. Puso una venda en su boca. Y ato el pañuelo, con el que había limpiado su frente, a su mano, que escupía sangre sin parar.




La tumbo bocabajo, apretando sus nudillos en su columna vertebral. Ella gimoteaba de dolor. Comencemos nuestro juego, amor – dijo furioso, mientras deslizaba un cuchillo por su espalda, sus nalgas, sus muslos y sus piernas. El cuchillo se deslizaba cada vez con más fuerza, hasta que empezó a clavárselo. Cortes más profundos, que llenaba con sal, para que luego quedaran huecos en su piel. Por el rostro de Bethany caían lagrimones, se retorcía de dolor en la cama.




Si no eres mía no serás de nadie, ¿lo entiendes? – dijo Wyatt, con las manos llenas de sangre – Esto lo hago por tu bien. Estas marcas simbolizan un compromiso. Un amor irrompible. Que no conoce el fin – dijo mientras la giraba, para comenzar a cortarle el pecho – Te voy a soltar, se que vas a ser buena. Que entiendes mi propósito. Es una unión. – Primero desato sus manos, las cuales lamió con lujuria, y luego sus pies. Esta le atizo una coz en la garganta, clavándole los finos tacones de aguja que llevaba. Wyatt cayo, golpeándose la cabeza con una mesita de noche, cayéndole encima la botella de champán que se enfriaba en la cubitera, haciéndose añicos en el suelo.




Se despertó atado en una silla. En el baño, enfrente de un espejo en el que ponía “YO NO LO SIENTO”. Bethany apareció por detrás, le dio un dulce beso en la mejilla y clavo el cuchillo, en la herida que la le había provocado al golpearle con los zapatos. Las palabras del cristal se empaparon de sangre.

23.9.09

La mano derecha de la luz

Te presento a Jaime. Rocío. Carmen. Vanessa. Patrizzia – esta es alemana susurra – Roberto. Juan. Estos no se como se llaman, pero si están aquí serán buenos tíos, ¿verdad?. Si, si, responden estos mientras se atizan un par de rayas más. Y por último, David. Él es el jefe. Es como una luz cegadora. Una luz blanca y enorme – dice halagando a su compañero – Lo tiene TODO y lo es TODO aquí, pues es el encargado de ponerse en contacto con los grandes, acuerda los precios, esta en contacto con los proveedores y tiene a su cargo más de un centenar de camellos. Importamos las drogas más puras a la gente de clase más alta y selecta, no nos dedicamos al comercio de lo bueno con simples yonkis de barrio, que están tirados todo el día en la puta calle. Aunque por aquí deambulan un par de ellos.

El oficial apretón de manos a los tíos y dos besos a las tías. Me ciño a sonreír, adoptar una actitud sería, dura y respetable y a escuchar lo que me dice Joan, que es el que me ha introducido en este mundo. No quiero que me vean como un cagado aquí. Me pasea por todo el local, presentándome a todos.



¡Tío, que estúpido soy! – exclama - Se me olvidaba presentarte a la hembra más buena que habrás visto en toda tu puta y miserable vida. Sophie – grita – Sophie, ven aquí, que te quiero presentar a un colega.


Y allí esta ella, y ostia, Joan tiene razón. Es alucinante. Es sensual. Es EXPLOSIVA. Camina hacía nosotros, con un aire seductor, con un cigarrillo en la boca, dejando que sus labios devoren el filtro, ¡Oh! Lo que daría por ser ese cigarro – pienso - Sus caderas se contonean. Y lleva un vestido rojo ajustado, que deja ver hasta la areola que rodea sus delicados pezones.






Hola, soy Sophie – dice ella, mientras me arrea dos besos, dejándome dibujadas dos marcas de carmín rojo en mis pálidas mejillas – Paso de que el maleante de Joan nos presente a su manera. Pues me aburre. Jajaja – ríe.


Yo soy – balbuceo – Marcos. Encantado de conocerte – le digo, mientras saco una enorme sonrisa, intentado hacerme el interesante.


Pues encantada Marcos – dice, mientras inhala el humo de otro cigarrillo que acaba de encender. Hem… siento interrumpir esta animada conversación – dice Joan – pero seguro que David te busca, y yo tengo que presentarle al resto de la gente a Marcos – mientras Joan hablaba, aparece David, que coje fuertemente a Sophie por la cintura, y la besa violentamente delante de ellos. Dejando bien claro a quién pertenece esa chica. Yo mientras borro el carmín de mis mejillas asustado – Bien, pues como yo decía, tenemos que seguir con la ruta – dice Joan.


Joan – ruge David – ni siquiera me has dicho el nombre de tu amigo – Se llama Marcos – le interrumpe Sophie, antes de que Joan abra la boca. Luego le da un inocente y dulce beso en los labios – Bien… pues termina de enseñarle todo esto. Que se relaje, que se le ve muy tenso. Dale una cerveza. Y luego que pase por mi despacho, tendré que ver si el tipo es de confianza. De acuerdo – dice Joan – te lo llevo en una hora.


Yo me voy callado como un muerto. Hasta mis movimientos parecen los andares de un zombi. La oigo hablar tras de mí, le ha dicho a David que parezco buen chico. David solo ha suspirado rabioso.


Joan me presenta a una panda de vagos. Nos sentamos en unas butacas de piel rojas, y estos están sentados en un largo sofá de leopardo. Es espantoso.


Tío ¿de que habláis? – pregunta Joan, mientras le da una calada a un porro que le pasa un hippie melenudo, con una barba marrón y espesa, que le cubre toda la cara. Parece que aniden hasta halcones ahí.


Pues de la época nazi en Alemania jajaja – comienzan a reír – Que pensabais que por ser una panda de yonkis no tenemos cultura. Que no somos entupidos – añade un capullo que lleva puesto una camiseta del Kamasutra gay.


Nos quedamos con esa panda de granujas un rato más. Me ofrecen coca, pastillas, heroína, cristal, crack, PCP, alucinógenos… pero no acepto más que dos caladas a un porro, tengo que estar en mis cabales, y no en el puto suelo teniendo paranoias de duendes estrafalarios montándoselo con chimpancés en la puta Moncloa, cuando me reúna con David. Mierda. Es hora de hablar con él.

 


El despacho de David es amplio. Tiene unos bonitos muebles, minibar, un diván – seguro que a echo el amor con Sophie ahí – algunas plantas de maría, otras decorativas, una foto en el escritorio con Sophie en la que se están riendo como locos, papeles, carpetas, un ordenador, libros y un equipo de música impresionante.

 


Bien Marcos – me dice David en un tono pausado y tranquilo – Tienes buenas referencias. Un buen curriculum, por así decirlo. Tienes contactos muy importantes en este mundo, y en este momento nos interesa ampliar nuestros dominios y, por ello, quiero que nos asociemos. Además, Sophie, que tiene un sexto sentido para esto, opina que eres un buen tipo, alguien en el que poder confiar – solo con nombrarla creo que voy a tener una erección - Desde ahora serás mi mano derecha. La mano derecha de la luz de este mundo jajaja – ríe, y tiene una forma particular de reír que no me acaba de gustar – Y ahora a firmar el contrato – pone sobre la mesa cuatro rayas de la buena, dos para cada uno, y a la vez esnifamos ese delicioso polvo blanco que acabara por comerse nuestros tabiques nasales – Tío si me jodes estas acabado, ¿lo entiendes? – Si – respondo – Pues venga, tenemos mucho trabajo por delante.


Llevo ocho meses trabajando para el. Y esto ha sido un gran ascenso en mi vida profesional. He disfrutado de unos ocho meses inigualables. Además, hemos establecido un vínculo muy fraternal entre nosotros dos, ahora es como mi hermano, pero aún así no lo he podido evitar y he caído en la tentación. Me he acostado con Sophie. Y es lo más preciado que tiene él en este mundo.


Estamos los dos desnudos. Fumando. Nuestros cuerpos están empapados de sudor y otros fluidos. Sophie se acerca a mí y me pregunta ¿Que hará cuando se entere? - mientras desliza la yema de sus dedos por mis piernas y apoya su cabeza en mi pecho. Oigo aún su respiración alterada - No lo se, ahora no me importa. – Le digo con franqueza - De momento me fumare un cigarro más y disfrutare de estos instantes de vida, por que si este se entera, soy hombre muerto.


Pues Marcos… ya que todo esta perdido… repitámoslo – me dice con una voz sexy y terriblemente pornográfica. Me vuelve loco cada vez que se insinúa a mí de esa forma.


¡Oh! Quien se puede evitar a esa voz, esos susurros, ese cuerpo de diosa que tiene, esos ojos que me vuelven locos, esos andares que derrumban mi universo, esa lengua, viperina y asesina, que me lame de arriba abajo en estos momentos. Se sube sobre mí y comienza a cabalgarme, llevando el ritmo. Es mágica. Un placer mayor a cualquier droga. Espero que nuestros gemidos no despierten a ningún yonki impresentable.




18.9.09

El último beso de Eva


Comienza la guerra. La guerra más atroz y sanguinaria jamás vista hasta el momento – grita enérgico, animando a su ejército – Luchamos por nuestro rey, por nuestras tierras, por nuestro pueblo, por nuestras mujeres e hijos. Sabed que todos nos recordaran como verdaderos héroes, por nuestra astucia, valentía y honor. Somos el ejército más poderoso de Escandinavia y no abra derrota por nuestra parte, por que jamás nos detendremos ante el enemigo. ¡Que los dioses nos bendigan en este gélido día! – dice con el puño erguido, con la intención de que sus dedos rocen el cielo.- Camaradas, ¡el Valhalla no nos espera esta noche!. Esta noche, saborearemos la grandiosa victoria.


Todos rugieron con fuerza. Levantando sus escudos y sus espadas. De nuevo el general se dirigió a su pelotón - ¡Thor emplea tu martillo sobre estos bastardos! ¡Odín danos fuerza para ganar esta batalla! Que caiga un rayo, desde el mismísimo cielo, para quemar estas endemoniadas tinieblas. ¡Luchemos! Se acercan. Ya puedo oler su miedo.


Corren, gritan, aúllan. Siguen mis órdenes. Se respira el aroma del infierno. Azufre. La helada del invierno se acerca lentamente, dejando atrás el dulce perfume de la brisa otoñal, los cielos oscuros nos rodean, el aire frío corta al mismo viento, la nieve pronto sentara su velo con un manto blanco, que se manchara con la sangre de nuestra guerra.




Las espadas chocan. Brillos metálicos se disparan hacía los ojos. Caen los primeros heridos. Sollozos y gritos de dolor se escuchan, de ambos bandos.
Empuño el arma con fuerza y valor. Corto el aire, frío como el acero, con mi espada. Acabo con la vida de aquel que pasa por delante mía. Mi espada penetra la piel de un soldado, la sangre brota de su boca. Le corto un brazo y después lo decapito. Pura carnicería.
A mi alrededor observo una masacre, mi pelotón esta siendo cruelmente asesinado. Los caballos relinchan, con los ojos rojos, poseídos por el mismísimo Tyr, lanzando a los caballeros por los aires, con furia.
Los arqueros disparan. Una lluvia de flechas acaba con la vida de los moribundos. Todo a mí alrededor se tiñe de sangre.
Enormes piedras, disparadas desde las catapultas, vuelan. Destrozando todo aquello que esta a su paso.
Todo va muy rápido. Hombres vuelan por los aires, son golpeados con violencia. Se les clava la espada en un costado, se les corta una pierna, una mano, se les decapita, incluso son empalados.
Me protejo con mi escudo. Solo quedamos los más fuertes. No esta siendo el gran comienzo que esperaba – piensa el general.
Comienzan a lanzar flechas en llamas. El cielo se cubre de fuego.
Intento concentrarme, pero no puedo. Yo solo se que lucho por ella. Mi amada y dulce Eva. Mientras lucho, mi mente esta en otra parte. Solo pienso que moriría por poder besar sus bellos labios, por oler su pelo color trigo, por abrazar su cuerpo desnudo junto al mío, por sentir los latidos de su corazón, por verla sonreír, por saborear su dulce cuerpo, por hacer al amor con ella…


Me hieren. Me clavan una flecha en la espalda. Aúllo de dolor. La arranco, llevándome con ella trozos de mí piel.
Asfixio al hombre que me lanzo la flecha. Mis dedos se hunden en su garganta. Patalea en el suelo, intenta quitarme de encima. Su rostro, antes tan expresivo, lleno de rabia y furia, queda inerte.


Comienza a llover. El suelo se llena de fango. Una amplia carcajada me inunda en ese momento.
¡Eva, TE AMO! – grita, mientras se dirige con la espada en alto, corriendo hacía los demás soldados.
Lucha como un diablo. Lo rodean. Lo miran con ojos de lobos hambrientos por su carne. Acaba con todos ellos. Pero lo hieren de nuevo, y esta vez atacan a su corazón. No lo remates – dice un soldado enemigo – Deja que la sangre de su corazón le encharque los pulmones y se ahogue. Se mofan de el.


La guerra ha acabado.




Eva corre entre los muertos. Su vestido verde danza como una pluma al viento. No consigue ver a su amado. Tapa su nariz con un pañuelo. El olor es nauseabundo. Algunos piden ayuda pero ella no tiene oídos para ellos. La agarran de las piernas, y ella los golpea furiosa. Grita su nombre, pero no tiene respuesta alguna. Desconsolada y abatida, cae al suelo. El tiempo se para por un momento. Los copos de nieve se quedan suspendidos en el aire. Su corazón también se detiene.




¡Eva! – grita el general desconsolado - Eva, te veo. Debo de estar en un sueño – Comienza a bombearle la sangre de nuevo. Un escalofrío recorre toda su columna vertebral. Solloza. Se levanta corriendo, con el rostro empapado de lágrimas y lo ve ahí, en el suelo, intentado arrastrase hasta donde esta ella. ¡Detente!- grita ella – Corre hacia su lado, tropezándose con algunos cadáveres y malheridos.


William – solloza – Amor, estas herido. ¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué? – grita desesperada. – No te vayas. No te marches de  mi lado – dice ahogándose en sus propias lágrimas – Te amo William, te necesito aquí. Por favor, no mueras.
Sus manos sostienen su rostro. No puede dejar de mirarlo. Besa su frente con delicadeza y ternura.


            Eva – dice con dificultad – Dame paz. Mi princesa, acaba con este dolor, no lo soporto más. ¡No! – replica ella – te curaras. Estoy segura. Amor, deja que te ayude a levantarte – intento moverlo, pero este gimió de dolor. -     Eva, es demasiado tarde, este es el fin. Por favor… saca el veneno que te dio Morgana y dámelo- suplico.


Saco el veneno de su corsé dorado. Miro a William a los ojos, unos ojos bellos, que estaban perdiendo el brillo de la vida. Y sin pensarlo una vez más bebió el veneno ella, sin darle tiempo a el a impedírselo. No deseaba vivir sin el. Y le dio a el las últimas gotas. El veneno se deslizaba lento por sus gargantas, quemándoles la faringe, como si de un ácido se tratara. Ella lo beso apasionadamente por última vez. Sus labios se fundieron, sus lenguas se enredaron. Se abrazaron con fuerza, llorando los enamorados. Poco a poco sus vidas fueron acabando, el veneno ataco a sus corazones. El sueño eterno les esperaba.


28.8.09

Strawberry. Dulce Strawberry.

Es de noche. El ambiente esta cargado. El humo repta, como una serpiente, por todo el local, apenas me deja respirar. Me meto dos chupitos de golpe, y el problema desaparece.


Ella. Me deja sin palabras. Baila hipnótica sobre la mesa. Me dicen que se llama Ann, pero que todos la llaman Strawberry.


Strawberry. Dulce Strawberry. 


Danza como una ménade en pleno éxtasis. Todos fijan sus ojos rojos sobre su sexy cuerpo, que va estremeciéndose sobre su propio eje.


Sus cabellos color centeno se mueven con furia, al son de Nightclubbing de Iggy Pop. Sus piernas firmes, comienzan a temblar, dejando a los espectadores exhaustos.


Puedo ver, como más de un camionero barrigudo esta a punto de correrse, y enfrían sus cerdos impulsos con cerveza helada.


No puedo dejar de contemplar su liso abdomen, sus pequeños pechos, que se trasparentan a través de su sudada camiseta de lycra blanca, sus interminables piernas, sus carnosos labios y sus ojos cálidos, que te invitan al mismísimo Edén.


Me levanto de la mesa y me dirijo al baño, pero antes paso por la máquina de tabaco y observo de nuevo ese maravilloso espectáculo con el que nos esta deleitando, enciendo un cigarrillo y dejo que el humo entre directo a mis pulmones. Se respira lujuria.


Ese baño. No había visto baño más mugriento en años. Huele a orina y alcohol. No puedo evitar ponerme el brazo tapando mi nariz, para no oler ese pestilente aroma. Hay colillas por todas partes, papeles usados y algún que otro preservativo. Mis suelas se pegan al suelo, me es difícil caminar por ahí, pero me conformo.


Necesito mojarme la cara con un poco de agua helada y tomarme otro chupito, no puedo quitarme a Strawberry de la cabeza. Dejo que el agua caiga un poco. Huele a oxido. Limpio, con la manga de mi chaqueta de cuero, el espejo. Veo mi reflejo en ese sucio y viejo espejo que me da asco.


Cierro los ojos. Apoyo mis brazos en la pila y mojo mi cabeza. El agua resbala por mi cuello, llegando a mojarme la espalda.


Abren la puerta del baño. Oigo risitas atontadas, y se oye de fondo Atomic de Blondie. Pienso en Strawberry. Se me eriza el vello. El aroma cambia.


Huele a frutas del bosque.


Levanto la cabeza, me seco un poco con la camiseta negra que llevo y allí esta ella. Las demás chicas salieron del baño, con sus estúpidas risitas de coro.


Trago saliva. Me apoyo contra la pared y me enciendo un cigarro. Intento hacerme la indiferente. Se mira vanidosa en el espejo. Se pinta los labios de un color rojo eléctrico y se arregla el pelo.


Sonríe.


Lleva una minifalda irresistible de color púrpura, de terciopelo, que te deja imaginar como tus manos se podrían deslizar por esas infinitas piernas, como tus labios podrían besar esos sabrosos muslos, como tu lengua podría lamer ese universo que es ella.


Sabe que la estoy observando atontada. Se acerca, como una gata en celo, y me susrra al oído - ¿Qué haces por aquí forastera? Mis labios se sellan.
Enmudezco. Y mis ojos se posan directos sobre su boca. Repite - ¿Qué haces por aquí forastera? - con un dulce tono, que me emboba aún más. Me quita el cigarro de los labios. Le da una calada.


Observo el vaivén de sus pechos al respirar el humo. Es bellísima.


Me besa apasionadamente. Apretando mi rostro en sus suaves manos. Nuestras lenguas se enredan, ahogándonos en un furioso beso.


La sostengo por la cintura y la oprimo con fuerza entre mis brazos.


Besuquea mis labios, mis mejillas, mordisquea los lóbulos de mis orejas y lame mi cuello.


La arrastro al único baño que aún tiene puerta. Donde pone “Welcome to the paradise”. Si. Eso es lo que yo me estoy imaginando. Fundirme en el paraíso de su cuerpo.


Me muero por un momento. Caigo rendida al suelo.


Pícara, me obsequia con un baile. Un baile solo para mí.


La puerta entreabierta deja escuchar John, I'm Only Dancing de David Bowie. Parece volverse loca. Baila como nunca lo había echo. Sus caderas parecen romperse, se deslizan sus brazos por su vientre desnudo, sus piernas se fusionan con el resto de su cuerpo.


La contemplo desnuda, con su suave y largo pelo protegiendo su delicada piel y sus altos y finos tacones rojos, como su pintalabios, sobre mis piernas estiradas.


Volvemos a besarnos, tiradas en el suelo. Pero esta vez con más pasión que antes. Siento que su lengua me hace cosquillas. Juguetea con mis pechos.


Suspiro. Suspiro. Suspiro.


No quiero despertarme de este sueño.


Huele a frutas del bosque.


Mis manos se deslizan por cada rincón de su cuerpo. Gime. Sus ojos se quedan en blanco por un momento. Siento su piel caliente en contacto con la mía.


Un sudor cálido recorre mi columna vertebral. Su cuerpo se deshace sobre el mío. Nos fundimos en un juego de placeres sin fin.


Strawberry. Dulce Strawberry.