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18.12.10

Nuestro camino sin retorno

Fernando se resguarda en un cajero, situado cerca del club de tenis de Valencia. La noche es fría, tan fría que no siente su cuerpo. Dentro del cajero hay una anciana con dos perros. Los perros comienzan a gruñir, nada más pone él, un pie en el cajero. Fernando se echa hacía atrás, golpeándose con la puerta, que queda tras él cerrada, atemorizado. Los perros, agrestes, se encaran contra él, y este tiembla asustado. Parece un flan apunto de desintegrarse. Desde que tiene memoria le dan pánico los perros. Da igual que raza, tamaño o sexo del perro, todos le espantan, tanto, que con cinco años de edad comenzó a ir al psicólogo para tener una terapia “curativa” de este fenómeno (y otros muchos más).

- Tranquilo joven, estos dos no hacen nada. Solo defienden su territorio. ¡Calmaos! – grita la anciana a pleno pulmón - Pimienta siéntate y tú, Canela, ven aquí – los dos perros obedecen al instante a la potente voz de su dueña, y se tumban a su lado, calentándola. La anciana sonríe, al ver demostrada su impoluta teoría.

Es una mujer con el cabello largo y blanco, cubierto por numerosas canas, el rostro lleno de arrugas, tan profundas como los ríos de España, y unos ojos cristalinos, casi acuosos, siendo un tanto blanquecinos, pero con un brillo asombroso que te deja sin palabras. Sus ropas están andrajosas y muy sucias, pero la anciana huele muy bien, como a flores silvestres acabadas de recoger de un campo idílico.

- ¿Te encuentras mejor? – pregunta la anciana con un tono dulce.

- Si, si… gracias – dice Fernando mientras recuperas la respiración lentamente y, comienza a controlar su cuerpo, que aún tirita por el encuentro canino.

- Y bueno, ¿me vas a decir qué hace un joven como tú a estas horas de la noche? – pregunta con aires misteriosos la anciana de ojos nacarados - Debes de tener como mucho, trece años, ¿me equivoco? – Fernando le corrige, le dice que tiene casi catorce, haciéndose el adulto importante - ¿Estás escapándote de algo? – dice preocupada la anciana – Has estado llorando, ¿verdad? – afirma rotundamente.

Fernando se sorprende de la capacidad de percepción de esa señora. Enmudece al instante al oír esas palabras. Saca un pañuelo del bolsillo, y se la vuelta temblequeando, dándole así, la espalda a la anciana, y vuelve a llorar en silencio. Esta se levanta y lo sostiene, abrazándole solamente los brazos, desde su espalda. Fernando se gira y llora desconsolado entre sus brazos.

- Cálmate Fernando – dice la anciana su nombre – Cálmate, ahora, todo ira mejor.

- Fernando se aparta de un salto, como un gato esquivando el agua, y dice tartamudeando - ¿Cómo sabe mi nombre? – la anciana sonríe tranquilamente, una sonrisa tan pacífica, que le asusta (a Fernando le asustan muchas cosas) - ¿yo no se lo he dicho en ningún momento?, ¿qué es lo que pasa aquí?, ¿de que me conoce usted?. – Fernando se altera y empieza a híperventilarse – Necesito mi inhalador. ¿Dónde lo he metido?. – grita mientras rebusca en los bolsillos de sus pantalones - ¡Deje de acercarse a mi! – aúlla colérico al ver que la anciana se acerca a él.

- Fernando – dice la anciana con voz pausada – se te cayó al suelo antes, cuando se acercaron mis perros a ti. Toma – le extiende la mano y le da el inhalador.

Fernando aspira nervioso del inhalador y cierra los ojos, por un breve instante – Gracias – dice más calmado. Notando como el salbutamol le relaja la presión del pecho, antes tan acusada, por el cierre de las paredes torácicas, impidiendo su respiración.

- Ven, siéntate conmigo. Estas helado – dice la anciana mientras le coge del brazo. Fernando le sigue y se sienta junto a ella. Los perros se tumban en sus piernas y se quedan dormidos.

- ¡Mire!, no me atacan – dice Fernando orgulloso.

- Ya te lo dije, no hacen ningún daño. Además… ya no les tienes miedo.

- Creo que no – dice Fernando sonrojado.

Una vez sentado a su lado comienza a mirarla de reojo, estudiando cada detalle de esa mujer. La anciana sabe que está siendo analizada por la mirada fisgona del niño, pero actúa como si no se percatara de nada, mientras acaricia a sus perros con devoción. A Fernando esa mujer le recuerda mucho a su abuela (la cual murió hace dos navidades, dejándolo destrozado, teniendo que aumentar las sesiones al terapeuta) y eso le da mucha confianza, pues su abuela era una mujer fabulosa. El niño, se pierde en los lechosos ojos de la mujer, y en ellos puede sentir una gran sabiduría. Y no la sabiduría que uno aprende en la escuela, si no la sabiduría de una vida larga y dura, en las angostas calles de Valencia, la inteligencia de un beso, de una traición, de la gloria, del sexo, de la perdición, de los placeres, la lujuria, la poesía, el arte, el vino, la pintura, la literatura, las ciencias... De la vida misma. Toda esa vida que él aún no había tenido la oportunidad de disfrutar. En esos momentos sintió celos, por que él también quería en su memoria todas esas experiencias que le daban tanta envidia.

- ¿Me va a decir como sabe mi nombre? – dice Fernando en susurros.

- ¿A caso un buen mago desvela sus secretos? – dice retóricamente - No importa todo lo que se, si no, como puedo ayudarte ahora, que todo ya ha pasado.

- ¿Qué quiere decir con eso? – dice Fernando asustándose de nuevo.

- ¿Verdad que no recuerdas nada de lo ocurrido en estas tres últimas horas? – pregunta la anciana. Este asiente con la cabeza, muy confuso - ¿Y no sabes como llegaste a parar aquí? – Fernando vuelve ha asentir – Pequeño… aunque te resulte ilógico y difícil de creer, yo – dice señalándose - soy tú ángel de la guarda, digámoslo de esta forma, y estoy aquí para ayudarte en tú nuevo camino – dice completamente seria. A Fernando se le escapa una carcajada nerviosa.

- Señora, sin faltarle al respeto, pero creo que ha bebido un poco más de la cuenta hoy – dice mofándose de la anciana de pupilas alberas.

- Es normal que tú primera reacción sea esa.  Algo muy humano el desconfiar en lo que se dice. Yo tampoco me lo creí cuando encontré al mío, ¡hace ya veinticinco años! – dice nostálgica – Pero debes de confiar en mí, yo te voy ayudar en esta transición, de un paso de vida a otra.

- ¿Pero de que puñetera transición me está hablando?, ¿qué es lo que insinúa? – dice molesto - ¡Ah!, y si es un ángel, ¿cómo es que no tiene alas? – se ríe de la anciana – Venga, demuéstreme alguna capacidad de ustedes los querubines – dice agitado.

- Tranquilo Fernando… poco a poco descubrirás toda la verdad. Una prueba sencilla sería decirte el motivo por el cual has escapado de casa en esta noche. Pues he aquí lo que esperas… tus padres volvieron a discutir, poniéndote de escusa de sus vulgares problemas, y tú padre acabo golpeándote, como siempre, hasta dejar moradas tus mejillas – Fernando abre la boca asombrado, desencajándose la mandíbula herida. La anciana, sonríe apenada, pues reconoce cual será la reacción del chico, ante sus evidencias verdaderas.

- Estoy harto de escuchar tantas sandeces de cosas que no han pasado, yo solo he ido a dar una vuelta… ¿pero que hago dándole explicaciones? - dice molesto Fernando, entre bostezos enlazados a sus palabras rudas - ¡No pienso escuchar más las locuras de una vieja chocha!. Me marcho de aquí – dice mientras se levanta y abre la puerta del cajero.

- Espérate Fernando, tenemos mucho de que hablar, además, no querrás ver lo que te espera afuera de aquí. Aquí estas a salvo de la atroz verdad – dice advirtiéndole la noble serafín – mejor es que sepas todo de mis palabras.

Este no la escucha y sale del cajero, dando un estrepitoso portazo. Los perros ululan desconsolados. Fuera, en la calle, hay una ambulancia, varios policías y mucha gente alrededor de un pequeño cuerpo tendido en la acera, al lado del cadáver hay una mujer echa un pañuelo de lágrimas. Fernando reconoce al instante a esa mujer, es su madre, que tiene el alma descompuesta en mil pedazos. “¡Mama!” grita el joven aturdido, “¿qué es lo que ocurre?”, pregunta acongojado. Se acerca a ella y ve en el suelo su cadáver, con la cabeza cubierta de sangre, formando un charco, ya helado. La gente murmura por doquier “que crío tan pequeño, ¿qué haría a estas horas en la calle?, “¿qué es lo que le habrá pasado?”, “ha perdido toda su vida”.

Fernando grita apenado. No puede ser, ¿qué es lo que ha ocurrido?. Le hace mil señas a su madre, a los policías, los médicos y a la morbosa gente que inunda la calle con sus necedades. Nadie escucha sus alaridos, nadie siente sus golpes, nadie lo ve, excepto la anciana, que está esperándole en la puerta del cajero.

Un flashback de recuerdos golpea su mente, como un intrépido rayo, partiendo su cerebro en diminutos trocitos. Y de repente, lo recuerda todo con asombrosa facilidad. Está muerto desde que entro en el cajero, el problema es que no conseguía hacer memoria de nada, solo de la discusión con sus padres y de repente entrar en el cajero, para resguardarse del frío mortuorio, que acecha las calles valencianas. Mientras él estaba en el cajero, su cuerpo gélido y sin vida, era atendido por diversos médicos, intentando reanimarle, pero sin éxito, y su madre estaba destrozada, al lado de su difunto y único hijo.

Lo que pasó fue que, mientras andaba por las calles oscuras, llorando por lo que había pasado en su casa, se puso muy nervioso, más de lo que ya lo estaba, faltándole la respiración, y tropezándose cuando andaba, con todo lo que estaba a su paso, cayéndose más de una vez. De repente, comenzó a sentir como una enorme mancha negra le perseguía, y empezó a andar rápido, lleno de pavor, así que cada paso que daba se tropezaba con sus largas piernas, hasta que se topo con un casco de cerveza, el cual no logró esquivar, y este, le hizo caer al suelo, estampándose contra un fino bordillo, partiéndose la cabeza como un melón, y muriendo al acto.

Fernando llora a raudales, siendo consciente de lo que ha pasado. ¡Es injusto!, él no quiero estar muerto. Es demasiado joven. Se gira hacía el cajero y mira a su ángel, esperándole en la puerta. Fernando se dirige pesaroso, y con la mirada hundida en el suelo, hasta ella.

- ¿Tú sabías que estaba muerto? – pregunta Fernando. La anciana asiente - ¿Y que va a pasar ahora conmigo? – dice amargado.

- Ahora vas a construir un nuevo camino, una nueva vida que vas a aprovechar hasta la última gota, el último grano de arena, el último segundo. ¡Todo!. Ya no hay vuelta atrás, así que solo puedes ir hacía delante, pensando en tú cercano futuro, que se aproxima inminente. Ni te asustes, ni te preocupes, vas a vivir todo lo que el destino te había deparado. ¿Estás conmigo? – pregunta su ángel tendiéndole la mano. Él la coge con cariño. Cierran la puerta del cajero, dejando atrás, la escena lúgubre de la accidental muerte del joven Fernando.

4.12.10

Rubí

Helena sentía como sus ojos se le clavaban en la nuca, desgarrando sus entrañas. Una mirada fría y taciturna. Incluso podía sentir su respiración, cada vez más cercana. Tenía unos ojos verdes, como enormes jades, totalmente cristalinos, y eso, a Helena, le había enamorado de ella. Helena se giró lentamente, con pavor de cruzar las miradas ni en un único instante. Allí estaba, sin mover un solo centímetro de su pequeño cuerpo, con la mirada hundida sobre su rostro, penetrando dulcemente su alma. Un notable escalofrío recorrió el cuerpo de Helena, y veloz, salió del cuarto donde estaba ella. Helena corrió por el pasillo y se encerró en el baño, ese recorrido se le hizo eterno, y sintió las ligeras pisadas, de su acosadora, sobre su sombra.

Nunca se hubiera imaginado, que esa delicada gatita, que le había regalado Alberto, le pudiera asustar tantísimo. Y no es que tuviera miedo de los felinos, no, era ese tremendo parecido a su difunta madre lo que le aterraba de verdad, no solo por la actitud dura y siniestra, atípico en un cachorro que tendría que tener una carácter más jovial, eran esos ojos. Reconocía la mirada firme, posesiva, enferma y, sobretodo, vieja, de su madre, en ese cachorrito lindo y escurridizo. Helena había llegado a una conclusión, y és que estaba segura de que su madre se había reencarnado en esa gata manchada.

Antes de continuar con la historia es mejor que sepas algunas cosas de Helena. Helena es una chica común, como otra cualquiera, trabajadora y responsable, y con una escasa vida social, a ello se debe, su carácter reservado, enigmático y desconfiado en aquellos que no conoce (pues con los que tiene confianza es puro amor y risas). Helena vivía con su madre, Rubí, hasta hace un mes, pues esta falleció, por su delicada salud física. Helena fue la única, de los cinco hermanos que componían la familia (todos varones), que se encargo de su madre durante todo ese tiempo, incluso, dos de ellos, Raúl y Fernando, no supieron de la enfermedad, que consumía lentamente a su madre, hasta el día del entierro, el cuál se celebro una mañana, en la que las calles de Madrid se llenaron de nieve, como siempre deseo Rubí para el día de su sepelio. Ella siempre fue la preferida de su madre, la niña de sus ojos, y por ello, le tuvo especial atención, tanta, que Helena, a medida que fue creciendo, se ahogaba en esa casa junto a su madre, y por ello, estuvo bastante distante con ella, en sus últimos días de vida.

Tras la muerte de su madre, Helena, la menor de todos los hermanos, se quedó sola en su casa, pues todos vivían sus vidas, desde hace bastantes años, alejados del seno materno, y su novio, Alberto, le regaló un diminuto minino blanco y negro, con orejas puntiagudas y largos bigotes, para que le hiciera compañía y estuviera algo más animada. Helena se enamoro de esa gata con locura, desde el primer momento que la sostuvo entre sus manos. "¡Oh! es tan pequeña y graciosa" le dijo a Alberto cuando este se la dio, con un lazo enorme rodeando su cuerpo, tan grande y pesado, que hacía que la gata se ladeara al caminar de una forma muy cómica. Helena bautizó a la gata con el nombre de su madre.

Alberto comenzó a pasar los días y las noches con Helena. Ella comenzó a sonreír de nuevo con absoluta vitalidad, una alegría que hacía mucho que no sentía. Irradiaba positivismo, estaba hermosísima. Se sentía al fin libre, aunque le pesaba en la conciencia, como vil remordimiento, esa sensación de autonomía, pero al fin era independiente, y no tenía la carga, que había sido su madre en todo ese tiempo para ella.

Las semanas pasaron de lo más ligeras y Helena no dejaba de reír. Pero un día, comenzó a observar en Rubí, un comportamiento extraño, tanto, que le comenzó a asustar. Primero comenzó a ponerse agresiva con Alberto, cada vez que este intentaba besar a Helena o cuando dormían juntos, la gata, se lanzaba a él de un salto y comenzaba a clavarle las uñas por todas partes, y luego se acurrucaba sobre Helena, con firme autoridad, y remarcaba que ella era suya. Al principio se lo tomaron con gracia, hasta que esta hirió gravemente a Alberto. En urgencias no podían creerse, que un gato de apenas seis meses, pudiera haber echo algo así. Helena comenzó a notar como le miraba a todas horas, incluso llego a pensar que esa gata no dormía. Le llevaron al veterinario, pero la dichosa gata estaba perfectamente. No comprendían que le pasaba, hasta que Helena, un día, reconoció la mirada de su madre en los ojos de su mascota. No podía creérselo, y lo pensó muchas veces, pero solo se le ocurría que su madre se hubiera reencarnado en ella, para seguir controlando su vida como antes. Alberto y Helena comenzaron a discutir a todas horas, y este creía que Helena se estaba volviendo loca y comenzaba a tener alucinaciones. Alberto le dijo que tenían que estar un tiempo el uno sin el otro, y que ella tenía que centrarse. Helena se deprimió aún más, y dejo de ir al trabajo.

Y aquí nos lleva al punto de partida. Helena y Alberto no están juntos, a Helena le han despedido, y se ha quedado sola en casa, con Rubí, muerta de miedo.

Helena respiraba profundamente en el baño. No sabía que más hacer. Si esa gata era su madre, ¿por que se comportaba de esa forma con ella?. Había conseguido dejarla sola, ¿a caso es lo que buscaba?, ¿estar solas de nuevo las dos?.

Grita nerviosa en el baño, se levanta con ímpetu y abre la puerta. Ahí está Rubí, con la mirada fija en Helena de nuevo. Esta no puede más, coge a la gata en brazos, sale de casa, y la deja en la calle, tirada, como una bolsa de basura. Helena sube a su casa, nerviosa, y aún más alterada se asoma por la ventana. Rubí camina hasta la carretera, poniéndose en medio, y alza la mirada hasta la ventana de Helena. A Helena se le escapa un chillido agudo, la situación es espeluznante. El semáforo se pone en rojo, los coches comienzan a circular. Pasa un coche, acelerado, sobre Rubí. Helena no puede ver nada. Otro grito, pero esta vez de pánico, surge de la garganta de Helena.

Corre por las escaleras de su piso, como si tuviera alas, está descompuesta, echa un mar de lágrimas, se precipita a un abismo, para salvar a su gata, brama a todo pulmón "madre, no me dejes otra vez", cuando abre la puerta del portal. Y allí esta Rubí, intacta, en medio de la carretera, con su mirada fustigadora, sobre la indecisa Helena. Se apresura para cogerla y llevarla a casa, cuando pasa otro automóvil, que esta vez, se lleva a Helena por delante. Cae de un solo golpe, furioso, seco, al suelo, y un inminente charco de sangre, que brota de su cabeza, rodea su cuerpo, dibujando su silueta en el asfalto.

El conductor grita "se ha tirado sobre mi", ha aparecido de la nada", "no he tenido tiempo para esquivarla" desesperado. La gente, morbosa, forma un círculo sobre el cadáver de Helena, comienzan a llamar a la policía y a urgencias. El conductor se lleva las manos a la cabeza y llora. Rubí lame a Helena, limpiando su sangre aún caliente. Se acurruca encima de ella y se duerme. Ronronea plácidamente.

22.11.10

Guantes de seda

- La última vez que estuve con Julieta fue hace dos noche. Esa noche se ha clavado con mil alfileres en mi memoria, recuerdo cada detalle como si lo estuviera viviendo ahora mismo. Julieta llevaba un vestido ligero, negro, con encajes transparentes en los dobladillos, un delicado chal color vino, esas sandalias que me vuelven tan loco, con alto tacón de madera, y su carmín de siempre, de intenso color sangriento. Llego con la sonrisa tímida, cubriendo sus relucientes dientes, la mirada esquiva, atenta más a las góndolas de las calles, que a mí. Eso me molesto mucho, pues hacía tiempo que no nos veíamos, y yo esperaba que se abalanzara sobre mí, y yo pudiera cubrir su delgado cuerpo con mis brazos, sintiéndola cada vez más cerca, protegiéndola, pues es mi pequeña, y yo, quería amarla como nunca. La lleve al restaurante más caro de Venecia, a Il sogno degli amanti, pues tenía mucho por lo que disculparme con ella. Pedí una botella de Pinot Grigio, pasta con salmón, ensalada de mariscos y dos buenas porciones de la polenta. En los postres pedí una suculenta tarta de fresas, con pétalos de rosas y salsa de chocolate blanco, ya sabes como la llaman, la tarta de los enamorados, pues recuerdo como Julieta bufó cuando la pedí y escondió su mirada entre sus piernas rosadas, inocentemente. También pedí champagne, pero acabé bebiéndome la botella solo. Ufff... me produce tal placer verla comer. Irradia tal sensualidad con cada cosa que hace. Es una mujer tremendamente erótica - Carlo se sonroja, continua hablando - La velada fue mágica, hasta que Julieta saltó sobre mí, echa una furia, acusándome de serle infiel. Yo, ¿infiel?. ¡Jamás!, a Julieta no le podría hacer eso, pues la amo con locura. Vale... que a todas las mujeres con las que he estado les he sido infiel, es cierto, soy culpable, pero nunca le podría hacer nada así a ella. ¿Quien se hubiera atrevido a serle infiel a semejante mujer?, ¿por que razón estar con otra si ella lo tiene todo?. Belleza, sensualidad, simpatía, carisma, inteligencia, amabilidad, y con un carácter propio, enérgico, lleno de vida. Si me dedicara a esculpir, tendría miles de estatuas de Julieta, adornando casa rincón de mi casa - sonríe -Julieta se enojo tantísimo, y yo me quede mudo antes sus acusaciones, haciéndola enfurecer más. Gritaba, histérica, que no la amaba, que la había traicionado, que le prometía cosas que no iban a suceder, y se marchó, sin dejarme acompañarla a su casa, y olvido uno de sus guantes de seda francesa, que le había regalado yo, cuando fuimos a París. Esa fue la última vez que la vi, señor inspector. Con todo detalle. No se donde puede estar, ni si estará bien. No paro de fustigarme, por no haberla acompañado a casa y cerciorarme de que estuviera bien. Señor, ¿usted sabe que esa noche le iba a pedir matrimonio?. Iba a cumplir todas mis promesas - dice Carlo recogiendo su rostro entre sus manos.

- Lo se Carlo. No se preocupe, la encontraremos. Julieta estará bien, usted ha actuado correctamente. No tardaremos nada en dar con ella, y podrán casarse y ser felices - dice el inspector, intentando calmarle.

- Gracias señor - dice Carlo con el semblante destrozado - Estoy muy cansado. Voy a marcharme ya a casa. Mañana nos vemos - dice mientras se pone su abrigo de cuero negro.

- ¿Quiere que le acompañe a tomar un trago? - dice el inspector levantándose - Las amarguras se disuelven mejor con whisky - le dedica una media sonrisa.

- No, no será necesario. Me voy directo a la cama. Nos vemos mañana. Adios.

Carlo se marcha de la comisaría que pisa noche y día. Camina lentamente por el puerto, mirando el agua oscura de las calles. Le gustaría nadar por los canales de Venecia, fundiéndose con el agua helada, paralizando su cuerpo y calmando su mente. ¿Por que no le ha contado toda la verdad al señor inspector?, se pregunta así mismo Carlo. No quiere que acusen de nada a Julieta cuando la encuentren, de eso ya se ha ocupado bien él. Lanzo el cadáver de ese pintor, borracho, que la perseguía siempre, al canal, limpió la sangre que había en su piso, la busco por todas partes, pero no la encontró. Carlo no puso en duda, en ningún momento, que Julieta hubiera matado a ese hombre en defensa propia, y se marchara, asustada, de su hogar. ¡Quizás esa bestia la hubiera intentado violar!. Un escalofrío terrible envuelve, en una eléctrica convulsión, el cuerpo de Carlo. Vomita en la calle solo de pensarlo. Pasa la noche en vela, oliendo el guante de Julieta, que mantiene aún su fresco aroma.

A la mañana siguiente Carlo se dirige a la comisaría. Al llegar, las miradas caen como espadas sobre él.

- Carlo - dice la guapa de Nancy - el inspector quiere verte. Está en su despacho.

Carlo entra al despacho intranquilo, tiene miedo de que hayan encontrado a Julieta muerta. Le duele tantísimo la cabeza, de dar vueltas y vueltas al mismo pensamiento toda la noche. ¿Donde estará su preciosa chica de cabellos color fuego y tacto de seda?.

- Buenos días Carlo.

- Buenos días inspector. ¿Han averiguado algo? - dice Carlo mientras toma asiento.

- Si, así es - afirma - ¿quiere un café? - le pregunta con cortesía.

- No gracias, tengo el estómago algo revuelto - dice encogiéndose un poco.

- Bien, yo si que quiero uno - dice el inspector - Nancyyy - grita - tráeme un café solo, por favor.

Nancy entra por la puerta con un café y unas pastas echas por ella. El inspector le sonríe y se la come con la mirada. Todos en la comisaría saben que está liado con ella, desde hace unos meses. La mujer del inspector también lo sabe, pero se niega a dejar a su marido.

- ¿Qué es lo que han descubierto? - pregunta angustiado Carlo.

- A las cinco de la mañana, Luigi Templani, el panadero de Il Croassan Caldo, ha encontrado un cadáver.

- ¡Oh, dios mío, dime que no es el de Julieta! - exclama con los ojos envueltos en lágrimas.

- No, tranquilo - dice el inspector calmándolo. Carlo suspira aliviado - Es Fernando Troglivi, el pintor - aclara - tú sabes quien es, ¿verdad Carlo?.

- Sí... -enmudece - un pintorchuzo... un borracho y un maleante - dice alterado.

- Sí, así era. Era, pues está más muerto que sus malditas pinturas. Llevaba varios días en los canales de la zona este. El cuerpo daba asco. Estaba verde y completamente hinchado. Si no fuera por que se le desataron las cuerdas, de los pesos que llevaba para hundirlo, no lo hubiéramos descubierto, ni echado en falta. Un asesinato en toda regla. Murió antes de ser tirado a los canales. Tiene un corte muy profundo, en la garganta, lo degollaron como a un cerdo, dejándolo seco, como una uva pasa. Y luego ocultaron su cadáver en el canal - le da un largo sorbo al café y se mete en la boca una de las deliciosas galletas de Nancy, de crema de avellanas.

- Vaya... es una pena. Pero, ¿por que quería contarme esto a mí? - pregunta discretamente. Sabe como son los interrogatorios, y no quiere caer en una trampa.

- No le contaría la muerte de este don nadie si no estuviera relacionado con usted - acusa el inspector.

- ¿Qué quiere decir? - pregunta alarmado Carlo.

- ¿Tiene el guante de Julieta aquí? - pregunta el inspector.

- Claro - responde Carlo.

- ¿Me lo podría prestar un momento?.

- No tengo por que no - saca el guante que tenía guardado, perfectamente doblado, del bolsillo de su cazadora y se lo da. El inspector lo estudia minuciosamente.

Se levanta de la silla y se marcha unos instantes de su despacho, disculpando su ausencia. Carlo levanta las manos a su cabeza y se hunde culposo. Se le seca la garganta y le cuesta respirar. Entra de nuevo el inspector acompañado de dos policías. Él se sienta en su silla y estos dos se colocan, cada uno, a cada costado de la puerta.

- ¿Qué es lo que ocurre? - pregunta angustiado Carlo.

- ¿Le suena a usted esto? - pone sobre la mesa el otro guante de Julieta. Está dentro de una bolsa hermética.

- Sí, es el otro guante de Julieta. ¿Qué es lo que ha pasado? - pregunta de nuevo.

- Que usted mató a Fernando Troglivi y a Julieta - Carlo enmudece.

- ¿Cómo puede decir usted eso? - dice enfurecido.

- Todo el mundo, en está ciudad, conocía la simpatía de ese pintor por tú Julieta y, la aversión que tenías tú por él. Está es mi teoría. Volviste a casa de Julieta, después de vuestra disputa en el restaurante, para disculparte con ella y pedirle matrimonio. Y cuando entraste, estaban los dos allí en la cama. Te volviste loco de celos y acabaste con los dos. Primero lo mataste a él, mostrándoselo a ella, purgándola, por su adulterio, y después acabaste con ella. Limpiaste las pruebas que pudieran acusarte, pero en un simple descuido, metiste el guante de Julieta en la chaqueta del pintor. Lanzaste el cadáver del pintor al canal y te desasiste también del cuerpo de Julieta. Pero, ahora mi pregunta es, ¿donde ocultaste a Julieta? - pregunta arqueando una ceja.

- ¡Cómo se atreve de acusarme de tal cosa!. Jamás Julieta me hubiera sido infiel y yo no los he matado - dice protegiéndose Carlo.

- Eres el principal sospechoso Carlo, y hasta que no tengamos más pruebas que demuestren lo contrario quedaras arrestado. Chicos, - se dirige a los dos policías que custodian la entrada - esposadlo y llevarlo a una celda.

Carlo está alucinado. ¡En que embrollo se ha metido!. Él es inocente, y hasta que no aparezca Julieta, no se descubrirá la verdad. ¿Donde estás Julieta? - piensa Carlo en su celda gris.

14.11.10

Sin control

- ¿No te pasa, que cuando eres infeliz, odias a todo el mundo que es feliz? – le pregunta Matie a Elena, mientras le da un sorbo al espumoso capuchino, que acaba de traer la nueva camarera del café, al que van todos los viernes.

- Siempre – afirma Elena con severidad, mientras corta en cuatro porciones exactas su bollo de crema pastelera. Con el cuchillo elimina la crema que se ha salido al cortarlo, y la aparta del plato, dejándola en un par de servilletas.

- Es como si quisieran regodearse de su buen estado de ánimo, sin importarles a penas, que tú puedas estar hecho trizas. ¿Verdad? – dice mientras le mira con ojos pesarosos.

- Incluso parece que quieran contagiarte su felicidad continuamente, compartiendo contigo, esas historias que no vienen al cuento, y te importan una verdadera mierda – dice indignada Elena, mientras estira su cabello, con su incomprensible tic nervioso – Como el otro día Sonia, que me contó en el trabajo el magnifico viaje que había tenido en Estambul, este verano. ¿Pero tú crees que le pregunte a caso algo?. Pues no. Ella vino, con esa sonrisa, que le arrancaría a hostias, y me lo contó todo, con pelos y señales. Desde a cuantos tíos se tiro, cuantos souvenirs compró, hasta la terrible indigestión que tuvo al tomar un doner en mal estado. Me dijo que se paso dos días enteros en la cama por que no podía ni caminar. ¡Es una exagerada! – saca del bolso el paquete de Fortuna y enciende dos cigarros. Le pasa el primero a Matie, después de haberle dado dos largas caladas. Es su ritual especial.

- ¿Te trajo algo de Estambul? – pregunta Matie curioso.

- Sí, un llaverito muy mono – saca las llaves del bolso y se lo enseña – Me gusta por la linternita que tiene – dice con media sonrisa – Mira, se enciende de este botón – señala un pequeño botón rojo y lo pulsa con delicadeza.

- ¿Pero tú crees que este tipo de gente habrá tenido alguna vez un mal día? – pregunta dubitativo. Sorbe el último trago del capuchino y se limpia con la manga de la camiseta verde, la espuma reseca, que se le ha quedado pegada al labio. Elena fuma y mira pensativa a la calle - Puff… Elena… estoy harto de esta ciudad, de la gente en general y de mismo, en particular. Quiero un cambio en el rumbo de mi vida. Un giro descomunal, como un espiral que acabe con una increíble pirueta. ¿Me entiendes? – dice mientras le acaricia la mano.

- Sí Matie, soy la única que te entiende… y no se si eso es muy bueno – dice mientras se aproxima a él y le da un suave beso – Me encanta cuando sabes a café. Te da un aire intelectual.

Se levantan, van a la barra, pagan el capuchino y el bollo, de crema pastelera, de Elena y salen de la cafetería, cogidos de la mano, caminando lentamente por la angustiosa calle central, de la ciudad enferma. La pareja camina en silencio, sobran las palabras entre ellos.

Al día siguiente, Matie acompañó a Elena al aeropuerto del Prat. Elena tenía que marcharse durante dos meses por asuntos de trabajo. Fue una despedida rápida, ambos las odian. Matie decidió encerrarse en casa durante esos dos meses, pues cuanto menor contacto tuviera con la gente, mejor estaría, eso pensaba él, además no le dificultaría nada esa situación en su trabajo, pues Matie es traductor (traduce textos en francés, inglés y castellano y los traduce al catalán). Matie se escondió en la penumbra de sus cuatro paredes del comedor, alumbrado, solamente, por la pantalla de su viejo ordenador.

Matie es un hombre peculiar, diferente, pero no fue eso lo primero de lo que se enamoró Elena, lo primero, fueron sus orejas roídas. Parecía que alguien hubiera estado mordisqueándoselas. Rojas, pequeñas, delgadas y devoradas. Lo segundo fue su rostro. Siempre tenía cara de embobado, como si no estuviera donde tenía que estar. Matie es un hombre capaz de ver la lluvia, pero no escucharla. Eso le había encantado a Elena de él, ese estado en el que se perdía durante horas, callado, pensativo. Le deslumbró su rostro pasmado y le enamoraron esas orejas singulares. Elena es una mujer mucho más cabal e inteligente. Tiene un defecto en el iris, una pequeña manchita negra, que decora sus verdosos ojos.

Una noche, las risas agudas en la calle, no dejan dormir a Matie. Escuchaba la música y las carcajadas de un gran grupo de amigos pasándole en grande. Ese es el tipo de gente que él detesta, esa gente que restriega su dulce felicidad y ni si quiera le dejan dormir. Se levantó de la cama malhumorado, se puso una bata de Elena y se dirigió a la cocina. Llenó un cubo de agua y le puso un buen chorro de lejía. Abrió la ventana de su habitación de par en par y les gritó "Eh, vosotros, vividores de la vida, recibir con gusto el néctar de Dios". Les tiró todo el contenido del cubo y rió, malvadamente, como un villano de película. Toda su furia atada a su cuerpo durante tanto tiempo estalló, como una bomba de relojería. El grupo de amigos, coléricos, subieron hasta su casa y comenzaron a aporrear su puerta. A Matie, primero le sorprendió una reacción de pánico. De repente tuvo miedo de lo que le podría pasar si esos amigos, que tanto se divertían antes, y ahora desgañitaban en su puerta, en busca de sangre con la que manchar sus puños, consiguieran entrar en su apartamento, luego pensó que no lograrían entrar, pues eran simples mentes alcoholizadas, así que comenzó a reírse y burlarse de ellos, a salvo, detrás de su puerta blindada. Los amigos terminaron por cansarse y se fueron, maldiciendo a ese viejo loco. Matie se sintió tan vivo con eso. Ese suceso encendió una llama en su interior, un fuego abrasador, el cuál notaba quemando su piel e hirviendo su sangre. Esa noche Matie durmió a pierna suelta, como un inocente bebe.

Al día siguiente, después de largas semanas sin salir de su casa, decidió pasear toda la mañana. Lleno de energía, recorrió las Ramblas, como unas mil veces, sonriendo, asombrado del bello día que hacía. Decidió comprarse de todo en la Boquería para prepararse una comida por todo lo alto.

Mientras comía, Matie pensó en lo que había pasado la noche anterior y lo vivo que se había sentido. Se planteó que quizás el cambio que necesitaba, urgente, era una especie de pequeñas venganzas, que lo hicieran sentirse vivo. Mientras tuviera control sobre sus actos, no iba a pasar nada, tampoco iba a matar a nadie, solo quería divertirse, pero a su manera.

Matie comenzó a molestar a la gente, primero, con pequeños actos, intimidando con la mirada o haciendo gestos indecorosos, luego quería hacer algo más, algo que le hiciera hervir la sangre de nuevo. Empezó a gritar en la calle, robar en tiendas, lanzar cosas desde su ventana e insultar a cada cuál que le mirara. Un día empujó a una mujer, que esperaba para cruzar el paso de cebra, hacía los coches. Un hombre que estaba cerca, la cogió antes de que una moto la atropellara. La mujer, del pánico que había sentido, se orinó encima. Matie se marchó antes de que le pudieran decir nada.

La situación comenzaba a escaparse de sus manos, como el aceite escurridizo en el agua. Pero no podía, ni quería, dejar de sentir ese chute de adrenalina.

Todas las noches hablaba con Elena por el skype. Ningún día le quiso decir nada de lo que le estaba pasando. Se sentía que la traicionaba, pues lo compartía todo con ella, y quería que viera, con sus propios ojos, el escarmiento que se estaba llevando toda la gente feliz que vivía en Barcelona.

Se desveló una noche, en la que soñaba con Elena, y en el sueño ella le apoyaba en todo lo que hacía y le animaba a ir más allá en sus acciones. Matie se dio una ducha, para despejarse, y se vistió. Eran las tres de la mañana. Camino por las amargas calles de fiesta, que a él tanto le disgustaban, y se escondió tras unos contenedores, al verse rodeado de tantísima gente pasándolo bien. Escuchaba las risas y despedidas de la gente que salía de la discoteca. Entonces la ve a ella, una chica de unos diecisiete años fumando, camina cojeando, los tacones han podido con ella. Matie se asusta, y no sabe muy bien que hace allí, ni que es lo que va a hacer. Se acerca lentamente a ella y le dice: "Hola... ¿tienes fuego?". La chica busca en su diminuto bolso y este le golpea en la cabeza, dejándola inconsciente y se la lleva a rastras hasta su coche. Conduce con miedo, temblando de que la policía pudiera verle. Pero que le irían a decir, ¿quién es la chica de atrás?. Podría ser su hermana, que está molida de cansancio, por tanta fiesta y diversión.

La sube hasta casa y la sienta en una silla. No sabe que hacer, está hecho un lío. No le gusta en el mal rollo que se ha metido. La ata a la silla y se dirige a la cocina. Se toma 1/3 de un trago. ¿Que hacer con ella?. No lo sabe. ¿Podría dejarle en la calle hasta que recuperara la conciencia?, no, pues podrían atacarle, robarle, violarla, incluso, ¡matarla!. Idea descartada, piensa Matie. ¿Y si esperara hasta que estuviera bien y se inventara una excusa?, no, se le da mal mentir, se pone nervioso y la voz se le pone aguda y patética. Jamás le creería ella. Matie está hecho un mar de dudas. Solo le divirtió atraparla, fue tan fácil y sencillo, como atrapar a un ratón con un queso.

Matie se tumba en la cama y decide, que al día siguiente solucionará todo como sea. Se queda dormido, retorciéndose en la cama, por su mala conciencia, y los gritos encarcelados, por la mordaza, de la joven en la silla.

Elena llega temprano a casa. No aviso a Matie de que llegaba ese día. Entra silenciosa, deja las maletas en la entrada, se quita los zapatos, y descalza, con pisadas de pluma, se dirige al comedor. Elena grita, al ver a una niña atada en su comedor. La chica está llorando. Elena le quita la mordaza y le pregunta "¿Que ha pasado?, ¿quien eres tú?, ¿esto es algún tipo de juego perverso de Matie?". Elena está enfadadísima. No puede creer lo que está pasando. Matie se despierta al oir los gritos de Elena. Entra al comedor y saluda con la cabeza gacha a las dos chicas, con un "Buenos días" en voz baja. Elena desata a la chica y le deja marcharse. Este, en un susurro, dice perdón, y escucha como cierra la puerta de un fuerte portazo, y sus pisadas, corriendo, bajando las escaleras.

- Matie, ¿en que estabas pensando, amor mío? - dice Elena enojada.

- Elena... no le hice nada. Por si eso crees. Solamente la ate, mientras estaba inconsciente y me fui a dormir - dice con voz queda Matie.

Elena cogió de la mano a Matie y se lo llevo al dormitorio. Se tumbaron en la cama y él le contó todo. Lo vivo que se había sentido todo ese mes comportándose de esa forma. Elena lo comprendió todo, como Matie había esperado. Se quedaron dormidos en la cama hasta las doce de la mañana, cuando escucharon como llamaban a la puerta.

Matie se puso una camiseta y abrió. Era la policía.

- ¿Es usted el señor Matie Benoit? - dice uno de los agentes.

- Sí - afirma angustiado Matie.

- Queda detenido.

7.11.10

Constance

Aún se despierta cada noche Mathias, bañado en un sudor frío y espeso. Recuerda, como hace dieciocho años, en una noche calurosa del 24 de agosto de 1572, se dio muerte a más de tres mil protestantes en París, bajo las ordenes de la gélida mano de la religión católica, que respaldaba su masacre, como una purificación, donde se le arrancó el alma a los hugonotes, para erradicar al demonio que habitaba en sus cuerpos.

- Mathias, despierta. Estabas teniendo otro mal sueño – dice Constance con voz fina y ligera – Está semana no has parado de sucumbirte en alarmantes pesadillas. ¿Qué es lo que te ocurre Mathias?, ¿algo te martiriza?– dice preocupada Constance.

- ¡Oh madre!, otra vez me atormentaban las visiones de la matanza de San Bartolomé – dice entre sollozos el joven apuesto – Mis ojos podían ver la sombra de la muerte arrasando París, mis oídos los gritos de las almas arrancadas de sus cuerpos, y mis huesos sentir el calor del fuego del mismísimo infierno.

- ¡Mathias! – grita enfadada - Cuantas veces tendré que recordarte que está guerra que vivimos es una guerra santa, y hasta que no acabemos con todos los protestantes, que se esconden como fétidas ratas, Paris seguirá manchada, por esa sangre sucia que pone en duda la verdadera fe.

- Lo se madre. Yo no lo pongo en duda, pues tú me lo has enseñado todo. Pero no puedo evitar tener esos sueños desde hace tantísimas semanas, que me hacen dudar del camino recto, y esos sueños, son como propios recuerdos que me inquietan. Tengo la visión en la cuál tú me salvaste, de las manos ignorantes de una mujer, que lloraba al lado de un cuerpo pequeño, tendido en el suelo, sin vida, tú le gritabas el nombre de un tal Philippe, pero no lo encontrabas, él se había marchado para salvar su pellejo. Me llevabas contigo, empuñando un cuchillo en tus delgadas manos, lleno de vital sangre aún húmeda, y me protegías con tus delicados brazos, corriendo por un París teñido de azufre y odio. Madre… ¿eso paso en algún momento de mi vida?– dice Mathias gimoteando, intentando encontrar la respuesta, recostado en los brazos huesudos de Constance.

- No Mathias. Jamás ocurrió algo así. Solo es una pesadilla. Tú siempre has estado junto a mí, y así lo seguirá siendo – dice autoritaria Constance.

- Pero… es un sueño tan vivo madre, es un sueño tan real. Siento que estoy empapado de dudas – dice Mathias en un hondo suspiro quejoso. Constance le silencia con un beso en la frente y lo recuesta de nuevo. Este, finalmente, se queda dormido, y plácidamente cae en un sopor tranquilo, junto a Constance, que le observa seria, y con elevada preocupación, de que este, finalmente, averigüe la funesta verdad.

Al cabo de unos días, Mathias deja de tener esos sueños, y vuelve a poseer la vitalidad que tanto le caracteriza. Tiene apetito de nuevo y una amplía sonrisa en el rostro. Es un joven de dieciocho años, de fantástica belleza, exquisitos gustos y admirable inteligencia. Constance le ha otorgado una soberbia educación. Domina el latín con una gran competencia, escribe poemas y toca el violín y el piano como un verdadero artista. Compone sus propias partituras con suma devoción. Constance no se cansa de alardear delante de todos, del hijo que Dios le había concedido, antes de que su marido, Reinald, muriera a manos de un protestante sin escrúpulos, dejándola sola. Por eso, Mathias, había sido la salvación de Constance.

Mathias comienza a salir con una joven llamada Celia, la cual, se la había presentado Constance, pasados unos domingos atrás, en misa. Ambos se enamoran al instante, y Mathias se marchó de su acogedor hogar y se fue, junto con la hermosa Celia, a vivir otro sueño, abandonando a la madre que tanto le amaba y le había dado todo lo que él necesitaba en su lujosa vida.

Constance se refugio más que nunca en su fe y se escondió entre las paredes de la santa iglesia. Mathias y Celia comenzaron a vivir juntos, una vida humilde y tranquila. Pronto ella se quedo embarazada y corrió la voz por París, como fluye rápida el agua por el río Sena. Constance se enteró de los asuntos de su hijo por voces desconocidas y se sintió vilmente traicionada, por la falta de decoro que había tenido Mathias, abandonándola y dejando atrás toda conexión con el pasado. Mathias iba a estar con ella para siempre, y se había largado de su lado por otra mujer. Algo tenía que hacer Constance para atraerlo de nuevo junto a ella.

Han pasado los años, y Mathias recuerda cada día, como una terrible penitencia, esa angustiosa mañana en la que Celia murió, por los celos incomprensibles de Constance.

Él dormía como un tronco en su amplia cama de matrimonio, rondarían las seis de la mañana cuando oyó los soñozos de su pequeño hijo Philippe, en la habitación contigua. Celia se deslizo de la cama para atender a su preciado hijo, pero antes susurro en el oído de Mathias bellas palabras de amor. Este siguió sumido en sueños, marcado con una sonrisa bobalicona en su cara. El aroma del café le despertó a las diez de la mañana. Pero no era el aroma del café que le preparaba normalmente Celia, era el aroma del café de su infancia con Constance. Mathias, nostálgico, se levanto de la cama y se dirigió a la cocina. Sus primeras palabras del día fueron los gritos, arrancados del fondo de sus entrañas, al ver el cuerpo de Celia en el suelo sin vida. Le habían cortado su delicado y largo cuello de cisne. En la mesa estaba sentada Constance, con atuendo de monja, dándole el desayuno a Philippe, que sonrío al ver a su padre ya despierto. Constance le saludo con un seco “hola” y siguió dándole de comer al niño de ojos pardos y pelo rizado.

- Sabía que te despertarías al oler el aroma del café que te preparaba en casa – dijo Constance - Sabes… cuando eras pequeño tenías el pelo igual que tú hijo, pero a mí no me gustaban esos rizos endemoniados, y te afeite la cabeza una y otra vez.

- Madre, ¿qué es lo que ha pasado? – dijo Mathias estupefacto - ¿Qué le habéis echo a mi esposa? – grito colérico. Philippe comenzó a llorar y dijo entre soñozos “madre está enferma”. Constance abrazo al pequeño y lo calmo.

- Mathias, hace tantísimo tiempo que no sabía de ti. ¿Te habías olvidado de tú propia madre? – dijo echa un mar de lágrimas – No recibí carta alguna durante todos estos años, no había visitado aún tú hogar, y ni si quiera sabía que ibas a tener un hijo, lo tuve que saber por las malas lenguas de los nuevos ricos de Paris… he rezado tanto para que estuvieras bien y pronto nos viéramos – cierra los ojos y reza en silencio, dándole vueltas al rosario negro que cuelga se su cuello – Hace muchos años que quería contarte la verdad. Pero siéntate querido – Constance se levanto y aproximo a Mathias a una silla. Este hundió su rostro entre sus brazos - ¿Recuerdas esos sueños que te acecharon durante semanas? – él afirmo en susurros – Pues todo era cierto. Yo te salve de una madre protestante y un padre envenenado, que había escogido un mal camino. Tú padre era Philippe, mi hermano, y en esa noche, yo me dirigía a tú casa para matarlo, pero él había huido, dejándoos solos, e indefensos, a ti, tus hermanos, y tú madre, Emma, que lloraba como un trapo tendido en el suelo. Yo te lleve conmigo, para darte una buena vida. Y así fue, hasta que te marchaste con Celia y me abandonaste sin ninguna compasión. Yo ya me he manchado las manos de sangre otras veces, pero jamás había matado a alguien inocente.

Mathias enmudeció. El aroma del café se fundió con la de la sangre de Celia, abrumando sus sentidos. Quedo desmayado sobre sus brazos. Constance se llevo a Philippe con ella, para otorgarle la vida que le había facilito a su padre, pero esta vez, se aseguraría de que este pequeño, se quedará con ella para siempre. Mathias se quedo solo, sin su esposa y su hijo, y no volvió a saber de ellos, pues se evaporaron como el agua en el viento.

31.10.10

El náufrago

Soy Roberto Páremo, farero de profesión, hace tanto tiempo, que ya no lo recuerdo. Me dirijo a ti para contarte mi historia, bueno, realmente la historia de un hijo que el mar parió, de sus entrañas saladas, y también me lo arrebato, poniendo fin a mis únicos sueños en mi vida.

Cada día miro la playa, desde el viejo faro, y recuerdo el día en que encontré a Leonardo, así lo bautice, en un soleado domingo, cuando el sol se posaba sobre nuestras cabezas. En esa inolvidable mañana se oían las lindas gaviotas, tantísimas sobrevolaban el cielo, que espesaban el mismo aire, y nos empapaban con sus plumas olvidadas. La mañana estaba tan clara, como nunca lo había estado. El aíre era fresco y limpio, el mar tranquilo, después de la fatídica tormenta, y el cielo esponjoso, como en los sueños de un niño pequeño. Leonardo estaba boca abajo, con sus ropas andrajosas, sobre la fría arena, cerca de los calamos de mi preciosa playa, que yo custodiaba y custodio, hasta el último día de mi vida. Se encontraba desorientado y deshidratado. Su lengua solo deseaba una gota de cristalina agua, que le hiciera sentirse vivo una vez más. Baje corriendo a por él, todo lo que mis achacosas piernas me permitieron, casi me mato en las enormes escaleras de caracol, pues Fermín, por aquel entonces mi única compañía, un pequeño perro escurridizo, ¡que ya tenía 15 años!, y no tardaría en morir, se puso en mi camino, cariñoso y juguetón. Baje escuchando los quejosos ladridos del viejo Fermín, por no haberle prestado la atención que en esos momentos el me requería, con la única idea de salvar a ese hombre que clamaba mi ayuda en silencio.

Cuando mis ojos vieron a ese hombre, lloraron de impotencia, pues estaba medio muerto por mi culpa, pensé yo. ¿Cuantas horas habría estado tirado en ese lugar? me preguntaba yo angustiado, ¿por qué no lo habría visto antes?. Me sentía tan culpable del estado de ese naufrago perdido, que yo me prometí, en ese mismo momento, devolverle la vida que él hubiera tenido, antes de acabar en mi calinosa playa.

Lo gire con cuidado, y lo tape con mi abrigo. Era todo huesos y pellejo. Cuando vi su cara, no supe saber si era un niño o un hombre, pues tenía un rostro infantil, escondido tras una larga barba alborotada. Sus mejillas esqueléticas, estaban llenas de pícaras pecas. Sus ojos hinchados, cristalinos como la mar de esa mañana, lloraban al ver la ayuda que tanto ansiaba.

Yo le hable en mil lenguas, pero él no supo como responderme. Pensé que estaría aturdido y confundido. ¿Podría ser que se hubiera golpeado contra las rocas y hubiera perdido la razón?. Él me sonrío e intento imitar mis palabras, pero solo emitía leves ruidos, como un animal manso e incapaz de hacerme daño. Lo abrace con fuerza y lo levante del suelo, y juntos, nos dirigimos hasta mi casa, el faro, donde lo alimente y cure sus heridas. Leonardo durmió durante horas, junto a la mirada enfadada y fría de Fermín, y yo miraba al mar, agradecido, por regalarme esa bendita compañía, que tanto le había pedido a Dios en todas mis oraciones.

Nunca supe su origen, ni su verdadero nombre, pero tampoco me importó, pues para mí era Leonardo, él hijo que siempre había querido tener con Luisa, la única mujer que he amado de verdad, en mi larga vida.

Reeduque a Leonardo. Le enseñe a pescar, a recolectar frutos, a vivigilar la mar, como yo lo hago cada día. Pero no conseguí que hablara, pero nos entendíamos como nadie puede entenderse, mediante nuestros signos y palabras, nuestras miradas y gestos, creamos un lenguaje, tan cómplice y particular, que solo dominábamos nosotros dos.

Cada noche le leía alguno de mis poemas, pues las largas horas muertas, que tenía en el faro, las utilizaba escribiendo, antes de que apareciese él en mi vida. Dejaba suelta mi imaginación y esperaba sentirla como volaba, como un ave libre, surcando con fuerza mi mente, y se transforma en aquellas dulces palabras, que a mi boca le costaba tanto escupir, pero mis manos las encontraban a tiempo, para plasmarlas en miles y miles de hojas, esparcidas por el suelo de la sala. Leonardo siempre me miraba alucinado, y yo sentía como ambos podíamos comprender, la locura de un viejo farero obsesionado con la mar, la noche estrellada, el amor de mi Luisa y el sopor de mis sueños perdidos, tanto, como se encontraba él en el faro, y yo no lo sabía aún.

Pero al pasar los días, Leonardo comenzó a tener espantosas pesadillas, y cada noche, venía junto a mí, presa del miedo y del angustioso pánico que sentía pesado sobre su cuerpo, y se acurrucaba en mis brazos, sollozando como un niño asustado. Debí imaginármelo en ese mismo momento, algo atormentaba a Leonardo y yo no podría ayudarlo. Pero yo quise pensar que era feliz conmigo y que no le pasaba nada, solo recuerdos desvaídos, se calaban en su memoria.

Comenzó a comportarse de forma extraña. Su actitud era salvaje y agresiva, y empezó a asustarme. Lo rehuía en todo momento, y él se daba cuenta, mostrándose más colérico conmigo. Finalmente no dejé que durmiera dentro del faro, así que se pasaba las noches en la playa, mirando fijamente la potente luz que emitía el faro, sin dormir a penas.


Momentos antes de dejarme solo de nuevo, lo divise desde lo alto golpeando, violentamente, a Fermín, con un descomunal pedrusco. Corrí por las escaleras, sabiendo que no llegaría a tiempo, y no paraba de gritar ¡basta!, ¡detente Leonardo!, pero este seguía golpeando al pobre animal, hasta que quedo muerto en la fría arena. Caí al suelo en redondo, junto a sus pies desnudos, y Leonardo me miro con los ojos rojos, inyectados en sangre y le solloce de nuevo que se detuviera. Grito furioso, lanzo el pedrusco contra el faro y corrió loco, hacía el mar. Su figura de fundió con el salvaje oleaje, cada vez más grande y oscuro, y no volvió nunca a atrás.

Esa fue la última vez que vi a Leonardo. Y jamás entenderé que es lo que le paso para que se comportara de ese modo. ¿Qué veneno pútrido se introduciría en su ser y haría, que él manso joven, que había encontrado meses atrás, se volviera loco de remate?. No podré perdonármelo jamás, pues cada día pienso, que en mis manos estaba ayudarlo, y yo tendría que haberle defendido de esas pesadillas que le carcomían la razón.

24.10.10

Amigas

¡Uf! Que resaca tengo de la cena de ayer – piensa Mamen mientras se despereza en una cama desconocida por ella - ¿Dónde coño estoy? – grita histérica. Mira por debajo de las mantas, para asegurarse que está vestida, y pone cara de alivio al ver que lleva un pijama de lo más antierótico, de osos amorosos.

- ¡Tesoro deja de gritar, que Ramón está dormido! – dice Pilar – es que llego está mañana a las 7.30. ¡Ya sabes como se pone Cuenca cuando hay fiestas!. Dice que ha tenido que tirar a la gente del pub, por que no se despegaban de las sillas. Bueno, vamos a desayunar rápido, que tenemos mucha prisa – dice Pilar mientras recoge la ropa del cuarto.

- Bien mujer... espérate un momento que vaya al baño y me refresque un poco, que estoy algo desorientada – dice Mamen levantándose de la cama lentamente. Parece como si fuera a vomitar en cualquier momento.

Mamen entra al baño. Se mira en el espejo con asombro. ¡Hacía años que no pillaba una tan buena!. El pelo alborotado, el rimel hasta los labios, la boca con sabor a cenicero y tequila, los labios secos como el desierto, una sensación de pesadez en el cuerpo terrible y una acidez que le sube y le baja del estómago a la garganta, como si hubiera un parque de atracciones dentro de ella, lleno de niños drogados de azúcar. De todos modos, no puede evitar que una sonrisa joven le nazca de sus profundos labios, acompañada de un baile ridículo frente al espejo. Se limpia la cara con un poco de agua y se pringa, aún más, con los restos de maquillaje que tiene en la cara. Frota con fuerza sus mejillas, con una toalla blanca, que adquiere un horroroso color ocre. Moja la cabeza, bajo el grifo, y enreda la toalla sucia en su cabeza. Mamen se dirige a la cocina, arrastrándose por las paredes del pasillo, esperando un buen café, unas tostadas con aceite y unos cuantos ibuprofenos y paracetamoles sobre la mesa.

- Pe pe… pero bueno – tartamudea Mamen - ¡Que sorpresa chicas! – exclama -¿qué hacéis todas aquí?, ¿no os ibais a un hotel ayer a la noche? – le dice a su grupo de amigas, que están preparando el desayuno en cadena.

- Ya se ha despertado la figueta de Mamen – dice Amparo riéndose de ella – ¿Como te encuentras después de tragar y tragar cubatas y cubatas, sin olvidarme, de la interminable ronda de chupitos de tequila, en la que, finalmente, solo participabas tú?.

- Bueno… bien… ¿pero alguien me va a decir que hacéis aquí?, ¿ha pasado algo? – pregunta preocupada.

- Preciosa, ¿no te acuerdas de lo que hablamos ayer? – dice Dulce asombrada.

- No. Solo recuerdo el comienzo de la cena, las primeras cervecitas, y mi cerebro a hecho puff en algún momento, pues no hay mucho más que pueda recordar de ayer – dice rascándose la cabeza.

- Mamen… ¡vamos a atracar un banco! – gritan las cuatro mujeres alegres, en pijama.

- ¿Queee? – grita histérica de nuevo - ¡Oh dios! ya recuerdo… por favor, siento que me vuelve el vómito de nuevo – se sujeta la boca con fuerza y sale corriendo hasta el baño, donde parece una inagotable tragaperras, que expulsa un tremendo premio. Vuelve a la cocina alucinada, mientras que sus cuatro amigas se ríen, como locas, de la situación. Se sienta con ellas, se mete en la boca un par de analgésicos y le da un rápido sorbo al café hirviendo, tragando con dificultad las pastillas.

- ¿Ya estas más calmada Mamen? – dice Helena, dándole palmaditas en la espalda. Ha preparado un delicioso pastel de higos con crema de avellanas, para desayunar. Le corta un trozo y se lo sirve en el plato.

- No gracias, se me ha quitado el hambre – dice Mamen con la mirada caída hacía sus manos.

- Pues dámelo a mí – dice Pilar cogiendo el pastel del plato con suma avidez – que ya sabes que yo como por dos – sonríe, mientras caricia su enorme vientre de ocho meses, y le da un enorme bocado al pastel.

- Bueno chicas… ya se que ayer dijimos muchas cosas y se que nuestra acción sería por un buen gesto… pero, ¿robar un banco?, ¡chicas estábamos borrachas ayer cuando decíamos todo eso! – vuelve a gritar alterada - ¿Cómo vamos a hacerlo?, ¿cuándo?, ¿y cuál banco pensáis atracar, pequeñas ángeles de Charlie? – pregunta nerviosa.

- Tesoro, mientras dormías plácidamente lo hemos planeado todo – dice Pilar terminando el pastel en tres bocados– Atracaremos, mañana, el banco central de Valencia, en el que trabaja Amparo – dice señalándola, esta sonríe mientras bosteza.

- En ese banco, aunque es el central, no hay mucha vigilancia, hay un par de cámaras de seguridad, polvorientas, y dos guardias mataos – señala Amparo – No será muy difícil, me conozco el edificio, como si me hubieran parido allí mismo. Además, me pasó más de cincuenta horas a la semana entre esas paredes. El plan es el siguiente, mañana, lunes, a las nueve y cuarto de la mañana, que habrán un par de abueletes, entrareis las cuatro, más confiadas que nunca, y dos se quedaran en la puerta, y las otras dos, vendréis a mi ventanilla, y me apuntareis directamente con una pistola y gritareis “¡Manos arriba, esto es un atraco!. Y si alguien hace algo extraño le vuelo la cabeza a está zorra engominada! – dice Amparo – Será pan comido. Os doy la pasta, y rápidas huís por patas, y lo celebramos después con una comida en mi casa, pero sin tequila – sonríe.

- Esto no es posible. ¡Que ya no tenemos dieciocho años!. No podéis pensar en todo lo que nos puede pasar. Desde que nos peguen un tiro a acabar en la cárcel. ¡Coño, que me quitarían la tutela de Luís! – dice sollozando – además Pilar está embarazada, Helena tiene una nena en casa esperándola, Dulce es Dulce, y no quiero que quiera seguir su vida en la cárcel, y tú, Amparo – dice señalándola – perderás cualquier posibilidad de adoptar a Ling.

- Mamen… tranquila. Manoli nos necesita y necesita ese dinero. Sabemos como está su corazón, cada día más débil, así que tenemos que conseguirle todo el dinero necesario para todas las operaciones que necesite – dice Amparo prestándole un pañuelo para que se suene los mocos - Además, tenemos una abogada en el grupo, así que no te calientes más la cabeza, Helena nos saca de cualquier problema chasqueando los dedos – añade Dulce con un alegre guiño.

- Bien chicas… ¿pero alguien me quiere decir de donde vais a sacar pistolas?, ¿y donde cojones las esconderemos?, ¿o pensáis pasear por el centro de Valencia con una pistola en la mano? – dice Mamen escéptica.

- Pistolas mmm pistolas, pues va ser que no, pero ahora me acerco a casa de mi padre y le quito los rifles de caza y ya ¡listo! – dice Pilar recogiendo la mesa – y lo de esconderlas, ya lo improvisaremos. Venga, y ahora, en marcha, que tenemos mucho que hacer antes de irnos.

Son las seis de la tarde, nos dirigimos a Valencia en la vieja furgoneta de Ramón, Pilar se la ha cogido sin que se diera cuenta. Como se nota que antes era cleptómana. Tiene un arte para robar sin que nadie se percate de que le falta algo. Le ha dicho que iba a pasar unos días en Valencia, con las chicas, para ir a visitar a Manoli al hospital. Las chicas están muy alegres, pero yo no puedo parar de pensar que nada va a salir bien, de este alocado plan. Al llegar a Valencia, dejamos la destartalada furgoneta de Ramón, en un parking alejado, y vamos andando hasta un hostal, cerca de RENFE, que nos recomienda Dulce, de una de sus fogosas aventuras. Una larga caminata de hora y media, y yo llevo los tacones de la noche anterior. Pilar transporta, los rifles, en cuatro bolsas de tela rosa, para el pan. Asombrosamente, parece que lleve panes de verdad, y nos dejan pasar al hostal sin ningún problema. De la tensión de la situación me sale urticaria por los brazos y no puedo parar de rascarme con una posesa. ¡Ahhhhh! Me arrancaría toda la piel con los dientes. Dejamos las cosas preparadas para el día siguiente, nos despedimos de Amparo y dormimos, pues mañana será un día muy largo.

Helena, Dulce, Pilar y Mamen, desayunan en un pequeño bar, de al lado del banco. Quedan veinte minutos para que tengan que actuar. Mamen no deja de rascarse los brazos como una loca y Dulce, a escondidas, se santigua así misma. Pagan los dos café con leche, el café solo, el zumo natural de naranja, sin pulpa, y las tostadas con tomate y aceite, y se dirigen hacía el banco. Se fuman un cigarro en la esquina de la calle, sacan de sus mochilas, cada una, su careta (llevan caretas escolares de animales, de Manuel, el primer hijo de Pilar. Están hechas con arcilla blanca y pintadas con temperas) y entran en el banco. Hay un par de clientes en la zona de ingresos y pagos, y una pareja en la zona de préstamos. Solo hay un guardia, el más viejo, al que se le cierran los ojos del sueño. Ni se percata de las graciosas máscaras de las chicas. Mamen y Helena se quedan en la puerta quietas, impidiendo el paso y Dulce y Pilar, se dirigen, rápidas a la ventanilla de Amparo. Todas sacan el rifle y Pilar grita “Esto es un atraco” cogiendo del pelo a Amparo. A está se le escapa una risa incrédula. Dulce le da una colleja y está vuelve a su papel de cajera indefensa y asustada. Arrastran a Amparo hasta las cajas de seguridad y arrasan con todo el dinero, mientras, Helena y Mamen, vigilan a los pocos clientes de la sala. En cinco minutos acaban con todo, guardan sus rifles, y salen corriendo del banco sin problemas, guareciéndose en una tienda de ropa y comprándose algo distinto, para no ser descubiertas por el centro.

A las dos de la tarde, Amparo vuelve a su casa, después de un largo interrogatorio. Las chicas están bebiendo vino y contando el dinero.

- Os odio – dice Amparo – me ha tocado estar dos horas testificando contra vosotras. ¡No podéis imaginaros lo aburrido que ha sido!. – dice sirviéndose una copa de vino tinto hasta arriba – Pero al menos me he burlado de vosotras un rato. El banco ha estado cerrado toda la mañana, y al revisar las cámaras, se han dado cuenta de que no estaban conectadas. Lo que ellos no saben, es que mi mano piadosa las desconecto, como la alarma de seguridad – ríen todas.

A las ocho de la noche van al hospital a ver a Manoli. Es hora de visitas.

- ¡Sorpresa! – gritan las cuatro entrando en el cuarto de Manoli. Le dan un precioso ramo de rosas rojas y un globo de Bob Esponja.

- ¡Chicas, que sorpresa! – dice Manoli emocionada - ¿Qué hacéis aquí todas?, ¿qué tal fue la cena en Cuenca?, ¿cuánto ha bebido Mamen está vez? ¿y con quien se ha liado Dulce?, ¡ey! ¿a que esperáis para abrazarme? – dice abriendo los brazos esperándolas. Todas se abalanzan sobre ella y la abrazan, la besan con un adorable cariño – Un momento… Amparo, ¿como estás? – dice Manoli preocupada – he visto en las noticias que está mañana han robado en tú banco. ¿Estás bien perlita mía?

- Muy bien Manoli. Han sido muy amables las ladronas estas – sonríe Amparo.

- Me he reído tanto al ver la noticia. Han dicho que cuatro mujeres, han entrado con mascaras de animales y rifles, guardados en bolsas de pan, y se han llevado todo el dinero de las cajas fuertes. ¡Alucinante! – dice Manoli – No me lo podía creer cuando lo vi… ¡Ah! esperad, eso no es lo más fuerte… ¡había una embarazada entre ellas! – exclama alucinada Manoli – y la que estaba con ella en la puerta, se ve que dejo un buen rato el rifle en el suelo, por que tenía urticaria y se estaba rascando los brazos todo el rato – ríe Manoli - ¡Eso si que es ser profesional! – añade.

Las chicas se echan miradas cómplices entre ellas y Manoli se queda parada un momento pensando en las coincidencias de las ladronas y sus queridas amigas. No se lo puede creer.

- ¡Por favor chicas abrazadme de nuevo! – exlama Manoli asombrada.

17.10.10

Sin poder mirarte

- Han fallecido está mañana veintiséis personas en Madrid, por un escape de gas en una finca antigua. El edificio, situado en el centro de la ciudad, tenía una instalación de gas en condiciones austeras, según los técnicos que visitaron el siniestro.. La mayoría de los inquilinos eran fam…

- Estoy harta de los noticieros. ¡Solo saben hablar de sucesos funestos! – exclamó Ana molesta mientras apagaba el televisor de la sala – Además, lo que menos quieren los pacientes de un hospital, es ver está morbosidad televisiva. Ya tenéis suficiente con tener que estar ingresados aquí tanto tiempo – dice la joven mientras se seca las lagrimas que afloran de sus verdosos ojos.

- Tranquila Ana – dice su madre tumbada en una de las camas duras del hospital – a mí no me molesta nada – dice con una amplía sonrisa de oreja a oreja.

- Quizás a ti no mama. Pero tú compañero de habitación querrá descansar y no ver esto a todas horas – dice Ana mientras señala al hombre, de unos treinta y pocos años, tumbado en la cama de al lado.

- No se preocupe por mí – dice con una voz resignada el hombre – me he quedado ciego recientemente.

Ana enmudece. No sabe que decir. Siente que ha metido tanto la pata, que empieza a hundirse en un fango imaginario, en el que no puede respirar nada. Se queda paralizada en silencio, con los ojos fijos, sobre el hombre ciego, que no espera respuesta alguna, después de sus palabras. Hasta que su madre le da un buen pellizco en el brazo, que tiene apoyado sobre la cama, Ana no vuelve a la realidad, y suelta un pequeño chillido nervioso, asustada por el cariñoso pellizco de su madre. Finalmente el hombre se duerme plácidamente. Su pecho se mueve tranquilo y parece sumido en un confortable sueño. Ana se sienta en el suelo, al lado de su madre, y hunde su cabeza sobre sus brazos entrelazados. Su madre le acaricia los brazos y le levanta el rostro con cariño.

- Ana, no pasa nada. ¿Tú que ibas a saber? – dice su madre intentado tranquilizarla - Además, no te preocupes tanto, solo ha sido un comentario fortuito – dice mientras le sonríe. Marisa nunca deja de sonreír, ni después de tres operaciones por cáncer de ovarios. A Ana le cuesta más mantener la sonrisa.

- Mama, ¿qué es lo que le ha pasado ha ese hombre? – dice Ana en susurros - ¿Cómo es que ha perdido la vista recientemente? – dice intrigada la joven de mejillas rosadas y pelo corto como un militar.

- Josep, que así se llama mi compañero de habitación, perdió la vista hará una semana. Es un caso de, como lo llaman los médicos, ceguera histérica. Este llegaba tan tranquilo de hacer la compra y cuando llego a casa, estaba su mujer tirándose a su jefe en medio del salón. ¡Está es de las que se llevan el trabajo a casa! – exclama con malicia Marisa - Ya puedes imaginarte la escena. Al pobre Josep le rompió el corazón, doce años de matrimonio es mucho tiempo hija, y nada, las bolsas de la compra por el suelo, la mujer diciendo el gran tópico de “esto no es lo que parece” y el pobre de Josep salió con viento fresco de su casa, perdiendo la vista en el ascensor. Le encontraron sus vecinos, pues escucharon sus gritos histéricos, echo un ovillo en el suelo del ascensor. Le llevaron ellos mismos a urgencias, pues su mujer no movió ni un solo dedo por él. ¡Pero mira que se contonea bien para su jefe la mala puta esa!.

- ¡Mama! – exclama Ana – sigue con la historia y no chismorrees.

- ¡Ay Ana! Está historia es la comidilla del hospital, que se le va a hacer. En fin… que el pobre Josep no ha vuelto a recuperar la vista, y aunque está bien, lo tendrán ingresado un tiempo, para ver si esa ceguera puede llegar a ser permanente o no.

- Pobrecillo. Encima que le engañan va y se queda ciego él. ¡Eso si que es mala suerte! – dice Ana indignada.

- Sí, si que lo es – dice Josep que llevaba un buen tiempo despierto y escuchaba atentamente la conversación madre hija.

A Ana se le vuelve a caer la cara de vergüenza. Su madre se ríe por lo bajini viendo a su hija tan alterada.

- Josep – dice Marisa – te presento a mi hija, Ana. Es artista. Hace unos cuadros maravillosos. Cuando recuperes la vista, que seguro que será pronto, te invitaremos a que veas algunas de sus obras a casa.

- Mama – dice Ana sonrojada, como una adolescente malhumorada.

- Para lo mayor que eres a veces eres tan tímida hija – dice Marisa dándole un empujoncito hacía la cama de Josep.

- Emmm… hola – dice tímidamente Ana a Josep.

- Buenos días Ana. No te preocupes por que os haya pillado hablando de mí, cómo dice tú madre, está historia es la comidilla del hospital – sonríe levemente – anda siéntate y dejemos a tú madre descansar, que ya se ha emocionado mucho hoy – Ana se sienta en un incómodo sofá verdoso y sonríe. Se vuelve a quedar en silencio, mirándole los ojos, que son los más hermosos que ha visto en su vida. Realmente parece que la pueda ver – Sigue hablando como antes Ana, tienes una voz encantadora.

Ana sigue yendo todos los días al hospital a visitar a su madre y a Josep. Pasa largas horas con Josep, leyéndole el periódico, hablando de sus vidas, etc. A Marisa no tardan en darle el alta, se recupera perfectamente, con su energía y su amplia vitalidad, pero Josep sigue con diversas pruebas sobre sus ojos, que aparentemente no tienen daño alguno, pero no puede ver nada con ellos. Ana sigue yendo a visitarle, no tantas veces, pues debe de cuidar de su madre que está con ella en su casa. Cada día que no ve a Josep se siente terriblemente vacía.

Un día que termina antes de trabajar, sale corriendo directamente al hospital, toda llena de pintura. A Josep le han dado el alta, al no encontrarle ninguna alteración en los ojos, le han recomendado reposo en casa y acostumbrarse a la situación con positivismo. Ana se entristece al ver su cama vacía, aún caliente por su tostada piel. Una de las enfermeras, que ya la conoce, por que está se pasa el día, de arriba para abajo por el hospital se acerca a ella con un papel en la mano.

- Hola Ana. ¿Cómo estas? – le pregunta la enfermera de nariz respingona.

- Bien, bien – responde alterada - ¿Dónde está Josep?, ¿está bien?, ¿ha recuperado la vista?

- Josep ya se ha ido a casa. Le han dado el alta está misma mañana. Aún no ha recuperado la vista, pero en el hospital no podemos hacer más por él. Tiene que descansar y olvidar lo que le sucedió. Una vez este preparado mentalmente y emocionalmente, seguro que recupera la vista – dice sonriendo – Ana, nos dejos esto para ti. Es su dirección – dice la enfermera mientras le tiende el papel blanco.

- ¡Oh! gracias – Ana se la quita de las manos, con fuerza, arrugándose casi toda y se marcha rápidamente.

- Adiós Ana – grita la enfermera viéndola como desaparece fugazmente del hospital.

Ana se apresura y coge un taxi. Nerviosa, por que no sabe por que está tan impaciente por ver a Josep, siente como le da vueltas la cabeza, como las ruedas del vehículo, por la interminable carretera. Llega a su puerta, respira hondo, y toca al timbre con retraimiento. Se oye un “ya voy” en el interior de la casa y varios golpes y quejidos desde dentro. Josep abre la puerta y se queda callado. Ana vuelve a enmudecer ante él. Siente una alteración tan fuerte en su corazón. Oye los latidos, continuos y profundos, sobre el silencio de la situación.

- Hola Ana. ¡Que rápido has venido! – dice Josep muy feliz de tenerla cerca.

- ¿Cómo has sabido que era yo, si no me puedes ver? – dice Ana extrañada.

- Por que tú olor a pintura es inconfundible – dice mientras ríe. Ana se da cuenta de que está completamente manchada de pintura. Se acalora por un momento – Bueno, ¿quieres pasar? – pregunta Josep dejándole sitio para entrar.

- Claro Josep. ¡A eso he venido! – dice Ana.

Su casa está patas arriba. Un día en ella y ya es un caos. Josep no se acostumbra a caminar a oscuras por su piso, le parece un laberinto lleno de trampas. Ana recoge los cristales de una lámpara que están en el suelo y se sienta con Josep en unas sillas que hay en el comedor. Ana mira la sala con amargura, y se imagina la escena en la que Josep vio a su mujer siéndole infiel, con el burro de su jefe en ese larguísimo sofá color caqui.

- Josep… no se como decirte esto… pero… tienes la bragueta abierta – dice riéndose Ana.

- Jajaja Ana, ¿Dónde estabas mirando cuando entraste pequeña?.

Ana se sonroja y este, torpemente se acerca a ella, guiándose por su respiración, que se altera cada vez más, al ver que él se le acerca. Josep la abraza, y respira ese aroma a pintura de la joven – Gracias por estar a mi lado Ana, eres lo más valioso que me podría haber pasado en este tiempo - Ana roza sus labios, humildemente, por sus mejillas, los desliza suavemente por sus orejas y desciende por el cuello, suave, delicada, como una rosa que florece en el amanecer, por su nuez, después besa sus ojos, y finalmente sus labios, con absoluta timidez. Josep la abraza con fuerza, y a ciegas, hacen el amor en el suelo de la sala, sobre una moqueta negra. Ana se venda los ojos, con su blusa, y ambos disfrutan de las olas del placer, escondidas en un manto negro. Pasan la noche juntos, descubriendo sus cuerpos minuciosamente. Las horas se desvanecen como minutos, en la cama llena de sudor, y los primeros rallos de sol se filtran entre las nubes, cruzando la ciudad, antes que los primeros madrugadores peatones. Ana le describe con todo detalle la puesta del sol y Josep siente por un momento que lo ve todo. Por un instante ve su maravillosa sonrisa, sus labios, balanceándose, con cada una de sus palabras, sus ojos, vidriosos, observando la cálida mañana, y ese cielo, azul, tan intenso, como un rayo de esperanza atravesando sus corneas.

11.10.10

La torre

Jamás en la tierra existió un romance tal como el de Lilith y Sir Lorentz, por el cual, los escondidos límites del mundo, temblaron de auténtico pavor, en una guerra, en la que la sangre baño los eternos días, y el sabor amargo de la traición, quemo el corazón de la hermosa Lilith, más vulnerable de lo que ella creía.

La pura pasión, el inimaginable desenfreno de los encuentros de los amantes, la asombrosa lujuria, el éxtasis extremo, el cautivador delirio, la efervescente fogosidad que hacía arder sus cuerpos, el majestuoso frenesí, el auténtico deseo, la traicionera lascivia, la sensualidad y el erotismo, carcomieron el alma de ambos condes, hasta no quedar cordura en ellos. Y después de infinitos días, arropado en los tiernos brazos de la salvaje condesa, sobre su dulce lecho, Sir Lorentz la abandonó, por el cuerpo, aún más joven y tierno, de la duquesa Úrsula.

Al enterarse de tal noticia, Lilith, henchida de dolor y con el corazón caliente sobre sus manos, propago a todo su ejército, como una brutal plaga hambrienta de sangre, dando la atroz orden de arrasar la ciudad y acabar con la vida de todas las mujeres de Valwriana. Y así fue durante semanas… torturas infames, violaciones y ejecuciones en las calles, exterminando a todas las mujeres de la pacífica ciudad, del majestuoso conde.

Esa fue la llama, que encendió la grandiosa bomba, que hizo estallar la fatídica guerra entre Valwriana y Grabour. Una guerra entre dos grandes ciudades, una guerra feroz, repugnante y llena de venganza. Una guerra entre dos amantes atormentados por la existencia del otro en sus recuerdos.

Lilith está en lo alto de la torre, de su funesto castillo negro. Siente en sus propias entrañas como se acercan las pútridas tropas de Sir Lorentz, con sed de violencia. Mezquinamente suelta una carcajada, sabiendo que no llegaran muy lejos, pues no podrán cruzar los bosques encantados, los lagos helados, la montaña maldita y el río de lava que rodea el castillo. Está colérica, siente hervir su sangre y cree que va a escupir fuego. Da vueltas alrededor de la sala sin muros, pues la cima de la torre no tiene paredes, y siente las suaves ráfagas del aire acariciando su cuerpo, y mira al cielo, indignada, por su sereno comportamiento, en una violenta batalla, con ojos de serpiente envenenada y con un grito de arpía, que gira los ejes de la tierra, comienza una tempestad de rayos verdes, que parten a todo aquel que se aproxima a sus dominios. Una lluvia de flechas ensombrece el firmamento, y la sangre mancha las tierras infértiles de Valwriana. Las tropas se acercan en sus caballos, galopando briosos hasta el castillo, y encabezando a los rudos caballeros está Sir Lorentz. Con un suspiro inocente, de sus carnosos labios rojos, barre a la mitad de su ejército, despeñándose por los altos acantilados del castillo. Más furiosos que nunca intenta penetrar en el oscuro castillo, pero Lilith riega a las nubes con su sangre infernal, y el cielo se vuelve rojo, convirtiéndose todo en un verdadero infierno.

Los hombres de Sir Lorentz rugen apabullados, el miedo se cala en sus huesos. Sir Lorentz entra furioso en su castillo, donde las puertas estaban abiertas esperando su llegada. Este grita a los cuatro vientos el nombre de la mujer a la que más odia y ama a la vez “¡Lilith!” – grita desesperado - “¡A que esperas!. Desenfunda tú espada y lucha con valor!”. Ella ríe desde lo alto de la torre, y el cielo aun se oscurece más, con su vital carcajada. Una lluvia rojiza fluye encima del castillo, chocando como brutales olas de los mares más sombríos y perdidos.

Un cíclope enorme, de al menos tres metros, aparece frente al conde, rompiendo todo aquello que está a su alrededor, con sus pisadas de torpe elefante. Viktor, que así se llama el ciclope, grita rabioso, mientras ríos de babas fluyen de su boca infecta. Sir Lorentz no tiene miedo, ya conoce las bestias de este inhumano reino. Alza su espada fulgente, y corre hacía el enorme monstruo, arañándole solamente una pierna. Este, de un solo golpe, con su enorme brazo, lo tumba en el suelo. Las risotadas estridentes de Lilith retumban por todo el castillo. Sir Lorentz se levanta raudo y vuelve al ataque, cortándole un trozo de piel verdosa del brazo, tan grande como su cabeza. El gigantesco ciclope coge a Sir Lorentz, enfurecido, y lo empotra contra la pared, ahogándolo con sus amorfas manos, llenas de hongos. Greto, fiel ayudante del conde, y fugaz amante en viejos tiempos, corre a su auxilio. Pero Lilith no le da tiempo alguno, y de sus delicadas manos crea un rayo, que fuertemente lanza sobre Greto, partiéndolo en dos, y de la gran resonancia del rayo, el conde y el cíclope salen disparados por los aires. Un grito de desesperación nace de la sangrante garganta del conde, que llora a las cenizas de su fiel amigo Greto. Con auténtico valor salta a lomos del cíclope, aún aturdido de la caída, y clava su espada en su único ojo, dejándolo totalmente ciego. El cíclope aúlla de dolor, como un lobo a la luna llena, y Sir Lorentz arranca la espada de su ojo y corta su cuello, degollándolo violentamente. El cíclope cae al suelo y se ahoga en su propia sangre.

Sir Lorentz corre a lo largo de las interminables escaleras de caracol del castillo, hasta llegar a lo alto de la torre negra, donde Lilith se muestra, en medio de la sala, desnuda, en todo su magnífico esplendor, solo empuñando la espada que el mismo le tallo con sus manos.

- Conde mío – dice Lilith como una hambrienta tigresa – por fin has llegado hasta aquí. La desesperación de nuestra separación me estaba matando. Está guerra es absurda – dice con una sonrisa pícara en su rostro – yo solo quería volver a tenerte entre mis brazos. Ven a mí conde. Ven a disfrutar del placer una vez más conmigo, en mí alta torre.

- ¡Y así va a ser bruja infernal! – grito Sir Lorentz, mientras corría brioso hacía Lilith, clavándole la espada en el vientre. La sujeto con sus brazos, sin dejar caer su cuerpo al suelo, y la miro, profundamente, disfrutando de su muerte, tanto, como nada más en todo el mundo.

En ese mismo instante aparece la verdadera Lilith. El conde, incrédulo, la mira de arriba abajo. “¿No puede ser?” grita todo el rato. Mira a la mujer, que sostiene en sus brazos, y observa el cuerpo muerto, de la joven y tierna, Úrsula. No puede creer lo que ha pasado. Sabe que su espada penetro la carne de la bruja y no de la duquesa. La suelta espantado y retiene las lágrimas, pues no quiere que Lilith se regodee de su victoria y se afane de su dolor.

- ¡Eres estúpido Lorentz! – grita agudamente la condesa – ¿creías acaso que me expondría tan fácil ante ti?. Conozco tú sed de venganza, y tú ira hacía a mi no es ningún misterio – dice templadamente – Y ahora, como la furcia de Úrsula y el andrajoso Greto, vas a morir como el vil insecto que eres.

Lilith extiende sus brazos en cruz, cierra sus ojos, y un remolino de aire la cubre entera. Sir Lorentz intenta ver lo que sucede, pero la agitación del aire es abrumadora. Nace una bestia roja, con largos colmillos y enormes alas. Un dragón de fuego que ocupa toda la torre. Sir Lorentz tiembla ante los poderes de la reina de la magia negra. Jamás conseguirá ganar contra ella. Arranca la espada, del vientre de Úrsula, y heroico se dirige hacía su fatal destino. Lilith sin ninguna contemplación lo quema vivo, acabando también con parte del castillo. Los bramidos de Lorentz resuenan en el aire, y se desploma en llamas, como un ave fénix, hasta caer en el río de lava.

Lilith vuela sobre las nubes llena de interminable furia. Rocía de fuego al cielo, quiere castigar a los dioses por creerse más fuertes que ella. Finalmente vuelve a su torre, donde ríos de pasiones y muertes, teñirán a lo largo de toda la historia, las efemérides de su país.

4.10.10

La tejedora

Deben de ser las nueve de la mañana, pues el sol ha salido, fuerte y brillante, hace un par de horas. La cabeza me da vueltas, siento que mi cuerpo está, terriblemente pesado y entumecido. Tengo la ropa húmeda y petrificada por la sal. Si extiendo una mano, puedo deslizar mis dedos sobre la fina arena. Mis labios están secos y salados, me cuesta abrir los ojos, mi pelo negro, enredado, en un desordenado moño. Se que me encuentro en una playa, por que escucho el rugido de las olas, golpeándose contra las alargadas rocas, y mis pies se mojan, con el agua helada, que llega a la orilla, sinuosa y espumosa. Como puedo me incorporo, apoyando mis débiles manos en la arena, y estas acaban hundiéndose, como en el pringoso barro, que surge en los jardines y parques, después de las largas lluvias de otoño. Miro el mar unos instantes, y me quedo cautivada por las cristalinas aguas de Tenerife, pero de nuevo pierdo la consciencia, cayendo como una ligera pluma, sobre una flor en la naciente primavera. Sumida en un profundo sueño, me doy cuenta de que no recuerdo nada. Mi mente está vacía de todo tipo de recuerdos. Soy como un escritor frustrado, ante un papel en blanco.

Me despiertan los suaves labios de una mujer preocupada por mi vida. Ella me realiza el boca a boca, profundo, con fuerza, y da cortos golpes sobre mi pecho, hasta que vuelvo a respirar con asombrosa facilidad. Abro los ojos de golpe, al recuperar el aliento. Mis pulmones se llenan, del fresco aire de la costa, y observo como el viento agita sus delgados cabellos, regando mis mejillas de dulces caricias, sus largas pestañas, rozan mi rostro y sus labios, no se despegan de los míos, hasta pasado un buen rato, ya recuperado mi aliento. Es la primera vez que mis labios se juntan con los de una mujer. Su beso me ha devuelto a la vida. Y ha sido tan cálido, como el sol que torra mis pies desnudos.

Está mujer se llama Carathis. Y ha prometido darme un hogar, hasta que recupere la memoria del todo y tenga fuerzas para seguir mi camino. Aunque ahora todo es muy confuso para mí, no desconfío de está buena mujer, que no solo me ofrece un techo y comida, si no, que me ha devuelto a la vida, de una forma tan asombrosa, que ahora veo todo, con unos ojos distintos. Me siento como si hubiera vuelto a nacer.

Carathis vive cerca de la playa con su marido Fred. Viven en una antigua casa de madera, que era de los difuntos padres de Fred. La casa tiene dos pisos, un amplío porche y un pequeño ático, que Carathis usa de taller. Es como el templo de una diosa, con una gran máquina de coser, todo lleno de distintas telas, hilos, bolas de lana, objetos decorativos para sus diseños, etc. Ella se dedica a la costura. Más que una forma de ganarse la vida, su vida es la costura. Y aunque mucha gente piense que la costura no es algo de gran valor, es por que no han visto a Carathis crear vida con sus delicadas manos, pues es una verdadera artista. Hace cualquier cosa, desde pequeños arreglos, bordados y estampados, hasta diseñar elegantes trajes de alta costura. Pero sin duda, lo que mejor se le da, y en lo que se entrega, en cuerpo y alma, son con los tapices. Da gusto verla confeccionar tapices, sus manos habilidosas unen un sinfín de hilos, formando asombrosas figuras, los distintos tejidos se funden, formando un todo, en una perfecta harmonía. Es magnifica. Siento a Carathis como a mi maestra en la vida. La admiro con total devoción y creo que la amo, desde que me despertó con sus acogedores labios.

Sin embargo, Fred, es un hombre simple, de aspecto banal, que no dice ni aporta nada en la vida de Carathis, y ahora, en mi vida también. Se dedica a vender las admirables obras de arte, de su inigualable esposa, por todo el islote. Él jamás podrá aportarle nada.

Llevo viviendo con ellos dos, más de cuatro semanas, y aún no recuerdo nada. Mi mente es como la de un anaranjado pez, encerrado en una cristalina esfera, y mis recuerdos se escapan, como pequeñas burbujas eclosionando en la superficie final.

La bondad de Carathis aún me cautiva cada días más.

Me dedico a cocinar, cosa que se me da realmente bien, y a limpiar la casa. Y cuando termino todas mis tareas, observo a Carathis, en completo silencio, realizar sus trabajos, totalmente concentrada en su arte. Solo se oye el leve sonido de la aguja, traspasar las telas.

Entre Carathis y yo ha surgido una complicidad absoluta. A penas cruzamos palabras, pero se que le gusta que le observe mientras trabaja, todo lo contrario de su marido, que su simple presencia le altera cuando crea. Entre ellos, todo es gélido. Hace tiempo que su matrimonio se perdió en las profundidades de la isla.

Me fascina como me mira Carathis. Su mirada, incluso es más cálida que sus besos, y me arropa con halagos, con sus bellas sonrisas. ¡Oh Carathis!, si pudiera decirte todo lo que siento por ti… al final mis palabras, estallaran como misiles, y se escaparan de mi boca, como zumbonas avispas, hasta tus sensibles orejas, embelesándote, cada vez más, hasta hacerte caer rendida a mis pies. ¡Ojala lo consiga Carathis!. Pues te amo, y quiero volver a nacer de tus labios sabor a miel.

He descubierto a Fred mirándome mientras dormía. Ya son varias noches seguidas, que llega a altas horas por la noche, sube hasta mi cuarto y se sienta en la mecedora de madera de su abuelo, y me observa durante horas. Yo no se como reaccionar, me hago la dormida y no menciono nada a la mañana. Le preparo el desayuno, con total normalidad, le doy su periódico y le deseo un buen día, como hago siempre. Pero hasta Carathis se ha dado cuenta de cómo me mira durante todo el día. Su mirada lasciva penetra mi ropa, y sus ojos, se pierden, en la ilusa visión de mi piel desnuda en contacto con la suya. Cada día tengo más miedo de que Fred sacie sus deseos sexuales conmigo, pues sentiría que traiciono mi amor por su esposa y que ella, finalmente, me rechazara, por yacer con su marido. Mi inteligente maestra, mi alegre sueño, mi encantadora tejedora.

A veces me gusta observar a Carathis trabajar a escondidas. Me siento como una candida niña, mirando en las escaleras, la llegada del gordinflón de Santa Claus.

Finalmente sucedieron mis terribles pesadillas, y es que, mientras yo espiaba a Carathis tejiendo, Fred, apareció como una oscura sombra en la noche, y comenzó a acosarme. A él le enardecía tener a su mujer en la otra habitación y que ella no se diera cuenta de nada. Me tapo la boca, y con sus enormes brazos, me agarro todo el cuerpo. Sus gruesas manos peludas, palpaban mis senos, y su miembro, erecto, se intentaba introducir en mi interior. Fred susurraba en mi oído que yo debía aportar algo más en esa casa, que no solo podía cocinar y limpiar. Que debía saciar sus caprichos. No lo aguantaba más, mordí su monstruosa mano y grite. Se rompió el silencio sepulcral que reinaba en el taller de Carathis. Está, salio de la sala, sabiendo exactamente lo que estaba ocurriendo. Me miro primero a mí, envuelta en lágrimas, sintiendo una terrible decepción de su parte, y luego a él, con el pene flácido y deforme, y una sonrisa bobalicona, que creía que iba a salvarle el pellejo. Carathis no quería mancharse las manos de sangre, por eso me miro a mi. Y con su firme mirada, sobre mis hombros, empuje al corpulento gorila por las escaleras, y este se quedo en el suelo inmóvil. No había muerto, pero el golpe lo dejaría atontado durante unas horas. Tiempo suficiente para convencer a Carathis para que huyera conmigo.

Carathis me ayudo a vestirme y me abrazo con ternura. Cerré los ojos y recordé ese beso que me despertó en la playa. Ese beso, que se me antojaba ahora más que nunca, y cuando volví a abrir los ojos, Carathis, unió sus labios con los míos y volvió a revivirme, como la vez pasada, pero esta vez, proseguida de un oleaje de recuerdos, devueltos intactos a mi memoria.

26.9.10

Hermanos

Mario, inspector de las fuerzas sublevadas españolas, siempre combatía desde su cómodo despacho, organizando a sus hombres y dándoles sus respectivas órdenes, sentado en su gran butacón de cuero marrón, detrás de una nube de pestilente humo gris. Sus manos jamás se mancharon en el campo de batalla, ni su vida corrió ningún peligro. Él observaba desde lejos, la guerra, con sus ojos llenos de fascinación, al sentir tan cerca la victoria que tanto ansiaba.

La guerra estaba manchando de sangre la historia del país. Una lucha de ideales, dividía a España en dos grandes posturas: los republicanos y los nacionales. Y a principios de 1939, la guerra se acercaba a su concluyente ocaso, llena de terribles injusticias. Las ciudades estaban destruidas, las guardias ocupaban todas las calles, el hambre arrebataba las vidas de los más débiles, la libertad era inexistente, días y noches, bautizadas con el sonido de las balas y los gritos desesperados de sus victimas, la miseria y la muerte, fue el aroma que baño a España durante demasiados años.

La luz se apagó para Gabriel, sargento de las fuerzas republicanas en Andalucía. Lo habían apresado, los nacionales, y se lo llevaron, junto a ellos, a un cuartel de seguridad de Madrid.

Lo encerraron, en una especie de zulo oscuro, durante tres días. Las paredes eran arenosas y estaban llenas de piedras afiladas. El suelo, puro barro húmedo, con ratas e insectos. Lo dejaron encarcelado, sin comida y agua, con el rostro envuelto en un saco marrón infecto, manos y pies atadas, y sin ningún tipo de comunicación. La desesperación lo estaba matando y sus fuerzas se agotaban rápidamente. Gabriel solo pensaba en sus hombres y en su amada familia. Llevaba meses sin ver el rostro de sus hijos y su alma se moría por abrazar a su esposa. No podía ni ponerse en pie, aunque lo intentaba con toda sus fuerzas, le era imposible. Y cuando lo conseguía, a ciegas, sosteniéndose en las afiladas rocas de la pared de la sala, los guardias que lo custodiaban, lo golpeaban, y volvía a caer al suelo.

Al pasar los días, lo llevaron a una “sala de interrogatorios”, a rastras, lleno de magulladuras, ubicada en uno de sus cuarteles centrales. En la sala solo había dos sillas, en bastante mal estado, una enfrente de la otra, y una pequeña mesa, situada en una esquina de la sala, con una montaña de papeles encima. Sentaron a Gabriel en una de esas sillas, y este se dejo caer sobre ella, como un peso muerto. Le quitaron la bolsa de la cabeza, y respiro profundamente, llenando de oxigeno sus pulmones fatigados, después de tres días, respirando los ácaros de la roída tela. Con el rostro cabizbajo y los ojos llorosos, comenzaron a interrogar al joven republicano.

Gabriel sello sus labios, con sangre y fuego, y no emitió ni un solo grito, mientras le aporreaban salvajemente, cuando le preguntaban por el paradero de sus hombres. La paciencia de sus verdugos se agotaba, y los golpes, cada vez eran más brutales. Como no soltaba ni prenda, llamaron a Mario, para que lo interrogara vilmente, pues este, siempre sonsacaba toda la información que ellos deseaban obtener, con sus perspicaces técnicas.

Mario entro en la sala, con sus andares superiores y escupió las sucias botas de Gabriel, a modo de presentación. Cogió, con sus esqueléticas manos, el rostro de Gabriel, clavándole sus finos dedos en el mentón, y le miro a la cara. Estupefacto, dio un salto hacía atrás, sin creer lo que sus ojos podían estar viendo en esos mimos momentos. El rostro de un fantasma pasado, que pensaba que jamás volvería a ver.

- ¿Hermano? – dijo atónito Mario - ¿Eres tú? – tartamudeaba incrédulo.

Gabriel, abrió los ojos como pudo, de los golpes que le habían dado, tenía el párpado del ojo derecho destrozado, un gran trozo de su piel le colgaba sobre el ojo. Tenía profundos hematomas en la cara y no conseguía dejar de escupir sangre. Tenía los labios secos, llenos de llagas, por la falta de agua, y le habían partido varios dientes. Además de todas las demás heridas que le habían ocasionado en el resto del cuerpo (una costilla y un brazo roto, y las piernas débiles como finos alambres).

- Mario… si soy yo – dijo con voz firme Gabriel mirando los verdosos ojos, del que ahora sentía, un traidor hermano.

- No puedo creer lo que mis ojos están viendo. ¿Por qué tienes que estar tú en está situación? – dijo con el corazón encogido, en una red de emoción.

- Por que los cerdos de tus hombres me han apresado, por que siguen las normas de mi propio hermano. Sangre de mi sangre. ¡Como eres capaz de hacer esto! – gritó furioso Gabriel – Estas traicionado todo lo que has sido en tú vida. Hijo de campesinos, descendiente de trabajadores, fieles ideales a la bandera tricolor – dijo con orgullo Gabriel.

- ¡Estúpido!. ¿Cómo eres tan imbécil de creer en la República?. ¡La mayor falacia de la historia! – exclamó alterado – Gabriel… más vale que nos digas el paradero de tus hombres, pues están amenazando con matar a madre – dijo angustiado Mario.

- Seguro que madre preferiría morir, antes que ver en lo que te has convertido – dijo Gabriel escupiendo más sangre al suelo.

Varios soldados entraron en la sala, y se dirigieron, directamente, a hablar con Mario. Uno de ellos le colocó de nuevo la bolsa a Gabriel en la cabeza y le puso su arma en la sien, para que se mantuviera quieto.

- Inspector… con todos mis respetos… pero va a necesitar ayuda para interrogar al sospechoso, ya que, evidentemente, solo no va a poder hacerlo – dijo el joven soldado con la cabeza gacha.

- ¡No!. Tú cállate. ¿Quién eres tú, pequeño piltrafilla, para aconsejar a tú inspector cualquier cosa? – gritó enfadado Mario, intentado recuperar su autoridad puesta en duda – Primero, se mira a los ojos a las personas, cuando uno intenta comunicarse con ellas y segundo, hay una jerarquía que debes respetar soldado.

- ¡Pero inspector! – exclamó el joven soldado - ¿No necesitará ayuda?.

- ¡Basta de impertinencias!. No quiero oír ni una queja más. No necesito ninguna ayuda. Aniquilare a este traidor a la patria con mis propias manos. Es una deshonra para el país y para mi familia, que este sucio bastardo tenga mi misma sangre. Es un trabajo que tengo que hacer yo solo – Mario cogió a Gabriel de las cuerdas que tenía atadas en sus manos y lo arrastró por el suelo. Gabriel gritaba y se retorcía en el suelo – no quiero que nadie salga del cuartel hasta que yo vuelva. ¡Es una orden! – gritó Mario – Y sus hombres caerán como moscas bajo mis ordenes, que nadie lo ponga en duda.

Todos los soldados lo miraron de forma sospechosa.

Mario arrastró, a toda prisa, a Gabriel por el cuartel. Lo llevaba a una zona segura, desierta, pues todos sus hombres se encontraban cumpliendo la orden de no salir del cuartel. Le quitó la bolsa de la cabeza, y este volvió a coger aire con fuerza, y cortó sus ataduras, de manos y pies, con una pequeña navaja que le regalo su padre, antes de morir. Le ofreció su mano para levantarse del suelo, y este la aceptó sin dudarlo en ningún momento. Los hermanos, frente a frente, se miran a los ojos, y se consumieron en un tierno abrazo, lleno de gratos recuerdos. Gabriel no podía creer lo que había echo su hermano por él, por este acto, lo más seguro es que lo mataran.

Sin decirse palabra alguna, Gabriel se marchó corriendo, escondiéndose detrás de los frondosos setos, y, en el último momento, se giró, mirándole de forma agradecida, y Mario se quedó paralizado, pensando en la victoria que tanto ansiaba, y que ahora tanto le repugnaba. No podía creer como una guerra había conseguido oponer hasta dos hermanos.