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22.11.10

Guantes de seda

- La última vez que estuve con Julieta fue hace dos noche. Esa noche se ha clavado con mil alfileres en mi memoria, recuerdo cada detalle como si lo estuviera viviendo ahora mismo. Julieta llevaba un vestido ligero, negro, con encajes transparentes en los dobladillos, un delicado chal color vino, esas sandalias que me vuelven tan loco, con alto tacón de madera, y su carmín de siempre, de intenso color sangriento. Llego con la sonrisa tímida, cubriendo sus relucientes dientes, la mirada esquiva, atenta más a las góndolas de las calles, que a mí. Eso me molesto mucho, pues hacía tiempo que no nos veíamos, y yo esperaba que se abalanzara sobre mí, y yo pudiera cubrir su delgado cuerpo con mis brazos, sintiéndola cada vez más cerca, protegiéndola, pues es mi pequeña, y yo, quería amarla como nunca. La lleve al restaurante más caro de Venecia, a Il sogno degli amanti, pues tenía mucho por lo que disculparme con ella. Pedí una botella de Pinot Grigio, pasta con salmón, ensalada de mariscos y dos buenas porciones de la polenta. En los postres pedí una suculenta tarta de fresas, con pétalos de rosas y salsa de chocolate blanco, ya sabes como la llaman, la tarta de los enamorados, pues recuerdo como Julieta bufó cuando la pedí y escondió su mirada entre sus piernas rosadas, inocentemente. También pedí champagne, pero acabé bebiéndome la botella solo. Ufff... me produce tal placer verla comer. Irradia tal sensualidad con cada cosa que hace. Es una mujer tremendamente erótica - Carlo se sonroja, continua hablando - La velada fue mágica, hasta que Julieta saltó sobre mí, echa una furia, acusándome de serle infiel. Yo, ¿infiel?. ¡Jamás!, a Julieta no le podría hacer eso, pues la amo con locura. Vale... que a todas las mujeres con las que he estado les he sido infiel, es cierto, soy culpable, pero nunca le podría hacer nada así a ella. ¿Quien se hubiera atrevido a serle infiel a semejante mujer?, ¿por que razón estar con otra si ella lo tiene todo?. Belleza, sensualidad, simpatía, carisma, inteligencia, amabilidad, y con un carácter propio, enérgico, lleno de vida. Si me dedicara a esculpir, tendría miles de estatuas de Julieta, adornando casa rincón de mi casa - sonríe -Julieta se enojo tantísimo, y yo me quede mudo antes sus acusaciones, haciéndola enfurecer más. Gritaba, histérica, que no la amaba, que la había traicionado, que le prometía cosas que no iban a suceder, y se marchó, sin dejarme acompañarla a su casa, y olvido uno de sus guantes de seda francesa, que le había regalado yo, cuando fuimos a París. Esa fue la última vez que la vi, señor inspector. Con todo detalle. No se donde puede estar, ni si estará bien. No paro de fustigarme, por no haberla acompañado a casa y cerciorarme de que estuviera bien. Señor, ¿usted sabe que esa noche le iba a pedir matrimonio?. Iba a cumplir todas mis promesas - dice Carlo recogiendo su rostro entre sus manos.

- Lo se Carlo. No se preocupe, la encontraremos. Julieta estará bien, usted ha actuado correctamente. No tardaremos nada en dar con ella, y podrán casarse y ser felices - dice el inspector, intentando calmarle.

- Gracias señor - dice Carlo con el semblante destrozado - Estoy muy cansado. Voy a marcharme ya a casa. Mañana nos vemos - dice mientras se pone su abrigo de cuero negro.

- ¿Quiere que le acompañe a tomar un trago? - dice el inspector levantándose - Las amarguras se disuelven mejor con whisky - le dedica una media sonrisa.

- No, no será necesario. Me voy directo a la cama. Nos vemos mañana. Adios.

Carlo se marcha de la comisaría que pisa noche y día. Camina lentamente por el puerto, mirando el agua oscura de las calles. Le gustaría nadar por los canales de Venecia, fundiéndose con el agua helada, paralizando su cuerpo y calmando su mente. ¿Por que no le ha contado toda la verdad al señor inspector?, se pregunta así mismo Carlo. No quiere que acusen de nada a Julieta cuando la encuentren, de eso ya se ha ocupado bien él. Lanzo el cadáver de ese pintor, borracho, que la perseguía siempre, al canal, limpió la sangre que había en su piso, la busco por todas partes, pero no la encontró. Carlo no puso en duda, en ningún momento, que Julieta hubiera matado a ese hombre en defensa propia, y se marchara, asustada, de su hogar. ¡Quizás esa bestia la hubiera intentado violar!. Un escalofrío terrible envuelve, en una eléctrica convulsión, el cuerpo de Carlo. Vomita en la calle solo de pensarlo. Pasa la noche en vela, oliendo el guante de Julieta, que mantiene aún su fresco aroma.

A la mañana siguiente Carlo se dirige a la comisaría. Al llegar, las miradas caen como espadas sobre él.

- Carlo - dice la guapa de Nancy - el inspector quiere verte. Está en su despacho.

Carlo entra al despacho intranquilo, tiene miedo de que hayan encontrado a Julieta muerta. Le duele tantísimo la cabeza, de dar vueltas y vueltas al mismo pensamiento toda la noche. ¿Donde estará su preciosa chica de cabellos color fuego y tacto de seda?.

- Buenos días Carlo.

- Buenos días inspector. ¿Han averiguado algo? - dice Carlo mientras toma asiento.

- Si, así es - afirma - ¿quiere un café? - le pregunta con cortesía.

- No gracias, tengo el estómago algo revuelto - dice encogiéndose un poco.

- Bien, yo si que quiero uno - dice el inspector - Nancyyy - grita - tráeme un café solo, por favor.

Nancy entra por la puerta con un café y unas pastas echas por ella. El inspector le sonríe y se la come con la mirada. Todos en la comisaría saben que está liado con ella, desde hace unos meses. La mujer del inspector también lo sabe, pero se niega a dejar a su marido.

- ¿Qué es lo que han descubierto? - pregunta angustiado Carlo.

- A las cinco de la mañana, Luigi Templani, el panadero de Il Croassan Caldo, ha encontrado un cadáver.

- ¡Oh, dios mío, dime que no es el de Julieta! - exclama con los ojos envueltos en lágrimas.

- No, tranquilo - dice el inspector calmándolo. Carlo suspira aliviado - Es Fernando Troglivi, el pintor - aclara - tú sabes quien es, ¿verdad Carlo?.

- Sí... -enmudece - un pintorchuzo... un borracho y un maleante - dice alterado.

- Sí, así era. Era, pues está más muerto que sus malditas pinturas. Llevaba varios días en los canales de la zona este. El cuerpo daba asco. Estaba verde y completamente hinchado. Si no fuera por que se le desataron las cuerdas, de los pesos que llevaba para hundirlo, no lo hubiéramos descubierto, ni echado en falta. Un asesinato en toda regla. Murió antes de ser tirado a los canales. Tiene un corte muy profundo, en la garganta, lo degollaron como a un cerdo, dejándolo seco, como una uva pasa. Y luego ocultaron su cadáver en el canal - le da un largo sorbo al café y se mete en la boca una de las deliciosas galletas de Nancy, de crema de avellanas.

- Vaya... es una pena. Pero, ¿por que quería contarme esto a mí? - pregunta discretamente. Sabe como son los interrogatorios, y no quiere caer en una trampa.

- No le contaría la muerte de este don nadie si no estuviera relacionado con usted - acusa el inspector.

- ¿Qué quiere decir? - pregunta alarmado Carlo.

- ¿Tiene el guante de Julieta aquí? - pregunta el inspector.

- Claro - responde Carlo.

- ¿Me lo podría prestar un momento?.

- No tengo por que no - saca el guante que tenía guardado, perfectamente doblado, del bolsillo de su cazadora y se lo da. El inspector lo estudia minuciosamente.

Se levanta de la silla y se marcha unos instantes de su despacho, disculpando su ausencia. Carlo levanta las manos a su cabeza y se hunde culposo. Se le seca la garganta y le cuesta respirar. Entra de nuevo el inspector acompañado de dos policías. Él se sienta en su silla y estos dos se colocan, cada uno, a cada costado de la puerta.

- ¿Qué es lo que ocurre? - pregunta angustiado Carlo.

- ¿Le suena a usted esto? - pone sobre la mesa el otro guante de Julieta. Está dentro de una bolsa hermética.

- Sí, es el otro guante de Julieta. ¿Qué es lo que ha pasado? - pregunta de nuevo.

- Que usted mató a Fernando Troglivi y a Julieta - Carlo enmudece.

- ¿Cómo puede decir usted eso? - dice enfurecido.

- Todo el mundo, en está ciudad, conocía la simpatía de ese pintor por tú Julieta y, la aversión que tenías tú por él. Está es mi teoría. Volviste a casa de Julieta, después de vuestra disputa en el restaurante, para disculparte con ella y pedirle matrimonio. Y cuando entraste, estaban los dos allí en la cama. Te volviste loco de celos y acabaste con los dos. Primero lo mataste a él, mostrándoselo a ella, purgándola, por su adulterio, y después acabaste con ella. Limpiaste las pruebas que pudieran acusarte, pero en un simple descuido, metiste el guante de Julieta en la chaqueta del pintor. Lanzaste el cadáver del pintor al canal y te desasiste también del cuerpo de Julieta. Pero, ahora mi pregunta es, ¿donde ocultaste a Julieta? - pregunta arqueando una ceja.

- ¡Cómo se atreve de acusarme de tal cosa!. Jamás Julieta me hubiera sido infiel y yo no los he matado - dice protegiéndose Carlo.

- Eres el principal sospechoso Carlo, y hasta que no tengamos más pruebas que demuestren lo contrario quedaras arrestado. Chicos, - se dirige a los dos policías que custodian la entrada - esposadlo y llevarlo a una celda.

Carlo está alucinado. ¡En que embrollo se ha metido!. Él es inocente, y hasta que no aparezca Julieta, no se descubrirá la verdad. ¿Donde estás Julieta? - piensa Carlo en su celda gris.

14.11.10

Sin control

- ¿No te pasa, que cuando eres infeliz, odias a todo el mundo que es feliz? – le pregunta Matie a Elena, mientras le da un sorbo al espumoso capuchino, que acaba de traer la nueva camarera del café, al que van todos los viernes.

- Siempre – afirma Elena con severidad, mientras corta en cuatro porciones exactas su bollo de crema pastelera. Con el cuchillo elimina la crema que se ha salido al cortarlo, y la aparta del plato, dejándola en un par de servilletas.

- Es como si quisieran regodearse de su buen estado de ánimo, sin importarles a penas, que tú puedas estar hecho trizas. ¿Verdad? – dice mientras le mira con ojos pesarosos.

- Incluso parece que quieran contagiarte su felicidad continuamente, compartiendo contigo, esas historias que no vienen al cuento, y te importan una verdadera mierda – dice indignada Elena, mientras estira su cabello, con su incomprensible tic nervioso – Como el otro día Sonia, que me contó en el trabajo el magnifico viaje que había tenido en Estambul, este verano. ¿Pero tú crees que le pregunte a caso algo?. Pues no. Ella vino, con esa sonrisa, que le arrancaría a hostias, y me lo contó todo, con pelos y señales. Desde a cuantos tíos se tiro, cuantos souvenirs compró, hasta la terrible indigestión que tuvo al tomar un doner en mal estado. Me dijo que se paso dos días enteros en la cama por que no podía ni caminar. ¡Es una exagerada! – saca del bolso el paquete de Fortuna y enciende dos cigarros. Le pasa el primero a Matie, después de haberle dado dos largas caladas. Es su ritual especial.

- ¿Te trajo algo de Estambul? – pregunta Matie curioso.

- Sí, un llaverito muy mono – saca las llaves del bolso y se lo enseña – Me gusta por la linternita que tiene – dice con media sonrisa – Mira, se enciende de este botón – señala un pequeño botón rojo y lo pulsa con delicadeza.

- ¿Pero tú crees que este tipo de gente habrá tenido alguna vez un mal día? – pregunta dubitativo. Sorbe el último trago del capuchino y se limpia con la manga de la camiseta verde, la espuma reseca, que se le ha quedado pegada al labio. Elena fuma y mira pensativa a la calle - Puff… Elena… estoy harto de esta ciudad, de la gente en general y de mismo, en particular. Quiero un cambio en el rumbo de mi vida. Un giro descomunal, como un espiral que acabe con una increíble pirueta. ¿Me entiendes? – dice mientras le acaricia la mano.

- Sí Matie, soy la única que te entiende… y no se si eso es muy bueno – dice mientras se aproxima a él y le da un suave beso – Me encanta cuando sabes a café. Te da un aire intelectual.

Se levantan, van a la barra, pagan el capuchino y el bollo, de crema pastelera, de Elena y salen de la cafetería, cogidos de la mano, caminando lentamente por la angustiosa calle central, de la ciudad enferma. La pareja camina en silencio, sobran las palabras entre ellos.

Al día siguiente, Matie acompañó a Elena al aeropuerto del Prat. Elena tenía que marcharse durante dos meses por asuntos de trabajo. Fue una despedida rápida, ambos las odian. Matie decidió encerrarse en casa durante esos dos meses, pues cuanto menor contacto tuviera con la gente, mejor estaría, eso pensaba él, además no le dificultaría nada esa situación en su trabajo, pues Matie es traductor (traduce textos en francés, inglés y castellano y los traduce al catalán). Matie se escondió en la penumbra de sus cuatro paredes del comedor, alumbrado, solamente, por la pantalla de su viejo ordenador.

Matie es un hombre peculiar, diferente, pero no fue eso lo primero de lo que se enamoró Elena, lo primero, fueron sus orejas roídas. Parecía que alguien hubiera estado mordisqueándoselas. Rojas, pequeñas, delgadas y devoradas. Lo segundo fue su rostro. Siempre tenía cara de embobado, como si no estuviera donde tenía que estar. Matie es un hombre capaz de ver la lluvia, pero no escucharla. Eso le había encantado a Elena de él, ese estado en el que se perdía durante horas, callado, pensativo. Le deslumbró su rostro pasmado y le enamoraron esas orejas singulares. Elena es una mujer mucho más cabal e inteligente. Tiene un defecto en el iris, una pequeña manchita negra, que decora sus verdosos ojos.

Una noche, las risas agudas en la calle, no dejan dormir a Matie. Escuchaba la música y las carcajadas de un gran grupo de amigos pasándole en grande. Ese es el tipo de gente que él detesta, esa gente que restriega su dulce felicidad y ni si quiera le dejan dormir. Se levantó de la cama malhumorado, se puso una bata de Elena y se dirigió a la cocina. Llenó un cubo de agua y le puso un buen chorro de lejía. Abrió la ventana de su habitación de par en par y les gritó "Eh, vosotros, vividores de la vida, recibir con gusto el néctar de Dios". Les tiró todo el contenido del cubo y rió, malvadamente, como un villano de película. Toda su furia atada a su cuerpo durante tanto tiempo estalló, como una bomba de relojería. El grupo de amigos, coléricos, subieron hasta su casa y comenzaron a aporrear su puerta. A Matie, primero le sorprendió una reacción de pánico. De repente tuvo miedo de lo que le podría pasar si esos amigos, que tanto se divertían antes, y ahora desgañitaban en su puerta, en busca de sangre con la que manchar sus puños, consiguieran entrar en su apartamento, luego pensó que no lograrían entrar, pues eran simples mentes alcoholizadas, así que comenzó a reírse y burlarse de ellos, a salvo, detrás de su puerta blindada. Los amigos terminaron por cansarse y se fueron, maldiciendo a ese viejo loco. Matie se sintió tan vivo con eso. Ese suceso encendió una llama en su interior, un fuego abrasador, el cuál notaba quemando su piel e hirviendo su sangre. Esa noche Matie durmió a pierna suelta, como un inocente bebe.

Al día siguiente, después de largas semanas sin salir de su casa, decidió pasear toda la mañana. Lleno de energía, recorrió las Ramblas, como unas mil veces, sonriendo, asombrado del bello día que hacía. Decidió comprarse de todo en la Boquería para prepararse una comida por todo lo alto.

Mientras comía, Matie pensó en lo que había pasado la noche anterior y lo vivo que se había sentido. Se planteó que quizás el cambio que necesitaba, urgente, era una especie de pequeñas venganzas, que lo hicieran sentirse vivo. Mientras tuviera control sobre sus actos, no iba a pasar nada, tampoco iba a matar a nadie, solo quería divertirse, pero a su manera.

Matie comenzó a molestar a la gente, primero, con pequeños actos, intimidando con la mirada o haciendo gestos indecorosos, luego quería hacer algo más, algo que le hiciera hervir la sangre de nuevo. Empezó a gritar en la calle, robar en tiendas, lanzar cosas desde su ventana e insultar a cada cuál que le mirara. Un día empujó a una mujer, que esperaba para cruzar el paso de cebra, hacía los coches. Un hombre que estaba cerca, la cogió antes de que una moto la atropellara. La mujer, del pánico que había sentido, se orinó encima. Matie se marchó antes de que le pudieran decir nada.

La situación comenzaba a escaparse de sus manos, como el aceite escurridizo en el agua. Pero no podía, ni quería, dejar de sentir ese chute de adrenalina.

Todas las noches hablaba con Elena por el skype. Ningún día le quiso decir nada de lo que le estaba pasando. Se sentía que la traicionaba, pues lo compartía todo con ella, y quería que viera, con sus propios ojos, el escarmiento que se estaba llevando toda la gente feliz que vivía en Barcelona.

Se desveló una noche, en la que soñaba con Elena, y en el sueño ella le apoyaba en todo lo que hacía y le animaba a ir más allá en sus acciones. Matie se dio una ducha, para despejarse, y se vistió. Eran las tres de la mañana. Camino por las amargas calles de fiesta, que a él tanto le disgustaban, y se escondió tras unos contenedores, al verse rodeado de tantísima gente pasándolo bien. Escuchaba las risas y despedidas de la gente que salía de la discoteca. Entonces la ve a ella, una chica de unos diecisiete años fumando, camina cojeando, los tacones han podido con ella. Matie se asusta, y no sabe muy bien que hace allí, ni que es lo que va a hacer. Se acerca lentamente a ella y le dice: "Hola... ¿tienes fuego?". La chica busca en su diminuto bolso y este le golpea en la cabeza, dejándola inconsciente y se la lleva a rastras hasta su coche. Conduce con miedo, temblando de que la policía pudiera verle. Pero que le irían a decir, ¿quién es la chica de atrás?. Podría ser su hermana, que está molida de cansancio, por tanta fiesta y diversión.

La sube hasta casa y la sienta en una silla. No sabe que hacer, está hecho un lío. No le gusta en el mal rollo que se ha metido. La ata a la silla y se dirige a la cocina. Se toma 1/3 de un trago. ¿Que hacer con ella?. No lo sabe. ¿Podría dejarle en la calle hasta que recuperara la conciencia?, no, pues podrían atacarle, robarle, violarla, incluso, ¡matarla!. Idea descartada, piensa Matie. ¿Y si esperara hasta que estuviera bien y se inventara una excusa?, no, se le da mal mentir, se pone nervioso y la voz se le pone aguda y patética. Jamás le creería ella. Matie está hecho un mar de dudas. Solo le divirtió atraparla, fue tan fácil y sencillo, como atrapar a un ratón con un queso.

Matie se tumba en la cama y decide, que al día siguiente solucionará todo como sea. Se queda dormido, retorciéndose en la cama, por su mala conciencia, y los gritos encarcelados, por la mordaza, de la joven en la silla.

Elena llega temprano a casa. No aviso a Matie de que llegaba ese día. Entra silenciosa, deja las maletas en la entrada, se quita los zapatos, y descalza, con pisadas de pluma, se dirige al comedor. Elena grita, al ver a una niña atada en su comedor. La chica está llorando. Elena le quita la mordaza y le pregunta "¿Que ha pasado?, ¿quien eres tú?, ¿esto es algún tipo de juego perverso de Matie?". Elena está enfadadísima. No puede creer lo que está pasando. Matie se despierta al oir los gritos de Elena. Entra al comedor y saluda con la cabeza gacha a las dos chicas, con un "Buenos días" en voz baja. Elena desata a la chica y le deja marcharse. Este, en un susurro, dice perdón, y escucha como cierra la puerta de un fuerte portazo, y sus pisadas, corriendo, bajando las escaleras.

- Matie, ¿en que estabas pensando, amor mío? - dice Elena enojada.

- Elena... no le hice nada. Por si eso crees. Solamente la ate, mientras estaba inconsciente y me fui a dormir - dice con voz queda Matie.

Elena cogió de la mano a Matie y se lo llevo al dormitorio. Se tumbaron en la cama y él le contó todo. Lo vivo que se había sentido todo ese mes comportándose de esa forma. Elena lo comprendió todo, como Matie había esperado. Se quedaron dormidos en la cama hasta las doce de la mañana, cuando escucharon como llamaban a la puerta.

Matie se puso una camiseta y abrió. Era la policía.

- ¿Es usted el señor Matie Benoit? - dice uno de los agentes.

- Sí - afirma angustiado Matie.

- Queda detenido.

7.11.10

Constance

Aún se despierta cada noche Mathias, bañado en un sudor frío y espeso. Recuerda, como hace dieciocho años, en una noche calurosa del 24 de agosto de 1572, se dio muerte a más de tres mil protestantes en París, bajo las ordenes de la gélida mano de la religión católica, que respaldaba su masacre, como una purificación, donde se le arrancó el alma a los hugonotes, para erradicar al demonio que habitaba en sus cuerpos.

- Mathias, despierta. Estabas teniendo otro mal sueño – dice Constance con voz fina y ligera – Está semana no has parado de sucumbirte en alarmantes pesadillas. ¿Qué es lo que te ocurre Mathias?, ¿algo te martiriza?– dice preocupada Constance.

- ¡Oh madre!, otra vez me atormentaban las visiones de la matanza de San Bartolomé – dice entre sollozos el joven apuesto – Mis ojos podían ver la sombra de la muerte arrasando París, mis oídos los gritos de las almas arrancadas de sus cuerpos, y mis huesos sentir el calor del fuego del mismísimo infierno.

- ¡Mathias! – grita enfadada - Cuantas veces tendré que recordarte que está guerra que vivimos es una guerra santa, y hasta que no acabemos con todos los protestantes, que se esconden como fétidas ratas, Paris seguirá manchada, por esa sangre sucia que pone en duda la verdadera fe.

- Lo se madre. Yo no lo pongo en duda, pues tú me lo has enseñado todo. Pero no puedo evitar tener esos sueños desde hace tantísimas semanas, que me hacen dudar del camino recto, y esos sueños, son como propios recuerdos que me inquietan. Tengo la visión en la cuál tú me salvaste, de las manos ignorantes de una mujer, que lloraba al lado de un cuerpo pequeño, tendido en el suelo, sin vida, tú le gritabas el nombre de un tal Philippe, pero no lo encontrabas, él se había marchado para salvar su pellejo. Me llevabas contigo, empuñando un cuchillo en tus delgadas manos, lleno de vital sangre aún húmeda, y me protegías con tus delicados brazos, corriendo por un París teñido de azufre y odio. Madre… ¿eso paso en algún momento de mi vida?– dice Mathias gimoteando, intentando encontrar la respuesta, recostado en los brazos huesudos de Constance.

- No Mathias. Jamás ocurrió algo así. Solo es una pesadilla. Tú siempre has estado junto a mí, y así lo seguirá siendo – dice autoritaria Constance.

- Pero… es un sueño tan vivo madre, es un sueño tan real. Siento que estoy empapado de dudas – dice Mathias en un hondo suspiro quejoso. Constance le silencia con un beso en la frente y lo recuesta de nuevo. Este, finalmente, se queda dormido, y plácidamente cae en un sopor tranquilo, junto a Constance, que le observa seria, y con elevada preocupación, de que este, finalmente, averigüe la funesta verdad.

Al cabo de unos días, Mathias deja de tener esos sueños, y vuelve a poseer la vitalidad que tanto le caracteriza. Tiene apetito de nuevo y una amplía sonrisa en el rostro. Es un joven de dieciocho años, de fantástica belleza, exquisitos gustos y admirable inteligencia. Constance le ha otorgado una soberbia educación. Domina el latín con una gran competencia, escribe poemas y toca el violín y el piano como un verdadero artista. Compone sus propias partituras con suma devoción. Constance no se cansa de alardear delante de todos, del hijo que Dios le había concedido, antes de que su marido, Reinald, muriera a manos de un protestante sin escrúpulos, dejándola sola. Por eso, Mathias, había sido la salvación de Constance.

Mathias comienza a salir con una joven llamada Celia, la cual, se la había presentado Constance, pasados unos domingos atrás, en misa. Ambos se enamoran al instante, y Mathias se marchó de su acogedor hogar y se fue, junto con la hermosa Celia, a vivir otro sueño, abandonando a la madre que tanto le amaba y le había dado todo lo que él necesitaba en su lujosa vida.

Constance se refugio más que nunca en su fe y se escondió entre las paredes de la santa iglesia. Mathias y Celia comenzaron a vivir juntos, una vida humilde y tranquila. Pronto ella se quedo embarazada y corrió la voz por París, como fluye rápida el agua por el río Sena. Constance se enteró de los asuntos de su hijo por voces desconocidas y se sintió vilmente traicionada, por la falta de decoro que había tenido Mathias, abandonándola y dejando atrás toda conexión con el pasado. Mathias iba a estar con ella para siempre, y se había largado de su lado por otra mujer. Algo tenía que hacer Constance para atraerlo de nuevo junto a ella.

Han pasado los años, y Mathias recuerda cada día, como una terrible penitencia, esa angustiosa mañana en la que Celia murió, por los celos incomprensibles de Constance.

Él dormía como un tronco en su amplia cama de matrimonio, rondarían las seis de la mañana cuando oyó los soñozos de su pequeño hijo Philippe, en la habitación contigua. Celia se deslizo de la cama para atender a su preciado hijo, pero antes susurro en el oído de Mathias bellas palabras de amor. Este siguió sumido en sueños, marcado con una sonrisa bobalicona en su cara. El aroma del café le despertó a las diez de la mañana. Pero no era el aroma del café que le preparaba normalmente Celia, era el aroma del café de su infancia con Constance. Mathias, nostálgico, se levanto de la cama y se dirigió a la cocina. Sus primeras palabras del día fueron los gritos, arrancados del fondo de sus entrañas, al ver el cuerpo de Celia en el suelo sin vida. Le habían cortado su delicado y largo cuello de cisne. En la mesa estaba sentada Constance, con atuendo de monja, dándole el desayuno a Philippe, que sonrío al ver a su padre ya despierto. Constance le saludo con un seco “hola” y siguió dándole de comer al niño de ojos pardos y pelo rizado.

- Sabía que te despertarías al oler el aroma del café que te preparaba en casa – dijo Constance - Sabes… cuando eras pequeño tenías el pelo igual que tú hijo, pero a mí no me gustaban esos rizos endemoniados, y te afeite la cabeza una y otra vez.

- Madre, ¿qué es lo que ha pasado? – dijo Mathias estupefacto - ¿Qué le habéis echo a mi esposa? – grito colérico. Philippe comenzó a llorar y dijo entre soñozos “madre está enferma”. Constance abrazo al pequeño y lo calmo.

- Mathias, hace tantísimo tiempo que no sabía de ti. ¿Te habías olvidado de tú propia madre? – dijo echa un mar de lágrimas – No recibí carta alguna durante todos estos años, no había visitado aún tú hogar, y ni si quiera sabía que ibas a tener un hijo, lo tuve que saber por las malas lenguas de los nuevos ricos de Paris… he rezado tanto para que estuvieras bien y pronto nos viéramos – cierra los ojos y reza en silencio, dándole vueltas al rosario negro que cuelga se su cuello – Hace muchos años que quería contarte la verdad. Pero siéntate querido – Constance se levanto y aproximo a Mathias a una silla. Este hundió su rostro entre sus brazos - ¿Recuerdas esos sueños que te acecharon durante semanas? – él afirmo en susurros – Pues todo era cierto. Yo te salve de una madre protestante y un padre envenenado, que había escogido un mal camino. Tú padre era Philippe, mi hermano, y en esa noche, yo me dirigía a tú casa para matarlo, pero él había huido, dejándoos solos, e indefensos, a ti, tus hermanos, y tú madre, Emma, que lloraba como un trapo tendido en el suelo. Yo te lleve conmigo, para darte una buena vida. Y así fue, hasta que te marchaste con Celia y me abandonaste sin ninguna compasión. Yo ya me he manchado las manos de sangre otras veces, pero jamás había matado a alguien inocente.

Mathias enmudeció. El aroma del café se fundió con la de la sangre de Celia, abrumando sus sentidos. Quedo desmayado sobre sus brazos. Constance se llevo a Philippe con ella, para otorgarle la vida que le había facilito a su padre, pero esta vez, se aseguraría de que este pequeño, se quedará con ella para siempre. Mathias se quedo solo, sin su esposa y su hijo, y no volvió a saber de ellos, pues se evaporaron como el agua en el viento.