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31.8.10

Magnolia

Magnolia nació en la primavera del 69, en Galicia. Su madre murió desangrada al darle a luz. El parto tuvo numerosas complicaciones, y finalmente, no pudo resistir más. Solo pudo llegar a ver a su hija, nacer de sus propias entrañas, y en ese momento, dejo de luchar y su corazón dejo de latir. Antonio, su padre, jamás a perdonado a Magnolia la muerte de su madre, y la pobre Magnolia, nunca ha podido superar, que por su culpa, su madre no pudiera seguir viviendo y que jamás conocería a aquella mujer que dio su vida por salvarla a ella.

Le pusieron de nombre Magnolia por su abuela, pues eran sus flores favoritas. Tenía la casa repleta de esas flores. Frescas en los jarrones, adornando la casa, secas en los armarios, para perfumar la ropa, y llenas de vida, en su enorme jardín. Todas las mujeres, por parte de la familia de su madre, tienen el nombre de alguna flor. Estaba Margarita, su madre, Rosa, su abuela, Dalia, su bisabuela, Amapola, su tía, Melisa, su prima menor, Azalea, su prima mayor, Malva su tía abuela y Lila, su otra tía. Magnolia siempre quiso llamarse Azucena, por que el perfume de esas lánguidas flores, le hacía sentirse más fuerte.

Desde que nació, Magnolia, desprende un aroma a flores silvestres. Su piel está bañada en un manto de leche pálida, sus cabellos tienen asombrosos reflejos rosados, y su mirada, apenada, transmite la desgracia de una joven huérfana.

Magnolia padece amnesia anterógrada desde los diecisiete años, cuando sufrió un accidente en el autobús escolar. Estuvo en coma, más de un año, y al recuperarse, los médicos le diagnosticaron un tipo de amnesia, donde ella es incapaz de almacenar nuevos datos en la memoria a largo plazo, pero la memoria a corto plazo la mantiene, es decir, ella recuerda quien es, quienes son los miembros de su familia, sus amigos, su vida… pero no puede progresar, por que no recuerda nada más allá del pasado.

Hay noches en las que se despierta gritando, empapada de un sudor frío, al recordar el accidente que la dejo en ese estado. Cada día desea su muerte o el no haber despertado, del profundo sueño, del coma, pues no puede avanzar en su vida. Desea que su alma viaje en busca de su madre y ser feliz junto a ella.

Magnolia confunde realidad con ficción. No sabe si determinadas cosas han sucedido o no. Siempre está encerrada en su casa, con la máxima atención de sus parientes, para que no le ocurra nada malo. Está tan harta de tenerlos a todos encima de ella, tratándola con abusiva precaución. Su familia la retiene como a una inválida la calle.

Magnolia se pasa el día realizando ejercicios para la memoria. Entre ellos, lee el periódico durante un rato y luego, al pasar unas horas, intenta recordar que es lo que ha leído horas atrás, pero no lo consigue, aunque ponga su máximo esfuerzo y atención, es imposible que su mente mantenga dicha información. La única técnica que le funciona es hacer fotografías de las nuevas personas que conoce, anotarse información importante en papeles que lleva encima, o en la mano u otra parte del cuerpo. Su cuerpo es un tatuaje de colorante azul marino.

La joven desmemoriada pretende forzar a su mente a recordar con un plan que se le ha ocurrido. Cuando todos se han ido a dormir, Magnolia se encierra en su cuarto y frente al espejo embadurna sus mejillas con polvos rosados, luego pasa lentamente el pintalabios rojo ácido y por encima un gloss brillante, que le da una sensación de humedad a su boca. Perfila, con un lápiz granate, la comisura de sus labios, marcando profundas formas curvilíneas. Pasa el lápiz de ojos por sus párpados y pinta con esmero, una ralla negra abismal, partiendo sus ojos en dos. Seguidamente maquilla su mirada, con tonos ocres y melosos. Se detiene por un momento, sin saber a que vienen esas capas de maquillaje en su rostro, y preocupada comienza a desmaquillarse con fuerza, con las manos, en ese momento ve una nota escrita sobre su palma izquierda, de su propia letra, y al leerla, tranquila, comienza a maquillarse de nuevo. Se pone un vestido negro ajustado, de su prima y unos tacones altos.

Magnolia sale a hurtadillas de la casa, deslizándose como una pantera negra sobre el parquet, y sigue meticulosa su plan. Lo tiene todo anotado en un papel y no deja de leerlo durante todo el camino. Se repite las líneas, una y otra vez, en voz alta. La luna ilumina su sombra astuta.

Magnolia entra en un bar cercano a su casa y pide una cerveza muy fría. Sigue leyendo el papel y tacha aquellos actos que ya han sucedido. El barullo del bar no la ayuda a concentrarse mucho, así que repite, ensimismada, cada cosa que tiene que hacer. Un chico, de unos veintitrés años, guapísimo y con unos enormes ojos, se acerca a ella y le invita a otra cerveza. Magnolia lo escucha, sin dejar de mirar el papel de sus manos. El apuesto desconocido comienza a enredarla con sus dulces palabras. Está bebe un trago largo de su segunda cerveza, mojando las suaves comisuras de sus labios, y lo agarra de la mano, llevándolo a rastras por todo el bar. El chico sonríe a sus amigos, que lo miran, incrédulos, sentados en un rincón a oscuras. Con fuerza lo mete en el baño, empotrándolo contra la puerta, y empieza a besarlo hasta desgastar sus finos labios. Se besan cálidamente, se muerden y lamen sus lenguas, mientras se desvisten con torpeza. Besar a Magnolia es como si el campo estuviera en su boca. Su cuerpo sabe a miel, su pelo huele a canela, su vientre parece la luna apagada. Y en ese mismo lugar, Magnolia, queda embarazada.

Al pasar los meses, Magnolia da a luz a una hermosa niña, a la cuál la bautizan con el nombre de Azucena. Este pequeño bebe pose una piel aromática como su madre. Y ese olor, es lo que hace que Magnolia se sienta tan cómoda con ella, la acepte y que la recuerde cada día, aunque no sabe que es su madre.

23.8.10

Las vírgenes del sol

Alicia y Alba se pasan el día bañando sus cuerpos bajo el sol. Cuando llega el verano, su estación favorita, cogen sus toallas, sus diminutos bikinis, crema autobronceadora, y se dirigen a su casa de la playa, para atiborrarse del calor de esos divinos rayos. Pueden pasarse hasta ocho horas bajo el sol, friéndose como huevos, por una cara y luego por la otra. En verano sus pieles adquieren un color espléndido, un bronceado dorado, con un brillo fabuloso. Los demás días del año, Alicia y Alba, toman el sol en la amplía terraza de su piso, céntrico y con buenas vistas, y cuando el sol no brilla, para sus pequeños cuerpos, se aplican rayos artificiales, que son igual de eficaces.

Ir a tomar el sol es de los pocos momentos que une a estas dos gemelas tan distintas. Sienten una devoción, grandiosa, por la tonalidad de sus pieles color oro. Es como si practicaran una especie de ritual, en el que sus cuerpos vírgenes, absorbieran la esencia, única, del sol.

Sus pieles son fuertes y de un aspecto inmejorable. De una extrema suavidad y una maravillosa textura.

Aunque el exterior de estas dos chicas sea tan similar, y hacen lo imposible para no parecerse físicamente, la una de la otra, por dentro son personas completamente opuestas y no se soportan. Alba odia a Alicia y Alicia aún odia más a Alba. Cuando las miras a los ojos, puedes sentir la repulsión que se tienen.

Están hartas de ser comparadas en la escuela y por sus familiares, compartir los mismos amigos, la ropa, el peinado… odian ver su reflejo sin estar mirándose en ningún espejo.

Buscan siempre formas de diferenciarse, con distintos hobbys, siempre que sus padres estén de acuerdo. Alicia toca la guitarra clásica, y siente una absoluta pasión por el flamenco y Alba es una excelente informática. Cuando se sumergen en sus aficiones se sienten, al fin, únicas, libres de comparaciones, y por fin disfrutan de una ligera sensación de libertad. No son las muñecas de porcelana, con expresión triste y taciturna, a las cuales su madre viste y arregla a su antojo.

Alba y Alicia comparten habitación. Tienen dos camas idénticas, con el mismo juego de sábanas y muñecos sobre ella, iguales, dos escritorios organizados de la misma forma, los mismos libros por duplicado, etc. Es como si la habitación estuviera clonada y dividida en dos.

Alba duerme la siesta en ropa interior. Es tumbarse en una cama y no poder mantener los ojos abiertos ni cinco segundos. La cama está empapada de su sudor. Su frente parece un río salvaje sorteando su acne juvenil. Alicia la mira con asco. Aborrece los ruidos que emite mientras dormita, parece un perro viejo y borracho, ahogándose en su propio vómito. No comprende, como alguien que tiene su misma sangre puede ser tan repulsiva. Espasmos y balbuceos emite la ensoñadora Alba. Sus pies, se retuercen, como una culebra de campo. A veces parece un gusano, que repta por el pringoso barro.

No la soporta. No puede escuchar su voz, que martillea sus tímpanos, no puede sentirla cerca, por que se le forma un nudo en el estomago, y no quiere ni verla, pues preferiría arrancarse sus propios ojos. No le gusta como habla, como come, su forma de respirar, como se peina el cabello, su éxito con los chicos, su habilidad con la informática, el desorden que organiza allá donde va, etc. Una mezcla de envidia y aversión intoxican su corazón.

Alicia coge su guitarra y comienza a tocar. Alba se despierta malhumorada por la música que emite su congénere. Se acerca a ella y le grita con todas sus fuerzas. Pero Alicia, cierra sus oídos, a los envenenados reproches de su hermana menor y sigue sintiendo cada nota, de su hermosa guitarra clásica, recorriendo todo su cuerpo. Alba coge unas tenazas, que tiene para arreglar cables del ordenador, y, sin pensarlo ni un minuto, corta las cuerdas de la guitarra. La música se hiela. El sonido muere. Y Alicia, colérica, destroza el cuerpo de su guitarra, contra su hermana. Alba grita abatida, suplicando su perdón y su compasión. Alicia se enfurece aún más y no deja de golpearle, hasta que las bellas curvas de su guitarra se reducen a astillas y la sangre de su hermana cubre la algodonosa moqueta lila.

Alicia coge a su hermana de los pies y la arrastra hasta el ascensor de la finca. Un rastro de sangre cubre todas las baldosas azules de su casa. Alba, desorientada, mueve la cabeza lentamente de un lado a otro, e intenta agarrarse con los brazos a algo, pero no lo logra. Finalmente se queda inconsciente. Alicia coge un par de toallas y el bronceador, y sube con su hermana en el viejo ascensor de la finca. Alba está semitumbada en el suelo, áspero y sin vida, y Alicia canturrea felizmente, mientras se aplica la densa crema, dejando su cuerpo de un adorable tono ocre.

Al llegar a la terraza, arrastra a su hermana, sin ninguna ternura, por la cálida losa rojiza. La deja tumbada, cerca de sus dos tumbonas y coloca las dos toallas en las sillas. Como puede, la levanta y deja caer, su cuerpo medio inconsciente, sobre la tumbona de plástico blanco. Está cubierta de magulladuras y cortes profundos, llena de suciedad, a causa de su trayecto por el suelo. Su pulcra figura está destrozada.

Alicia se tumba a su lado y disfruta de los últimos rayos intensos, de la tarde. El cuerpo virgen, de la joven Alba, se impregna de la calidez del sol. Alicia sonríe, como nunca lo había echo.

El verano ya ha acabado y el sol se ha apagado.

15.8.10

Cuenta atrás

Brian lleva internado en el hospital psiquiátrico de Memphis, Tennessee, tres años. Sufre personalidad múltiple, que sale a la luz cada vez que se altera, emociona, deprime, etc. Las enfermeras y enfermeros del centro le tienen bastante miedo, e intentan comportarse con él con una amabilidad, a veces excesiva, que ha supuesto en el comportamiento de Brian la aparición de nuevos entes. Tienen miedo a una posible reacción violenta por su parte, pero por suerte, siempre que Brian a adoptado una personalidad agresiva, lo han podido controlar con algún sedante.

Las personalidades de Brian son todas muy distintas, a veces aparecen de nuevo personajes ya interpretados por él, pero el patrón que cumple su cerebro, es la manifestación de distintas identidades regularmente. Puede ser una semana entera una personalidad y en un día variar cientos de veces. Brian asimila las cualidades que admira de cualquier persona. Por ejemplo, viendo el televisor, observa a un juez, y le atrae su seriedad y su sabiduría. Brian absorbe esos atributos y asimila las funciones de un juez, creyendo que realmente se dedica a ello. Leyendo una novela, se enamora de las palabras del escritor, entonces toma a sus musas y se dedica a escribir maravillosas novelas.

Tiffany es su nueva psiquiatra. Es una mujer joven, delgada, con un largo cabello teñido de gris, por las abundantes canas, nariz aguileña, adornada con una diminuta peca en el centro, labios finos y ojos verdosos. Tiene una belleza peculiar. Tiffany sustituye a Brandon, el antiguo psiquiatra de Brian, que se ha jubilado anticipadamente por problemas de la salud. Brandon seguía un programa muy específico con Brian. No quería medicarle, pues los resultados de la medicación eran evidentes, deprimían a Brian inmediatamente, y de esa forma no se podía analizar sus transformaciones. Brandon quería que manifestara, una tras otra, sus diversas personalidades, y para ello seguía diversos métodos, como llevarlo a lugares atestados de gente y observar como se comportaba, si su comportamiento variaba o no de cuando estaba a solas o con un menor número de personas, hacerle escuchar cierta música o ver unas películas determinadas, al igual que le obligaba a leer artículos de prensa, revistas, novelas, etc. Le hacía explotar su creatividad, en todos los campos posibles. Incluso en jardinería, carpintería y en la cocina.

El diagnostico dado por Brandon a la doctora Tiffany, fue que Brian sufría estos cambios, por un aparente complejo de inferioridad, causado por su elección de trabajo, (Brian era actor), no aceptada por sus padres. Brian sufría una falta de autoestima terrible, y no tenía ninguna seguridad en él, pues sus padres, desde pequeño, habían estado en contra de todas sus decisiones, anulándolo completamente. Así es como Brian, con un intento de ser aceptado por sus padres, comenzó a adquirir las mejores cualidades de cada persona, para conseguir el aprecio, el amor y la aprobación, que tanto ansiaba, de sus padres.

Tiffany lee tranquilamente, junto a su café, el expediente de Brian. No le asombra que un actor con tantos dotes pudiera, fácilmente, asimilar las cualidades que más le interesaban de cada persona. Brian asumía dichos atributos como suyos, como elementos intrínsecos en su personalidad, no actuaba como en los escenarios, sentía esas habilidades dentro de él, fluyendo en su sangre. En un solo mes, había cambiado de personalidad cuarenta y cinco veces, pasando de párroco a asesino, de embarazada a policía, de filósofo a pastelero, de psiquiatra a obrero, incluso opto por comportarse como un perro una semana entera.

El cometido de Tiffany, ahora, es conseguir que Brian vuelva a sentir seguridad siendo él mismo, para no depender de las demás personalidades, para lograr la aceptación que busca.

Brian entra en la consulta, acompañado de dos enfermeros, y se sienta en un butacón marrón. Tiffany se presenta, con su voz seria y formal. Brian ríe atontado, la personalidad que ha asumido esos últimos días, es la de un vago adolescente enganchado a la marihuana. Tiffany le mira como una madre enfadada.

- Escucha atentamente cada una de mis palabras Brian. Vamos a utilizar la hipnosis contigo. Mediante la hipnosis controlare a tus personalidades, dejando hablar, libremente, a la personalidad original, es decir, a tú yo real. La personalidad oculta tras mil caras, escondida en el fondo de tú mente, pero que lucha por salir – dice Tiffany.

- Entendido tía. Pero espera que me ponga cómodo – Tiffany le mira extrañada. Brian coge un cigarro del bolsillo de su camisa, lo enciende y le da una larga calada – ya podemos empezar tía – dice con una sonrisa bobalicona. Tiffany se levanta, le quita el cigarrillo, y le da una calada. Lo apaga, en un cenicero de mármol azul, puesto en su escritorio, y se dirige hacía él.

- Bien Brian. Mira este reloj metálico. Fíjate en su dulce balanceo. Deja que tú mirada siga sus movimientos. Sigue el vaivén del reloj. Escucha el leve tic tac de las manecillas metálicas. Húndete en un profundo sueño, del que solo podrás despertar con mi voz. Déjate llevar – Brian comienza a adormilarse – déjate llevar –susurra de nuevo – voy a contar hasta diez, y cuando cuente diez, aparecerá el verdadero Brian, el que lucha por salir. Uno… dos… tres… sigue el movimiento del reloj… los ojos te pesan cada vez más… cuatro… cinco… seis… mi voz te guía a un sueño profundo… siete… ocho… nueve… duerme plácido, mecido por mis palabras… ¡diez! – exclama – Brian sal de tú armadura y habla conmigo – dice Tiffany, parando el movimiento del reloj.


Pero Brian no contesta. Respira alterado. Se mueve bruscamente en el sillón. Vomita sobre sus piernas, algo de sangre y bilis. Convulsiona. Tiffany se alarma. Sus personalidades son más fuertes de lo que ella pensaba. Miles de ellas no le dejan salir, y lo reprimen en el fondo.

- Brian escúchame, vas a despertar inmediatamente. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… notas que tus ojos se abren, que recuperas la conciencia, que vuelves a ser ese joven que fumaba hace unos minutos en esta sala… seis, siete, ocho, nueve y diez ¡despierta!, ¡despierta Brian! – grita Tiffany.

Brian no despierta. Su corazón se ha parado. Ha sufrido un infarto con veinticinco años. Tiffany se queda estupefacta. No puede creer lo que ha pasado. Se sienta en la silla, junto al escritorio, y cierra los ojos tan fuertemente, que se hace daño en los párpados, comienza a contar de nuevo, con la esperanza de que cuando termine, Brian estará vivo.

- Uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis… siete… ocho… nueve… y ¡diez! – repite de nuevo - uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis… siete… ocho… nueve… y ¡diez¡ - Tiffany se pasa horas contando, sin ningún resultado.

10.8.10

Limbo

Jasone siempre ha creído en la existencia del limbo, un espacio entre el cielo y el infierno para aquellas almas que no han sido bautizadas por la santísima cristiandad. Un lugar habitado, mayormente, por recién nacidos y bebes.

Jasone es prostituta, por circunstancias de la vida se vio obligada a trabajar en ello. Trabaja en un club, donde tres cuartas partes de sus ganancias se dirigen, directamente a su chulo, Caramelo, un hombre enorme, repleto de esteroides, con la piel color dulce de leche y, con la cabeza rapada al cero. También lleva una oscura perilla de chivo, normalmente manchada con café por las mañanas y whisky el resto del día. Jasone, como otras chicas del club, vive allí con su hija. Se llama Nausicaa, de piel lisa y color tiza, y con abundantes rizos carbón. Nausicaa solamente tiene un año.

Empezó a trabajar como modelo de fotografías eróticas y después comenzó a rodar películas pornográficas de todos los estilos. En todo ese ambiente conoció a Caramelo, que la enamoro fácilmente con sus palabras ligeras y sus falsas promesas, para finalmente, obligarla a trabajar en su club, rompiendo su corazón y lo que quedaba de libertad en su alma.

Caramelo, su chulo, abusa de ella psicológicamente, físicamente y sexualmente. A veces la droga, para que tenga un comportamiento más dócil y manejable. Jasone está harta de trabajar en ese lugar, pero no tiene forma de escapar de allí, pues siempre la coactan con amenazas contra ella y su pequeña hija, que es lo único que le queda y a lo que más ama en su vida, pues es la única razón que tiene para despertar cada mañana. Además, Caramelo no la deja sola en ningún momento, solo cuando está con algún cliente mantiene “cierta” privacidad, aunque hay cámaras grabando lo que ocurre en todas las salas, para evitar posibles ataques contra las prostitutas, estas no tienen audio. Caramelo controla sus llamadas, su escaso dinero, las salidas, que son limitadas, para llevar a Nausicaa al médico, etc. Siempre tiene tras ella una sombra fornida.

Cada seis meses, las chicas del local se hacen un reconocimiento médico, para saber como está su estado de salud. Normalmente, dichos resultados, son falseados por el club, para que los beneficios no disminuyan y los clientes se espanten.

Todos los miércoles, a las 20 de la noche, acude al club Marcos. Un doctor que trabaja en Barcelona y se ha quedado viudo ese mismo año. Marcos siempre pide los servicios de Jasone. A Jasone le resulta extraño, pues nunca se han acostado. Solo le pide, que durante una hora, se tumbe en la cama y escuche como le cuenta su vida. Le habla del trabajo, de su infancia, de su perro, de como era su mujer y como aún intenta superar su muerte, etc. Jasone escucha en silencio, las tristes historias de Marcos. Siempre desea levantarse de la cama y abrazarlo, para que llore y se desahogue del todo, de una vez por todas.

Jasone le pide a Marcos que le haga pruebas, pues no se fía de los resultados que le da Caramelo, dos veces al año. Marcos lo aprueba y quedan que al siguiente miércoles, él le traerá todo el material necesario para una analítica de sangre y de orina y que en el laboratorio él sacaría los resultados.

Al siguiente miércoles Marcos les regala un ramo de flores, y dentro de el está camuflado todo el material necesario. Jasone es la encargada de sacarse las muestras de sangre. Aprovecha que Caramelo está borracho, apaleando a un cliente que no ha pagado, para escabullirse a un baño del club.

Saca del enorme ramo, de narcisos blancos, la jeringuilla y los cuatro tubos a llenar y el vaso donde orinar. No le asustan las jeringuillas, pues cuando era pequeña, le ponía ella las dosis de insulina a su madre. Jasone se sienta en el baño, bajo las luces rojas de ese antro, aprieta la mano izquierda y observa una vena en su brazo. Coge la jeringuilla y extrae un tubo de sangre entero, lo cierra y coloca el siguiente, así hasta cuatro tubos, bastante grandes. Se desinfecta, con alcohol, la zona, esconde las muestras en su liguero y tira la jeringuilla por el water. Después orina en el vaso, y lo esconde de nuevo en el ramo.

Cuando entra en el cuarto, Caramelo está tumbado sobre su cama, lleno de speed hasta las orejas. Ella coge un jarrón y pone las flores, cerca de la cuna de su hija, y mete en un cajón la sangre y la orina, tapándolos con ropa suya por encima.

Caramelo, se levanta de la cama, la coge por la espalda y la tumba en un sofá. A él le gusta que ella grite de dolor, pero Jasone se hunde en silencio, para no asustar a su hija y no otorgarle ese placer, a semejante cerdo. Caramelo la coge del pelo, la pone a cuatro patas, le arranca las bragas y comienza a penetrarla. Le hace daño, Jasone soñoza y el ríe acelerado. Nausicaa comienza a llorar. Sus berreos se oyen en todo el club. Caramelo lanza a Jasone de la cama, y está choca con una biga de madera, quedándose inconsciente en el suelo. Caramelo golpea a Nausicaa hasta que deja de llorar. Sale del cuarto. Nausicaa no respira.

Los días pasan en el club. Jasone no tiene fuerzas para seguir viva sin su hija. Intenta quitarse la vida más de una vez, pero se acobarda y no lo hace. Quiere matar a Caramelo, pero le tiene demasiado miedo.

Marcos la llama un día para darle los resultados, y a escondidas atiende su llamada. Le diagnostica sida.

Jasone decide contagiar a Caramelo y marcharse de ese sitio. Jasone le pasa la ponzoña de su cuerpo, el veneno que fluye por su sangre. Sus fluidos penetran en cada poro de su piel, infectándolo para siempre y Caramelo, disfruta, extasiado, con cada movimiento de Jasone.

- Hoy si que te has portado bien, guapa – le da un cachete en el culo, bebe un trago de whisky, y sale de la habitación.

Jasone se queda tumbada en la cama, echa un ovillo. Llora, al pensar que su hija está en perdida en el limbo y que no la volverá a ver más. Le arde la sangre, solo de pensar que van a estar separadas durante toda la eternidad. Simplemente, todo lo que ella siempre quiso, es poder cuidar de su pequeño bebe.

3.8.10

El jardín de las fresas salvajes

Atenea se levanta todos los días a las ocho de la mañana, con el rumor de las aves, que se sitúan en los frondosos árboles de su jardín. Vive aislada en su casa, ya seis años, desde que su marido y su hijo, de tan solo año y medio, murieron en un accidente de coche, en el que se dirigían a ver a sus suegros al País Vasco. Ella no estaba en el automóvil ese día, por que se dirigía al extranjero, a un congreso de música.

La casa de Atenea parece de cuento. Está situada en una zona tranquila y bastante desierta, no tiene vecinos alrededor. Es amplía, con techos altos y grandes ventanas. De colores pasteles, están pintadas todas las habitaciones, y hay plantas y flores en cada rincón de la casa, endulzando aún más la vivienda. Hasta el timbre de la puerta hace ese ding dong tan especial y característico.

Atenea realiza las mismas tareas todos lo días. Se levanta temprano para dar un paseo por los jardines cercanos a su casa, sin llegar al pueblo, pues mantiene un mínimo contacto con el resto de personas, después llega a casa y va a su jardín, donde se cultiva todas las frutas y verduras que ella consume. Se pasa toda la mañana cuidando esas tierras, con mucho amor y esmero, y las trata como a un hijo que ella ha parido. A la tarde descansa, leyendo un buen libro y durmiendo largas siestas y, por la noche, toca el piano hasta altas horas y desea morir.

Esta mañana es distinta, por que Atenea no se ha despertado con el rumor de las aves, que tanto le alegra, si no con la voz de varios hombres y ruido de camiones y demás máquinas, que rompen la tranquilidad de su hogar. Se levanta de un salto de la cama y mira, escondida tras las cortinas, al exterior. Alguien ha comprado la casa de al lado. Suben varios muebles, entre ellos, un enorme escritorio de roble, color caoba. Deja de observar, alterada, y se dirige a la cocina a prepararse un largo café. Después, comienza a preparar magdalenas de chocolate blanco con enormes trozos de fresas. Tocan al timbre, el maravilloso ding dong repiquetea en sus oídos. Confusa, se dirige hacía la puerta, pues no espera ninguna visita, por que no tiene visitas nunca.

Abre la puerta y ve a un hombre joven, de unos treinta y pocos años, alto y con el pelo largo y rubio, le llega hasta los hombros. Lleva una camisa de manga corta verde, unos vaqueros desgastados y chanclas. Atenea lo estudia con la mirada y no puede evitar ruborizarse un poco. Se siente violentada.

- Buenos días. Soy Allan, su nuevo y único vecino – sonríe. Tiene una dentadura perfecta y blanquísima. Cada diente encaja con el siguiente, manteniendo una excelente harmonía bucal – Quería presentarme y decirle que me vera aquí por un tiempo. Soy escritor, y me he retirado, por un tiempo, a un lugar tranquilo, donde poder escribir.

- Buenos días – dice entre susurros Atenea. Sus palabras cuestan ser arrancadas de su garganta – Me alegro. Bueno… tengo que seguir… estaba preparando unas magdalenas.

- ¡Oh! Me encantan las magdalenas – dice con una extraña emoción que desconcierta a Atenea – Mi madre solía prepararme, por lo menos, dos veces a la semana, y las hacía de todos los sabores y colores. Era una magnifica cocinera. En esos años yo parecía una pelota, más que un niño – le vuelve a sonreír.

- Me alegro mucho. Bueno, si me disculpa – Atenea se coloca tras la puerta y comienza a cerrar.

- Bien. No la molestare más. Ha sido un placer conocerla. Espero verla más otro día. ¡Que tenga un buen día! – exclama amablemente y se va hacía su casa.

Atenea se siente extraña. Se mira, enfadada consigo misma, en el espejo, por haberse sonrojado al haberle mirado. Se pone un peto vaquero y un pañuelo rojo en el pelo, y se dirige a coger más fresas, para sus magdalenas, que crecen y cogen un precioso color dorado en el horno.

Allan la observa desde su terraza, mientras toma un té. Le parece una mujer reservada, misteriosa y bella. Atenea recoge, las deliciosas fresas, y las coloca en un pequeño cesto de caña. Vuelve a sentir ese calor, que había sentido unos minutos atrás, al mirar a Allan. Le sorprende sentir deseos, después de tanto tiempo encerrada y sin mantener contacto alguno, con ningún hombre. Comienza a recordar como hacía el amor con su marido en el jardín. Flashes de imágenes abordan su mente. Empieza acariciar su cuerpo, primero con delicadeza, por encima de la ropa. Se revuelca por el suelo, sus ojos se encienden, como llamas, se toca con más fuerza y jadea en el éxtasis. Se llena completamente de barro y tierra. Allan la sigue mirando alucinado.

Atenea vuelve a casa y se da una larga ducha. Le cuesta bastante quitarse los restos de barro de su pelo. Está fascinada por los sentimientos que habían emergido esa mañana y que ella sentía tan enterrados. Llena de valor se dirige a casa del escritor. Allan la recibe con otra espectacular sonrisa. Ella le invita a cenar esa noche a su casa, y le promete un surtido de magdalenas que no podrá rechazar. La conversación fluye tensa, pero se nota que Atenea hace esfuerzos para poder pronunciar sus palabras, tan incrédulas para ella.

Atenea se pasa la tarde en la cocina. Prepara varios platos con frutas y las magdalenas garantizadas. Se pone un elegante vestido rojo, de finos tirantes y delicioso escote y se maquilla un poco. Se siente rara. Se desmaquilla rápidamente y se pone unos vaqueros cómodos y una camisa de cuello alto negra. A las ocho de la noche llega Allan, con un especial vino tinto.

La cena prosigue con mucha tensión. Ella es una excelente anfitriona, pero se nota que hacia años que no tenía visitas. Atenea habla en monosílabos y apenas le dirige la mirada. Balbucea y tartamudea, el labio le tiembla de vez en cuando. La cena es maravillosa y Allan mira atontado a Atenea en todo momento. Ella se sonroja cada vez que lo ve sonreír. El vino fluye rápido, los deliciosos platos pasan y pasan sobre la mesa, hasta llegar a las espectaculares magdalenas. Atenea va relajándose, con la ingesta de más vino, y sentados en el sofá le cuenta como conoció a su marido, en el conservatorio de música, cuando tenía dieciséis años, y como, ya han pasado seis años desde su muerte y la de su pequeño hijo. Atenea le cuenta como tocaban el piano juntos, como dioses.

Allan le pide que toque el piano para él, y está se niega durante un rato, pero al final acepta. Atenea comienza a tocar el piano, y en esos momentos parece otra, una mujer libre, feliz y, sobretodo, viva. Las notas bailan en su mente, la habitación se ilumina con su talento, mientras, Allan saborea una deliciosa magdalena de avellanas y pasas, intentado contener la emoción.