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15.11.09

Mi desesperación en una hoja en blanco

Solo deseo volver a sentir la libertad. Sentir que tengo el poder en mis manos. Coger fuertemente esta arma y poder disparar. Tomar la decisión y no derramar ninguna lágrima más. Ser fuerte de una vez por todas y que la función pueda comenzar. ¡PUM! Allá va.






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¡Quiero poder volver a sentirte cerca! Mi mente confusa, tropieza. Laberintos de serpientes recorren mis entrañas. El violín se ha helado y nuestros cuerpos se han fundido en la naturaleza muerta.

Antes de verte muerta, ¡muero yo desesperado! Golpea su pecho furioso. Enloquecido arranca sus cabellos, y ella en el suelo muerta. Preciosa. Llena de magulladuras, producidas por sus inocentes besos.

Desea poder volver a yacer con ella, hasta morir. ¡Vuelve a mi lado reina! No me hagas gritar - suplica enojado.

Una venda invisible censura sus gritos. Corre por los pasillos sin ninguna salida. Y ella se aleja. Cada vez más lejos. Solo puede llorar. Las lágrimas empapan su rostro. Dulce. Su dulce perfume embriaga su alma. Sus caricias la mataron.

Te echo de menos – dice mientras acaricia su cuerpo asesinado.


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El sol se reflejaba en sus cabellos rojizos. Sentada en enormes campos dorados, las nubes se fundían con su cuerpo. Amapolas brillaban con el esperado rocío de la noche. Las mariposas se posaban en sus manos. Las recogía, formando un cuenco, con sus manos cansadas y viejas, que permanecían fuertes y llenas de vida, resguardando los aleteos de los rosados insectos. Los ruiseñores cantaban a la muerte del atardecer. Brillos púrpuras y anaranjados se esfumaban por doquier. El magnifico astro calentaba aún con dulzura. Los rayos penetraban en su piel arrugada. Las hadas, de sus fantasías, se escondían bajo los majestuosos robles violetas.

Sus ojos, vacíos, no podían expresar su larga vida. Su corazón, débil y cansado, latía al son del ausente viento. El espantapájaros sonreía bajo una cascada plateada de estrellas, meciéndose lentamente con su último aliento.

Con cada ráfaga de aire, los gritos eran transportados, sonando cada vez más fuertes, sin dejar de retumbar dentro de ella. La tristeza se apoderaba de sus recuerdos, que iban perdiéndose poco a poco y ahogándose en la orilla del río. Los cristales se partían en mil pedazos, cortando su mente, desfigurando su alma y dejándola escapar. Sin volver jamás atrás. La noche cubrió la ciudad con su lúgubre manto. Las notas del piano cada vez sonaban más débiles.







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Solo se digna a ver las horas pasar. El tic tac del reloj baila sin cesar, volviéndola loca. Me muero, me muero de soledad – piensa. Quiero morir, deseo morir – vuelve a pensar. Una angustia acongoja su alma. El reloj se hunde y su cuerpo con él, en una odiosa pesadilla. El espeso barro no la deja respirar. Húmedo, gris, putrefacto. Un túnel blanco, recorre en el crepúsculo de sus sueños. La neblina del aire se espesa. Las plumas de las aves se petrifican. El tic tac deja de sonar.






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Sally se retuerce en su amplía cama, que ahora solo ocupa ella. Las sábanas están completamente llenas de sudor. Todo aún huele a ella. Su aroma esta impregnado en todas partes, incluso en Sally. Hunde su rostro en la almohada e inspira, tristemente, el aroma que siempre le acompaño en su vida. Sus lágrimas inundan sus ojos. El salitre envuelve su corazón. Y anclada en la desesperación grita, sin recibir ningún consuelo.


La sala oscura envuelve su locura, y arrastras se mete en la blanca ducha. Sentada en el frío mármol, su cuerpo se estremece. El agua comienza a caer, sobre su espalda contorsionada, en forma de espiral, golpeando su marchito cuerpo. Su piel se eriza, con cada diminuta lágrima que resbala por su cara, cayendo, lentamente, hasta llegar a su barbilla, aproximándose a un cruel vacío.





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Las rosas, que decoraban todas sus ventanas, marchitadas están ahora. Los pétalos sombríos, no volverán a la juventud de sus recuerdos pasados. Los cerezos lloraran en el invierno, cubiertos de nieve helada. El sol jamás alumbrara los corazones envenenados de todos ellos. La ponzoña les consumirá. ¡Que horroroso es recordar! Se apagó la luz.