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9.5.10

Tierra húmeda

Hoy es un día extraño. Nadie me lo puede negar.


Huele a tierra húmeda. La lluvia azota vigorosamente la calzada, cubriéndola de un manto resbaladizo y transparente. La tierra se empapa de agua, y se forma un barro maravilloso. Las flores son golpeadas, continuamente, por las gotas, como balas sobre la carne de un inocente, perdiendo cada uno de sus pétalos. Los caracoles se esconden bajo sus pequeñas conchas, y se quedan paralizados, sin dejar ese curioso rastro plateado que en la noche, después de dos copas de vino, observamos maravillados, y nosotros, nos tapamos con nuestros paraguas, de múltiples colores, intentando obtener un resultado de absoluta sequedad, y corremos como locos, en una jungla de la que no podemos escapar. Otros, miran la lluvia desde la ventana y se ríen de aquellos que se mojan por la calle. Incluso les señalan con sus garras enfermizas, desde sus cómodas casas con chimenea y chocolate caliente con pastas, esperando en el comedor.


Sin embargo, Ellen, no lo hace. Solo está cansada. Mira fatigada por la ventana, pensando que Julien volverá a entrar en cualquier momento. Ya le parece una terrible costumbre que jamás abandonará. Cada vez que llueve repite los mismos pasos. Se pone su bata roja, de ligera tela francesa, con absoluta liviandad, se asoma por la ventana y mira pasar a la gente, esperando verlo cruzar, sosteniendo la bolsa de papel marrón, con cruasanes recién hechos, de la panadería Oh Mon Dieu. Cree, aún, que puede percibir el aroma desde la ventana, el olor dulce de los cruasanes y de la purificadora lluvia, sintiendo como su boca se le hace agua poco a poco.


Si no le hubiera saludado desde la ventana ese día, podrían haber desayunado una última taza de té y disfrutado de una maravillosa mañana de lluvia, juntos en el salón.


Ha pasado un año desde que Julien fue atropellado en la Rue de la Justice, por un camión de frutas y verduras, que se dirigía al centro de París. Y Ellen no consigue quitarse de la cabeza la imagen de Julien sonriente, mirándola en la ventana, tapando la bolsa de la panadería con los brazos, para que no se mojara con la lluvia, y dibujando con sus labios, palabras de amor que ella solo entendía. No puede comprender como en un solo segundo su vida acababa y la lluvia cesaba, dando lugar a un odioso silencio. Roto por los gritos de una mujer enamorada.

Y Ellen sigue mirando por la ventana. Siente un escalofrío cada vez que ve cruzar a un peatón la carretera. Dice en voz alta “Julien, solo deseo poder tomar una última taza de té contigo, mi amor”. La sala enmudece.

Ellen nota como sus ojos tiemblan sin parar. Parece que va a comenzar a llorar, y sabe que no podrá parar en días. Su corazón no ha cicatrizado las profundas heridas, y la lluvia no hace más que recordarle su profunda desdicha.


Mira fijamente por la ventana, reflejando su imagen en el cristal, viendo como sus propias lágrimas, se funden con las gotas frías de la lluvia primaveral. Deja de llover y solo se escucha, en el cielo, el lamento de los pájaros al volar.

3 comentarios:

  1. Joooo q triste, alguna vez as escrito un relato alegre?? xq todos acaban mal ¬¬
    pero bueno supongo q eso es mas de tu estilo jejeje
    este a sido rapido pense q tardarias mas
    ah y el barro no puede ser maravilloso de ninguna manera jejeje
    sigue asi escritora
    besets

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  2. Sari xo si a mi ya me ha faltado ese momento en el q Ellen "vuela hacia el recuerdo de su amado... a la velocidad de las gotas que han sido testigos ciegos del amargo desenlace" o algo así jajajaja :P
    :)

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  3. bonita historia y a la vez triste... una extraña sensación, pero como la realidad misma..
    hazte copyleft!!
    http://www.youtube.com/watch?v=0hYtt5y9euk

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