Siempre fue su marioneta, incluso muerta. Obligándola a reír cuando le pegaba – “¡Solo fue una vez!”, “Muchas veces me sacas de quicio”, “¡Es que tienes un comportamiento!”, “Es tu culpa, tú me vuelves agresivo”- Obligándola a fingir mientras la violaba– “El sexo es la base de toda pareja”, “Siempre con el cuento de que te duele la cabeza”, “Venga, que tú también lo vas a disfrutar”, “¡Cierra la boca y abre las piernas” – Obligándole a escuchar sus mofas frente a sus amistades – “¿Os he contado lo que hizo el otro día?”, “Es que es tonta y no llega a más”, “Cariño, estás segura de comerte eso. Ya sabes que te sobran un par de quilos”, “¿Volver a estudiar? ¿Para qué? ¿Quién te va a contratar a ti?”- Obligándola a educar sola a sus hijos, a hacer las tareas del hogar, a cuidar a sus suegros, dejar su empleo, a operarse por él, reduciendo su autoestima, a quedarse sin amistades, aislándola, quedándose sola – “Mentira, me tiene a mí… y eso es lo que importa”- convencida por las palabras d...
Mi abuela era una mujer muy reservada para todo lo que había vivido en su vida. Y no fue hasta su muerte hasta que la conocí correctamente. Heredé sus diarios y para mi sorpresa, todos estaban llenos de aventuras, idilios y noches de tinta sobre la piel. Recuerdo la última vez que pasé algo de tiempo con ella. Pelábamos patatas para la cena. Mientras, mi abuelo dormía en el sofá y los perros correteaban por la casa. Mi abuela se mostraba serena en su quehacer y yo pensé, que vida tan aburrida ha tenido mi iaia. Que equivocaba que estaba. A primera vista mi abuela parecía una mujer de lo más corriente, pero la realidad es que no lo era. Según sus diarios, tenía siete tatuajes en su cuerpo y creo que nadie de la familia los vio nunca. Se los maquillaba y cuando hacía el amor con mi abuelo lo hacían con la luz apagada y ella siempre se quedaba semivestida. Tenía tatuada una sirena en el tobillo, una herradura en la nuca, una rosa entre los pechos, un anillo en el dedo anula...
Después de "la discusión" de pacotilla con esas dos pérfidas diablesas, Ámbar se marchó de casa. Había estado trabajando durante varios meses en una cafetería llamada "Como en casa", supongo que para su categoría de mujercita se sentiría más a gusto en ese zulo de 35 m2 que en su simple hogar de 132 m2. Que se le va a hacer, necesito una vivienda acorde a mi estatus en esta sociedad, además, me asfixio en espacios pequeños habitados por dos mujeres con las hormonas disparadas por sus ciclos menstruales y yo que se que más mierdas. Pues mi querido retoño-autodestructivo-y-con-infinitos-prejuicios-y-transtornos-mentales-que-perturbarían-al-mismísimo-Buda-en-la-más-profunda-meditación-para-conectar-con-el-paradójico-Cosmos-absurdo-e-irreal estuvo trabajando a nuestras espaldas, consiguiendo los ahorros necesarios para marcharse de mi reino y si, repito, mi maravilloso reino postmoderno y clasiquillo a su vez. Yo creo que aunque se hubiera dedicado a gritarlo a los cuat...
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