El alcohol me nubla la vista, pero sé que solo soy una carcasa con un bello
interior. Me miro y me reconozco, me miro y veo algo extraño. Es confuso ver
como la percepción varia. Soy yo, siempre lo sé, pero a veces cuesta de creer.
Mi abuela era una mujer muy reservada para todo lo que había vivido en su vida. Y no fue hasta su muerte hasta que la conocí correctamente. Heredé sus diarios y para mi sorpresa, todos estaban llenos de aventuras, idilios y noches de tinta sobre la piel. Recuerdo la última vez que pasé algo de tiempo con ella. Pelábamos patatas para la cena. Mientras, mi abuelo dormía en el sofá y los perros correteaban por la casa. Mi abuela se mostraba serena en su quehacer y yo pensé, que vida tan aburrida ha tenido mi iaia. Que equivocaba que estaba. A primera vista mi abuela parecía una mujer de lo más corriente, pero la realidad es que no lo era. Según sus diarios, tenía siete tatuajes en su cuerpo y creo que nadie de la familia los vio nunca. Se los maquillaba y cuando hacía el amor con mi abuelo lo hacían con la luz apagada y ella siempre se quedaba semivestida. Tenía tatuada una sirena en el tobillo, una herradura en la nuca, una rosa entre los pechos, un anillo en el dedo anula...
- Cuando me dijiste que se te daban mejor los exámenes orales, no me imaginaba lo realmente sincera que estabas siendo conmigo. Creo que mmm... ohhh ohhh... - no puedo terminar la frase, pues me corro en su boca, en un infinito orgasmo, inundando su estrecha garganta. - Gracias - me dice mientras se limpia los restos de semen de sus carnosos labios - Ahora ya tengo matrícula, ¿verdad? - Me dice con ojos tiernos, pero lascivos a la vez. No sabe lo que me pone que me mire con esa cara de inocentona. - Si, pero aun tendremos que aclarar un par de asuntos más. ¿Entiendes, Marlene? - Ella me asiente con la cabeza. Lo que sea por una matricula, ¿verdad zorrilla?. ¿Con cuantos viejos verdes como yo se habrá acostado esta chica?. La levanto del suelo y le bajo las bragas blancas de algodón. Tiene un coño precioso, da ganas de hincarle el diente como un salvaje, hundiéndome en su rebelde bello púbico. Pero me controlo, quiero observarla bien. ¡Woh! que culo que...
Después de "la discusión" de pacotilla con esas dos pérfidas diablesas, Ámbar se marchó de casa. Había estado trabajando durante varios meses en una cafetería llamada "Como en casa", supongo que para su categoría de mujercita se sentiría más a gusto en ese zulo de 35 m2 que en su simple hogar de 132 m2. Que se le va a hacer, necesito una vivienda acorde a mi estatus en esta sociedad, además, me asfixio en espacios pequeños habitados por dos mujeres con las hormonas disparadas por sus ciclos menstruales y yo que se que más mierdas. Pues mi querido retoño-autodestructivo-y-con-infinitos-prejuicios-y-transtornos-mentales-que-perturbarían-al-mismísimo-Buda-en-la-más-profunda-meditación-para-conectar-con-el-paradójico-Cosmos-absurdo-e-irreal estuvo trabajando a nuestras espaldas, consiguiendo los ahorros necesarios para marcharse de mi reino y si, repito, mi maravilloso reino postmoderno y clasiquillo a su vez. Yo creo que aunque se hubiera dedicado a gritarlo a los cuat...
Que cortito... Aun estoy esperando algun relato largo :)
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