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14.2.17

Transición de identidades

Cuando me hablas no solo te comunicas conmigo, conversas con todos los que viven dentro de mí. Cada día somos más. Está Jack, con su síndrome de Estocolmo -un día Laurence le raptó y este se enamoró de él- y Anna, que sufre de trastorno obsesivo compulsivo. Somos seres complejos que habitan un mismo cuerpo. Lo sabemos. Es difícil convivir todas juntas, pero lo intentamos. Ha habido muchos conflictos entre nosotras. Una vez Bob, bellaco misántropo, tatuó nuestro cuello con unas espantosas golondrinas y el enfermo de Richie solo hace que inundar nuestro hígado con whiskey. Por esa razón les he mandado callar a todas. Necesito poder tener un momento para ser yo, la primera voz que siempre existió en este abarrotado cuerpo. Pero es más complicado de lo que parece. Su fuerza se está incrementando y esto que intento explicarte me está costando la vida. Cada palabra que escribo en esta roída libreta, la siento como mi mensaje sanador, el mantra que narro para poder silenciar sus voces y escucharme. Parece que ya no soy importante, y sé que están planeando algo. No solo son estúpidas bromas las que este cuerpo debe de sufrir. Escuché el otro día a Johanna que no debemos comer más, que nuestro organismo está enfermo, que damos asco. Ha empezado a esconder la comida y a cortarse las muñecas. Tengo los brazos llenos de heridas y el rostro demacrado de no dormir. No puedo ver mi reflejo desnudo en el espejo, ya no reconozco quien soy ni quien fui. Todas ellas quieren hacer algo distinto, pero ciertos líderes están tomando la iniciativa y dejando menos espacios a otras identidades. Por eso necesito escribirme esto, quiero creer que no estoy sola y que quizás, alguna de vosotras aún sienta que podemos tratar de existir juntas. Por favor, no me abandonéis. Tengo miedo de perderos.

Relato publicado en la revista Valencia Escribe número de febrero (página 57).

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