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15.2.14

Por un asesinato y seis piñas

Tú, si tú. Tú que me estás leyendo. Quiero que sepas que soy el hijo puta más grande de todos. ¿Capto tu atención? Si la respuesta es no, aparta tus apestosas manos de mi diario, y por favor… ¡no me violes! Si es que sí, me alegro, vas a ser participe de la historia, mí historia, la cual está escrita con sangre. Yo soy el carnicero más bestial de todos los tiempos. He acabado con gente, solo por hacerme una simple macedonia de frutas.

Yo nunca quise matar a nadie, pero le cogí el gustito. Primero fue ese vulgar y soez dependiente de la frutería. ¡Él muy cabrón me quiso robar! ¡Me pedía tres euros por piña! ¿Dónde se ha visto eso? ¡Ni que estuviéramos fuera de temporada! Así que, zas zas y garganta rajada. Fue muy fácil. ¿A quién pretendo engañar? ¿a mi mismo o a quien lea esto? Yo no lo hice… lo hizo un tipo que entró a robar el dinero de la caja. Y como cómplice que fui, pues no tuve intención de detenerle (me cagué en los pantalones, literalmente), recibí parte del botín. Las piñas, dulces y doradas piñas. Con fuertes tallos verdes. Piñas de jugos claros, de olor suave y de sabor… no lo sé, no tuve tiempo para degustarlas.

¡Dios! las piñas, las ansiadas piñas para la cena de mi mujer. Tenía más miedo a la reacción de mi mujer que al asesino, que de oreja a oreja me sonreía, con su sonrisa desdentada, y acercándose a mí, me ofrecía no una, si no seis piñas, ordenadas en una caja de cartón y salpicadas de sangre. Fue un momento curioso, la verdad… ese frutero merecía morir. Vender mierda a precio de oro, no, eso está mal.

Bueno, cuando llego la policía, yo ya me había marchado de la frutería. Interrumpieron el cóctel de mi mujer, jamás me lo perdonará, me puso tal cara de asco cuando se me llevaban esposado. Hurto y premeditación al homicidio, de eso me acusaron. ¿Yo? Yo que no había matado a nadie y que tampoco obligué a ese hombre a hacerlo.

Yo soy inocente, nunca he matado a nadie. Bueno sí, una vez… a un pez. Lo sobrealimenté. Fue un error, mi madre ya le había dado de comer. Lloré tanto por la muerte de glotón. ¡Oh mi pez!… mi pequeño pez.

Esto es injusto, el verdadero asesino está libre… y yo, aquí, encerrado en esta cloaca, llena de barriobajeros barbudos, apestosos y mal nacidos.

Acusado y encarcelado. Todo sin ningún sentido, “yo no he sido, esto es un mal entendido”, eso le dije al policía. Él se rió en mi cara y me puso las esposas. Su compañero robo un par de aperitivos, ¿y alguien hizo algo? ¡No! Esta ley es así de injusta.

Ya en el coche, los policías se reían del caso y después en la comisaría, más risas todavía. Nunca me he sentido tan insultado. La verdad, me ha dolido. Un miembro respetable como yo… o más bien, un miembro que siempre ha pasado desapercibido, que paga sus impuestos, que no se salta los semáforos, que recicla… y que un día, en un incidente X, bueno, pongámosle nombre, en un asesinato, es el primero en salir salpicado de sangre… al menos me alegro de estar vivo, pero creo, que en este estercolero, no duraré mucho.

-         Pringao, ¿qué coño haces? ¿Escribir una carta a tu mamasita?


Extiendo la mano y le paso mi diario. Palidezco, no voy a salir de esta con vida.

1 comentario:

  1. Me gusta el toque comico que le has dado a la historia, el pobre hombre es algo patetico y con muuucha mala suerte, ser encarcelado cuando solo se habia llevado 6 piñas jajaja
    Aunque al final, lo van a matar por estar escribiendo un diario??

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